Teoría
de la mente en Antonio R. Damasio
JAVIER MONSERRAT
|
Antonio R.
Damasio es un científico luso-americano
que dirige el departamento de neurología
de la universidad de Iowa; es también
profesor adjunto en The
Salk Institute en La Jolla,
California. Igualmente colabora en la
universidad de Lisboa, donde realizó sus
estudios de medicina y doctorado. Forma
parte del comité editor de importantes
revistas de su especialidad y, además,
los numerosos premios y honores
recibidos muestran el reconocimiento
incuestionable que su obra ha recibido
en la
comunidad científica.
Sus
estudios han tenido especial relevancia
en psicología, filosofía, antropología
y, en general, en el marco de lo que hoy
se llama “teoría de la mente”.
Obviamente el interés por Damasio no ha
surgido tanto en quienes construyen una
explicación funcional del hombre en el
paradigma de una metáfora fuerte, e
incluso débil, del ordenador, sino en
quienes buscan una explicación de la
mente humana a partir de las evidencias
neurológicas. En este sentido, Damasio
es hoy uno de los autores de cabecera
–codo a codo con otros como Edelman,
Changeaux, Ramachandran, Crick, Searle,
Penrose…- para construir una
antropología o psicología neurológica en
la orientación del paradigma explicativo
de los engramas o redes neuronales.
Esta manera
de pensar tiene un fundamento monista,
evolutivo, emergentista, que conduce a
la ciencia a situar en las redes
neurales los sistemas causales de la
naturaleza ontológica y funcional de la
mente humana. La ciencia nos dice así
que lo que en realidad existe son redes
neuronales. Por tanto, el conocimiento
neurológico que de ellas tengamos
establecerá los límites científicos para
saber qué es la mente y cómo funciona, o
hasta qué punto su naturaleza y sistemas
funcionales son idénticos o parecidos al
hardware
y software
de un sistema computacional; o, en
su caso, hasta qué punto la mente puede
ser simulada computacionalmente. Lo que
se diga sobre el hombre debe tener el
visto bueno de la neurología, ser
compatible con ella.
La
investigación de Damasio se centró ya
desde su llegada a los Estados Unidos en
la neurología de la mente. Intentó
investigar con precisión –la posible en cada
momento aplicando las tecnologías a su
disposición- las redes, sistemas,
subsistemas neurales en interrelación
que soportan el funcionamiento de la
memoria, del lenguaje, de la toma de
decisiones, pero, sobre todo, del
conocimiento y de las emociones. La
emoción, en efecto, y su relación
radical con el conocimiento y la
constitución del yo, son probablemente
los temas estelares en la investigación
de Damasio. En su laboratorio de
neurología de la universidad de Iowa ha
investigado en numerosos campos
específicamente médicos como pueden ser,
por ejemplo, las enfermedades de
Parkinson o Alzheimer; los resultados de
muchas de estas investigaciones han dado
lugar a numerosos artículos técnicos de
valor exclusivamente médico. Además,
diseños experimentales precisos le han
permitido aportar evidencias concretas
sobre aspectos relevantes en variados
sistemas neurales, muy especialmente en
la emoción, o en la explicación e
intervención neurológica de numerosos
casos clínicos abordados en su
laboratorio (por ejemplo, la compleja
interpretación retrospectiva del caso de
Phineas P. Cage). Y en todo ello
Damasio, en colaboración con su mujer
Hanna Damasio, reputada neuróloga en
imágenes funcionales, ha usado en
conjunción tanto el método tradicional
de las lesiones cerebrales, como la
moderna imaginería neural, aplicando las
técnicas y sistemas de escáner más
avanzados que han salido, y siguen
saliendo, al mercado.
Sin
embargo, la gran aportación de Damasio
–a la que también ha contribuido por su
parte Joseph LeDoux- es la
neurología-psicología de la emoción. A
través de sus trabajos ha explorado
brillantemente las estructuras y
sistemas neuronales que permiten a los
organismos la sensación de sí mismos y
la producción consecuente de estados
emocionales primigenios. Toda la
actividad psíquica está así referida a
estos sistemas emocionales germinales y
construida sobre ellos; el mundo de la
cognición, por ejemplo, no es un sistema
independiente y autónomo (este sería el
clásico error
de Descartes), sino una actividad
psíquica integrada y construida
evolutivamente desde la
sensación-emoción.
En algún
sentido podemos decir que en Damasio
encontramos importantes aportaciones
para entender lo que sería una
neurología de la “inteligencia
sentiente” (Zubiri), muy conocida por
nosotros en el ámbito de la filosofía
española. Por otra parte, autores como
Daniel Goleman o Stanley Greenspan han
contribuido también a difundir
divulgativamente el concepto de
“inteligencia emocional”, cuyo origen
hay que buscarlo en las aportaciones
científicas de Damasio y LeDoux, entre
otros
autores.
Por tanto,
Damasio es consciente del enfoque
metódico en que se sitúa: el de una
antropología o psicología neurológica.
Sin embargo, admite explícitamente la
existencia de otros enfoques legítimos
que, también en el marco de la ciencia,
complementarían la imagen neurológica
del hombre; por ejemplo, la
investigación de la psicología
cognitiva. Por otra parte, su enfoque
neurológico tampoco es completo; al
menos así lo entendemos nosotros.
Exigiría profundizar en ciertos
desarrollos que Damasio ha tratado muy
de pasada y, por ello, su neurología es
algo sesgada y debería completarse desde
otras perspectivas. A ello nos
referiremos seguidamente en la
exposición y discusión final de sus
aportaciones. No vamos a presentar aquí
una exposición neutra. Vamos, pues, a
comentar y discutir la obra de Damasio,
intentando completar la lógica interna
de la teoría de la mente que nos ofrece.
Nuestro interés no es tanto exponer
neutralmente a Damasio, cuanto
reflexionar sobre sus resultados en
orden a construir la imagen de la
antropología neurológica que hoy nos es
posible construir.
En nuestro
análisis vamos, pues, a fundarnos en las
dos obras en que Damasio ha
sistematizado las consecuencias de su
investigación de muchos años en orden a
una imagen neurológica del hombre. A
estas dos obras habría que añadir una
tercera que no nos ha sido accesible en
el momento de concluir este artículo (su
aparición se anuncia para febrero de
2003)1.
1.
Arquitectura básica de la mente
La mente
humana (y en su nivel también animal)
comienza a construirse para Damasio
desde el momento en que un sujeto
psíquico formado evolutivamente siente
ciertos sistemas de imágenes,
producidos por ciertos sistemas de redes
neuronales en su sistema
nervioso, y actúa sobre ellas manipulándolas
en procesos de cognición-
pensamiento orientados a la
supervivencia óptima en el medio. Su
“teoría de la mente”, en consecuencia,
estará así constituida por aquel
conjunto de evidencias empíricas y
teóricas que permiten explicar
científicamente que una mente así
entendida existe y es real, siendo la
causa productora más importante del
comportamiento de los seres vivos; al
menos de los organismos superiores
(aquellos que, en definitiva, han
llegado a tener una mente).
1.1. Origen evolutivo
de la mente
Es evidente
que Damasio considera que el hombre,
todo cuanto lo constituye realmente como
tal, es resultado de un proceso
evolutivo. Sin embargo, su enfoque
analítico va dirigido a explicar cómo
funciona el organismo adulto ya formado;
a describir, en definitiva, los
diferentes aspectos de ese sistema
funcional, siempre en perspectiva
neurológica, que llamamos “hombre” y
constituye su preocupación médica
inmediata. Por ello no abunda en
observaciones sobre el marco evolutivo
básico; pero debemos observar a reglón
seguido que lo evolutivo está siempre
implícito en sus análisis, e incluso en
muchos momentos es objeto de estudio y
mención explícita, aunque no siempre sea
tan amplia como nosotros desearíamos.
Damasio
entiende, pues, que somos organismos
vivos, con cuerpo y sistema nervioso, o
cerebro para abreviar; esta distinción
es convencional ya que también puede
decirse que el cerebro forma parte del
cuerpo. Pero, en todo caso, cuerpo y
cerebro forman una unidad funcional
indisociable que responde al medio de
forma holística o molar, tanto en las
respuestas externas, comportamiento,
como en las respuestas internas
producidas en el sistema funcional que
en los organismos superiores llamamos
“mente”.
Sin
embargo, Damasio sabe que hay organismos
aparentemente sin cerebro pero que
producen comportamiento. “Muchos
organismos simples, incluso los que
poseen una sola célula y carecen de
cerebro, realizan acciones de forma
espontánea o en respuesta a estímulos
del ambiente; es decir, producen
comportamiento. Algunas de estas
acciones están contenidas en los propios
organismos, y pueden hallarse escondidas
a los observadores (por ejemplo, una
contracción de un órgano interior) o
bien ser observables externamente (un
espasmo, o la extensión de un miembro).
Otras acciones (arrastrarse, andar,
sostener un objeto) están dirigidas al
ambiente” (El error, 92).
Los
organismos unicelulares –por ejemplo un
paramecio o una ameba- reciben
estimulaciones y desencadenan reacciones
orientadas a mantener el equilibrio
biológico óptimo en el medio. Lo mismo
ocurre con los seres pluricelulares.
Pero en estos se ha producido una
diferenciación funcional de sus células:
un subsistema de ellas comienza a
especializarse en detectar
estimulaciones y otro, en cambio,
coordinadamente, a desencadenar
respuestas; así entiende la biología la
emergencia evolutiva del sistema
nervioso. En un paramecio la misma
célula, la única, es afectora (receptora
de estimulación) y efectora (productora
de respuesta adaptativa). En un
organismo pluricelular aparece pronto
una distinción funcional entre células
afectoras y efectoras, al mismo tiempo
que entre ellas surgen otros sistemas
interpuestos de células o “bucles” de
conexión. Estos sistemas nerviosos
primitivos están presentes en diferentes
nódulos distribuidos en el organismo;
inicialmente se forman en función de
exigencias regionales en zonas
específicas del organismo y no están
conectados entre sí. La biología
evolutiva del sistema nervioso describe,
en efecto, una gran variedad de sistemas
nerviosos distribuidos y no unitarios
(por ejemplo, en una estrella de mar).
No creemos
sin embargo, que la distinción
mencionada por Damasio entre cuerpo y
cerebro sea muy acertada. “En algunos
organismos simples y en todos los
organismos complejos, las acciones, ya
sean espontáneas o reactivas, están
causadas por órdenes procedentes de un
cerebro. (Debe señalarse que organismos
con cuerpo pero sin cerebro, pero
capaces de movimiento, precedieron y
después coexistieron con organismos que
poseen a la vez cuerpo y cerebro)” (El
error, 92). Si cerebro equivale a
sistema nervioso, en la terminología de
Damasio, entonces sólo los organismos
unicelulares tendrían cuerpo sin
cerebro, ya que en los pluricelulares
aparece siempre una cierta coordinación
de células afectoras-efectoras en un
primitivo, aunque sea disperso o radial,
sistema nervioso. Pero, ¿existen en
realidad organismos sin cerebro, esto
es, sin sistema nervioso? Es difícil
pensar que los organismos pluricelulares
pudieran producir un sistema nervioso
que no estuviera fundado en una
optimización del rendimiento de
propiedades ontológico-funcionales ya
presentes en los seres unicelulares (o
en los sistemas celulares como tales).
Esto es lo que, en último término,
parece acontecer, ya que sabemos que los
organismos unicelulares son también
afectores-efectores y deben de presentar
ya, por tanto, algo así como un
minimodelo funcional de sistema nervioso.
De una u
otra manera hay que admitir que la
célula es el origen primitivo de la vida
orgánica (a partir, claro está, de la
anterior evolución bioquímica). Por ello
pensamos que la hipótesis más congruente
es suponer que el sistema nervioso
complejo pluricelular surge
evolutivamente por enriquecimiento
relacional, agrupando muchas células
especializadas en sistema, de
propiedades nerviosas germinales
presentes ya en la célula primitiva. O,
mejor dicho, en células que
evolutivamente llegaron a construir
internamente la base estructural de un
primitivo sistema nervioso
(probablemente relacionado con la
formación de su citoesqueleto celular).
Este protosistema nervioso no se debería
atribuir, pues, a toda célula, sino sólo
a las células que, en un cierto estadio
de madurez evolutiva, han llegado
precisamente a construirlo.
En
síntesis, si cerebro es igual a sistema
nervioso, como entiende Damasio, parece
un tanto impreciso hablar de “organismos
sin cerebro”, ya que incluso organismos
unicelulares deberían estar dotados de
algo así como un protosistema nervioso.
Salir de esta imprecisión nos obligaría,
sin duda, entrar en el difícil problema
de delimitar qué es un puro “sistema de
autoregulación cibernética” y qué es
propiamente lo que llamamos “vida”; es
decir, delimitar con qué criterios
podemos establecer cuándo las células
son puros “sistemas de autoregulación
cibernética” y cuándo comienzan a ser
organismos vivientes, al mismo tiempo
que entendemos qué papel juega en todo
ello el sistema nervioso.
1.2. Automatismos
reguladores
Los
organismos vivos son sistemas que
desencadenan mecánicamente
transformaciones bioquímicas internas
encaminadas a la autoregulación de sus
estados, en orden siempre a lograr una
estabilidad óptima frente a los efectos
del estado del medio externo e interno.
Estos sistemas de autoregulación han
sido descritos por nosotros antes, con
una cierta imprecisión calculada, bien
por el binomio afección- efección (que
parece sugerir funciones más bien
automáticas) o bien por el binomio
estímulo-respuesta (de sentido más
viviente o comportamental). Es difícil
establecer cuándo o hasta dónde estos
sistemas de regulación se mantienen en
lo puramente mecánico o se encuentran ya
en el marco de lo viviente
comportamental. Sin embargo, todo parece
indicar que el proceso que conduce a la
emergencia de la vida orgánica debió de
comenzar por estadios primitivos en que
los automatismos reguladores de
afección-efección eran puramente
mecánicos y jugaban un protagonismo
prácticamente exclusivo. La vida habría
surgido así del puro mecanicismo.
Es
probable, por tanto, que las primeras
células del proceso evolutivo fueran
sistemas puramente mecánicos que
podríamos quizá describir acertadamente
como “sistemas de autoregulación
cibernética”. Pero, si esto fuera así,
el hecho de que en ciertos organismos
unicelulares descubramos una conducta
objetiva clasificable como viviente
(fenomenológicamente distinta de lo
mecánico), nos obligaría a pensar que el
proceso evolutivo celular ha formado
internamente ciertas estructuras
internas (por ejemplo, como decíamos, el
citoesqueleto) que, a su vez, han
producido en ellas la presencia
emergente de las propiedades específicas
y distintas de la vida. En este supuesto
la vida habría emergido en un cierto
momento del proceso evolutivo de
estructuras celulares más antiguas y
mecánicas que representarían estadios
más primitivos con automatismos
cibernéticos reguladores puramente
mecánicos.
La vida
habría sido un factor emergente en el
interior de sistemas más primitivos.
Pero de tal manera que, poco a poco, ese
factor emergente –en función de sus
propiedades ontológicas y funcionales
propias-, a lo largo de la evolución
celular, se habría ido coordinando con
las estructuras mecánicas primitivas, y
con las de nueva complejidad que
aparecen. Los organismos vivientes
serían así sistemas funcionales
coordinados por interacción entre
“regulación mecánica” y “factores
emergentes”. Por tanto, evolutivamente,
se habrían ido complejizando tanto los
sistemas de autoregulación mecánica,
como la presencia de factores
emergentes, así como su interacción
funcional. Los factores emergentes se
habrían ido construyendo en coordinación
con el mecanicismo y apoyado en él, ya
que éste parece ser más fundamental en
la historia evolutiva.
Esta lógica
de la coordinación evolutiva entre lo
mecánico y lo emergente nos hace
entender la presencia de sistemas de
autoregulación mecánica tanto en
organismos unicelulares como en los
organismos complejos, ya adultos, tal
como se describen en la biología
evolutiva. Si la vida es “algo más” que
el puro automatismo mecánico (no es un
puro sistema robótico) ese “algo más”
dependería probablemente de esos
factores emergentes y sería producido
por ellos. En la evolución los
“automatismos mecánicos” y los “factores
emergentes” se habrían ido coordinando
hasta constituir un sistema cada vez más
eficaz de supervivencia en el medio. En
estadios primitivos de la evolución –
por ejemplo en el organismo unicelular
de un paramecio- predominaría el
automatismo mecánico, con apenas una
presencia testimonial de los factores
emergentes (que en seres unicelulares
más primitivos ni siquiera estarían
probablemente presentes). Pero en
organismos superiores –por ejemplo en el
hombre- se habrían complejizado tanto
los automatismos mecánicos, como su
coordinación con la enorme complejidad y
protagonismo creciente de los factores
emergentes; hasta el punto de que la
vida orgánica superior parece ya estar
controlada y dirigida por la cualidad
(ontología funcional), específica de la
vida, de esos factores emergentes que
funcionan apoyados en los sistemas
automático-mecánicos del organismo.
Damasio, en
efecto, se refiere a la enorme
complejidad de automatismos mecánicos
reguladores, controlados por el cerebro,
que existen en el organismo adulto
superior. En el contexto de su análisis
se entiende claramente que tienen un
origen evolutivo; es decir, derivado de
los automatismos mecánicos que
produjeron germinalmente la vida. “No
todas las acciones ordenadas por un
cerebro están producidas por
deliberación. Por el contrario, se puede
suponer razonablemente que la mayoría de
las acciones de las que se dice que
están dictadas por el cerebro y que se
están ejecutando en este momento en todo
el mundo no son en absoluto deliberadas.
Son respuestas sencillas de las que un
reflejo es un buen ejemplo: un estímulo
transmitido por una neurona y que hace
que otra neurona actúe” (El error, 92).
La
recepción biológica de información
(afección, estímulo) y el
desencadenamiento de respuesta
(afección, respuesta) están, en efecto,
mediados en todo organismo pluricelular por bucles o nódulos nerviosos que acaban unificándose y
tomando la forma de un cerebro (sistema
nervioso central y periférico) en los
organismos superiores. Estos procesos de
coordinación cuerpo-cerebro son en gran
parte automatismos mecánicos (totalmente
inconscientes para el sujeto) derivados
del mecanismo primitivo. Damasio se
refiere a ellos en muchos lugares y
trata de sintetizarlos en sus diversos
aspectos. “Cerebro y cuerpo están
indisociablemente integrados mediante
circuitos bioquímicos y neurales que
conectan mutuamente. Existen dos rutas
principales de interconexión. La ruta
que por lo general se considera en
primer lugar está constituida por
nervios periféricos sensoriales y
motores que transportan señales desde
cada parte del cuerpo al cerebro, y
desde el cerebro a todas las partes del
cuerpo. La otra ruta, que es más difícil
que uno tenga en cuenta aunque es mucho
más antigua desde el punto de vista
evolutivo, es el torrente sanguíneo;
transporta señales químicas tales como
hormonas, neurotransmisores y
moduladores” (El error, 90).
1.3. Sensación,
imágenes y génesis de la mente
Al
introducir anteriormente la referencia a
unos ciertos “factores emergentes” hemos
hablado conscientemente de un “factor
real” –en alguna manera constituyente de
la ontología físico-biológica de los
organismos vivientes- indeterminado e
impreciso. Pero podríamos preguntar:
¿qué son esos “factores emergentes”?
Hasta ahora no lo hemos respondido. Si
la vida fuera sólo automatismos
mecánicos, entonces los organismos
serían sistemas automático-mecánicos de
autoregulación cibernética en movimiento
por interacción energética con el medio
en función de una teleonomía de
supervivencia adaptativa. En realidad
serían puros robots; hoy tenderíamos a
entender que sus complejos sistemas
cibernéticos de regulación son
computadores biológicos construidos en
el cerebro (biología-psicología
computacional). Sin embargo, la opinión
hoy más extendida, como sabemos, en la
epistemología biológica nos dice que lo
biológico, aun siendo físico en último
término, no se reduce a lo físico. La
ontología biológica producida desde el
mundo físico ha dado lugar a sistemas
físicos específicos y nuevos, con
propiedades emergentes, que exigen modos
de explicación con personalidad propia
(más allá de los utilizados por la pura
física para explicar el mundo
inorgánico, no biológico). En la vida
hay “algo más”, como decíamos, algún
“factor emergente” que exige a la
epistemología biológica, por sus
explicaciones teleonómicas y funcionales
propias (paradigmas teleonómicos y
etológicos), no reducirse a la pura
explicación física, o a una subsección
de ésta entendida sólo como cibernética
computacional. Nosotros pensamos, en
efecto, que la especificidad de la
biología como ciencia, y de la vida,
depende de esos “factores emergentes”,
así como de sus consecuencias
funcionales a través de la complejidad
evolutiva. Conocemos, sin embargo,
aunque no la comportamos, la existencia
actual de teorías computacionales que
reducirían los seres vivos a un
capítulo, aunque probablemente el más
complejo, de los sistemas físicos de
autoregulación cibernética en el medio.
A esta
primera evolución de los automatismos
reguladores se refiere, en efecto,
Damasio. “A medida que los organismos
adquirieron mayor complejidad, las
acciones “dictadas por el cerebro”
requirieron más procesamiento
intermedio. Otras neuronas se
interpolaron entre la neurona del
estímulo y la neurona de la respuesta, y
así se constituyeron variados circuitos
paralelos, pero de ahí no se sigue que
el organismo con ese cerebro más
complicado tuviera una mente” (El error,
92). Estos sistemas de neuronas y
circuitos paralelos, bucles y nódulos
nerviosos, que median entre las
afecciones y las efecciones
(estimulación-respuesta) funcionan en
los organismos sin que éstos deban tener
necesariamente lo que aquí llama Damasio
una “mente”. Parece, pues, que lo
emergente, uno al menos de los “factores
emergentes” producidos evolutivamente y
que distingue a los organismos
superiores de los inferiores, es poseer
una “mente”.
Debemos,
pues, clarificar y discutir el concepto
que Damasio nos ofrece de “mente”. “El
cerebro –nos dice- puede tener muchos
pasos intermedios en los circuitos que
median entre el estímulo y la respuesta,
y seguir careciendo de mente, si no
cumple una condición esencial: la
capacidad de representar internamente
imágenes y de ordenar dichas imágenes en
un proceso denominado pensamiento. (Las
imágenes no sólo son visuales; también
son imágenes sonoras, imágenes
olfativas, etcétera.) Mi afirmación
sobre los organismos con comportamiento
puede completarse ahora diciendo que no
todos tienen mente, es decir, no todos
poseen fenómenos mentales (que es lo
mismo que decir que no todos tienen
cognición o procesos cognitivos).
Algunos organismos poseen a la vez
comportamiento y cognición. Algunos
tienen acciones inteligentes pero
carecen de mente. No parece existir
ningún organismo que tenga mente pero no
acción” (El error, 92).
Esta manera
de pensar introduce el hecho de tener
una mente como algo distintivo y
emergente en el proceso de la vida. Hay
organismos que no tienen mente, aunque
tienen comportamiento; pero en un
determinado momento aparecen los
organismos con mente. Lo nuevo, lo
emergente –que no sólo no se da en el
mundo físico sino incluso en gran parte
de los organismos vivientes- parece ser
para Damasio la mente. Pero, a su vez,
la mente se distingue por la presencia
de imágenes en el organismo que se
presenta ya implícitamente como un
sujeto que controla el proceso de
pensamiento. A su vez, también
implícitamente en los textos leídos
hasta ahora, las imágenes parecen tener
que ver con dos conceptos clave usados
por la biología y la psicología, a
saber, la sensación y la percepción: en
la mente las imágenes son ya percibidas
por un sujeto psíquico.
Para que
haya mente, pues, debe haber sujeto,
pero también imágenes y pensamiento.
Ahora bien, ¿surge la mente de sopetón,
de pronto? No parece que fuera posible
en lógica evolutiva. Por ello, la
construcción evolutiva de la
protohistoria de la mente nos obliga,
como veremos, a conferir a los procesos
de sensación un papel importante
–digamos de protomente-, aun antes de
que evolutivamente existiera un sujeto
con imágenes y pensamiento.
1.4. El concepto de
mente: circuitos neurales e imágenes
Veamos cómo
formula Damasio su concepto de mente:
“Mi idea,
pues, es que poseer una mente significa
que un organismo forma representaciones
neurales que pueden convertirse en
imágenes, ser manipuladas en un proceso
denominado pensamiento, y eventualmente
influir en el comportamiento al ayudar a
predecir el futuro, planificar en
consecuencia y elegir la siguiente
acción. En esto reside el meollo de la
neurobiología tal como yo lo veo: el
proceso mediante el cual las
representaciones neurales, que consisten
en modificaciones biológicas creadas
mediante el aprendizaje en un circuito
neural, se convierten en imágenes en
nuestra mente: el proceso que permite
que cambios microestructurales
invisibles en los circuitos neuronales
(en los cuerpos celulares, en las
dendritas y axones y en las sinapsis) se
transformen en una representación
neural, que a su vez se convierte en una
imagen que cada uno de nosotros siente
que le pertenece" (El error,
92-93).
En este
análisis parecen involucrados cuatro
factores: a) las imágenes son producidas
por circuitos neurales; b) las imágenes
son sentidas, producen sensación o son
sensación; c) estas sensaciones son
sentidas por un sujeto que “siente que
le pertenecen”; d) son manipuladas en un
proceso –al parecer controlado por ese
sujeto-que llamamos pensamiento en orden
a la planificación de una acción de
supervivencia en el medio.
La
discusión, pues, de este concepto de
mente puede hacerse destacando cuatro
elementos importantes que comentamos a
continuación:
a) Las imágenes son esenciales para que
haya una mente. Ahora bien, las imágenes
son producidas por ciertos circuitos
neurales que se forman y se transforman en
función del aprendizaje; esto es, en
dependencia de las relaciones del
organismo con el medio interno y externo.
Por lo que hemos visto antes no todos los
circuitos, bucles o nódulos neuronales
producen necesariamente imágenes. Hay
organismos sin cerebro, en terminología de
Damasio, que, sin embargo, tienen
comportamiento y son sistemas de
afección-efección que presentan mecanismos
de adaptación cibernética al medio
mediante bucles nerviosos. Además, incluso
los organismos ya con cerebro tienen
también muchos sistemas de circuitos que
no producen imágenes y son esenciales en
la autoregulación mecánica del organismo
frente al medio interno y externo.
b) Pero Damasio nos dice que las
imágenes son sentidas; en un lenguaje más
común, que a nuestro entender Damasio
aceptaría, podríamos hablar de
“sensaciones o imágenes visuales”,
“sensaciones auditivas”, etcétera. Hay,
pues, circuitos neurales específicos que
producen imágenes: es decir, producen
sensaciones en un sujeto que siente que le
pertenecen. Sin embargo, hay otros muchos
circuitos neurales, e incluso muchas
neuronas y células que no producen
imágenes. Pero, aunque no produzcan
imágenes sentidas por un sujeto, ¿no
podría pensarse que en esos otros
circuitos se produce también un cierto
estado ontológico “sensitivo” aunque no
proyectado sobre un sujeto psíquico? Si
fuera así, antes lo apuntábamos, la
sensación o “sentiscencia” primitiva
podría haber surgido ya en organismos
unicelulares, aunque inicialmente apenas
tuviera protagonismo en los automatismos
mecánicos de adaptación. Pero, poco a
poco, los organismos pluricelulares
habrían aprovechado esta “sentiscencia”
creando los sistemas nerviosos primitivos
como una ventaja biológica para detectar
información y generar respuestas.
c) La mente supone también la existencia
ya constituida de un sujeto psíquico. Esto
implica, como Damasio supone, la
existencia de un sistema nervioso central.
Los diferentes bucles nerviosos, primero
dispersos en un organismo, se han
concentrado, se ha producido un cerebro
centralizador, que recibe todas las
afecciones (estimulación, información),
las ordena y las proyecta en paralelo
organizadamente sobre un sujeto que, en
consecuencia, desencadena las acciones
adaptativas. Sin embargo, el sujeto
presente en la mente de Damasio no ha
surgido de pronto y por sorpresa en un
quiebro inesperado del proceso evolutivo.
La lógica evolutiva nos obliga a situar la
emergencia del sujeto como estadio de
madurez de un lento proceso en que aparece
la historia de un, digamos, proto-sujeto
evolutivo. Este aspecto evolutivo no está
tratado con amplitud por Damasio. d) El
sujeto constituyente de la mente manipula,
además, las imágenes que siente como
propias en un proceso que se denomina
pensamiento. Pero esta manipulación de
imágenes no es autónoma; es decir, las
imágenes no forman un sistema cerrado. Los
circuitos que producen imágenes están
estructuralmente inmersos en las redes
neuronales del cerebro y en dependencia de
complejos circuitos que, en cuanto tales,
no producen de por sí imágenes; pero que,
por otra parte, hacen posible la
activación de los circuitos que sí las
producen. Por tanto, la mente está
soportada por un cerebro en que conviven
por interdependencia estructural circuitos
neurales psíquicos (que producen cualia,
las sensaciones específicas contenidas en
las imágenes que el sujeto siente) y no
psíquicos (que no producen cualia y se
activan en la absoluta inconsciencia). Los
circuitos neurales no psíquicos pueden
darse en organismos en que todavía no ha
emergido una conciencia unificada, sin
sujeto psíquico; pero pueden darse también
en organismos con conciencia y
subjetualidad psíquica, ya que gran parte
de su cerebro consiste, como ya hemos
dicho, en sistemas de autoregulación
mecánica.
Por
consiguiente, a nuestro entender, la
“teoría de la mente” propuesta en una
perspectiva de antropología neurológica
en la línea de Damasio debería abordar
las siguientes, digamos, subteorías: a)
una subteoría sobre la sensación y los
sistemas sensitivos; b) una subteoría
sobre los circuitos neurales y las
imágenes; c) una subteoría sobre el
sujeto psíquico; d) una subteoría sobre
el pensamiento, es decir, sobre la
naturaleza y función de los procesos
manipuladores de imágenes. En las
secciones siguientes vamos a seguir
discutiendo la antropología neurológica
de Damasio al hilo de estas cuatro
subteorías, y al hacerlo tendremos
ocasión de retomar algunas de las
preguntas y problemas que hemos ido
dejando en el aire hasta ahora con una
cierta indeterminación pretendida.
1.5. Sensación: génesis
primordial de la mente
Debemos
entender ante todo el enfoque
epistemológico en que se fundan las
argumentaciones científicas de Damasio.
Por una parte, tienen una base
fenomenológica: la experiencia que el
sujeto tiene de su actividad psíquica,
el consenso social sobre ella y la
experiencia objetiva de las
manifestaciones externas de esa
actividad (lenguaje, acción, etc.), tal
como pueden ser evaluadas por otros.
Esta experiencia fenomenológica tiene
especial importancia cuando se da en
casos clínicos confrontados con la
fenomenología normal de nuestra especie.
Pero, por otra parte, se fundan también
en el conocimiento de las actividades
neurales que acompañan como soporte a la
actividad psíquica que se describe
fenomenológicamente; el seguimiento de
esta actividad supone la aplicación de
las técnicas de observación y escáner
disponibles. Damasio no es, pues,
conductista y considera pertinente
buscar la explicación científica de la
sensación y de la conciencia.
Desde esta
perspectiva es evidente que en el
concepto de mente propuesto por Damasio
juega un papel determinante lo
fenomenológico. Hablar de imágenes, de
pensamiento, del sujeto que siente que
las imágenes le pertenecen, etc., sólo
puede entenderse en perspectiva
fenomenológica. En metodología
conductista, por ejemplo, el análisis de
Damasio sería incomprensible. La “mente”
de Damasio, en efecto, surge en el marco
ontológico-funcional de un sistema
complejo de sensaciones. Sensaciones muy
evolucionadas, ya que pertenecen a
organismos con cerebros terminales en el
proceso evolutivo. Antes se han dado,
como veíamos, organismos sin cerebro y
organismos con cerebro pero sin mente.
Por ello
una teoría de la mente obliga a
preguntarse por las raíces evolutivas
del sistema sensitivo ya constituido en
los organismos con mente. Es más, nos
obliga a preguntarnos por la naturaleza
ontológica, origen evolutivo y
funcionalidad teleonómica de la
sensación y de los sistemas sensitivos
progresivamente complejizados. La
sensación se presenta así como el
candidato más firme para que la ciencia
lo considere el “factor emergente”
generado en los organismos vivientes
que, poco a poco, al ir asumiendo más y
más protagonismo, explica las
características más propias de la vida y
hace que ésta se vaya distanciando cada
vez más, sobre todo al ser considerada
de forma molar y holística, de los puros
sistemas mecánicos de autoregulación
cibernética. Además, la suposición más
congruente (por otra parte respaldada
por muchas evidencias empíricas, de
corte biológico y etológico) es que la
sensación no se presenta por primera vez
en los sistemas sensitivos presentes en
los organismos con mente. Por tanto,
¿dónde situar la emergencia de la
sensación? Responder esta pregunta nos
obligaría a establecer
algunas hipótesis relativas a su
naturaleza ontológica; la teoría sobre
su funcionalidad teleonómica sería
entonces consecuente con la idea sobre
su ontología y la ubicación espacio
temporal de su emergencia en un momento
preciso de la historia de los
organismos. Hablemos primero de la
ubicación y, después, de la ontología.
a) En
nuestra opinión la hipótesis científica
más aceptable sitúa el origen de la
sensación en un cierto estadio del
desarrollo evolutivo de los organismos
unicelulares. Estos habrían comenzado
como células que sobreviven en el medio
por autoregulación mecánica
(naturalmente por mecánica bioquímica).
Pero en un determinado momento las
células habrían comenzado a sentir. Al
principio, esta “sentiscencia germinal”
no habría jugado probablemente un papel
destacable en la lógica mecánica de la
supervivencia. Sin embargo, poco a poco
habría comenzado a mostrarse la utilidad
del “efecto sensible” en orden a
mantener la estabilidad interna, digamos
homeostática, de los organismos. El
organismo, como sistema de
supervivencia, inicialmente celular,
habría comenzado a construirse
aprovechando la utilidad teleonómica de
la “sensibilidad” para detectar
información y desencadenar respuestas
(afección-efección,
estimulación-respuesta). La organización
y diversificación de sistemas de células
en los organismos pluricelulares habría
utilizado las propiedades sensitivas ya
surgidas anteriormente en la evolución
unicelular, apareciendo así los primeros
sistemas nerviosos en nódulos dispersos
en el organismo. La presencia orgánica
de “sentisciencia” en esos nódulos, o su
utilidad teleonómica, no supondría, sin
embargo, la presencia de unificación
sensitiva, de conciencia, o de un sujeto
psíquico sabedor de la presencia de
sensaciones o imágenes (en el sentido de
Damasio).
En torno a
estos extremos gira el pensamiento de
Damasio cuando, aunque sea con una
cierta imprecisión flotante, nos dice
cosas semejantes a las que siguen.
“Un
organismo sencillo compuesto de una sola
célula, por ejemplo una ameba, no sólo
está vivo sino que se dedica a
mantenerse vivo. Al ser una criatura sin
cerebro y sin mente, la ameba no conoce
las intenciones de su propio organismo
en el sentido que nosotros conocemos las
intenciones del nuestro. Pero… se las
apaña para mantener el perfil químico de
su medio interno mientras que a su
alrededor, en el medio externo a ella,
pueden estar desatándose las iras del
infierno” (La sensación, 144). “La tarea
de refrenar la amplitud de los cambios,
de mantener el interior controlado
frente a las alteraciones de exterior es
una enorme tarea. Se realiza sin cesar,
conformada por órdenes muy precisamente
dirigidas y por funciones de control que
se distribuyen por todo el núcleo, los
orgánulos y el citoplasma de la célula”
(La sensación, 145). “W.B. Cannon
llevaría estas ideas adelante al
escribir acerca de una función biológica
a la que llamó homeostasis y que
describió como las reacciones
fisiológicas coordinadas que mantienen
la mayoría de los estados estables del
cuerpo… y que son tan característicos
del organismo vivo” (La sensación, 145).
Estos
procesos homeostáticos responderían al
perfil mecánico de los automatismos
reguladores de que antes hablábamos. Sin
embargo, Damasio habla también de una
forma en que parece vislumbrarse la
necesidad de entender la vida con,
digamos, factores emergentes que van ya
más allá de la pura mecánica bioquímica.
“La
necesidad involuntaria e inconsciente de
seguir vivo se traiciona a sí misma en
el interior de una célula sencilla por
medio de una complicada operación que
requiere “notar” el estado del perfil
químico interior a la frontera y que
exige un “conocimiento inconsciente”,
involuntario, sobre qué hacer,
químicamente hablando, cuando ese notar
significa exceso o defecto de algún
ingrediente determinado en algún punto
de la célula, o en un determinado
momento. Por decirlo de otro modo: exige
algo que no difiere mucho de la
percepción para poder notar el
desequilibrio; exige algo no muy
diferente de la memoria implícita, en forma de disposiciones para la acción, para poder ejercitar
sus posibilidades técnicas; y además
requiere algo que no difiere demasiado
de la habilidad de ejecutar una acción
preventiva o correctora. Si todo esto le
suena como si fuera la descripción de
funciones importantes de su propio
cerebro, está usted en lo cierto. Sin
embargo, lo cierto es que no estoy
hablando del cerebro, porque en el
interior de esa celulita no existe
sistema nervioso. Lo que es más, este
mecanismo a modo de cerebro que no es
cerebro de verdad no puede ser el
resultado de que la naturaleza copie las
propiedades del cerebro. Por el
contrario, notar las condiciones
ambientales y disponer de las diferentes
posibilidades de actuación, además de
actuar sobre la base de esas
posibilidades, eran cosas ya presentes
en las criaturas unicelulares antes de
que formaran parte de organismos
pluricelulares, y mucho más de
organismos pluricelulares con cerebro”
(La sensación, 146-147).
“La vida y
la necesidad de vida en el interior de
la frontera que circunscribe un
organismo preceden a la aparición de los
sistemas nerviosos, de los cerebros.
Pero cuando los cerebros salen a escena,
su tema sigue siendo la vida y preservan
y amplían la capacidad de notar el
estado interno, de disponer de las
diferentes posibilidades de actuación y
usarlas para responder a los cambios del
medio que rodea los cerebros. Los
cerebros permiten que la necesidad de
vida quede regulada con mejor
efectividad que nunca y, a partir de
cierto punto de la evolución,
deliberadamente” (La sensación, 147).
b) Nosotros
pensamos que estas sugerencias de
Damasio, un tanto imprecisas pero que
apuntan claramente en una dirección,
conducen irremediablemente a inclinarse
hacia la hipótesis de que ya en los
seres unicelulares (probablemente en un
estadio de madurez evolutiva) se produce
la emergencia de la sensación, o
“sentisciencia” difusa. Entrando ya en
la cuestión de la naturaleza u ontología
de la sensación diríamos que con ella
irrumpiría el factor emergente decisivo
que acabará, al complejizarse y
coordinarse con los automatismos
mecánicos, también cada vez más
complejos, por producir las
características fenomenológicas más
propias y sorprendentes de la vida.
Sin
embargo, ¿qué es la ontología de la
sensación? ¿Cuál es la naturaleza de ese
factor emergente? ¿Cómo se relaciona con
la naturaleza de la materia y con la
forma en que ésta produce la
organización e interacciones mecánicas
del mundo físico, biológico, bioquímico
y neuronal? Para responder deberíamos
entrar en el mundo de una neurología
cuántica. Damasio, sin embargo, no entra
en este campo en que hoy las hipótesis y
resultados son sólo tanteantes. Las
aportaciones de Roger Penrose, como
sabemos, establecerían quizá, en nuestra
opinión, el marco más serio de
aproximación. Recordemos sus hipótesis
sobre la función del citoesqueleto
celular y acerca de los “nichos
cuánticos” formados en el interior de
los microtúbulos; constructo teórico
que, en el fondo, vendría a decirnos
que, el sentir, sería en último término
una propiedad ontológica incoativamente
presente en la naturaleza primigenia de
la materia.
En una nota
se hace Damasio eco de las hipótesis de
Penrose, tanto para mostrar su respeto
por ellas como para indicar que no va a
entrar en la discusión de su contenido.
“Interpreto los notabilísimos esfuerzos
del físico matemático Roger Penrose como
pertinentes para aclarar las bases
físicas del problema de los cualia, aunque
invariablemente se describen como
pertinentes para la conciencia como un
todo. Lo mismo puede decirse del trabajo
del físico Henry Stapp. Ninguno de ellos
fija
su atención en la parte del
problema de la conciencia en la que yo
hago hincapié en este libro, sino más
bien en el problema más general, y desde
luego no menos importante, de la base
biológica del proceso mental” (La
sensación, 342).
1.6. Redes neurales:
circuitos, patrones, mapas, engramas
En lo que
decimos destaca el concepto de redes
neurales como uno de los pilares en que
se asienta la teoría de la mente de
Antonio R. Damasio. Al hacerlo se sitúa
en la corriente del paradigma
emergentista-evolutivo-funcional que
agrupa a otros muchos autores de
importancia (para nosotros el más
relevante es Edelman) y a la casi
totalidad de cuantos trabajan sobre la
mente en perspectiva
médico-psiquiátrico-neurológica. La
huella de Edelman puede percibirse
constamentemente en la obra de Damasio.
Al darse el
tránsito a los organismos pluricelulares
se produce la especialización celular en
orden a la teleonomía sistémica: unas
células, por ejemplo, derivarán al
sistema muscular y otras se
especializarán en vehicular las
“sensaciones”, que ya se mostraron
útiles en los organismos unicelulares
para organizar los sistemas de afección-
efección. Pero entre las neuronas
afectoras y la efectoras comienzan a
aparecer bucles o nódulos de neuronas
intermedias que constituyen las
primitivas zonas de asociación. A través
de estos circuitos o redes nerviosas
debieron de establecerse rudimentarias
estructuras “sentiscientes”, aunque no
hubiera todavía en ellas unificación
sensible ni un sujeto capaz de
coordinarlas y “sentir” los efectos
emergentes. Ya desde el principio – aun
sin integración, conciencia y sujeto-
debió de haber, pues, una compleja red
de estructuras “sentiscientes” y una
compleja red neuronal que las producía.
Después de los organismos sin cerebro
pero con comportamiento (sin integración
pero probablemente con redes neuronales
“sentiscientes”) y de los organismos con
cerebro pero sin mente, la aparición de
los organismos con mente es ya un
episodio de madurez en la historia
evolutiva de las redes neuronales. Pero
en los organismos con mente las redes
neuronales no producen sólo pura
“sentisciencia”, sino imágenes que un
sujeto siente que las posee y las manipula.
Para
Damasio el término imagen es sinónimo de
pauta mental, es una experiencia
fenomenológica en que el sujeto “siente”
un efecto psíquico; es practicamente
sinónimo del cuale, o los cualia que se
encuentran en la imagen. El aspecto
neural que subyace a la pauta mental, o
que soporta
físico-biológica-neuronalmente su
producción es la pauta neural o mapa.
Por ello, las pautas mentales sólo
pueden conocerse en primera persona del
singular; en cambio, las pautas neurales
sólo pueden conocerse en tercera persona
del singular, objetivamente. Las
imágenes no sólo son visuales. Cada
modalidad sensorial tiene sus imágenes:
visual, olfativa, gustativa y
somatosensorial. Para Damasio van a
tener importacia excepcional estas
imágenes somáticas referidas a tacto,
músculos, temperatura, dolor, organos
internos, vísceras y órganos
vestibulares. Pero este conjunto de
imágenes no son nunca estáticas, sino
que fluyen dinámicamente en el tiempo y
de manera muy compleja (La sensación, 321-322).
La
fabricación de pautas neurales, con su
potencialidad de producir en su momento
las pautas mentales o imágenes
correspondientes es continua en el flujo
dinámico-temporal de la mente. Es el
ejercicio continuo de los sistemas
sensitivos en todas sus modalidades.
Pero las pautas neuronales se producen
también durante el
sueño; son activadas por la memoria y
pueden transformarse internamente dando
lugar a la producción de imágenes
imaginadas (valga la redundancia) que no
han surgido directamente de las pautas
neurales construidas por acción
inmediata de los sistemas sensitivos,
sino por transformación y manipulación
interna de las pautas neurales
producidas por éstos. El flujo
dinámico-temporal de la mente produce,
pues, muchas más pautas neurales
surgidas directamente de los sentidos
que las imágenes en la mente: hay, por
decirlo así, imágenes inconscientes
(pero potencialmente conscientes) e
imágenes conscientes (aquellas que se
han abierto camino hacia la “ventanuca”
de la mente para producir su “sensación”
ante el sujeto que la detecta). Así, la
estructura subterránea de la mente es
mucho más amplia. Sin embargo, estas
imágenes inconscientes (con sus pautas neurales latentes) no deben confundirse con la estructura
subterránea de las pautas neurales al
servicio de los automatismos reguladores
básicos (herencia del mecanicismo
inicial de la vida en sus comienzos
unicelulares) que nunca podrá llegar a
ser consciente en la mente del sujeto
(la estructura evolutiva del cerebro,
por razones de eficiencia teleonómica,
se ha construido para que esto no sea en
absoluto posible) (La sensación, 323).
En la
teoría de la mente de Damasio el término
representación se utiliza como sinónimo
bien de pauta mental, bien de pauta
neuronal. Esto no significa, sin
embargo, que pueda hablarse de algo así
como de una copia, un facsímil o una
foto del objeto. “El objeto es real, las
interacciones son reales y las imágenes
son todo lo reales que imaginarse pueda.
Y, sin embargo, la estructura y las
propiedades de la imagen que terminamos
viendo son construcciones cerebrales
suscitadas por un objeto” (La sensación,
325). La expereriencia psíquica, el
cuale, los cualia, en definitiva las
sensaciones, son resultados de la
interacción del sistema nervioso con el
medio interno y externo. Hay una
relación entre las pautas
mentales-neurales con la realidad; pero
en perspectiva de una teoría neurológica
de la mente no se postula eo
ipso una identificación inmediata
entre experiencia psíquica y realidad
(digamos, para entendernos, numénica en
sentido kantiano). La realidad, por
tanto, produce su afección en el sistema
nervioso de forma distribuida (una pauta
de afección en la retina presenta una
afección distribuida en diversos
puntos). Por ello, nos dice Damasio, las
pautas neurales de los objetos dan lugar
a mapas neurales, o si se quiere a
mapeados que, en alguna manera
cartografían el mundo de los objetos,
internos y externos (La sensación,
324-326).
Damasio
matiza acertadamente su nivel de
análisis. “Cuando digo que las imágenes
dependen y surgen de las pautas neurales
o mapas neurales, en lugar de decir que
son pautas neurales o mapas, no es que
me deslice hacia un dualismo
inadvertido, es decir, una pauta neural
por un lado y un cogitum inmaterial por
otro. Sencillamente, lo que digo es que
no podemos caracterizar todavía todos
los fenómenos biológicos que se dan
entre: a) nuestra descripción actual de
una pauta neural en diversos niveles
neurales, y b) nuestra experiencia de la
imagen originada dentro de la actividad
del mapa neural. Hay un vacío entre
nuestro conocimiento de los sucesos
neurales en los ámbitos molecular,
celular y de sistemas, por un lado, y la
imagen mental cuyos mecanismos de
aparición deseamos comprender. Hay un
vacío que debe llenarse con fenómenos
físicos todavía no identificados, pero
presumiblemente identificables. El
tamaño de ese vacío y el grado en que se
pueda más o menos salvar en un futuro
es, naturalmente, objeto de debate” (La
sensación, 326-327). Al expresarse así
pensamos que Damasio quiere referirse
veladamente al ámbito de problemas
abierto, por ejemplo, en las
investigaciones de Penrose, antes aludidas.
Digamos
finalmente que Damasio sabe que la
experiencia psíquica, la imagen o pautal
mental es unificada (una imagen visual
con todos sus contenidos y matices,
acompañada en sincronía temporal por
otras imágenes auditivas, etc.). Sin
embargo, las pautas neurales que las
producen se encuentran en mapeados
dispersos y distribuidos en
localizaciones distintas del cerebro. La
integración de la imagen, es decir de
los mapeados neurales que las producen,
se realiza por una activación
temporalmente sincronizada de todas las
pautas, circuitos, patrones, engramas o
mapeados que proyectan su efecto
paralelo sobre el sujeto psíquico que se
convierte, digamos, en pantalla de
integración (El error, 96ss). Sobre esto
volveremos más adelante.
2. La
arquitectura sentiente del sujeto psíquico
La
aportación más relevante de Damasio a la
antropología neurológica tiene carácter
unitario, pero puede desplegarse como en
una doble vertiente. La primera consiste
en una interesante descripción de la
estructura de pautas neurales que
soportan la estructura “sentiente” que
hace emerger evolutivamente al sujeto
psíquico. La segunda consiste en haber
mostrado cómo esa estructura sentiente
modula, desde sus raíces ontológicas, la
naturaleza de todos los procesos y
funciones del psiquismo, principalmente
los procesos cognitivos que pasan a
estar funcionalmente anclados en lo
sentiente.
En nuestra
opinión, el proceso emergente del sujeto
psíquico hay que situarlo en un marco
teórico construido a partir del recurso
explicativo afección-efección, o
estimulación-respuesta. En la evolución
celular se produce un factor emergente,
la sensación (afección), que se muestra
útil al conectarse a un sistema de
desencadenamiento de respuestas
adaptativas (efección). Ya desde los
comienzos unicelulares de esta
tecnología de supervivencia descubrimos
estos dos factores: sentir el medio
interno-externo y desencadenar acciones
adaptativas, siempre en función de una
lógica teleonómica. Aunque se producen
sensaciones y respuestas moleculares,
localizadas en regiones del organismo,
las respuestas de más eficacia
adaptativa son de naturaleza molar, en
que el organismo reacciona como un todo
para moverse en el medio. Sin embargo,
como antes decíamos, en los comienzos
evolutivos no hay integración, no hay
conciencia, no hay sujeto, sólo hay
automatismos reguladores mecánicos cuya
función se apoya en la ontología de una
sentisciencia difusa conectada con
ellos. Así nació, en efecto, la
coordinación entre lo sentiente y lo
mecánico en la funcionalidad de los
organismos vivientes. Los sistemas
sensitivos superiores representan la
complejidad terminal a que ha conducido
la sentisciencia inicial; el sujeto
psíquico superior representa el estado
terminal de la complejización de los
mecanismos de respuesta generados desde
la coordinación germinal entre sensación
y mecanicismo regulador.
Pero, en
este esquema evolutivo llega un momento
en que emerge un sujeto psíquico, ya
presente en los organismos con mente. Se
impone en consecuencia una pregunta
científica: ¿cómo llegó a constituirse?
¿Qué factores evolutivos determinaron su
emergencia? En el marco del análisis de
Damasio estas preguntas nos refieren a
la conexión evolutiva entre sensación,
conciencia y ser, en orden a la
constitución del sujeto psíquico.
2.1. Sensación,
conciencia, ser
Damasio
trata de investigar “la salida a la
escena de la conciencia. Escribo –nos
dice- sobre la sensación de ser y sobre
la transición de la ignorancia y la
inconsciencia al conocimiento y a la
identidad del ser. Mi objetivo concreto
es tener en cuenta las circunstancias
biológicas que permiten tal transición”
(La sensación, 15). Un momento decisivo
de la historia de los organismos
vivientes superiores –en el caso humano
con su contenido propio- es la
constitución, o salida a la escena, de
una conciencia que permite la
experiencia de ser. Es, valga la
redundancia, la sensación de ser
propietario de las propias sensaciones:
propietario del cuerpo, de las
sensaciones internas y de las
sensaciones externas en los sentidos
afectados y también propietario-actor de
las acciones molares para moverse en el
medio en beneficio propio.
El problema
de la conciencia es, en el fondo, la
explicación de cómo se produce la
integración de sensaciones de diversa
modalidad, internas o externas: cómo las
sensaciones internas se integran hasta
fundar la sensación molar del organismo
como un todo que, además, se siente como
tal en el protagonismo de la sensación
de conocer los objetos y reaccionar en
el medio. El problema científico de la
conciencia consiste así en entender cómo
se producen las imágenes del objeto y
cómo se engendra también la sensación de
ser en el conocer: la conciencia del
objeto y la conciencia del ser
propietario del sentir del objeto.
“Desde la perspectiva de la neurología,
¿en qué consiste el problema de la
conciencia? … contemplo el problema de
la conciencia como una combinación de
dos problemas íntimamente relacionados.
El primero es la comprensión de cómo el
cerebro del organismo humano engendra
las pautas mentales a las que llamamos,
a falta de un término mejor, imágenes de
un objeto” (La sensación, 20). “Desde la
perspectiva de la neurología, resolver
este primer problema consiste en
descubrir cómo fabrica el cerebro pautas
neurales en sus circuitos de células
nerviosas y cómo se las compone para
convertir esas pautas mentales
explícitas … Resolver este problema
abarca, necesariamente, abordar el
asunto filosófico de los cualia” (La
sensación, 21). No se trata simplemente
de explicar la sensación, sino las
imágenes percibidas como cualia en un
sujeto; es decir, se trata de explicar
la conciencia como sensación-percepción
integrada de imágenes.
Pero veamos
el segundo problema de la conciencia.
“Se trata del problema de cómo, al
tiempo que se engendran las pautas
mentales para los objetos, engendra el
cerebro también una sensación de ser en
el acto de conocer” (La sensación, 21).
“Resolver el segundo problema de la
conciencia consiste en descubrir los
puntales biológicos para esa curiosa
capacidad que nosotros los humanos
tenemos de construir no sólo pautas
mentales de un objeto… sino también de
pautas mentales que transmiten,
automática y naturalmente, la sensación
de ser en el acto de conocer. La
conciencia, tal y como la concebimos
generalmente, desde su grado más simple
a su grado más complejo, es la pauta
mental unificada que agrupa al objeto y
al ser” (La sensación, 22). La
conciencia es así, la unificación
integrada de los sistemas sensitivos: la
unificación integrada de las diferentes
modalidades sensitivas, internas y
externas, así como la ordenación de ese
“universo sensitivo” como perteneciente
a un ser propietario-actor
(afector-efector).
“La
neurobiología de la conciencia afronta,
pues, dos problemas: el problema de cómo
se genera la película de la mente y el
problema de cómo genera también el
cerebro la sensación de que hay un
propietario y observador de la película”
(La sensación, 22-23).
En lógica
evolutiva las afecciones externas
conducen en organismos pluricelulares
primitivos a la activación de ciertos
circuitos o engramas neurales que
producen estados difusos de
“sentisciencia”. Aparecen así bucles
neuronales independientes que se
encuentran localizados en regiones
aisladas. Pero la sentisciencia es
interna; es el organismo el que siente.
Al mismo tiempo la conexión de los
engramas sensitivos con otros engramas
que activan el sistema motriz, o en su
caso muscular, producen también estados
de sentisciencia en que el organismo
siente su propia entidad activa; esta
sensación es importante porque
contribuye por retroalimentación a
modular la propia actividad adaptativa.
Los engramas neurales que van así
formándose hacen que el organismo se
“sienta” a sí mismo, tanto en las
afecciones externas (el objeto externo)
como en las actividades motoras mismas.
Dado que las acciones molares –del
organismo como un todo unificado- son
necesarias para responder al medio, la
evolución propicia un proceso de
integración inevitable. Las redes del
sistema nervioso intermedio entre
afección y efección conectan entre sí
situándose en un mismo lugar (el
cerebro) e integrándose en un efecto
“sentisciente” común, unitario. La
sensación adaptativamente útil es la que
se produce por el objeto externo
(sistemas sensitivos externos) y por los
estados internos involucrados en las
respuestas y el movimiento (sentidos internos). Muchos de los engramas producidos en el cerebro quedan fuera de
esa “integración sensitiva” porque son
irrelevantes en orden a la utilidad de
la sensación unificada para la función
teleonómica de supervivencia; será
congruente pensar que esos otros
engramas –utilizados para los
automatismos reguladores e incluso para
infraestructura subterránea que soporta
la producción de los engramas integrados
en el sistema sensitivo- puedan producir
también estados sentiscientes, pero
aislados, no unificados en el sistema
sensitivo utilizado para la
supervivencia en la afección- efección.
El término
conciencia, utilizado en psicología o en
antropología neurológica, como hace
Damasio, se refiere inicialmente –en sus
primeras manifestaciones evolutivas- a
ese estado de “sentisciencia unificada o
sistémica” que produce una calidad
creciente en la eficacia de las
respuestas molares del organismo. La
conciencia resulta, pues, de un proceso
de integración de los diferentes
sistemas sensitivos, internos y
externos, que conducen a una sensación
unificada. El organismo por la
conciencia va sientiendo poco a poco su
unidad corporal y el carácter unificado
o molar de las respuestas que se
producen. En la evolución progresiva, y
perfectiva, hacia ese estado de
conciencia es donde va produciéndose el
tránsito evolutivo desde la
inconsciencia (un organismo quizá ya con
cerebro y estados sensitivos, con
comportamiento, pero que son utilizados
inconscientemente como puro automatismo)
a la conciencia donde el organismo, con
mayor o menor vaguedad difusa, va
sintiendo su propia entidad orgánica
unificada y la unidad de las respuestas
molares. La conciencia es así,
evolutivamente, un estadio final
inevitable del proceso de unificación
del sistema nervioso central.
Es esta
conciencia emergida evolutivamente la
que para Damasio, en sus diferentes
niveles, funda la emergencia del sujeto
psíquico; en realidad, Damasio no
utiliza el término sujeto psíquico, pero
lo utilizamos nosotros porque
corresponde a las consecuencias de su
análisis. Los estados de unificación
sensitiva anteriores a la aparición de
la conciencia, pero que la van
construyendo poco a poco, son lo que
Damasio llama el protoser.
Después aparece la conciencia
central que produce la conciencia
de ser
central. Por último, aparece la conciencia
ampliada que produce el ser
autobiográfico.
2.2 Raíces de la
representación del individuo: el
protoser
“He llegado
a la conclusión –nos dice Damasio- de
que el organismo, tal y como está
representado en nuestro propio cerebro,
es un precursor biológico posible de eso
que es la escurridiza sensación de ser.
Las raíces profundas del ser, incluyendo
el ser complejo que abarca la identidad
y la personalidad, habrán de encontrarse
en el conjunto de los artefactos
cerebrales que mantienen sin
interrupción inconscientemente
el estado del cuerpo vivo dentro del
rango estrecho y de la relativa
estabilidad que se requieren para la
supervivencia. Estos artefactos se
representan continuamente, inconscientemente,
el estado del cuerpo vivo junto con sus
múltiples dimensiones. Al estado de
actividad dentro del conjunto de tales
artefactos lo llamo protoser,
precursor biológico de esos niveles de
ser que en nuestra mente aparecen como
protagonistas concientes de la
conciencia: el ser central y el ser
autobiográfico” (La sensación, 33).
Hablábamos
antes de la homeostasis y de cómo la
funcionalidad teleonómica va enfocada a
mantener al organismo en sí mismo, sin
deshacerse, perviviendo frente a las
amenazas del medio ambiente agresivo o
de los procesos disgregadores internos.
Esta lógica evolutiva hacia la
estabilidad es para Damasio el origen de
la individualidad de los seres vivos (La
sensación, 153). De ahí la utilidad de
que las señales nerviosas que, desde la
totalidad del cuerpo, desembocan en
redes neuronales del cerebro, permitan
detectar (sentir) que todo funciona
bien; o sea, que el organismo se
encuentra en el estado que interesa
mantener. Esta señalización del estado
del organismo viaja a veces en clave de
fibras nerviosas, otras en clave de las
sustancias del torrente sanguíneo que
activan también detectores cerebrales.
Se ha ido produciendo así un complejo
cartografiado o representación cerebral
del estado de conjunto del organismo.
Este cartografiado se controla bien por
engramas de regulación automática, bien
por engramas que producen estados
sentiscientes inconscientes
desintegrados, bien por engramas que se
integran –en estadios superiores- en la
sentisciencia sistémica que está en vías
de producir la emergencia de la
conciencia (La sensación, 156ss).
“Mi idea es
que la sensación de ser tiene un
precedente biológico preconsciente, el
protoser, y que las manifestaciones más
tempranas y sencillas del ser emergen
cuando el mecanismo que origina la
conciencia central funciona sobre ese
predecesor no consciente. El protoser es
una colección coherente de pautas
neurales que representan, momento a
momento, el estado de la estructura
física del organismo en sus muchas
dimensiones. Esta colección de primer
orden de pautas neurales incesantemente
mantenida no se da en un solo lugar del
cerebro sino en muchos, en muy diversos
niveles, desde el tallo cerebral al
cortex cerebral, en estructuras que
están conectadas mediante vías neurales”
(La sensación, 161).
¿En qué
partes del cerebro están construidos los
engramas que han ido cartografiando la
estructura del organismo y producen la
sensación difusa de la propia entidad en
la forma de lo que llamamos el protoser?
Damasio, en efecto, hace una propuesta
de las estructuras cerebrales requeridas
para constituir el protoser (núcleos del
tallo cerebral, el hipotálamo, el cortex
insular, los cortex conocidos como S2 y
los cortex parietales medios); hace
también una propuesta de las
estructurales cerebrales que, a su
entender, no serían esenciales para
constituir el protoser. Están
suposiciones cuentan con evidencias
empíricas, pero son, en último término,
un constructo explicativo que podría
replantearse sin que se viera afectada
la tesis fundamental de que,
principalmente en el cerebro profundo,
evolutivamente más antiguo, existe una
cartografía preconsciente del propio
organismo que funda la sensación difusa
del protoser.
Damasio,
además, explica que el protoser no se
produce sólo por una cartografía
somática del organismo. Los sentidos que
detectan la afección del organismo por
objetos externos (visión, audición,
etc.) se han comenzado a formar muy
primitivamente en estadios sin
conciencia, sin sujeto y sin mente. En
estos estadios los procesos
inconscientes de percepción del objeto
han contribuido, juntamente con lo
somático, a construir la sensación
difusa del protoser. Algunas
alteraciones perceptivas, como la
agnosia o la agnosia asociativa, se
discuten en este contexto.
2.3. Conciencia central
y ser central
La
formación evolutiva del protoser deja
abierto el paso para la emergencia de la
conciencia central, que produce el ser
central, y la conciencia ampliada, que
produce el ser autobiográfico. “La
conciencia –nos dice Damasio- no es
monolítica, o por lo menos no en los
humanos: puede trocearse en tipos
simples y complejos y las pruebas
neurológicas hacen que este troceado sea
transparente. El tipo más simple, lo que
yo llamo conciencia central, proporciona
al organismo la sensación de ser en un
momento (el ahora) y en un lugar (el
aquí). El alcance de la conciencia
central es el aquí y el ahora. La
conciencia central no arroja luz sobre
el futuro y el único pasado que nos deja
atisbar vagamente es el ocurrido un
instante antes. No hay otro lugar, no
hay antes, no hay después. Por otro
lado, el tipo complejo de conciencia, a
la que llamo conciencia ampliada y de la
cual existen muchos grados y niveles,
proporciona al organismo una sensación
elaborada de ser (una identidad y una
persona, usted o yo, nada menos) y sitúa
a la persona en un punto del tiempo
histórico, profundamente consciente del
pasado vivido y del futuro anticipado y
agudamente conocedora del mundo que la
rodea” (La sensación, 27).
Ahora bien,
¿cuándo y cómo se produce la emergencia
de la conciencia central? El punto de
partida debe ser el estado sentisciente
producido ya por el protoser (que
incluye la cartografía
somático-sensitiva y la sensación de los
afecciones de los objetos externos que
alteran la estabilidad homeostática del
organismo). Se supone también la
existencia de las pautas neurales del
protoser. Pero hasta ahora no existe la
menor sensación “reflexiva”, con su
representación neural básica, de que el
organismo está sintiendo. Aunque parezca
una redundacia, diría que en el protoser
no existe la sensación de sentir o la
sensación de estar siendo afectado por
el objeto sensible. La conciencia
aparece evolutivamente cuando el
protoser acaba generando la “sensación
reflexiva”, la conciencia, el saber o
representación sensitiva de que el
protoser está ahí: y esta emergencia
sensitiva supone que en el cerebro van
surgiendo nuevas pautas neurales que la
soportan, las pautas que hacen sentir
que se siente. Son las pautas que
Damasio llama de segundo orden (las de
primer orden serían aquéllas que
producirían simplemente la sensaciones
difusas propias del protoser). El
término reflexión (que no creemos haber
visto en Damasio) podría servir para
describir esta “sensación de la
sensación integrada que se da en el protoser”.
Nos dice
Damasio que la conciencia central emerge
cuando se produce la sensación de que el
organismo conoce (mejor diríamos que el
organismo siente). “La conciencia
central se da cuando los dispositivos de
representación del cerebro originan un
informe no verbal y en imágenes de cómo
se ve afectado el estado del organismo
por el procesado que el organismo hace
del objeto y cuando este proceso hace
resaltar la imagen del objeto causante,
situándolo por ello de manera destacada
en un contexto espacial y temporal” (La
sensación, 175-176). Esta conciencia
central es la que va haciendo surgir,
casi en paralelo, la conciencia de ser:
la sensación de que ahí está el
organismo inmerso en el proceso dinámico
de la sensación afectado por el fluir de
los objetos. Es la sensación de que el
organismo está ahí, existe y permanece
existiendo en el aquí y el ahora.
Los mapas
de primer orden, somáticos y de sistemas
sensitivos externos, representados en
pautas neurales, pueden ser
“re-representados” en pautas neurales de
segundo orden que generan la sensación
de que las pautas neurales-mentales de
primer orden están ahí. Estas
sensaciones de segundo orden (sensación
de la sensación) están transformando ya
la sensación en conciencia y, por ello
mismo, transforman la sensación
inconsciente del protoser en la
sensación de ser (en el fondo de ser un
sujeto) y, en definitiva, transforman
las puras sensaciones en imágenes
germinales presentes en un sujeto, o
sea, se abre el camino para que las
puras sensaciones se transformen en
percepciones. Podríamos decir
acertadamente que estas pautas neurales
de segundo orden son las que comienzan a
construir lo que terminalmente será en
animales superiores la “imagen de sí
mismo que tiene el organismo”.
¿Dónde se
encuentran registradas en el cerebro las
pautas neurales que producen esta
sensación de la sensación o imagen de sí
mismo? Damasio considera que las zonas
donde estas nuevas pautas pudieran
construirse deben satisfacer
determinados requisitos: conectar con
las pautas neurales del organismo
(somatosensación), conectar con las
pautas neurales del objeto (sensación
externa) y conectar con las pautas de
relación entre ambos. Las zonas
candidatas para ser zonas de
implantación de los engramas que producen la conciencia y el ser central son así “los colículos superiores
(esas estructuras gemelas a modo de
colinas de la parte posterior del
cerebro medio, conocida como tectum);
toda la región del cortex cingulado; el
tálamo y algunos cortex prefrontales.
Sospecho que todos estos finalistas
tienen su papel en la conciencia, que
ninguno de ellos actúa por separado y
que el alcance de su contribución es
variado” (La sensación, 187). Igualmente
Damasio estudia a lo largo de su obra
diversos casos clínicos –como las
ausencias neurológicas, el coma y
estados vegetativos, la vigilia, el
mutismo acinético, el Alzheimer, los
efectos del curare, etc.- para
preguntarse cuál es la diferencia entre
los estados del protoser y de la
conciencia central, y qué pasa cuando
uno u otro quedan neurológicamente
lesionados.
2.4. Conciencia
ampliada y ser autobiográfico
En obvio
que sin conciencia central no puede
haber una conciencia ampliada. Esta es
el despliegue evolutivo lógico de la
conciencia central. El fundamento de
esta ampliación, que al mismo tiempo
determina su naturaleza propia, es la
emergencia evolutiva de los mecanismos
neurales que hacen posible la memoria. A
medida que las sensaciones pasadas (que
incluyen las pautas de segundo orden)
pueden ser reactivadas y producir una
sensación-imagen en el sujeto psíquico
que va emergiendo, éste puede actualizar
en un determinado momento, en el marco
de la conciencia y ser central en el
aquí y el ahora, las
sensaciones-imágenes pasadas y la imagen
del sujeto en ellas. La sensación
consecuente es que el sujeto psíquico
siente la temporalidad, o historia, de
su ser central. La integración del
pasado es el primer paso evolutivo,
asentado en la memoria. Pero el ser
personal deberá completarse también
mirando hacia el futuro: cuando las
imágenes registradas, al ser manipuladas
e incluso transformadas (cosa que los
mecanismos neuronales acabarán haciendo
también posible), permitirán imaginar
nuevas situaciones, objetivos y metas,
planes y estrategias de acción, todo
ello en el marco de la más compleja
actuación cognitiva que comentaremos más adelante.
“La
conciencia ampliada –explica Damasio- es
la preciosa consecuencia de dos
contribuciones capacitantes: primera, la
capacidad de aprender y de ese modo
retener registros de miríadas de
experiencias, conocidas previamente
gracias a la potencia de la conciencia
central. Segunda, la capacidad de
reactivar esos registros de tal modo
que, como objetos, puedan a su vez
generar una “sensación del ser
conociendo” y ser, por ello, conocidos.
Conforme avanzamos, biológicamente
hablando, del simple nivel de la
conciencia central, con su sensación
genérica del ser, hasta los complejos
niveles de la conciencia ampliada, la
novedad fisiológica más destacada es la
memoria de hechos. Como truco
primordial, consiste en más de lo mismo:
múltiples generaciones de una simple
“sensación de ser conociendo” aplicadas
tanto a ese algo por conocer como a ese
algo al que se le atribuye el
conocimiento, complejo y eternamente
revivido: el ser autobiográfico” (La
sensación, 202-203). Puesto que la
conciencia ampliada, que integra la
conciencia central, se da en un
organismo que siente y actúa, ya desde
los sistemas de afección-efección más
primitivos, la conciencia de ser que
genera es, en perspectiva individual, al
mismo tiempo, conciencia de ser poseedor
(de las imágenes) y conciencia de ser
agente (de las respuestas molares al medio).
Matiza
Damasio, en este contexto, que “la
conciencia ampliada no es lo mismo que
la inteligencia”. “La conciencia
ampliada es un prerequisito de la
inteligencia”. “La conciencia ampliada
tiene que ver con la consciencia del
organismo del más amplio ámbito de
conocimientos, mientras que la
inteligencia corresponde a la capacidad
de manipular conocimiento de un modo tan
afortunado que puedan planearse y
ponerse en práctica nuevas respuestas”
(La sensación, 204). Es lógico pensar
así puesto que la conciencia ampliada debió de surgir evolutivamente en paralelo a la emergencia de los
primeros mecanismos de memoria. En
organismos primitivos, en efecto,
durante mucho tiempo debió de existir
una cierta conciencia ampliada, que
producía una cierta conciencia de ser
biográfico germinal, que, sin embargo,
no había producido todavía los
mecanismos de inteligencia (y menos,
obviamente, de inteligencia racional
superior).
Sin
embargo, de manera no del todo
congruente con lo anterior, nos dice
también Damasio que “los seres
autobiográficos sólo se dan en
organismos dotados de una capacidad
memorística sustancial y de capacidad
razonadora, pero no exigen la presencia
del lenguaje” (La sensación, 204). Es
evidente que la capacidad memorística es
sustancial. Pero antes decíamos que la
conciencia ampliada no es lo mismo que
inteligencia. Pero si ésta puede generar
ya un germinal ser autobiográfico,
entonces podría darse probablemente
durante un largo período evolutivo en
que todavía no existieran ni
inteligencia ni, a fortiori,
razonamiento o, mucho más lenguaje. Pero
en otro tiempo evolutivo sería también
posible que ya existiera inteligencia,
incluso inteligencia “racional”
incipiente (no humana) y sin embargo no
existiera el lenguaje, como concede Damasio.
“Los
psicólogos evolutivos –comenta Damasio-,
como Jerome Kagan, han sugerido que los
humanos desarrollan un “ser” cuando
tienen dieciocho meses de edad, o
incluso antes. Yo creo que al ser al que
se refieren es al ser autobiográfico.
También creo que los monos, como los
chimpancés bonobo, tienen un ser
autobiográfico, y me atrevería a
asegurar que lo mismo les pasa a algunos
perros que conozco. Poseen un ser
autobiográfico, pero no una persona
total. Usted y yo poseemos las dos
cosas, por supuesto, gracias a una
dotación más amplia de memoria de
capacidad razonadora y de ese don
fundamental llamado lenguaje. A lo largo
del tiempo evolutivo, lo mismo que a lo
largo del tiempo individual, nuestros
seres autobiográficos nos han permitido
conocer aspectos cada vez más complejos
del medio físico y social del organismo,
así como el lugar del organismo y su
potencial de acción en un universo
complicado” (La sensación, 204).
La
conciencia ampliada ha ido haciéndose
posible a medida que el cerebro ha ido
creando recursos neurológicos para poder
construirla. Ya en el marco de las
pautas neurales de primer y segundo
orden que se organizan generando la
conciencia y ser central, la conciencia
ampliada comienza a darse en paralelo
con la emergencia de los mecanismos
neurales que permiten el registro y
reactivación posterior de las
sensaciones dadas en la conciencia
central (ya que las dadas en el protoser
son inaccesibles). La neurología de la
conciencia ampliada es así la neurología
de la memoria. Pero, dando un paso más,
se va perfeccionado a medida que
aparecen las nuevas zonas del cerebro,
la corticalización y las funciones
cognitivas. Todo ello se refuerza en la
construcción cada vez más densa de la
conciencia ampliada en la forma del ser
autobiográfico superior. A ello nos
referimos más adelante. Primero nos
referiremos a los procesos emocionales
implicados y después pasaremos a
presentar cómo sitúa Damasio los
procesos cognitivos en su teoría de la
mente.
2.5. El efecto emocional de los
sistemas sensitivos
En este
contexto explicativo es ya fácil
entender cómo se presenta en Damasio la
teoría de las emociones, como aspecto
sustancial de su teoría de la mente. “La
emoción probablemente apareció en la
evolución antes del alborear de la
conciencia y sale a la superficie en
cada uno de nosotros como resultado de
ciertos inductores a los que no siempre
reconocemos conscientemente; por otro
lado, las sensaciones ejercen sus
efectos definitivos y duraderos en el
teatro de la mente consciente" (La
sensación, 47). La emoción es, por
tanto, una cierta modulación de los
estados sensitivos producidos en
el organismo, de tal manera que las
diferencias emocionales induzcan más
fácilmente las respuestas más eficaces.
La función
biológica de las emociones es doble. La
primera es que una emoción específica
induce la producción de una respuesta
específica ante la situación inductora.
La segunda es la regulación del estado
interno del organismo de tal manera que
quede preparado para esa respuesta
concreta. Biológicamente son estados
sentiscientes producidos por procesos
químicos y neurales, conducentes a
provocar en el organismo las respuestas
más conducentes a conservar la
homeostasis, la vida. Las emociones se
producen ya en el protoser, sin
conciencia y sin sujeto. Damasio
especula incluso sobre si a los animales
unicelures se les podrían atribuir
modulaciones sensitivas que fueran
germinalmente protoemociones. Pero, al
menos, ya en el protoser la generación
de estados emocionales, dentro de sus
diferentes modalidades, debió de
construirse por engramas en el cerebro
profundo, principalmente en el sistema
límbico, en conexión con otras zonas del
cerebro; estos sistemas neuronales
específicos para cada modalidad
sensitiva, detectando en sistema ciertas
situaciones internas o externas,
activarían los estados emocionales. Al
emerger poco a poco la conciencia
central y las pautas neurales de segundo
orden, éstas permitirían sentir los
estados emocionales: sería el momento
evolutivo en que comienzan a sentirse
las emociones porque hay una conciencia,
una conciencia de ser y un sujeto que se
sienten afectados por ellas. Este sentir
las emociones se complejiza a medida que
aparece la conciencia ampliada, el ser
autobiográfico y las actividades
cognitivas de calidad creciente. Estas
actividades del psiquismo superior
acaban produciendo nuevas situaciones
psíquicas (imágenes del ser
autobiográfico, conocimiento, etc.) que
repercuten también sobre la vida del
organismo, de tal manera que se
construyen nuevos mecanismos
neurológicos para hacerlas repercutir
sobre los estados emocionales –muchos de
ellos ya construidos desde el protoser-
que contribuyan a preservar óptimamente
el organismo. Los sentimientos
derivarían así de los estados
emocionales situados ya en la
funcionalidad del psiquismo superior
enmarcado en el ser autobiográfico.
Damasio, en efecto, analiza los
diferentes sistemas neurológicos en la
base de las emociones y de los
sentimientos, mostrando la integración
de las emociones inconscientes en los
sistemas sensitivos del protoser hasta
su complejización en las conciencias
central y ampliada, y en conexión con
las funciones cognitivas del psiquismo superior.
3. La
arquitectura sentiente de los procesos cognitivos
Como antes
veíamos, un aspecto esencial, según
Damasio, para que un organismo tuviera
mente era la manipulación de imágenes en
un proceso llamado pensamiento. Producir
imágenes, en efecto, reactivarlas en el
recuerdo por la memoria, combinarlas,
transformarlas y en general manipularlas
en el pensamiento, constituye la parte
sustancial de lo que consideramos
procesos cognitivos. El actor es el
sujeto psicológico que se considera
también protagonista estelar para que
podamos hablar de mente. Sin embargo, el
punto de vista de Damasio se caracteriza
por la radicación sensitiva, y –en
cuanto la sensación deriva ya desde el
protoser hacia la constitución de
estados emocionales- también emocional,
de todos los procesos cognitivos. Esta
es precisamente la tesis de su libro
sobre El
error de Descartes: a saber, el
error de haber creído que la razón puede
funcionar sin estar radicada en y
depender funcionalmente de la razón. De
ahí que la teoría de la mente en Damasio
nos presente la naturaleza sensitiva, o
sentiente, de los procesos cognitivos y
de la razón. La cognición, y la
cognición racional, se construyen como
estadios complejos de una actividad
fundada en
pautas
neuronales y mentales que son imágenes
derivadas, en definitiva, de diversas
modalidades sensitivas.
3.1. Memoria y representaciones
disposicionales
Ya hemos
visto cómo las sensaciones, según sus
diferentes modalidades, internas y
externas, se construyen en diferentes
sistemas neurales. La visión, la
audición, la cartografía neural del
soma, etc., ocupan en el cerebro zonas
definidas; y dentro de esas zonas
existen subzonas y localizaciones
distribuidas en lugares distantes del
cerebro, tal como pasa principalmente en
la sensación visual. Además, puesto que
la formación de las redes neurales que
soportan las sensaciones ha sido
evolutiva, y el cerebro ha ido creciendo
en capas y número de neuronas, las
modalidades sensitivas agrupan zonas del
cerebro profundo conectadas
funcionalmente con las nuevas
formaciones neuronales de un cortex en
expansión; así, por ejemplo, el cortex
visual fue apareciendo poco a poco
mediante una coordinación de funciones
con las neuronas visuales que ya
existían en el cerebro profundo, de tal
manera que la visión supone siempre un
tránsito por el cerebro profundo
(núcleos geniculados laterales y
colículos superiores) que se proyecta
hacia el cortex visual (zonas V1, V2 y
V3, principalmente). El proceso desde el
protoser a la conciencia central y la
aparición del sujeto psíquico supone que
ese conjunto disperso de pautas
neuronales en la arquitectura global
produzca su efecto sensible -bien dentro
de una modalidad o bien en la
coordinación de éstas- por medio de la activación
temporalmente sincronizada y la
integración de todas las pautas
distribuidas (El error, 95ss).
El tránsito
a la conciencia ampliada y el ser
autobiográfico se produce por la
emergencia de la memoria. La sensación
de las imágenes del ahora y de las
imágenes del pasado es
fenomenológicamente diferente; y así
debió de ser también en los organismos
que comenzaban a disponer de recuerdos.
El recuerdo se produce porque la pauta
neural de la imagen del ahora queda
registrada y puede reactivarse por
ciertas conexiones neurales que se
disparan siempre desde la actividad
cerebral del presente. Damasio piensa
que las imágenes recordadas, tal como
muestran las evidencias empíricas,
suponen la reactivación de las áreas
sensitivas donde se produjeron las
imágenes en tiempo real (en cada uno de
los cerebros sensitivos); cuando estas
zonas quedan dañadas (por ejemplo,
visión) tampoco pueden rememorarse las
imágenes visuales que les corresponden
(El error, 102).
Pero el
recuerdo no es una revivencia
fotográfica de la misma fuerza de la
imagen en tiempo real. Es difusa, más
imprecisa, e incluso en parte
recreativa. Las pautas neurales que
permiten la recreación de la memoria son
llamadas por Damasio pautas o
representaciones disposicionales. Son
las pautas neurales que disparan en cada
momento la reconstrucción de las pautas
neuronales del recuerdo en conexión con
la actividad y necesidades de la
actividad del cerebro en ese momento.
Estas pautas se disparan desde el
cerebro profundo y reactivan con
aproximación las zonas corticales de la
actividad sensitiva en tiempo real; por
ello, como sabemos, la lesión del
hipocampo no permite la formación de
sensaciones rememorables. Además, la
memoria disponible como recurso psíquico
está constituida por pautas o
representaciones disposicionales que,
coordinadas con la actividad psíquica
general, pueden dispararse desde el
cerebro profundo (El error, 203ss).
Nosotros pensamos que, para que las
pautas disposicionales puedan
reconstruir la estructura, aunque sea de
forma aproximada y recreativa, de las
imágenes objeto de recuerdo, es
necesario admitir que sus pautas
neuronales en tiempo real hayan dejado
una cierta huella o registro que oriente
por dónde debe ir la reactivación que
disparan las pautas disposicionales.
3.2.
Pensamiento por imágenes y lenguaje
A medida,
pues, que el organismo va ejerciendo sus
sentidos éste va generando en su cerebro
una gran cantidad de pautas neuronales
que le permiten tener sensación en
tiempo real y que, además, quedan eo
ipso registradas; el registro no
sólo se refiere a sensaciones visuales,
olfativas, etc., sino también a pautas
que controlan el movimiento,
estrechamente relacionadas con los
procesos de aprendizaje motor. Este
registro supone que, al menos, quedan
ciertas huellas neuronales de lo que
fueron (tanto en el neocortex, como en
el cerebro profundo y en la conexión
entre ambos), disponibles para ser
reactivadas en función de la actividad
presente de cerebro, y sobre todo de las
imágenes que en él se están generando en
el aquí y ahora. Las pautas de segundo
orden quedan también registradas y
disponibles para ser alcanzadas por la
activación de los sistemas
disposicionales.
Nos
encontramos, pues, con que en un
determinado momento del desarrollo
evolutivo los organismos comienzan ya a
disponer de una conciencia central y
ampliada fundada en los procesos de
memoria. La situación presente conecta
con imágenes rememoradas que se disparan
mediante una lógica conectada con el
“ahora” por medio de las pautas
disposicionales. Las imágenes comienzan
a afluir a la mente como superponiéndose
en diversos planos y mezclándose con las
imágenes en tiempo real. Son imágenes
del presente y del pasado. Pero también
del futuro: un perro, por ejemplo, ve la
imagen de un determinado hombre y se le
dispara la imagen pasada de ese hombre
dándole comida, de tal manera que el
pasado es proyectado en su mente como un
anticipo del futuro y se le acerca
poniendo en acción cierto programa de
actuación. Pero la imagen de otro hombre
quizá le hace recordar la imagen pasada
de ese hombre pegándole y su
comportamiento futuro es de fuga. Unas
imágenes comienzan así a combinarse con
otras y el animal va aprendiendo a
combinarlas para diseñar anticipación de
acontecimientos futuros. En la
combinación de imágenes comienza ya a
funcionar incluso la estructura de un
análisis lógico; por ejemplo, si tal
imagen presente, entonces tal imagen
pasada y entonces tal imagen futura que
orienta la conducta (acercamiento
amistoso o fuga). Esto es ya un análisis
concatenado de implicaciones en forma de
sistema. Es la génesis del pensamiento
por imágenes, tal como se produce ya en
el mundo animal, y se produjo sin duda
en especies animales de las que
desciende la especie humana.
Para
Damasio el pensamiento humano funciona
siempre por imágenes. Ha surgido
evolutivamente de una manipulación de
imágenes y se apoya siempre, incluso
aunque estemos hablando ya de las más
más abstractas y complejas formas del
pensamiento humano, en una referencia a
lo imaginativo (La sensación, 107). Este
apoyo en las imágenes se manifiesta
también para Damasio en la mecánica del
lenguaje. La emergencia evolutiva del
lenguaje aparece cuando los objetos del
mundo presentes en las imágenes mentales
se conecta con los signos linguísticos.
Poco a poco los sonidos simplemente
deícticos dan lugar a complejos sistemas
de lenguaje regidos por una sintaxis. La
mente, una vez disponible el lenguaje,
comienza a tener imágenes del mismo
lenguaje, bien sea de la emisión de
frases en que el sujeto parece escuchar,
o de la grafía de las palabras en un
determinado código. El lenguaje interior
funciona él mismo como un sistema de
imágenes y, además, al tiempo en que se
produce se van suscitando también en
transfondo las imágenes evocadas de la
estructura semántica que lo soporta:
pensamos en la palabra “árbol” y se
evoca en nosotros la imagen visual del
árbol. (La sensación, 115).
3.3.
Bases sensitivo-emotivas de la razón: la
hipótesis del marcador somático
El error de
Descartes consiste precisamente en creer
que existe una razón pura, dirigida
abstractamente por la pura lógica, que
se caracteriza precisamente por dejar
aparte a las emociones. Damasio va a
defender la posición contraria: que la
razón funciona apoyándose no sólo en las
emociones y sentimientos, sino en la
maquinaria general de las imágenes que
constituyen la necesaria forma funcional
de la mente. La mente no puede nunca
dejar de funcionar sin un soporte
imaginativo que está presente siempre,
aun en los momentos aparentemente más
abstractos. De la misma manera que en el
lenguaje interior (cuando hablamos con
nosotros mismos) la imagen de las
palabras o su fonética va acompañada de
una película de imágenes sensibles, o
sea, el fondo semántico de ese mismo
lenguaje, así igualmente un razonamiento
abstracto (por ejemplo, matemático) va
siempre acompañado de una película de
imágenes que constituyen su necesario
soporte neural; en el caso del
razonamiento abstracto matemático es más
difícil describir ese transfondo
imaginativo (y mucho más el emocional),
pero, para Damasio, hay que postular que
existe (El error, 157ss).
“Desde una
perspectiva evolutiva –dice Damasio- el
dispositivo de toma de decisiones más
antiguo pertenece a la regulación
biológica básica; el siguiente, al
ámbito personal y social; y el más
reciente, a un conjunto de operaciones
abstractas y simbólicas bajo las que
podemos encontrar razonamiento artístico
y científico, razonamiento utilitario e
ingenieril, y los desarrollos del
lenguaje y las matemáticas. Pero aunque
eones de evolución y sistemas neurales
con gran dedicación pueden conferir una
cierta independencia a cada uno de estos
“módulos” de razonamiento/toma de
decisiones, sospecho que todos ellos son
interdependientes. Cuando observamos
síntomas de creatividad en seres humanos
contemporáneos, probablemente estamos
asistiendo a la operación integrada de
combinaciones diversas de estos
dispositivos” (El error, 180-181). “La
idea intrigante es que a pesar de las
diferencias manifiestas entre los
ejemplos, y a pesar de que aparentemente
se agrupan en función del dominio y del
nivel de complejidad, bien puede ocurrir
que a través de todos ellos corra un
hilo común en forma de un núcleo
neurobiológico compartido” (El error,
162). Este hilo común compartido entre
todas las formas de razonamiento es la
radicación de todas ellas en la mecánica
sensitivo-imaginativa-emocional de la
mente. En el fondo, pensaría Damasio,
toda forma de razonar es una forma de
manipulación de imágenes.
La
hipótesis del marcador somático se
enmarca en esta teoría de una “razón
sentiente”. Ante muchos problemas
racionales –en situaciones de razón
práctica es muy claro, por ejemplo en el
razonamiento altruista- la mente suele
imaginar situaciones futuras resultantes
y, también imaginativamente, se suscitan
las reacciones emocionales, somáticas,
que se derivarían de ellas. De esta
manera una posibilidad de futuro
imaginada estaría marcada por una
emoción somática (marcador somático).
Estas anticipaciones emocionales serían
un hilo conductor que conduciría el
razonamiento hacia unas u otras
decisiones. De esta manera el cerebro
humano, con toda su tupida red de
estados sensitivos y emocionales tejida
por evolución, constituiría una red de
marcadores somáticos que permitirían al
animal moverse intuitivamente hacia las
opciones que le instalan en mayor
estabilidad emocional y adaptativa (El
error, 165ss). En los razonamientos
abstractos, diríamos por generalización,
también ciertas imágenes anticipadas
orientarían así los itinerarios de la
razón.
4.
Conclusión: una teoría “sentiente” de
la mente
La teoría
de la mente en Antonio R. Damasio nos
conduce a concluir con algunas
observaciones orientadas a valorar lo
que, a nuestro entender, constituyen sus
lagunas, enfoques y aportaciones más
importantes.
1) Damasio
busca explicar cómo funciona nuestra
mente humana en este momento de la
evolución de nuestra especie. Pero para
hacerlo debe establecer ciertas
suposiciones evolutivas que le permiten
explicar cuáles son las causas remotas
de las funciones actuales del cerebro.
Sin embargo, sus observaciones
evolutivas se mueven siempre dentro de
lo estrictamente necesario; son como
anotaciones al margen. Toda su
neurología (la que nos ha dejado por
escrito hasta ahora en sus tratados de
síntesis) se funda en el protagonismo
estelar de la sensación en el
funcionamiento de la mente. Sin embargo,
la naturaleza de la sensación, por
ejemplo, es algo supuesto que no se
discute en la dimensión evolutiva
profunda como hacen otros autores, por
ejemplo Penrose. Los momentos de
emergencia evolutiva de la sensación en
función de las estructuras mecánicas
anteriores tampoco se abordan
sistemáticamente, sino siempre con
observaciones y sugerencias de pasada.
En nuestra exposición anterior, tal como
ya anticipé, hemos prolongado la
explicación de Damasio, dentro de su
propia lógica e intentando ampliar las
observaciones evolutivas que conducen a
una idea de la mente fundada en la
complejización de los procesos
sensitivos.
2) La gran
aportación de Damasio consiste en la
trama de constructos teóricos, fundados
en evidencias empíricas, neurológicas y
clínicas, que conducen a una idea de la
mente fundada próximamente en las
imágenes y remotamente en los sistemas
sentiscientes del protoser, sometidos a
la complejización evolutiva que conduce
terminalmente a la misma mente. Su
análisis del protoser, de la conciencia
central y del ser central, de la
conciencia ampliada y del ser
autobiográfico, conectándolo con el
protagonismo de la emoción, de la
sensación de la emoción y de los
sentimientos, hasta proyectarlo todo
hacia su teoría funcional de la mente a
través de las imágenes y de la
radicación sensitivo-emocional de la
razón, constituye, como decimos, una
trama de constructos que permiten
delimitar con gran claridad la imagen
del hombre –de la mente- que permite
trazar la neurología actual. La calidad
del pensamiento de Damasio destaca en
las observaciones extraordinariamente
precisas al describir los sistemas,
redes y pautas neuronales que,
conectando el cerebro profundo con las
zonas corticales en expansión,
constituyen la cartografía sensitiva del
protoser, o la conciencia central, o de
la conciencia ampliada, o de los estados
emocionales. La precisión y complejidad
de las hipótesis neurales de Damasio no
podría hacerse sin un conocimiento
profesional construido a través de
muchos años de investigación y práctica
clínica constante.
3) En su
teoría de la mente, a nuestro entender,
hay también lagunas que exigirían mayor
análisis. Ya hemos hablado de que falta
una mayor profundización en la ontología
de la sensación en perspectiva
evolutiva. Tampoco entra en los
problemas teóricos del constructivismo y
percepción directa en la discusión
psicológica. Su explicación de la
racionalidad en el marco de su
pensamiento por imágenes, o a través de
la hipótesis del marcador somático, es
muy sugerente. Pero se aplica igualmente
para explicar tanto la razón animal como
la razón humana: es decir, no presenta
un análisis más preciso de las
diferencias y génesis evolutiva de la
razón humana frente a la inteligencia
animal. La explicación de los mecanismos
funcionales de la razón abstracta –por
ejemplo, la matemática- necesitaría
también mayor profundización.
4) Damasio
es consciente de que su perspectiva es
sesgada y se limita al enfoque
neurológico. Menciona incluso la
perspectiva cognitiva como un enfoque
legítimo y complementario al suyo. La
psicología cognitiva, en efecto, se
funda principalmente en un denso cuerpo de evidencias constituido por la experiencia funcional de la mente. Y
para explicarla se orienta hacia la
propuesta teórica de arquitectónicas
formales que regirían su funcionamiento.
Cuando la mente funciona lógicamente, o
crea el lenguaje, o razona física o
matemáticamente, lo hace dentro de una
arquitectónica funcional altamente
compleja sobre la que pueden hacerse
hipótesis teóricas, que a su vez podrían
dar lugar a ensayos de simulación
funcional. El conocimiento de todas
estas hipótesis podría ayudar al
neurólogo porque, en definitiva, toda
esa arquitectura funcional de la mente,
y en su caso lo que pueda haber de
verdad en las hipótesis formales para
explicarla,
debe estar radicado en la lógica interna
y topología de las redes neurales de que
surge realmente la actividad de la
mente, incluso la más abstracta. Sin
embargo, Damasio no ha entrado en estos
vericuetos tan complicados que parece
contemplar como una asignatura pendiente
en la que prefiere no aventurarse.
5) En
referencia a ese complicado mundo de las
arquitectónicas formales, explicativas
de la mente humana, Damasio
–coincidiendo plenamente con Edelman-
sólo nos ha dicho una cosa con gran
claridad: que el hombre, la mente, no es
un ordenador y que, por tanto, la
neurología no permite aceptar la
hipótesis computacional. Nosotros
pensamos que, efectivamente, el hombre
no es un ordenador. Sin embargo,
pensamos también que ciertas estructuras
formales, incluso computacionales, bien
seriales o conexionistas PDP, entendidas
como metáfora débil, podrían ser un buen
punto de partida heurístico para que la
antropología neurológica indagara en la
estructura lógica funcional de las redes
neuronales que soportan la actividad de
la mente.
Notas
1. Damasio ha explicado su antropología
neurológica, o su teoría de la mente, en
dos obras ya publicadas, en varias
ediciones y numerosos idiomas, y una
tercera, en el
momento de concluir este artículo, de
aparición anunciada para Febrero de 2003.
Por
tanto, este artículo atiende sólo a las
dos primeras. Seguiremos las siguientes
ediciones:
Damasio, Antonio R., Descartes´Error.
Emotion, Reason and the Human Brain,
A
Grosset/Putnam Book, G.P. Putnam´s Sons,
New York 1994; versión española: El
error
de Descartes. La emoción, la razón
y el cerebro humano, Crítica,
Barcelona 2001; The
feeling of what happens. Body and
Emotion in the Making of Consciousness,
Harcourt,
Icp., New York 1999; versión española: La
sensación de lo que ocurre. Cuerpo y
emoción en la construcción de la
conciencia, Ed. Debate, Madrid 2001.
El nuevo libro
anunciado es: Looking for Spinoza.
Joy, Sorrow, and the Feeling Brain.
Pensamiento, vol. 59, nº 224, 2003:
177-213.
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