La
responsabilidad de la iglesia en la proclamación del kerigma cristiano
en nuestro tiempo
JAVIER MONSERRAT
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Las religiones están ahí como un
hecho histórico y una realidad actual incuestionable. Es verdad que en
parte han producido problemas psicológicos y políticos, incluso
violencia. Pero no cabe duda de que, en conjunto, han supuesto un gran
beneficio para la especie humana que ha podido soñar con la felicidad,
el acogimiento divino, aceptar el sufrimiento como parte mistérica del
plan de Dios e imaginar el final feliz de la historia. Por estos
beneficios la inmensa mayoría de los hombres han sido religiosos, tal
como ha sido confirmado por el mismo psicoanálisis y se sigue
constatando en estudios estadísticos globales sobre la religiosidad en
el mundo. Pero, en la situación actual, sobre todo en los países
desarrollados, sectores cada vez más amplios de la sociedad se van
aislando de la religiosidad, y más de las religiones socialmente
establecidas, por el indiferentismo religioso, el ateísmo, el
agnosticismo o por la increencia en general. Para estos hombres se
cierra la posibilidad de un soñar absoluto y final, imaginando una
plenitud final de la metahistoria, ya que, por su propio planteamiento
de principio asumido en libertad, su futuro no puede ser sino la
decrepitud final hasta la muerte. Los mismos hombres religiosos, de una
forma u otra, atraviesan hoy una profunda crisis de identidad y de
sentido, ya que, aunque sean religiosos, carecen de un logos (una
racionalidad profunda reflexiva) que les instale en su religiosidad con
seguridad y equilibrio humano. De ahí la extraordinaria importancia
humana y social, importancia para la historia de la especie humana en
su conjunto, de afrontar una reconstrucción rigurosa del logos, de la
razón y del sentido de la religiosidad, y del cristianismo, en nuestro
tiempo, el tiempo de la modernidad, después de la larga tribulación
histórica atravesada en los últimos siglos. El logos recuperado de la
religiosidad no impodría a los no creyentes la necesidad de creer, que
siempre será un acto libre que se puede asumir o no. Pero un logos
religioso bien formulado desde nuestro tiempo les haría más fácil
abrirse libremente a la esperanza, y a la plenitud humana que
representa el mundo de lo religioso. Para muchas personas sería más
fácil y asumible abrirse responsablemente a la esperanza, a la
imaginación y al sueño de un final feliz para la historia de todos.
Este logos recuperado podría también facilitar que los hombres
religiosos alcanzaran un mayor equilibrio humano, mayor estabilidad y
seguridad, en su vivencia de la esperanza iluminadora y enriquecedora
de lo religioso. Este logos recuperado podría ser también de
extraordinaria importancia en el diálogo interconfesional cristiano e
interreligioso, así como para la participación de los ciudadanos
cristianos en el proceso histórico abierto en el compromiso civil en la
lucha contra el sufrimiento humano. Este logos recuperado de la
religiosidad jugaría un papel importantísimo en el proceso de cohesión
social que a todos beneficia. Pues bien, nuestra tesis es que vivimos
un tiempo excepcional en que están dados ya objetivamente todos los
elementos que harán posible la recuperación de este logos de la
religiosidad. El gran concilio de nuestros tiempos, el Nuevo Concilio,
debería ser el escenario responsablemente construido por la iglesia
católica para iluminar la profundidad de este nuevo entendimiento del
logos de la religiosidad humana y cristiana y proclamarlo solemnemente
ante la humanidad.
En los dos inputs comunes para
la presentación de los dos blogs, el blogHNM y el blogHNC, me he
referido ya a la conjetura de que estaríamos viviendo un tiempo
histórico excepcional en que estaría fraguándose un cambio
transcendental en la iglesia católica, que se proyectaría sobre las
otras confesiones cristianas y sobre las otras religiones. No se
trataría de un cambio en el kerigma cristiano, que es lo que es y no
puede cambiarse, ya que la iglesia es depositaria de las palabras y de
los hechos de Jesús a los que debe ser fiel integralmente, siendo
también así en las otras confesiones cristianas.
Se trataría más bien de un cambio que afectaría al modo de entender el
kerigma desde la experiencia de nuestro tiempo; o sea, a la
I[hermenéutica]I del kerigma. Es decir, la fe cristiana postula una
congruencia armónica entre la Voz del Dios de la Revelación en el
Cristianismo y la Voz del Dios en la Creación, ya que el Dios que se
revela es el mismo Dios que crea el mundo de acuerdo con su designio
creador. Por tanto, el conocimiento moderno de la forma del mundo real,
de hecho creado por Dios, debería llevarnos a un entendimiento de la
Voz del Dios de la Revelación con una mayor profundidad teológica.
Es decir, el cristianismo, a la luz de la modernidad, debería emprender
el cambio de paradigma hermenéutico que estaría pendiente desde los
últimos siglos. La iglesia debería pasar desde el mundo antiguo al
mundo moderno, de manera reflexiva y profunda, proclamando ante la
sociedad con nueva calidad teológica la profundidad abismal del
Misterio de Cristo. Misterio iluminado desde nuestra experiencia
histórica, de la misma manera que ésta, es decir, el dramatismo de
nuestra historia autónoma en una tierra inhóspita en que nos angustia
el aparente abandono de Dios, es iluminada por el Misterio de la Cruz.
Siguiendo el contenido de mi ensayo I[Hacia el Nuevo Concilio]I, como
parte de la presentación del blogHNC, expongo en este input una
síntesis inicial, necesariamente parcial, de mis ideas acerca de este
mencionado cambio excepcional y los argumentos principales para hablar
de la conveniencia de un nuevo concilio en la iglesia católica. Esta
síntesis puede verse desarrollada en la trilogía y será objeto del
desarrollo pormenorizado de este blog.
La modernidad, ocasión
histórica excepcional para redescubrir la profundidad del kerigma
cristiano
El conocimiento producido por la ciencia y la cultura configurada
lentamente desde la aparición del proceso histórico que llamamos
modernidad, que sigue estando en la base del mundo actual, son una
ocasión histórica excepcional para que el cristianismo entienda el
sentido profundo del kerigma proclamado desde hace dos mil años, en
testimonio del mensaje de Jesús, del que la iglesia se siente
depositaria y transmisora a la historia. El conocimiento más preciso
del universo creado por Dios, debe permitir un entendimiento más
profundo del mensaje de Jesús que explica el sentido de ese mundo real
creado por Dios para ofertar al hombre la participación en la vida
divina. El universo real de la modernidad se presenta como un universo
enigmático y metafísicamente borroso en que el hombre puede asumir
libremente una hipótesis teísta o una hipótesis ateísta sin Dios, o
moverse en el agnosticismo de la increencia metafísica. La cultura de
la modernidad es así también una cultura en que el hombre puede ser, y
de hecho es en parte, puramente mundano, cerrado a Dios. Pero es
también una cultura que permite la apertura a lo divino como se muestra
en la variedad historicista de las religiones y del cristianismo. Si
desde esta experiencia de la modernidad (que en el fondo es la Voz del
Dios de la Creación que muestra el mundo real que ha sido creado)
miramos al mensaje de Jesús que, para los creyentes, revela el plan y
sentido de la creación obrada por Dios, entonces entendemos su profunda
coherencia: el mensaje de Jesús desvela, en efecto, el sentido de ese
mundo que constatamos en el plan de creación establecido por Dios.
Dios, en su eterno designio creador, quiere hacer al hombre realmente
libre para aceptar, personalmente y en toda su dignidad humana, la
sorprendente oferta de participación en la vida divina. Por ello crea
un mundo en que es posible el pecado, la negación de Dios y la clausura
del hombre en su pura mundanidad sin Dios.
El mundo de las religiones está ahí en toda la variedad multiforme de
sus ricas tradiciones historicistas, sin que nadie pueda negar su
existencia fáctica. Pero las religiones son antiguas. Todas ellas han
pretendido que sus teologías sean conformes con la razón y, por ello,
construyeron desde antiguo argumentos filosóficos para mostrar su
congruencia con el mundo natural.
El cristianismo es también una religión antigua y por ello, ya desde
antiguo, construyó una forma de entender su armonía con la razón
natural. Sin embargo, desde hace ya varios siglos al comenzar la
andadura de la modernidad, la imagen racional del mundo sufrió cambios
profundos a medida que la ciencia progresaba en su conocimiento de la
realidad, formándose al mismo tiempo una nueva sensibilidad
existencial, una nueva cultura que abarcaba desde la filosofía política
hasta las manifestaciones más concretas de la cultura lúdica y
estética, o de las valencias existenciales inmediatas de los individuos
y de la sociedad.
Es comprensible que el impulso de las religiones desde la antigüedad,
con filosofías y teologías fundadas en una visión antigua de la
realidad, haya producido una falta de armonía con el mundo moderno; es
decir, una desarmonía palpable con la imagen moderna de la realidad y
con sus nuevas sensibilidades existenciales en la cultura. Por ello, la
generalidad de las religiones, de una u otra manera, han entrado en una
cierta crisis de armonía con la realidad (crisis de armonía entre su
contenido teológico antiguo y los contenidos de la cultura moderna).
El hombre religioso se ha visto así sometido a la tensión de un cierto
bifrontismo existencial no armonizado o, si se quiere, por ello, ante
una cierta crisis de identidad. El impulso a ser “moderno” y la
tradición de una creencia religiosa parecían ir cada una por su lado,
cuando deberían responder a la misma lógica del Dios creador. La crisis
ha sido tanto mayor cuanto mayor ha sido el crecimiento de la cultura
moderna en las diversas sociedades que constituyen el nicho social de
una religión. Esta crisis ha afectado también al cristianismo, y en
mayor grado además que a otras religiones por cuanto sus ámbitos
sociales propios, Europa y América, han sido el escenario principal en
que ha nacido y crecido la cultura de la modernidad. El impacto de la
modernidad ha sido grande también en el judaísmo, pero mucho menor en
religiones como budismo, hinduísmo o islamismo.
En el universo, creado para la
libertad, el hombre indigente, desde la dramática experiencia del
sufrimiento, podrá mirar hacia la posibilidad de Dios como el horizonte
final de liberación de la historia
La modernidad muestra, en efecto, la forma en que Dios ha creado el
mundo y nos hace entender que se trata de una “creación para la
autonomía del mundo, la libertad y la dignidad humana”. Pero el plan de
Dios, revelado por Jesús, incluye crear un universo dramático y
sufriente que sigue sin imponer a Dios, pero que hace entender al
hombre que sólo en un posible Dios podría darse la liberación y
plenitud final de la aspiración humana por la vida. Este sentido del
plan o “historia de salvación” diseñado por Dios se manifiesta y revela
en la esencia del mensaje de Jesús: el Misterio de la Muerte en la Cruz
y de la Resurrección de Cristo. La muerte en cruz de la Persona Divina
de Cristo revela que Dios asume la kénosis o anonadamiento de la Gloria
de su Divinidad ante el mundo, pero asume y se solidariza también con
el sufrimiento dramático de la especie humana, para hacer posible la
“autonomía libre” del hombre en la historia al configurar su existencia
en un “universo autónomo”. Pero la resurrección de Jesús muestra que
Dios emprenderá, como se ve anticipadamente en la resurrección de
Jesús, la liberación final, más allá de la muerte, de quienes
libremente hayan aceptado la oferta divina que Dios les tiende, a pesar
del sufrimiento, de la lejanía y del aparente silencio de Dios ante la
historia del mundo. Así, la modernidad, en que el universo es un
universo para la libertad y la creatividad del hombre, se muestra como
la Creación obrada por el mismo Dios de Jesús. Revela que el Dios real
que crea el universo es el Dios que crea el escenario de la libertad y
de la creatividad. El Dios que revela el cristianismo es el Dios que
crea la libertad; la misma libertad que se entiende y se ejerce en la
madurez histórica de la modernidad. Esta idea del mensaje de Jesús
estuvo siempre presente en el cristianismo, pero, como veremos, se
oscureció por la interpretación o hermenéutica antigua del
cristianismo. Sin embargo, en los tiempos modernos, la modernidad
habría puesto en condiciones al cristianismo de emprender la nueva
hermenéutica desde la madurez de la historia humana en la modernidad.
Esta nueva hermenéutica, el nuevo paradigma de la modernidad,
iluminaría con sorprendente fuerza el sentido de la fe cristiana y el
sentido de todas las religiones en el mundo moderno. Esta nueva
hermenéutica del cristianismo debería ser avalada por el Nuevo
Concilio, sin duda uno de los más importantes de la historia cristiana,
para proclamarla solemnemente ante la humanidad.
Experiencia religiosa y religiones, en la crisis
de la modernidad.
En realidad, los seres humanos suelen ser religiosos porque tienen una
experiencia religiosa. Es la sensación interior de estar afectados por
el misterio transcendente de un Ser Divino, al que se apela
personalmente, con el que se cree tener la relación interior de
sentirse escuchado y al que se atribuye un cierto designio divino de
salvación al que el hombre se siente libremente religado. La
experiencia religiosa es sentirse en las manos de la Providencia de un
Dios mistérico en el que nos sabemos inmersos. Otra cosa son las
religiones. Estas responden a tradiciones historicistas, formadas en
determinadas culturas y con una historia peculiar, que poseen
filosofías, teologías, cultos, prescripciones, rituales, etc. Puede
decirse que las religiones han vehiculado la experiencia religiosa de
los miembros de una comunidad, creándose así sus tradiciones
historicistas (normalmente comprometidas con sistemas explicativos
inspirados en formas de pensamiento antiguas).
No todas las personas tienen la misma experiencia religiosa; hoy
sabemos que ésta depende incluso de localizaciones neuronales que
pueden estar más o menos activadas, en parte bajo los
condicionamientos, a favor o en contra, que dependen del medio ambiente
familiar y social (no hay dos cerebros iguales). Puede haber también
personas religiosamente frías, al menos en algún momento de su vida, y
otras, en cambio, sienten una intensa religiosidad.
Al ir configurándose la cultura de la modernidad, lo primero que entra
en crisis son las “religiones”, ya que son estas las que ven su sistema
teológico antiguo puesto en cuestión por falta de armonía con la nueva
imagen de la realidad. Sin embargo, la “experiencia religiosa”, sincera
y profundamente sentida, está por principio más libre y tiende a
coordinarse más fácilmente con la modernidad. Los individuos se dejan
llevar por lo que parece racionalmente inevitable, es decir, por la
manera de pensar y por la manera de vivir propia de la modernidad.
Pero la experiencia religiosa interior sigue presente, es aceptada y se
intuye que la realidad de ese Dios misterioso debe ser armónica con la
realidad que el hombre debe inevitablemente vivir, o sea con la cultura
de la modernidad que se impone. En cambio son las “religiones”,
comprometidas con sus teologías precisas, sus prescripciones y sistemas
morales, las que, por sus conexiones con el mundo antiguo, han entrado
pronto en crisis ante el avance de la modernidad.
Así, muchos individuos abandonan su integración en las religiones, van
percibiendo poco a poco que no les dicen nada (que no conectan con la
realidad), pero se mantienen fieles a su experiencia interior de
religiosidad. En su “interior” se sienten fieles a la “experiencia
religiosa” y sienten una tranquilidad de conciencia subjetiva. Están
subjetivamente en paz con su Dios interior y con la modernidad.
Pero estas personas, en el fondo religiosas, han dejado de entenderse
con las religiones que han tomado forma desde antiguo en sus
respectivas sociedades. Se sienten más cómodos y moralmente
justificados al limitarse a su religiosidad interna, justificando por
ello el haberse desvinculado de unas religiones intuyen como
“anticuadas” y que, en verdad, no entienden.
La crisis del pradigma antiguo del
cristianismo como sinsentido de una experiencia del universo y de la
historia donde fracasa el pretendido plan de Dios
La crisis del cristianismo ante la modernidad ha dependido también, por
tanto, de la forma en que el cristianismo era entendido según sistemas
hermenéuticos propios del mundo antiguo. Entre las características de
esta visión del cristianismo en la hermenéutica antigua cabe destacar
el “teocentrismo”. El kerigma cristiano no era teocéntrico en el
sentido del paradigma antiguo y, de hecho, será entendido –esta es
nuestra tesis– con mayor profundidad en el paradigma de la modernidad,
que no es teocéntrico por no imponer necesariamente la realidad de
Dios. En el teocentrismo antiguo se consideraba (y en parte se sigue
considerando hoy, ya que no ha desaparecido complemente en el
cristianismo actual) que Dios ha creado un universo en que la razón
impone la Verdad fundamental de Dios, que se manifiesta también en una
ley natural que, tal como entiende el paradigma antiguo, hace a Dios
origen del orden moral y social. La razón instala al hombre en el
reconocimiento inevitable de que Dios es la Verdad del universo
(teocentrismo) y de que el comportaminto religioso, la religación a
Dios, es la Verdad de la existencia humana, en el orden personal y
social (religiocentrismo). Este mismo Dios, y su ley natural, sería el
origen racional y humano de la autoridad que funda el orden social y
político (teocratismo). Es explicable que, ante una hermenéutica de la
religión de esta naturaleza, la modernidad supusiera una conmoción
extraordinaria para el cristianismo. En la modernidad sectores amplios
de la sociedad construyen un entendimiento del universo sin Dios. De la
misma manera sectores amplios de la sociedad viven sin inquietudes
religiosas y, además, la sociedad se construye a partir de principios
puramente laicos, no fundados en el reconocimiento de Dios. ¿Cómo
entender entonces lo que pasa? ¿Es que Dios ha fracasado en su designio
por imponer un orden teocéntrico, religiocéntrico y teocrático? ¿Le han
salido mal las cosas a Dios? ¿Están viviendo los hombres sin Dios una
sublevación irracional frente al orden religioso establecido por Dios
en la naturaleza? Muchos hombres observan a los grupos religiosos
inquietos ante cada hecho científico que cuestiona la realidad de Dios,
ante las decisiones de conducta que orientan la vida al margen de las
tradiciones morales religiones sometidas a la ley divina, ante las
decisiones de las naciones al margen del mundo religioso. Se ve a la
iglesia como una organización religiosa arcaica que se “espanta”, se
subleva y denuncia, una sociedad que se ha salido perversamente de lo
que “debiera ser si se atuviera a la verdadera naturaleza humana”. La
impresión es la de que se están constatando dos mundos aislados, el
mundo religioso y el mundo de la modernidad, que viven en dos
representaciones de la realidad que no se encuentran. Por ello el hecho
que parece imponerse sociológicamente es que mucha gente intuye que el
mundo religioso es arcaico y esta percepción fundamenta subjetivamente
su progresiva desvinculación del mundo de las religiones establecidas y
del cristianismo.
La crisis del cristianismo en la modernidad
Los creyentes cristianos han vivido su religiosidad intensamente por
medio de la religión cristiana. Sin embargo, poco a poco, la
modernidad, nacida en las sociedades occidentales desarrolladas, ha ido
produciendo la crisis de armonía entre religión y modernidad antes
aludida. De hecho se ha tratado principalmente de una crisis de
religión cristiana; también ha sido una crisis de experiencia
religiosa, pero mucho menos. La verdad es que todos reconocen la
profunda crisis producida en las iglesias cristianas en los últimos
siglos. Lo hacen los sociólogos que la describen objetivamente, pero
también los filósofos, teólogos, la intuición de los simples creyentes,
no creyentes e indiferentes, pero incluso las jerarquías eclesiásticas
y el mismo Papa.
Es verdad que quedan muchos creyentes; son todavía la mayoría en las
sociedades cristianas europeas y americanas. Entre estos (dejando
aparte los clérigos) algunos pocos tienen una cierta formación
religiosa, pero simple y poco rigurosa. Es verdad que hay grupos de
creyentes muy comprometidos con la iglesia, agrupados en diferentes
asociaciones; tienen “experiencia religiosa” dada en la tradición
cristiana y quieren defenderla, tal como de hecho se presenta en la
actualidad (esta actitud es loable y muestra de fidelidad
incuestionable).
Pero la mayoría de los creyentes, sin embargo, mantienen formalmente su
fe, pero están cada vez más alejados de la práctica religiosa, limitada
a situaciones extraordinarias puntuales, como puedan ser las
celebraciones familiares o la visita de un Papa. Las estadísticas, por
ejemplo en países como España, muestran cómo la asistencia a las
iglesias disminuye de forma continua. Lo mismo pasa en los grandes
países desarrollados, siendo los Estados Unidos de América el que
conserva niveles de religiosidad popular más estables. Por otra parte,
el número de aquellos que, más allá del mero indiferentismo práctico
(del que participan también muchos creyentes), se declaran ateos o
agnósticos crece constantemente, aunque todavía sean posiciones
minoritarias.
Lo que estos hechos parecen decir es que el lenguaje y las actitudes de
las iglesias cristianas no son entendidos, no dicen nada a esas grandes
masas de creyentes y no creyentes. Es verdad, como decíamos, que mucha
gente con experiencia religiosa profunda sigue referida a las iglesias
cristianas tradicionales que han vehiculado su religiosidad desde
generaciones y generaciones. Pero debemos aceptar que, si una persona
creyente observa una religión establecida socialmente, que no entiende
y que le dice muy poco, es muy difícil integrarse en sus cultos.
Es muy difícil sentir motivación para ello, y más cuando el sujeto
queda moralmente tranquilo al mantener su religiosidad interior, en
caso de que haya alguna fuerza íntima que le impulse a ello. Entonces
se produce una desintegración inevitable y el individuo se distancia
del cristianismo, o sea, de la “religión establecida” en la que tiene,
sin embargo, probablemente, sus raíces personales y familiares. Esto
pasa a mucha gente, incluso a quienes siguen teniendo una experiencia
religiosa personal sincera, ya que sienten una presión situacional a
desentenderse de la “religión oficial”.
La responsabilidad de la iglesia frente a la
proclamación del kerigma
La crisis del cristianismo en la modernidad ha sido, y es cada vez con
más fuerza, una enorme tribulación para las iglesias cristianas. Para
medir el alcance del malestar-de-conciencia que esto produce basta
recordar que los cristianos, y sobre todo las jerarquías de las
iglesias, entienden que su misión en la historia es proclamar
correctamente y con fuerza el mensaje de Jesús. Ahora bien, son muchos
los indicios históricos de que quizá esta proclamación no se está
haciendo con el nivel de calidad que debiera. La crisis real de los
últimos siglos habla por sí misma.
Además, es significativo que haya mucha más “experiencia religiosa” que
“religión” cristiana establecida. No quiero decir que, por las buenas,
podamos establecer qué es lo que está pasando, y menos atribuir sin más
una falta de calidad a la proclamación del kerigma. Cuanto más cuando
en la crisis religiosa contribuyen muchas causas (como, por ejemplo, el
bienestar y el sometimiento al consumo en las sociedades desarrolladas
que “ciega” el interés de las personas sobre lo inmediato).
Pero, en todo caso, el cristianismo debe hacer un análisis reflexivo de
la situación. Es una exigencia moral ante la debida proclamación del
kerigma en la historia y la crisis actual que se produce. Es la
reflexión organizada y argumentada la que debe permitirnos dar un
dictamen acerca de lo que realmente está pasando en el mundo religioso
del cristianismo.
En Hacia el Nuevo Concilio he
querido contribuir personalmente a esta reflexión. Lo he hecho dando
cuatro pasos fundamentales (en los capítulos segundo al quinto), otros
complementarios (en los capítulos seis y siete) y una conclusión final
en que se realiza una apelación final a la convocatoria del Nuevo
Concilio que debiera introducir oficialmente a la iglesia en la
proclamación del kerigma desde dentro del logos del mundo real creado
por Dios, tal como se nos impone en la experiencia histórica de la
modernidad. Hagamos una síntesis del contenido de Hacia el Nuevo
Concilio que, aunque muy densa en este momento, se irá explicando en
este blog.
Los capítulos y la
estructura argumentativa de mi ensayo Hacia el Nuevo Concilio
¿Cómo someter organizada y sistemáticamente a reflexión la forma en que
la iglesia cristiana está realizando la proclamación del kerigma ante
la sociedad de nuestro tiempo, o sea, en el tiempo de la modernidad? El
itinerario seguido en HNC ha partido de una primera recapitulación de
la naturaleza del kerigma cristiano (capítulo II): es el depósito
custodiado en la iglesia como esencia del mensaje de Jesús, contenido
en sus palabras y en sus hechos. De lo que se trata es de preguntarse
cómo este kerigma podría resonar con fuerza sobrecogedora ante la
cultura de la modernidad. El segundo paso ha sido reconstruir cómo se
ha hecho la hermenéutica del kerigma a través de los siglos, de acuerdo
con lo que llamamos el paradigma greco-romano, y cuál es actualmente su
forma de proclamación en la iglesia (capítulo III). El tercer paso ha
sido presentar la imagen de la realidad en la ciencia moderna para
compararla con lo que fue el paradigma antiguo (capítulo IV). Entre las
muchas diferencias que se analizan puntualmente destaca el hecho del
consenso moderno en los principios de una epistemología crítica e
ilustrada (frente al dogmatismo racionalista) y la constatación del
enigma metafísico que deja abiertas las hipótesis de Dios y de la pura
mundanidad sin Dios (frente a teocentrismo). El quinto paso es el
definitivo y consiste en preguntarse a qué hermenéutica lleva la nueva
imagen de la realidad en la ciencia y en la cultura moderna (a partir
del conocimiento científico y de la antropología filosófica que
describe al hombre de nuestra cultura). El paradigma de la modernidad
en el cristianismo (capítulo V), frente al paradigma antiguo
greco-romano, formula una serie importante de contenidos y matices que
representan la forma de entender el kerigma cristiano iluminada por la
imagen del mundo moderno (que es el mundo realmente creado por Dios).
En el paradigma de la modernidad destaca el entendimiento de que el
plan de Dios en la creación del mundo se expresa en la revelación del
Misterio de Cristo, misterio de un Dios que se deja llevar a la kénosis
de su presencia en el mundo, a favor de la libertad y plenitud de la
dignidad autónoma del hombre en el mundo (la cruz), pero que
intervendrá también metahistóricamente en la liberación final de la
humanidad (la resurrección). Una vez descrito el paradigma de la
modernidad, Hacia el Nuevo Concilio estudia sus consecuencias para el
diálogo interconfesional cristiano y para el interreligioso (capítulo
VI), así como su relación con la filosofía de la historia (capítulo
VII). Por último, el ensayo en su conjunto confluye en argumentar cómo
la lógica de la historia cristiana conduce a la conveniencia de la
convocatoria del gran concilio de nuestro tiempo en que, con orden y
concierto, con toda explicitud y pedagogía, la iglesia escenificara la
gran lección histórica de integración reflexiva en el mundo moderno
(capítulo VIII). El esfuerzo del concilio sería la respuesta
responsable de los cristianos y de la jerarquía eclesiástica a la
obligación moral cristiana de proclamar el mensaje de Jesús en nuestro
tiempo con los niveles de calidad que merece.
El kerigma cristiano (capítulo II).
La gran cuestión que debe ser examinada, por tanto, es si el kerigma
cristiano, aquello que constituye la esencia del cristianismo, es
entendible en congruencia con la imagen del universo en la ciencia y
con los rasgos de la cultura en la modernidad. Ahora bien, ¿qué es el
kerigma cristiano? Su descripción establece el punto de referencia de
nuestro ensayo: aquella fe religiosa cuya aceptación puede o no
considerarse sostenible desde la cultura de nuestro tiempo.
Lo primero que debe establecerse es la esencia del cristianismo como
religión: es la aceptación y adhesión personal a la persona de Jesús, y
por tanto a la doctrina en que Jesús revela el eterno designio creador
de Dios para hacer posible la historia de salvación humana, como
respuesta a la oferta de participación en la vida divina.
Ahora bien, ¿qué es el kerigma cristiano? Es la transmisión a la
historia del contenido de la doctrina reveladora de Jesús a través de la fe de la iglesia. Y
esto es de gran importancia: el kerigma no es ni el Jesús histórico, ni
la pura historia en uno u otro sentido. El kerigma es Jesús en la fe de la iglesia.
A) Consideremos primero la fe desde el tiempo histórico, por ejemplo,
el nuestro: nuestra fe, en efecto, se funda en la consideración de la
imagen de Jesús que transmite la fe de la iglesia (kerigma) y nos
adherimos responsablemente a la fe de esa misma iglesia, es decir, nos
adherimos personalmente al Jesús que se nos da en la fe de la iglesia.
Es ahí donde nuestra adhesión surge y donde encuentra su fundamento:
tiene sentido creer en el Jesús que la iglesia nos transmite. Nos
adherimos porque es racional y tiene sentido adherirnos al Jesús que se
nos da en la fe de la iglesia.
B) Entonces, dentro ya desde esa misma fe y dentro de la coherencia que
implica, consideramos, mirando al pasado histórico, que los primeros
cristianos que hallaron a Jesús y se adhirieron a su doctrina en la fe
se constituyeron en transmisores del mensaje de Jesús a la historia. Es
la fe que se nos ha transmitido y en la que hemos creído. Por ello, la
lógica de la fe lleva a considerar que la Providencia de Dios debió
velar para que la imagen y la doctrina de Jesús se transmitieran
correctamente a la historia, según la esencia del mensaje que Dios
quería efectivamente comunicar. Esta “lógica de la fe”, que poco a poco
fueron descubriendo los primeros cristianos, produjo en los primeros
siglos la persuasión teológica de que la Providencia de Dios debía
haber “inspirado” las Escrituras y debía seguir “asistiendo” a la
iglesia en la proclamación de la doctrina de Jesús en la historia. De
acuerdo con esta “lógica teológica” o “lógica de la fe”, la iglesia
entendió también pronto que “inspiración” y “asistencia” se referían
sólo a la proclamación del kerigma, pero no a las hermenéuticas e
interpretaciones que, ya desde los primeros tiempos, iban apareciendo
en conexión con la cultura del tiempo.
C) Por esto mismo, cuando desde nuestro tiempo actual nos adherimos a
la persona de Jesús, tal como se nos da en la fe de la iglesia,
entendemos que esa imagen dada en la fe de la iglesia está “inspirada”
y “asistida” por la Providencia de Dios sobre la historia de la iglesia
que hace presente la revelación en cada época. Este es el kerigma
cristiano, la fe de la iglesia mantenida desde la tradición apostólica
más antigua, y la pregunta desde la crisis actual del cristianismo
consiste precisamente en examinar si ese kerigma es inteligible desde
la experiencia del mundo real en la modernidad.
El paradigma greco-romano (capítulo III).
Ya los primeros cristianos estaban persuadidos de que el Dios que se
había manifestado en Jesús era el mismo Dios que había creado el mundo.
Por tanto, entre el Dios de Jesús y el Dios de la Creación del orden
natural debía postularse una armonía. Es decir, Dios había creado el
mundo de acuerdo con el designio o plan de salvación manifiesto en
Jesús. Esta persuasión fue el origen de las hermenéuticas teológicas
que aparecieron desde el principio en la filosofía y en la teología
patrística.
El mundo de referencia era la cultura greco-romana y por ello fue
configurándose poco a poco el paradigma greco-romano (o sea, una
hermenéutica del cristianismo fundada en la cultura greco-romana). Este
paradigma antiguo tuvo dos dimensiones: la filosófico-teológica y la
socio-política (que se inicia con la integración en el imperio romano
de Constantino). Pero este paradigma hizo que se impusiera una
hermenéutica teocéntrica, religiocéntrica y teocrática del kerigma.
Hermenéutica, sin embargo, que no se identificaba con el kerigma,
aunque pretendiera interpretarlo (y así lo hiciera durante muchos
siglos).
El seguimiento de las etapas y de la evolución del paradigma
greco-romano a lo largo de los siglos permite comprobar su
mantenimiento sin fisuras hasta bien entrado el siglo XX. Desde mitad
del siglo XX, sobre todo después del concilio Vaticano II, el paradigma
sufrió un considerable debilitamiento, pero ha seguido presente de
forma imprecisa, poco definida y confusa, sin que se haya declarado
nunca oficialmente como fuera de uso.
Sin embargo, entrado el segundo tercio del siglo XX una nueva corriente
teológica, que llegará a conocerse como la Nouvelle Theologie, comenzó a poner
seriamente en cuestión el antiguo paradigma, sobre todo la pertinencia
de seguir en los antiguos sistemas escolásticos. Esta teología
propugnaba más bien que la pura proclamación de la Palabra de Dios, del
kerigma, tal como estaba presente en la fe de la iglesia, tenía más
fuerza que transmitirla “velada” por sistemas interpretativos
anticuados.
Esta teología puramente kerigmática tuvo influencia decisiva en el
concilio Vaticano II (donde Joseph Ratziger, al parecer en aquella
época teólogo kerigmático, fue uno de los teólogos consultores) y ha
constituido la forma de hacer teología de una gran parte de los
teólogos profesionales de los últimos años, centrados en la
hermenéutica bíblica y en la transmisión kerigmática en los santos
padres y en la tradición de la iglesia.
Esto es, a nuestro entender, positivo en sí mismo, pero no en cuanto
que ofrece una imagen del kerigma al margen del logos de nuestra
cultura. Sin un esfuerzo hermenéutico profundo. Al fin y al cabo, la
gran tradición cristiana en el paradigma greco-romano buscó el logos de
la cultura de su tiempo. Si los tiempos han cambiado, y aquel logos ya
no es apropiado, la solución no es abandonar el logos, sino buscarlo en
las condiciones de la nueva cultura de la modernidad. Este es nuestro
punto de vista.
El kerigma cristiano es
la fe de la iglesia, no es ni la pura historia ni la hermenéutica
filosófica
El kerigma cristiano, por tanto, no debe confundirse ni con la historia
ni con el llamado “Jesús histórico”. El acceso a la fe desde nuestro
momento histórico se hace al adherirnos a la persona de Jesús, tal como
se nos transmite en la fe de la iglesia. En esta imagen de Jesús en la
iglesia está el fundamento de la creencia. Y esta creencia, una vez
constituida, nos hace entender que la imagen de Jesús en la iglesia
está “inspirada” y “asistida” por la Providencia divina. La misma
iglesia primitiva fue comprendiendo poco a poco esto mismo: que su fe,
transmisora a la historia de la revelación, debía estar “inspirada” y
“asistida” por Dios. Por consiguiente, esto quiere decir que la fe de
la iglesia fue haciendo “teología” desde los primeros tiempos (como se
ve claramente en San Juan y en San Pablo, pero también en los otros
escritos del Nuevo Testamento). La fe de la iglesia que hizo la
Escritura y la Tradición no sólo hizo “teología”, sino que pudo haber
atribuido a Jesús palabras que nunca pronunció, o incluso haber
reinterpretado acciones de Jesús (por ejemplo, algún milagro u otras
narraciones, como las circunstancias del nacimiento y de la adoración
de magos o reyes) de formas que no acontecieron en realidad. Todo esto
es posible. Pero, por encima de todo ello, la fe cristiana entiende que
la “teología” y su narrativa (en circunstancias quizá no estrictamente
fieles de la historia) han sido “inspiradas” para comunicar la esencia
del mensaje de Jesús que debía transmitirse y entenderse posteriormente
por la iglesia bajo la “asistencia” divina. Y de la misma manera que la
fe no consiste en la historia, ni en el Jesús histórico, sino en el
kerigma constituido por la misma fe de la iglesia, así también la fe,
el kerigma, tampoco consiste en las hermenéuticas o interpretaciones
formadas en la historia. El kerigma no se identifica con el paradigma
greco-romano, ni con otras hermenéuticas pasadas, presentes o futuras
que puedan surgir por la evolución del conocimiento. No se identifica,
por tanto, con la nueva hermenéutica en el paradigma de la modernidad,
que nosotros promovemos, aunque consideremos que, por el avance del
conocimiento en la historia, representa un acercamiento al kerigma
cristiano mejor, y más adecuado a nuestro tiempo, que el propuesto en
el paradigma greco-romano antiguo, tanto en lo filosófico-teológico
como en lo socio-político.
La imagen de la realidad en la ciencia (capítulo
IV)
La imagen de la realidad en el mundo moderno ha dependido de la
producción de conocimiento científico. Este ha influido en la manera de
ver las cosas de la gente y en parte ha sido uno de los factores
determinantes de la cultura de la modernidad. Que la imagen de la
realidad en el paradigma antiguo no se corresponda con la moderna no es
un supuesto establecido de principio, sino algo que debe ser mostrado.
Para ello, se debe reconstruir la imagen de lo real constituida en el
mundo moderno y compararla con la antigua (es lo que hemos hecho en el
capítulo IV de Hacia el Nuevo
Concilio).
Si se tratara, en efecto, de una visión nueva del universo, de la vida
y del hombre, entonces sería explicable que entre la hermenéutica del
kerigma en la iglesia (construida desde el paradigma antiguo) y la
imagen de las cosas en la modernidad no hubiera armonía. El hombre
moderno intuiría esta falta de armonía, vería el lenguaje explicativo
del cristianismo fuera de la realidad y tendería por ello a
desentenderse de la iglesia, aun quizá manteniendo su experiencia
religiosa interior.
Como decíamos, la nueva imagen de la realidad en la modernidad
afectaría, entre otros muchos, a tres contenidos: primero la idea crítica y abierta
del conocimiento (frente a la patencia racionalista de la Verdad del
paradigma antiguo); segundo
la nueva ontología fundada en los conocimientos científicos que
establecen una imagen monista del proceso evolutivo (frente a la
ontología antigua fundada en el dualismo platónico y aristotélico); tercero la idea del enigma
metafísico último en un universo borroso donde la metafísica fundada en
la ciencia deja abiertas dos posibles hipótesis de entendimiento
metafísico último de la realidad: la hipótesis teísta (que puede
construirse con argumentos objetivos) y la hipótesis puramente mundana,
sin Dios (que se construye también con sus argumentaciones objetivas
propias).
Este universo ambivalente, borroso, enigmático, es la nueva imagen
metafísica de la ciencia (frente al teocentrismo del paradigma
antiguo). Una circunstancia de gran interés, para entender las
consecuencias de la imagen del universo en la ciencia sobre la
religión, debe destacarse. La ciencia de los últimos siglos fue reduccionista (reducía la
explicación de la vida y del psiquismo a una materia mecánica y
determinista, es decir, de acuerdo con una imagen mecanoclásica del
mundo físico).
Pero la evolución de la ciencia en los últimos cuarenta años ha pasado
del reduccionismo al holismo fundado en una consideración integral de
las consecuencias de la mecánica cuántica. Por ello, esta nueva ciencia
holística (que explicamos ampliamente en el capítulo IV) ha abierto
nuevas vías monistas en la explicación no-reduccionista del psiquismo
animal y humano. No queremos decir que esta nueva vía holística de la
física y de las ciencias humanas se haya impuesto definitivamente:
todavía hay reduccionistas y se mantienen opiniones diversas sobre la
filosofía y metafísica de la ciencia.
Pero sí queremos decir que la nueva física constituye una vía
heurística consistente, abierta a su progreso en los próximos años: es
indicativo de su importancia que, en el fondo, sólo esta vía heurística
podría llegar a estar en condiciones científico-filosóficas de explicar
satisfactoriamente la emergencia evolutiva evidente de las propiedades
del psiquismo animal y humano. Por consiguiente, esta circunstancia –la
nueva física holística– sería la ocasión histórica para que el mundo
religioso supere el enfrentamiento con una ciencia reduccionista y se
abra al diálogo con la ciencia que permite llegar al paradigma de la
modernidad.
El paradigma de la modernidad (capítulo V).
El supuesto de la fe cristiana es que el Dios que se manifiesta en
Cristo, o sea, la Voz del Dios de la Revelación, debe estar en
congruencia con la naturaleza del universo, de la vida y del hombre, o
sea, con la naturaleza que manifiesta la Voz del Dios de la Creación.
Por tanto, si la modernidad representa una profundización en el
conocimiento de la naturaleza del mundo real y de la situación del
hombre en la historia, entonces la modernidad (más allá del paradigma
del mundo antiguo) debería permitir una comprensión nueva más profunda
del kerigma cristiano.
¿Es esto así? Si lo es, debe argumentarse: describiendo la naturaleza
del kerigma cristiano (capítulo II), describiendo la situación real del
hombre en la modernidad (capítulo IV) y mostrando argumentadamente cómo
se produce una iluminación bidireccional entre kerigma y modernidad
(capítulo V). Según lo dicho, por tanto, ¿cuál es la situación del
hombre en la cultura de la modernidad? Está abierto a la conciencia de
un universo enigmático que pudiera ser Dios, pero también un puro
mundo; esta experiencia ambivalente se ve confirmada por la experiencia
fáctica de una sociedad de creyentes y no creyentes.
En último término, la experiencia metafísica del hombre le instala
existencialmente ante dos preguntas decisivas ante el enigma del
universo y del sentido de su propia vida: ¿es real y existente un Dios
oculto y en silencio, creador de este universo donde no se impone su
presencia y la pura mundanidad sin Dios es posible? Ese Dios oculto y
en silencio, ¿alberga una intención de relación con la especie humana y
de liberación de la historia?
La pregunta ante el posible Dios
oculto y liberador es la gran inquietud existencial del hombre.
Este hombre se ve a sí mismo en un universo borroso y enigmático donde
no existe una patencia de la Verdad; en un universo no teocéntrico en
que Dios no se impone; en un universo que puede ser entendido sin Dios
y donde los hombres pueden asumir libremente una existencia puramente
mundana. Es el hombre que, desde esta experiencia de sí mismo en el
mundo real, se encuentra con el kerigma cristiano y considera entonces
la forma en que éste describe el eterno designio divino y el sentido de
su obra creadora.
En la doctrina de Jesús, como antes decíamos, se revela el eterno
designio divino que crea un mundo para la libertad donde el pecado, la
negación de Dios es posible. Pero un mundo indigente y dramático donde
los hombres, aunque pueden ser mundanos y cerrados a Dios, llegan a
entender que sólo la posible realidad de un Dios oculto y en silencio
podría ofrecer a la humanidad la liberación final de la historia.
Por ello, los hombres abiertos a la esperanza en Dios y a la oferta de
una comunión metahistórica con la Divinidad son quienes aceptan al Dios
oculto en la creación (que se nos revela en el misterio de la kénosis
en la encarnación y en la cruz) y al Dios liberador (cuya acción
liberadora de la historia se anticipa en la resurrección de Cristo). El
plan de Dios revelado en Jesús es el de una creación que tiene a Cristo
por Cabeza. Una creación que tiene sentido en el logos cristológico: el
Dios que acepta la kénosis ante el enigma del universo y el drama de la
historia, pero que finalmente se manifestará metahistóricamente
glorioso por la liberación de la humanidad.
El plan establecido por Dios, y revelado en Jesús, es la creación de un
universo enigmático y dramático como escenario portentoso en el que
quienes aceptan a Dios –creyendo en su Amor y su voluntad liberadora
por encima del enigma y del drama de su lejanía y de su silencio en la
historia–, o sea, los santos, pueden enriquecer sus vidas construyendo
en libertad su entrega a la comunión con Dios.
Pero el plan de Dios contempla de la misma manera una creación
enigmática y dramática en que los hombres podrán cerrarse a un Dios que
les llama por una apelación inequívoca en el fondo de su espíritu (el
pecado). La teología cristiana sostiene que no sabemos con seguridad de
alguien que haya muerto en cerrazón total a Dios. Pero el kerigma
cristiano deja abierto sin dudas, junto al Misterio de Santidad, el
escenario del Misterio de Iniquidad que se presenta como una realidad
incuestionable en la historia humana. El mundo que vemos no es un mundo
que se salga del plan de Dios, sino que, al contrario, es un mundo que
responde integralmente a su designio creador.
El eterno designio divino
hace posible el Misterio de Santidad y el Misterio de Iniquidad
El paradigma de la modernidad nos hace entender que la cultura de la
modernidad, y lo que en ella se manifiesta, no es un mundo que se haya
salido del control de Dios. Lo que sucede y constatamos no es algo que
deba asombrar a los creyentes, como si la sociedad y la historia
estuvieran contraviniendo el orden natural establecido por Dios. Lo que
sucede en la modernidad es lo que Dios ha previsto en el proyecto
creador revelado en la doctrina de Jesús. Es una realidad en que el
enigma del universo y el drama de la existencia hacen posible que se
construya una hipótesis explicativa sin Dios, puramente mundana, y que
muchos orienten el sentido de su vida sin referencias a Dios. El mundo
sin Dios asume una posibilidad natural viable, admitida por Dios en su
proyecto creador. El enigma del universo permite también entenderlo por
la hipótesis racional argumentable del teísmo. Pero Dios ha hecho un
mundo naturalmente enigmático donde es posible negar a Dios. Negación
que tiene tanta más fuerza cuanta es la dramática experiencia, personal
y social, del sufrimiento en la historia. Por ello, la responsabilidad
de negar a Dios que responde al concepto teológico de “pecado” no
consiste en una posición filosófica natural puramente mundana (que es
naturalmente asumible), sino en rechazar la presencia interna de Dios
como Espíritu en el “espíritu” humano, apelando a todo hombre para que
acepte la oferta de comunión con Dios. El hombre es “pecador porque
rechaza esta llamada personal, interior y mistérica (mística), de Dios
a todo hombre en su individualidad. El universo responde al proyecto
creador de Dios en que la libertad hace posible el Misterio de
Santidad, pero también el Misterio de Iniquidad. El mundo real, la
modernidad, es un mundo donde sucede lo que Dios ha previsto en su
proyecto creador.
El cristianismo como religión universal
Los hombres que aceptan a Dios y son religiosos lo hacen siempre
venciendo la desmoralización que supone el enigma de un universo en que
Dios está oculto y no se impone; pero venciendo también la
desmoralización de un Dios que permite el sufrimiento dramático de la
historia. Por ello, todo hombre que se abre a la esperanza de un Poder
Divino, un Dios que salva y libera al hombre y a la historia, lo hace
creyendo en el Amor de Dios por encima o a pesar de su lejanía y de su
silencio. Todo hombre religioso, en cualquier religión, cree en un Dios
oculto y liberador, venciendo la angustia por su lejanía y por su
silencio en el enigma y del drama de la existencia. La esencia del
mensaje revelado en Jesús consiste precisamente en la confirmación de
que el Dios real es efectivamente el Dios cuyo proyecto creador pasa
por el ocultamiento de la cruz y la liberación metahistórica de la
resurrección. Todo hombre religioso, por ello, al creer en el Dios
oculto/liberador está admitiendo el Misterio de Cristo y, en este
sentido, es implícitamente cristiano. Esto es lo que, como explicamos
en Hacia un Nuevo Mundo (especialmente en el capítulo VI) nos permite
hablar de “religión universal”, “cristianismo universal” e “iglesia
universal”.
El Nuevo Concilio (capítulo VIII).
No abordamos en
este input el contenido del capítulo VI, sobre las religiones, y del
capítulo VII, sobre la filosofía de la historia, ya que no queremos
alargar este input y, por otra parte, los capítulos VI y VII serán
tratados en el desarrollo posterior de este blog.
El argumento básico para justificar nuestra apelación a la convocatoria
del Nuevo Concilio queda trazado a través de los diferentes capítulos
que constituyen la estructura de Hacia
el Nuevo Concilio. El argumento básico es este: se ha llegado a
un punto en que la alternativa a la hermenéutica antigua greco-romana
se está configurando en el paradigma de la modernidad; este paradigma
permite una hermenéutica más profunda del kerigma cristiano en nuestro
tiempo, entendiendo cómo la Voz del Dios de la Revelación se armoniza
con la Voz del Dios de la Creación que se manifiesta en la modernidad;
de ahí que la iglesia deba asumir su responsabilidad proclamadora del
kerigma cristiano en la historia afrontando su reformulación
hermenéutica en el mundo moderno por medio de la escenografía mediática
más importante de que dispone la iglesia, a saber, el concilio.
Tras veinte siglos en la hermenéutica del paradigma antiguo, ha llegado
el momento en que la iglesia debe afrontar su responsabilidad en la
proclamación del kerigma. Hasta hace muy poco, digamos sesenta años, la
iglesia católica estaba todavía de lleno en el paradigma antiguo. En la
actualidad está todavía presente en amplios sectores de la iglesia.
Aunque gran parte de la teología pasó a ser una teología kerigmática
(pura proclamación del kerigma, sin hermenéutica filosófica), tal como
antes explicábamos, el hecho es que la iglesia está en una situación de
indefinición: no se sabe bien hasta qué punto estamos o no estamos en
el paradigma antiguo, hasta qué punto la teología kerigmática es la
teología oficial, hasta qué punto lo que he llamado en HNC ciertas adaptaciones ad hoc (como la
evolución, la idea del dualismo, el laicismo, etc.) suponen una
revisión global del paradigma antiguo.
La iglesia se halla en un estado general de desconcierto e
indefinición, en un momento de la historia en que atravesamos una grave
crisis del cristianismo y por ello es una indefinición más paralizante.
El objetivo del nuevo concilio sería emprender la tarea sistemática de
reorientar la proclamación del kerigma desde nuestra experiencia del
mundo en la cultura de la modernidad.
La nueva hermenéutica iría desde la instalación en la nueva ontología
de la ciencia, saliendo del hoy difuso mundo de la ontología
greco-romana, hasta la proclamación del Misterio de Cristo como luz que
ilumina el sentido de una creación para la libertad. La fuerza de esta
proclamación del kerigma iluminada por el renovado entendimiento de la
Voz del Dios de la Creación, manifiesta en la cultura de la modernidad,
daría al testimonio de la iglesia una extraordinaria capacidad para
iluminar el sentido de la creencia en Dios y la responsabilidad de la
libertad humana al tomar una posición ante Dios.
Un tiempo excepcional para el cristianismo y para
las religiones
Si, en efecto, el cristianismo estuviera hoy cercano al cambio de
paradigma que permitiera entender con mayor profundidad el sentido de
la religiosidad humana, este hecho nos haría entrar en un tiempo
excepcional por el enriquecimiento humano que supondría, al que antes
hacíamos alusión. Los creyentes, que han atravesado en los últimos
siglos una grave tribulación, una molesta crisis de identidad en la
cultura moderna, podrían llegar a estar en condiciones de entender el
sentido de la fe cristiana en coherencia con la cultura de la
modernidad en que inevitablemente deben vivir.
Las diferentes confesiones cristianas y las religiones podrían hallar
un campo de convergencia nuevo y enriquecedor, llegando al “mutuo
reconocimiento” a través de los conceptos de “religión universal”,
“cristianismo universal”, “religión universal”.
Esta convergencia interconfesional cristiana e interreligiosa haría
también posible el mutuo entendimiento para afrontar juntas, todas las
religiones, su contribución con el proceso civil de la historia hacia
una lucha renovada contra el sufrimiento humano a través de la
organización de la sociedad civil. De esta manera, si el cristianismo
fuera capaz de entrar como religión en el tiempo histórico excepcional
que significaría la convocatoria del nuevo concilio, entonces se
estarían sentando los fundamentos que pondrían a las religiones en
condiciones de contribuir decisivamente al otro tiempo histórico
excepcional de la historia civil en la lucha contra el sufrimiento.
Por otra parte, la profundización en el sentido de la religiosidad,
desde dentro del logos racional de la modernidad, una vez proclamado y
conocido, permitiría a muchos hombres en la duda del agnosticismo y en
el vacío del ateísmo emprender una nueva ponderación del sentido de la
vida que pudiera abrirles al enriquecimiento que para sus vidas
supondría poder abrirse libremente a la esperanza religiosa.
El mensaje del concilio a
la humanidad
Lo que el concilio debería proclamar ante la humanidad, ante las
sociedades humanas y ante las otras religiones, sería la esencia del
mensaje de Jesús: la llamada a no desesperar ante la angustia del
enigma del universo y del drama sufriente de la existencia humana,
personal y colectiva, abriéndose a la esperanza en el Poder Divino que
liberará la historia, más allá de la lejanía y el silencio de Dios.
Sería, en definitiva, la llamada a creer en el Amor del Dios oculto y
liberador que diseña la creación para la libertad, a pesar de su
silencio y del drama de la existencia. En esta creencia todos los
creyentes se sentirían unidos en la “religión universal”, los
cristianos serían conscientes de su fe como “cristianismo universal” y
la iglesia se sentiría “iglesia universal” que transmite desde la
tradición apostólica el mensaje de Jesús que desvela el misterio de un
universo para la libertad que cobra su sentido en el Misterio de Cristo.
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