Filosofía
Política del protagonismo histórico emergente de la sociedad civil
JAVIER MONSERRAT | ALICIA MONTESDEOCA
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Nuestras
sociedad, tan formidable en tantos sentidos, no funciona. Esta
situación está
dando origen a un nuevo ideal ético, compartido por la mayoría de la
población,
fruto de una nueva sensibilidad ético-utópica en la que confluyen la
Modernidad
y el Comunitarismo, explica Javier Monserrat en esta entrevista. Para
desarrollar esta sensibilidad, propone el Proyecto Universal de
Desarrollo
Solidario, potencial diseño del difuso “nuevo orden internacional”.
Este
proyecto consiste en la organización de un nuevo movimiento de acción
civil,
pragmático y viable, que podría llamarse Nuevo Mundo, independiente de
lo
político pero orientado a condicionar la política desde fuera. Las
religiones
podrían dar el apoyo social definitivo a esta iniciativa.
Javier
Monserrat es jesuita y profesor titular en la Universidad Autónoma de
Madrid,
en el Departamento de Psicología Básica, especializado en Percepción y
ciencia
de la visión. Es autor de La Percepción Visual. Ha sido profesor en las facultades
eclesiásticas de la U. P. Comillas, Madrid. Ha explicado cursos de
filosofía de
la psicología, psicología de la cultura, filosofía de la historia,
filosofía
política o epistemología y teoría de la ciencia. Su aportación a la
filosofía
política se centra en dos libros: Dédalo. La revolución americana del
siglo XXI y Hacia un Nuevo Mundo, que acaba de ver la luz y que es el objeto de la
siguiente entrevista.
Usted
habla
del diseño de un Nuevo Mundo ¿Cuáles son los pilares sobre los que se
sostiene
este posible proyecto humano?
Cuando
hoy
todos hablan de que “otro mundo es posible” apuntan a la esperanza de
un Nuevo
Mundo. Yo he aceptado la referencia a estos tópicos de actualidad, no
sólo
usados, sino incluso manoseados a veces, porque he querido meterme
dentro,
participar como uno más, de ese clamor social presente en tantísima
gente, sobre
todo en los jóvenes. Aspirar a un Nuevo Mundo se funda en la percepción
de que
nuestra sociedad, tan formidable en tantos sentidos, no funciona: es la
dramática percepción del sufrimiento humano. El pilar, pues, de la
aspiración
al posible proyecto humano de un Nuevo Mundo se construye desde una
experiencia
personal que muchos sentimos con toda sinceridad y fuerza: la angustia
ante el
espectáculo sangrante de una humanidad sufriente e insolidaria que está
estancada y no encuentra su camino.
Usted
menciona
un nuevo ideal ético u horizonte utópico, ¿qué novedades aporta a lo ya
declarado en el marco de la Declaración de los Derechos Humanos, por
ejemplo?
La tesis
inicial, más básica, de la Filosofía Política que propongo, establece
que a
fines del XX y comienzos del siglo XXI se está formando, en efecto, un
nuevo
ideal ético u horizonte utópico; está presente en la mayor parte de
nosotros,
pero todavía en forma presentida, es una intuición difusa, pero
socialmente
fuerte, en que la mayoría nos sentimos unidos. En mi libro explico cómo
toda
sociedad se ha organizado siempre desde una sensibilidad ético-utópica
propia.
Y en congruencia con ella toda sociedad diseña un cierto “proyecto de
acción en
común”. Para entender el presente debemos referirnos a dos cambios de
sensibilidad ético-utópica muy importantes que nos configuran. El
primero fue
en el Renacimiento (siglos XVI-XVII): el humanismo y la teoría política
de los
derechos humanos conducen al proyecto de acción en común del
constitucionalismo
primero y de la democracia después. Este movimiento histórico que
conocemos
como la Modernidad se alió con el liberalismo de Adam Smith en el XVIII
y llega
hasta los neoliberalismos actuales. El segundo cambio de sensibilidad
ético-utópica se produjo en el XIX con el Comunitarismo. Tuvo tres
manifestaciones: el historicismo, el socialismo-marxismo y el
anarquismo. Cada
una derivó a la propuesta de un nuevo proyecto de acción en común como
alternativa a la Modernidad. Así, por ejemplo, el marxismo y su
filosofía de la
historia hacia el proyecto final de la formación social comunista.
Modernidad y
Comunitarismo han andado a la greña. Pero a fines del XX han tocado
fondo. Yo
pienso que en nuestros días está emergiendo una nueva sensibilidad
ético-utópica. Es algo nuevo: vivimos en la emergencia de un tiempo
histórico
nuevo. Creo que esto es importantísimo.
¿Qué
valores,
qué realidades, qué creencias llevan a la sociedad civil a movilizarse
y a
asumir sus responsabilidades como nuevo motor de cambio de la sociedad?
La
emergencia
de esa nueva sensibilidad ético-utópica supone que hoy se comienza a
sentir de
una forma nueva qué valores, qué ideales éticos deberíamos realizar en
común. A
mi entender, estos valores nuevos no se configuran por romper con el
pasado,
sino por romper con las radicalidades del pasado. La novedad de nuestra
sensibilidad actual es la confluencia de los valores de la Modernidad y
del
Comunitarismo. De la Modernidad asumimos la pasión por la libertad, por
la
creatividad, por una sociedad abierta y crítica, por un liberalismo que
funde
la iniciativa personal. Del Comunitarismo asumimos la pasión por la
justicia,
por la fraternidad, por la solidaridad, por la función social de los
bienes,
por la lucha hacia una sociedad acogedora, incluso “maternal”, para
todos.
Todos somos hijos de la Modernidad, pero también del Comunitarismo.
Pero a esta
confluencia de valores llegamos hoy por un valor añadido decisivo
esencial: el
pragmatismo. Lo que interesa no es defender “ideologías” que pueden
entretener
la historia por otros cien años, sino resolver con pragmatismo los
problemas
urgentes del sufrimiento humano. El pragmatismo nos urge a diseñar vías
“posibles” hacia el futuro.
Usted
defiende
el protagonismo de la sociedad civil, ¿puede definir su composición
natural?
Sociedad
civil
somos todos: profesionales, trabajadores, funcionarios, empresarios,
etc. Somos
lo básico: el cuerpo real de una sociedad que trabaja y resuelve por
interacciones sus problemas. De la sociedad civil, a través de las
organizaciones políticas, sale un gobierno constituido por políticos.
Pero
gobernar está sometido a constricciones: la Constitución y las leyes.
Todo es
una herencia de la Modernidad: tanto la necesidad del poder político,
como su
limitación y control por la soberanía popular. Por tanto, sociedad
civil son
los componentes de la sociedad natural, en cuanto que se distinguen de,
digamos, la “clase política”. Sociedad civil, por tanto, se opone a
“clase
política”. El problema se presenta cuando la sociedad civil, soberana
protagonista de la historia, observa con consternación, primero, que lo
que
hacen los políticos al gobernar no coincide con el sentir social
mayoritario y,
segundo, que las estructuras surgidas de la Modernidad han llegado a
urdir
densas tramas de dominación (como partidos políticos, lobbies,
intereses
comerciales, empresas mediáticas…) que tienen reducida la sociedad a la
alienación ética y a la impotencia absoluta. Para las mentes más
lúcidas es
angustioso no saber cómo salir de la trampa urdida por algunos desde
dentro de
la Modernidad.
Dada
la
contraposición entre sociedad civil y clase política, ¿qué o quién
lidera o
debiera liderar el protagonismo histórico?
El
impulso que
en los próximos años moverá hacia un Nuevo Mundo será la conciencia
civil de
que para contribuir a promover los valores de la nueva sensibilidad
ético-utópica es necesario romper las tramas de dominación a que está
sometida.
Para salir de la trampa será necesario un liderazgo estrictamente civil
que
ponga a la sociedad civil en condiciones de dominar la situación y
asumir un
nuevo protagonismo histórico. A esto responde el subtítulo de mi libro.
Sin
embargo, debo advertir que, a mi entender, el nuevo protagonismo civil
no es
para sustituir el poder político, sino para condicionarlo. El ejercicio
del
poder debe seguir estando en manos de los políticos, en el marco de las
estructuras políticas nacidas de la Modernidad. Pero la sociedad
organizada
puede hacer que sólo gobiernen aquellos políticos que nos lleven hacia
un Nuevo
Mundo.
Usted
habla de
un nuevo ideal ético u horizonte utópico, ¿supone también un nuevo
proyecto de
acción en común?
Evidentemente.
Esto es esencial para entender el presente. La Modernidad tuvo su
proyecto. Los
Comunitarios tuvieron el suyo. También la nueva sensibilidad
ético-utópica
emergente en nuestro tiempo conduce por su propia lógica a un nuevo
“proyecto
de acción en común”. Igualmente está presente hoy como algo intuido
vagamente y
difuso. La contribución del intelectual, en este caso del filósofo
político, es
declarar de forma explícita tanto el ideal-horizonte como el proyecto
que lo
realiza. La declaración contribuye así a que lo confusamente presentido
se haga
conciencia explícita y reflexiva que fundamente una praxis social
consecuente.
En esto estamos. En mi libro he ensayado una declaración del nuevo
proyecto de
acción en común a que conduce la nueva sensibilidad histórica que
emerge. Es lo
que, en el capítulo cuarto del libro, he llamado “proyecto universal de
desarrollo solidario” (proyecto UDS). Es un sistema de pactos acordados
libremente entre naciones soberanas con el objetivo de posibilitar, en
condiciones
de igualdad y corresponsabilidad, tanto el gasto social y de desarrollo
interno
de las naciones ricas, como la financiación internacional del gasto
social y de
desarrollo en las naciones pobres. Es un proyecto pragmático en la
confluencia
de Modernidad (liberalismo) y Comunitarismo (regulación estatal). Es
tan
liberal que a uno de los pactos que contiene se le denomina “pacto de
liberalismo perfecto”. Pero es tan socialista que contiene una
estructura
funcional de regulación internacional y nacional que va mucho más allá
de
cuanto suelen proponer los partidos socialistas o socialdemócratas
actuales.
Aquí no puedo explicarlo con mayor precisión, sin extenderme. Baste
decir que
este proyecto representaría, a mi entender, el diseño correcto y viable
de lo
que hoy muchos llaman, sin saber exactamente qué quieren decir, el
“nuevo orden
internacional”.
¿Qué
papel
jugarían los Estados y las Instituciones Internacionales actualmente
constituídas en ese “proceso emergente de consolidación del compromiso
por la
justicia y la solidaridad”, del que usted habla?
Nuestro
ideal
ético y horizonte utópico quiere, ante todo, con pragmatismo, la
resolución
urgente del problema del sufrimiento humano. Así, proyectos inviables o
ideologías que necesitaran siglos para triunfar, no sirven; hoy no
interesan.
Poner la casa patas arriba no es un camino pragmático. Por ello, el
proyecto
UDS se construye desde el pragmatismo y el principio de parsimonia de
medios.
No se debe, pues, crear un “gobierno mundial”, ni constituir un nuevo
ámbito
internacional de soberanía. Todo debe seguir como hasta ahora: estados
soberanos que acuerdan un proyecto de acción en común al que se sienten
obligados por la fuerza derivada de los tratados en el derecho
internacional
ordinario. Lo que si debería existir es un gobierno para la aplicación
del
proyecto UDS, de acuerdo con los pactos internacionales reguladores.
Dejando
aparte qué países se convirtieran en promotores del pacto, entiendo que
el
lugar natural para residenciar este pacto internacional para el
proyecto UDS
debería ser la ONU. Enriquecida por el proyecto UDS, podría seguir
funcionando
como hasta ahora, aun con las reformas estructurales necesarias. El
Banco
Mundial, el Fondo Monetario Internacional, así como otras agencias de
las Naciones
Unidas, podrían reconvertirse como instrumentos de gobierno y control
del
proyecto UDS.
Ud.
habla del
movimiento de acción civil Nuevo Mundo: ¿a qué responde y cómo se
estructura su
funcionamiento?
Supuesta
esa
nueva sensibilidad ético-utópica de nuestro tiempo y el proyecto UDS
como
“proyecto de acción en común” derivado de esa sensibilidad, la pregunta
es:
¿qué estrategia de acción política puede conducir a promover la
realización del
proyecto UDS con la mayor eficacia? En mi libro se discute la
respuesta. Pero
la conclusión que se defiende es clara: la vía eficaz hacia el proyecto
UDS
sería la organización de un nuevo movimiento de acción civil, que llamo
Nuevo
Mundo, independiente de lo político (no sería un partido político),
pero
orientado a condicionar la política desde fuera. En el capítulo sexto
del libro
he analizado ampliamente qué debería ser Nuevo Mundo: su nacimiento, su
crecimiento, sus puntos de apoyo, su organización interna, su actuación
política, etc. Creo que la propuesta de fundación y organización de
Nuevo Mundo
es la aportación más reseñable de mi libro. Un tipo de acción civil
semejante a
la propuesta con Nuevo Mundo sería una de las novedades más importantes
del
siglo XXI. En último término representaría la consolidación del nuevo
protagonismo histórico, a mi entender ya inevitable a corto plazo, de
la
sociedad civil.
¿Existen
ya
experiencias encaminadas a la construcción de ese proyecto?
No creo,
que
yo sepa. Sin embargo, hoy es evidente el apoyo popular masivo a esa
nueva
inquietud por un mundo más justo y solidario, la apelación a otro mundo
posible, a ese Nuevo Mundo deseado. Existe hoy una incontenible fuerza
social
hacia un Nuevo Mundo que permite comprobar cómo, en efecto, nos
hallamos en un
tiempo emergente hacia la eclosión de esa nueva sensibilidad
ético-utópica que
acabará tomando conciencia precisa de sí misma. Sin embargo, lo que en
mi libro
llamo Nuevo Mundo, como movimiento de acción civil, todavía no ha
nacido. Mi
libro es un llamamiento para que nazca. Nuevo Mundo es la propuesta
viable y
eficaz, diseñada con precisión, para hacer pronto posible ese nuevo
orden
internacional que permita un mundo más libre, más pacífico, más justo y
solidario.
¿Qué
experiencias hay de esa fuerza social y cuáles son sus resultados más
llamativos?
La
presencia
emergente de la sociedad civil en los últimos quince años es una
muestra
inequívoca de esa nueva sensibilidad ético-utópica y del protagonismo
civil
creciente que promueve. Me refiero a organizaciones ciudadanas,
religiosas, a
las ONG, a la inquietud en los políticos más jóvenes, auténticos y
honestos, al
voluntariado, a los movimientos solidarios de todo tipo, a
organizaciones
especiales, como por ejemplo de apoyo a la tasa Tobin, etc. Es como si
la
sociedad desconfiara del poder político y se organizara para resolver
con
urgencia pragmática el problema del sufrimiento humano. A mi entender
todo eso
son signos premonitorios de lo que verdaderamente posibilitará la
influencia de
la sociedad civil hacia el Nuevo Mundo: la organización de Nuevo Mundo
como
organización de acción civil orientada a condicionar la política. Nuevo
Mundo
sería como el nivel cualitativo superior (el tránsito a la acción
política
eficaz) que debe completar ese compromiso asistencial que ya ha
emprendido la
sociedad civil en los últimos años.
¿Existe
en
esas movilizaciones alguna ideología o religión motor o marco teórico
de sus
acciones?
Los
movimientos actualmente existentes tienen tres cosas, a mi entender.
Tienen una
clara percepción del dramatismo inmediato de una humanidad sufriente.
Tienen
también un fondo de ideología que se saca de lo que hasta ahora ha
habido:
compromiso ético-religioso, ideologías humanísticas asistenciales
(las ONG),
residuos de ideologías marxistas o anarquistas (recordemos a los grupos
antisistema,
tan activos en los Foros Sociales o en las reuniones del G-8…), etc.
Pero
tienen también una percepción emergente y difusa de la nueva
sensibilidad
ético-utópica a la que he hecho referencia. En mi opinión los esfuerzos
intelectuales en la Filosofía Política deben acabar reconduciendo todos
esos
movimientos al “proyecto universal de desarrollo solidario” y al
movimiento de
acción civil Nuevo Mundo, organizado con un diseño que le permite su
viabilidad
social.
Usted
habla
del papel fundamental al que están llamadas las grandes religiones en
un
proyecto de Nuevo Mundo, ¿Es posible hoy el compromiso de las
religiones con la
sociedad civil, sin pretender influirle, condicionarle y renunciando a
un claro
protagonismo de sus iglesias?
A mi
entender,
y esto es esencial, tanto el proyecto UDS como el movimiento de acción
civil
Nuevo Mundo deben tener un diseño estrictamente laico. Son un producto
de la
razón humana natural orientada a organizar la convivencia humana, al
margen de
las opciones metafísicas, cosmovisionales o religiosas de los
individuos o
grupos humanos. Nuevo Mundo no es ni de una ni de muchas religiones: es
más, no
tiene nada que ver con la religión. Lo que ocurre es que los hombres
religiosos
son parte de la sociedad civil: son ciudadanos con los mismos derechos
que
todos. Y pueden tener iniciativas puramente civiles (o, si se quiere,
de diseño
laico), abiertas a todos, a creyentes de diversa confesión, a ateos y
agnósticos. Nuevo Mundo pudiera ser fundado por creyentes o no; pero en
todo
caso debiera ser laico. Pero hay otra reflexión sobre el crecimiento
social de
Nuevo Mundo, hasta alcanzar dimensiones que le permitieran influir
sobre la
política de forma eficaz. Aquí es donde tengo la opinión de que el
factor que
podría dar a Nuevo Mundo el apoyo social definitivo sería el apoyo
externo de
las religiones (no sólo las cristianas). Sería como la explosión
inflacionaria
de Nuevo Mundo. Pero este apoyo debería darse, evidentemente, sin
contrapartidas para con las religiones: de ahí la importancia que tiene
lo que
llamo “unidimensionalidad” en el diseño de Nuevo Mundo (y que aquí
sería
prolijo explicar con más detalle).
¿Es
un deseo o
detecta una clara evolución interna en las iglesias que le permite
llegar a esa
conclusión?
Mi deseo
sería
que las religiones (entre otros sectores sociales) apoyaran a Nuevo
Mundo: en
su fundación y en su eclosión final de influencia. Lo que se detecta es
que
todas las religiones promueven un humanismo social y político: la
justicia y la
paz; me refiero también al Islam. Esto se ve claramente en la llamada
doctrina
social de la Iglesia, en este caso católica. En la sensibilidad general
de los
creyentes se detecta, en efecto, esa nueva sensibilidad ético-utópica a
la que
me he referido. Sin embargo, junto a esto se detecta también que las
religiones
están hoy en tiempos de crisis profunda e incluso de fundamentalismo
(lo
primero trae lo segundo). Pensemos en el Islam, pero no sólo. Por ello
pienso
que las religiones sólo podrán jugar el papel que la historia les
demanda,
contribuyendo a la libertad, justicia y solidaridad, de la humanidad,
si son
capaces de reformarse y cambiar. Yo creo que estos cambios se
producirán. Es
históricamente inevitable.
Usted
ve a la
iglesia Católica como la abanderada de todo este proceso, ¿acaso la
llamada
secularización social y/o el integrismo religioso, las antiguas y
nuevas formas
de expresión de la religiosidad humana, la influencia de las otras
iglesias
cristianas, la importante representación mundial del islamismo, etc.,
no nos
hablan de demasiada complejidad como para que sea la Iglesia Católica
la que
aglutine a todas las voluntades, en un momento en el que ésta navega en
tantas
contradiciones con sus principios evangélicos?
En
primer
lugar no pienso que la iglesia católica sea abanderada de nada. El
proyecto UDS
y el movimiento civil Nuevo Mundo responden a una racionalidad
sociopolítica
natural y son estrictamente laicos. Lo hemos comentado. Por otra parte
pienso
que los sectores sociales religiosos constituyen probablemente el
sector más
importante en que Nuevo Mundo pudiera encontrar los apoyos que
necesita. ¿Cómo
podría conectar Nuevo Mundo con las religiones? Cabe pensar que las
religiones
más importantes deberían jugar un cierto papel en ello. De entre las
religiones
destaca el cristianismo. Y dentro del cristianismo el catolicismo es la
iglesia
más importante. Es explicable, pues, que desee (siendo además católico)
que el
diálogo (que no “abanderamiento” o “aglutinamiento de voluntades”), que
abra la
religiosidad a Nuevo Mundo, parta de los sectores más asentados, como
es la
iglesia católica. ¿Es esto posible? Como Ud. dice la iglesia católica
está hoy
en crisis (y también las otras religiosidades). Yo así lo considero.
Por ello
pienso que, sin cambio y sin reforma, la iglesia católica difícilmente
podrá
asumir el papel que hoy parece demandarle la coyuntura histórica.
Por
último,
usted aboga para que este proceso sea llevado a cabo a partir del
respaldo y el
protagonismo de los Estados Unidos de Norte América. ¿Qué prestigio
tiene hoy
esa potencia económica en las filas de la sociedad civil mundial, entre
los
pobres, los que sufren, los agredidos, los desplazados por las guerras,
etc.?
Quiero
insistir en el pragmatismo. Lo que la gente busca es hacer pronto algo
que sea
viable. La urgencia del sufrimiento no permite otra cosa. Por esto el
movimiento de acción civil Nuevo Mundo hacia el proyecto UDS debe ser
internacionalista. Nacerá en un país, pero deberá extenderse a otros.
De otra
forma no sería viable. En perspectiva pragmática es también evidente
que Nuevo
Mundo deberá ejercer una influencia en los países decisivos, más
importantes, o
no será viable. Y en el marco geoestratégico actual es claro que los
Estados
Unidos son el país más importante. Nuevo Mundo, por tanto, debería
penetrar en
América. ¿Es esto posible? Yo pienso que sí, puesto que la filosofía de
la
historia de América hace de la sociedad civil americana un campo
especialmente
preparado para entender a Nuevo Mundo, apoyarlo e incluso liderarlo.
Hay que
distinguir, pues, entre la filosofía profunda de un pueblo y las
políticas
coyunturales que promueven ciertos equipos de gobierno en momentos
difíciles de
su historia; políticas que, como Ud. dice, merman su prestigio entre
los
sufrientes de este mundo. Pero yo creo que América puede reencontrarse
con su
verdadera esencia histórica. Hoy todavía tengo la esperanza de que
quizá pueda
conseguirse en el futuro.
¿Por
qué
piensa Usted que hoy, después de los recortes de las libertades
sociales que la
ley contra el terrorismo impuso a este país, esa sociedad civil
americana es la
que posee el mayor protagonismo, que es fiel a su ideal ético/utópico
germinal
y que está en condiciones de ser arrastrada por el proyecto de Nuevo
Mundo que
implicaría la renuncia de muchos de sus privilegios a favor de los
desposeídos?
Yo no
pienso
que hoy la sociedad civil americana sea la que posea mayor protagonismo
hacia
el proyecto Nuevo Mundo (en realidad, como antes decía, éste sólo
existe como
propuesta en mi libro). Tampoco pienso que hoy sea fiel a su ideal
ético-utópico germinal. Pero pienso que éste, su esencia filosófica
como
nación, es real: por ello está en condiciones de convertirse a su
verdadera
filosofía de la historia, si se dan las condiciones para ello (y la
promoción
de Nuevo Mundo podría establecer estas condiciones). Hoy se halla
América en
una dramática coyuntura histórica: ser fiel a su propia esencia o
traicionarse
a sí misma. Pienso que, si se sigue el camino actual, se traicionará la
esencia
de América y la evolución posterior nos llevará a nuevas formas de
fascismo que
podrán surgir en el siglo XXI. Esto es precisamente lo que he explicado
en
forma literaria en mi novela Dédalo. La revolución americana del
siglo XXI.
Y, por descontado, también lo he explicado ampliamente en el ensayo Hacia
un
Nuevo Mundo que aquí comentamos.
¿Cómo
resumiría su propuesta?
Estas dos
obras han sido
escritas no sólo para ser pensadas, sino para generar praxis. Mi
opinión es que
la propuesta de crear Nuevo Mundo es pragmática y viable. Si llegara a
tomar
forma y prosperara, los beneficios que podrían seguirse para la
humanidad
serían inmensos: se trataría de hacer posible un acercamiento al nuevo
orden
internacional de libertad y creatividad, de paz, de justicia y de
solidaridad
que todos deseamos. Difícilmente se puede aspirar a objetivos más
nobles. Pero
en realidad ni siquiera sé si el ámbito cultural hispano hablante, en
que estas
ideas nacen, se tomará en serio reflexionar sobre ellas. Sin embargo,
vale la
pena comprometerse por ideas morales de tanta importancia, aun a costa
de
afrontar el caer en el ridículo. Mi ilusión, todavía abierta, sería que
alguien
se tomara en serio la tarea de comenzar a crear Nuevo Mundo.
Ciertamente si
Nuevo Mundo comenzara a nacer en nuestro ámbito cultural hispánico o
latinoamericano
creo que, en lugar de imitar y mirar hacia fuera, como casi siempre,
nos
podríamos convertir en líderes ideológicos de la historia del siglo
XXI. ¡Ojalá
haya personas que tengan la percepción intelectual nítida de que es así
y
tengan el coraje de comprometerse por ello!
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