Nuestro universo es solo información cuántica, según Vlatko Vedral
JAVIER MONSERRAT
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Este físico de la Universidad de Oxofrd sostiene que el cosmos no estaría compuesto de materia ni de energía.
Desde el año 2009, Vlatko Vedral es profesor de Información Cuántica en
Oxford. Su tesis doctoral en el Imperial College de Londres, donde se
había licenciado en física, había versado ya sobre el concepto de
información en Claude Shannon y su aplicación a la mecánica cuántica.
En 2010, Vedral publicó en Oxford una obra titulada Decoding Reality,
cuya traducción al español apareció casi a continuación en el mismo año
2010 (Vedral, Vlatko, Descodificando la realidad, Biblioteca Buridan,
2010). Vedral sostiene en su obra que el universo no estaría compuesto
de materia ni de energía sino de información.
El profesor Vedral fue entrevistado por Eduard Punset en el programa Redes
y, por ello, fácilmente puede seguirse el contenido íntegro de la
entrevista. Aquí haremos referencia a una parte de sus declaraciones,
pero nos referiremos también principalmente a algunos párrafos del libro
para completar su pensamiento. En la presentación del programa se nos
dice, introduciendo el pensamiento de Vedral:
“La escala más pequeña del universo –la que se rige por las leyes
de la física cuántica– parece un desafío al sentido común. Los objetos
subatómicos pueden estar en más de un sitio a la vez, dos partículas en
extremos opuestos de una galaxia pueden compartir información
instantáneamente, y el mero hecho de observar un fenómeno cuántico puede
modificarlo radicalmente. Pero lo más extraño de todo –según le explica
el físico de la Universidad de Oxford, Vlatko Vedral, a Eduard Punset
en este capítulo de Redes– es que el universo mismo no estaría compuesto
de materia ni de energía sino de información”.
Más adelante, Vedral comienza a explicar esta última afirmación, a
saber, que la información es más importante que la materia o la
energía, hasta el punto de que el verdadero componente radical del
universo sería la información. Para Vedral esto quiere decir que antes
de que existiera materia o energía, existía ya información.
“Sí. Es una idea muy extraña que está surgiendo en mi campo de
investigación. Cuando analizamos las unidades fundamentales de la
realidad, las que lo componen todo a nuestro alrededor, creo que ya no
debemos pensar en estas unidades como fragmentos de energía o materia,
sino que deberíamos pensar en ellas como unidades de información. Me
parece que la mecánica cuántica, nuevamente, supone la clave para
entender este fenómeno, porque la mecánica cuántica tiene otra propiedad
(que supongo que a personas como Einstein no les gustaba) que es la
siguiente: en la mecánica cuántica no se puede decir que algo exista o
no, a no ser que se haya realizado una medición, así que es impreciso
decir: «tenemos un átomo situado aquí», a no ser que hayamos
interactuado con ese átomo y recibido información que corrobore su
existencia ahí. Por ende, es incorrecto lógica y físicamente, o mejor
dicho experimentalmente, hablar de fragmentos de energía o materia que
existan con independencia de nuestra capacidad de confirmarlo
experimentalmente. De algún modo, nuestra interacción con el mundo es
fundamental para que surja el propio mundo, y no se puede hablar de él
independientemente de eso. Por esta razón, mi hipótesis es que, en
realidad, las unidades de información son lo que crea la realidad, no
las unidades de materia ni energía. Ya no debemos pensar en las unidades
más elementales de la realidad como fragmentos de energía o materia,
sino que deberíamos pensar en ellas como unidades de información”.
El concepto de información
Como el mismo Vedral explica, su interpretación del universo se
funda en el concepto de información del gran ingeniero Claude Shannon
que desarrolló la forma matemática de la hoy llamada teoría de la
información. A través del concepto de bit y la digitalización en código
binario (ceros y unos) las máquinas pueden recibir, almacenar, emitir o
procesar series de información (series de ceros y unos) que serán tanto
más largas cuanta mayor sea la complejidad de la información transmitida
(la información de un estado físico de dos posiciones, A o B, puede
transmitirse con un solo bit, O/1). La ingeniería del conocimiento, por
ejemplo, la visión artificial, permite digitalizar imágenes, recibirlas y
almacenarlas, procesarlas, transmitirlas (siempre que dispongamos de un
sistema de ingeniería para traducir las series de ceros y unos,
transmitidas en el espectro electromagnético, en imágenes visibles en
una pantalla). Podemos transmitir palabras, números, música, imágenes o
las instrucciones a un robot para que realice una intervención médica
sobre un ser vivo, o las instrucciones para que un programa de
tratamiento de números o textos realice las operaciones que deseemos.
Todo esto lo comprobamos diariamente en nuestros teléfonos móviles.
Es verdad, por tanto, que la teoría de la información de Shannon
permite que las máquinas cuantifiquen la cantidad de información que se
transmite (vg. los bytes en la transmisión de palabras, música o
imágenes). Sin embargo, el concepto de información existía mucho antes
de Shannon, de la ingeniería informática, y lo que esta quiso hacer no
fue otra cosa que habilitar técnicas físicas de ingeniería para el
tratamiento de la información. Pero los procesos de información,
recepción, almacenamiento, recuperación, tratamiento y procesamiento de
información, existían ya en la naturaleza, no sólo en el mundo biológico
sino incluso en el físico.
Además, hay algo muy importante: la ontología de los sistemas y
sus modos de funcionamiento para trabajar con la información no son
iguales en los sistemas físicos o biológicos que en los sistemas de
ingeniería del conocimiento. La ontología física de un sistema físico
natural (vg. una molécula) o de un sistema biológico (fundado en
sensaciones y neuronas) no es ontológicamente homogénea o similar a la
ontología (forma de estar construido físicamente) de un ordenador. Un
átomo de hierro, o las macromoléculas que constituyen un determinado
mineral tienen mucha información sobre cómo es el universo (han
aparecido evolutivamente adaptándose a las propiedades que les permiten
mantenerse en ese universo). Esto es lo que se ha conocido desde hace
años, en el marco de la biología evolutiva, como biología del
conocimiento, o sea, la escuela de Konrad Lorenz y su discípulo Rupert
Riedl. Una célula, de la misma forma, contiene una inmensa cantidad de
información. Pero todavía hay más: los sistemas nerviosos de los seres
vivos producen la emergencia de sensaciones, percepciones, conciencia, y
toda la actividad psíquica, de tal manera que en el cerebro, animal y
humano, aparecen formas nuevas de producir una información sobre el
medio consistente en sensaciones, percepciones, imágenes de todo tipo,
que pueden tenerse en tiempo real y reactualizarse por la memoria,
pudiendo ser registradas, procesadas, manipuladas…, dando lugar a toda
la variedad de la actividad psíquica.
En realidad, para el hombre y, por tanto, para la cultura y para
la ciencia, la experiencia primordial que permite hablar de información
es la experiencia psíquica humana. Desde ella decimos que tenemos
información sobre el mundo (es decir, conocimiento) y que nos adaptamos
al medio para sobrevivir en función de la información que poseemos en
nuestra realidad humana (somos una arquitectura de información o
conocimiento, desde nuestra constitución física y biológica hasta los
productos de la actividad psíquica). Así, al hablar de que en el mundo
físico o biológico existe también una acumulación de información o
conocimiento, lo decimos por extensión análoga del concepto de
información que advertimos en nosotros los humanos. Pero cuando Shannon
habló de información introdujo una nueva extensión del concepto de
información para aplicarlo a diseñar nuevas técnicas de ingeniería para
representar, registrar, transmitir y procesar una información anterior
real, presente ya en el universo y en la mente de los seres vivos,
principalmente del hombre.
Por tanto, lo que existe y constituye la realidad es, valga la
redundancia, la realidad misma y es ésta la que genera la información
que llega a otra realidad, bien sea esta la evolución física, biológica o
el sistema psíquico de conocimiento humano. La información es siempre
algo referido a una realidad presupuesta y dentro de la cual se
construye: por el proceso de la misma evolución, por la actividad
psíquica o por los diseños de ingeniería construidos por el hombre para
representar y manipular la información anterior referida a la realidad.
La información física o biológica, la información psíquica
(conocimiento) o la información digitalizada (ingeniería del
conocimiento) son siempre algo físico, psicofísico o psicobiofísico. La
información digitalizada es algo físico (está construida como registros
físicos que se contienen realmente en el harware de un computador), y
funciona de una manera mecánica y ciega. Pero el contenido de lo que
representa (la información que contiene) puede ser física (sobre el
mundo físico), biológica (sobre el biológico, vg. el ADN) o psíquica (el
conocimiento humano, vg. lenguaje, números o imágenes). En todo caso lo
que la información digitalizada representa es siempre necesariamente el
mundo físico, biológico o psíquico, ya que la realidad se produce por
sí misma (es la producción misma del universo), pero los sistemas de
información digitalizada (en su hardware y en su software) son siempre
construidos por el hombre.
Por consiguiente, frente al punto de vista ordinario de la
ciencia, que responde casi al sentido común, a saber, que en el universo
todo de deriva de la materia producida en el estado físico primordial
que llamamos big bang, la tesis de Vedral consiste es afirmar que la
información es anterior a todo, es el origen primordial de cuanto vemos.
Nos lo dice con toda claridad, tanto en los textos citados del programa
de Redes como en su libro Descodificando la Realidad, donde constituye
la idea continua de principio a final.
“Este libro argumentará que la información (y no la materia, la
energía o el amor) es el fundamento sobre el que todo se construye. La
información es mucho más fundamental que la materia o la energía porque
puede aplicarse provechosamente a las interacciones macroscópicas, como
por ejemplo los fenómenos económicos y sociales, y también, como
argumentaré, puede utilizarse para explicar el origen y el
comportamiento de las interacciones microscópicas como la energía y la
materia” (20-21). “La información es el hilo conductor que conecta todos
los fenómenos que vemos a nuestro alrededor y lo que explica su origen.
Nuestra realidad está hecha en última instancia de información” (23).
Creemos que este punto de vista –junto a otros muchos defendidos
por el autor y que a continuación consideraremos– es difícilmente
asumible. No por razones emocionales, sino simplemente porque está en
contradicción con el conocimiento que, a mi entender, tenemos del mundo
físico, biológico, psíquico y de los procesos de información.
El sujeto que percibe constituye la realidad
En el razonamiento de Vedral parece jugar un papel muy importante
la consideración cuántica de que el acto de conocimiento constituye (o
modifica) la realidad. Son las ideas de Wheeler, cuyo pensamiento resume
Vedral en un texto citado del mismo Wheeler: “La física origina la
participación del observador; la participación del observador origina la
información; la información origina la física” (246). Es la
consideración cuántica de que el experimento que observa el mundo
microfísico cuántico (por sí mismo en estado de superposición cuántica,
es decir, un estado en que está en diferentes estados al mismo tiempo y
no está en ninguno) produce su colapso en un determinado estado y, por
ello, la realidad observada es un resultado de la presencia sistémica
del experimento en ella. Pero esta actuación constituyente sobre la
realidad no es sólo propia del experiemento, sino de todo acto de
conciencia o conocimiento en que se produce una interactuación
sujeto/objeto que produce la realidad conocida. Por tanto, el sujeto, al
conocer, estaría constituyendo la realidad que conoce (y el conocer es
un acto de información).
Ahora bien, si nuestro conocimiento de las leyes de la naturaleza
(lo que Vedral llama la primera flecha) no puede accederse sino es desde
nuestro conocimiento (mi realidad, o la segunda flecha de Vedral) que,
por lo dicho, al producirse, en alguna manera, crea la realidad en la
interacción misma sujeto/objeto que la mecánica cuántica establece,
entonces resulta que nuestra idea de la naturaleza (primera flecha) es
sólo el constructo derivado de mis muchos actos de conocimiento
(información) creativos porque, como dice la mecánica cuántica,
“constituyen” la realidad (según la intuición de Wheeler). Por
consiguiente, si la idea que tenemos de la realidad de la naturaleza y
de sus leyes nace, en el fondo, de un acto de información y este puede
expresarse en un sistema de información digitalizada, entonces toda la
naturaleza es, en último término, un enorme sistema de informaciones que
tiene su representación como información digitalizada. La naturaleza no
es sino el conjunto ordenado como ciencia (primera flecha) del conjunto
de mis (nuestras) informaciones (segunda flecha). Por tanto, para
nosotros (en la primera y la segunda flecha) la realidad natural es sólo
información puntual de un universo colapsado en nuestra conciencia
(Wheeler). Pero la realidad en sí misma puede estar en estos estados
(superpuestos) que nunca llegaremos a conocer. Aunque no hemos
adevertido que Vedral cite a Kant, todo esto suena vagamente a la idea
kantiana de un mundo de experiencia constituido por el sujeto, de tal
manera que nuestro mundo de experiencia es sólo nuestro mundo humano,
pero no el mundo en sí mismo.
Podemos releer ahora el texto de Vedral, antes citado, en la entrevista de Redes:
“Cuando analizamos las unidades fundamentales de la realidad, las
que lo componen todo a nuestro alrededor, creo que ya no debemos pensar
en estas unidades como fragmentos de energía o materia, sino que
deberíamos pensar en ellas como unidades de información. Me parece que
la mecánica cuántica, nuevamente, supone la clave para entender este
fenómeno, porque la mecánica cuántica tiene otra propiedad (que supongo
que a personas como Einstein no les gustaba) que es la siguiente: en la
mecánica cuántica no se puede decir que algo exista o no a no ser que se
haya realizado una medición, así que es impreciso decir: «tenemos un
átomo situado aquí» a no ser que hayamos interactuado con ese átomo y
recibido información que corrobore su existencia ahí. Por ende, es
incorrecto lógica y físicamente, o mejor dicho experimentalmente, hablar
de fragmentos de energía o materia que existan con independencia de
nuestra capacidad de confirmarlo experimentalmente. De algún modo,
nuestra interacción con el mundo es fundamental para que surja el propio
mundo, y no se puede hablar de él independientemente de eso. Por esta
razón, mi hipótesis es que, en realidad, las unidades de información son
lo que crea la realidad, no las unidades de materia ni energía. Ya no
debemos pensar en las unidades más elementales de la realidad como
fragmentos de energía o materia, sino que deberíamos pensar en ellas
como unidades de información”.
La ciencia y la construcción lógica de nuestra idea del universo
No podemos valorar y discutir estas ideas de Vedral sin recordar
cómo se construye nuestro conocimiento del universo en la ciencia. En la
ciencia hay una lógica argumentativa que va de principio a final. Esta
lógica establece principios epistemológicos que nos dicen que el
conocimiento, incluso en la forma final de las teorías, es siempre un
conjunto de hipótesis en sentido popperiano. Pero dentro de ese
constructo de hipótesis queda claro lo que conocemos y lo que no
conocemos, lo que tiene sentido afirmar y lo que no lo tiene. La ciencia
es, pues, hipotética, pero no todo vale: no cualquier afirmación o
hipótesis tiene sentido de acuerdo con el constructo hipotético que la
ciencia mantiene hasta ahora.
Es admisible algo que Vedral menciona. A saber, que nuestra idea
de la naturaleza es sólo el resultado de nuestro conocimiento. La
naturaleza, para nosotros, no otra cosa que el conjunto de nuestro
conocimiento sobre ella. Es verdad, por tanto, que el conocimiento del
universo comienza por la experiencia que el hombre (sujeto) tiene de la
naturaleza (objeto) por los sentidos. Cuando Newton construyó la
mecánica clásica lo hizo a partir de las evidencias empíricas y
experimentales de nuestro mundo macroscópico de experiencia ordinaria
(no sabía que sus experiencias sensibles debían entenderse por
principios cuánticos pues a eso se llegó después). Montañas, rocas,
minerales, planetas, estrellas, seres vivos, animales, hombres… son
objetos o entidades estables, consistentes en sí mismas, cuya existencia
se postula como obvia al margen de que sean conocidas por uno u otro
sujeto. Las leyes de un universo macroscópico de objetos se describió en
la mecánica clásica y se profundizó en la mecánica relativista que, por
las ecuaciones de Einstein, describe sus interacciones gravitatorias en
un espacio curvo. ¿Cómo era el mundo microfísico? La mecánica clásica,
obviamente, tendió a representárselo como una miniaturización del
macroscópico. Así fue hasta el átomo de Bohr en 1915 y años
inmediatamente siguientes.
Pero cuando a partir de 1925 comenzó a formarse la mecánica
cuántica se descubrió que existía una materia microfísica o primordial
que respondía a unas propiedades sorprendentes y extrañas. Con el tiempo
se ha visto que la materia en estado cuántico primordial respondía a
las propiedades de coherencia cuántica, superposición cuántica,
indeterminación cuántica y acción-a-distancia o efectos EPR
(introducidos por Einstein, Podolski y Rosen, en su célebre experimento
imaginario de 1935). El hecho es que pronto fue evidente que las
propiedades cuánticas (microscópicas) no se cumplían en el mundo de
experiencia ordinaria inmediata o mecanoclásico (macroscópico). Sin
embargo, pocos científicos, ni del pasado ni del presente (digo pocos
porque no sé donde habría que situar a Vedral), han dudado de que el
mundo real que observamos, estable y consistente, que se mantiene a sí
mismo y responde a los principios de la mecánica clásica, realmente
existe. Es decir, para que se entienda: cuando nos vamos a dormir, los
objetos de la habitación, los árboles y edificios del exterior, las
montañas, la luna y el sol, siguen existiendo, al margen de nosotros y
de los otros hombres, es un universo real consistente del que formamos
parte.
El conocimiento de la materia cuántica imponía entender que toda
la materia del universo, incluso la que formaba los objetos estables del
mundo macroscópico clásico, era materia que en sí misma respondía a las
propiedades cuánticas. No había más que un solo tipo de materia. Por
tanto, había que explicar cómo era posible que la materia cuántica que
se había originado en el big bang, dando origen al universo, hubiera
llegado a producir el mundo clásico de objetos donde las propiedades
cuánticas han desaparecido. La explicación, que actualmente forma parte
de la teoría estándar de partículas y del modelo cosmológico estándar,
consiste en entender que el fraccionamiento de la energía vibratoria
primordial del big bang en pequeñas partículas (que pueden ser onda y
corpúsculo) produjo, entre otras, una gran cantidad de partículas cuya
función de onda (la descripción matemática de su forma de vibración
ondulatoria) no permitía fácilmente la coherencia cuántica. Por ello,
estas partículas, llamadas fermiónicas, como electrones, protones o
neutrones, mantenían su individualidad unas frente a otras y, al
agruparse por las fuerzas de la naturaleza (gravitatoria,
electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil) producían la aparición
de los cuerpos macroscópico clásicos.
Así, por ejemplo, un electrón en su órbital atómico no es un punto
que da vueltas, sino una vibración ondulatoria que lo llena
armónicamente. El electrón en su orbital (materia con propiedades
cuánticas) está en estado de superposición porque está en todos los
sitios y no está en ninguno, pudiendo colapsarse (colapso de su función
de onda) cuando en un punto se “plega” como partícula que detectamos.
Este electrón que, digamos, pertenece a una célula, así como todas las
partículas de esa misma célula, son materia con propiedades cuánticas.
Pero el objeto clásico como tal, su estructura, no posee propiedades
cuánticas. La célula, como compleja estructura de materia fermiónica, no
puede entrar en coherencia cuántica, ni en superposición, está
determinada por la estructura clásica, y no puede ejercer una
acción-a-distancia. Por esto existe muestro mundo real estable en el que
podemos tener una biografía propia.
Para la ciencia el universo real no es ontológicamente información digital
¿Qué quiere decir todo esto? Pues simplemente que es verdad que
nuestro universo es el universo que hemos conocido a partir de procesos
de información sensible. Pero a partir de ellos hemos razonado en la
ciencia y ésta nos ha llevado a una conclusión precisa: a entender que
el universo es algo que existe independientemente de los procesos de
información que han sucedido en nosotros y que nos han llevado a
conocerlo y a establecer cuál es su origen y cómo está hecho. Así,
pensamos en la ciencia que el universo nació de un big bang en que
apareció una radiación de inmensa energía que fue transformándose en
vibraciones, cuerdas, supercuerdas, partículas, fermiónicas (que
producen el mundo clásico) y bosónicas (como la luz, en que se cumplen
las propiedades cuánticas), todo ello hasta aparecer la materia estelar,
cuerpo celestes, estrellas y planetas, seres vivos, animales y hombres.
La forma de evolución de la materia dependió de las propiedades
ontológicas de la realidad primordial emergida en el big bang: es la
misma materia la que, siendo como es, crea el orden y organización que
observamos en el mundo físico y biológico. Esta materia, por tanto,
produce por sí misma tanto las propiedades cuánticas, como, una vez
organizado el mundo macroscópico clásico, las propiedades clásicas que
rigen las formas de interacción entre los objetos clásicos. Así, las
formas de interacción entre dos fotones (que son interacciones
cuánticas) no son las formas de interacción entre dos planetas.
Nuestro universo, por tanto, es un universo creado por nuestro
conocimiento. Partimos de las experiencias sensibles (fenoménicas,
aparienciales) producidas como resultado psíquico de la interacción
entre nuestro sistema perceptivo psicobiofísico y el mundo físico
exterior (vg. los colores, como sabemos, son un fenómeno psíquico). A
partir de lo fenoménico creamos en nuestra mente conocimiento para
representarnos qué es el universo en su profundidad última. Más allá no
podemos ir. De acuerdo. Pero nuestra representación del universo en la
ciencia incluye entender que hay un universo que existe al margen de
nosotros (al margen de los procesos de información), un universo que nos
genera y nos contiene. Será así o no en la profundidad nouménica de las
cosas, pero no tiene sentido racional pensar de otra manera. Así piensa
la casi totalidad de los científicos y la sociedad está montada sobre
este supuesto intuitivo (en la vida ordinaria) y reflexivo (en la
ciencia). Por ello, para la ciencia no tiene sentido decir que el origen
del universo sea la información, entendida como algo anterior a la
materia o la energía.
El ser humano sabe que construye su representación del universo a
partir de la información que se recibe por los sentidos. Se construye
así un mundo de conocimiento fundado en las funciones naturales de la
mente (sensación, percepción, conciencia, memoria, pensamiento, etc.).
Puesto que el universo conocido es ordenado como resultado de la
ontología de la materia que produce las leyes naturales (así lo
entendemos), ese conocimiento puede ser representado por medio de un
código digital, como ideó Shannon, para que pudiera ser procesado por
máquicas de forma automática y ciega. Así podemos dar a nuestro
conocimiento una expresión digital en código binario y operar con ella
de mil formas que nos pueden ayudar, tanto en la ciencia básica como en
la ingeniería (vg. simulando procesos naturales). Pero que nuestro
conocimiento sea digitalizable no nos autoriza a decir que la realidad
del universo sea, en su constitutivo más original, información, y mucho
menos que los procesos naturales sean digitales.
Pero veamos qué nos dice Vedral más adelante en la entrevista de Redes.
“Déjame que te dé un ejemplo. Si no estuvieras aquí observándome,
la física cuántica sugeriría que yo también podría estar en muchas otras
ubicaciones a la vez. Sin embargo, tengo muchos átomos dentro, y cada
uno de estos átomos emite luz, y cada vez que una partícula de luz o
fotón llega a tus ojos, ves exactamente la información sobre de dónde
procede esa luz. Y, como emito muchas partículas de luz por segundo,
sigues recibiendo la misma información de que estoy sentado aquí
hablando contigo. Pero si pudieras aislarme de algún modo, y asegurarte
de que no emitiera ninguna información, entonces probablemente podría
estar en varios sitios simultáneamente. Es muy extraño. Podemos
demostrar que, si pudiéramos utilizar la cuántica plenamente, si
pudiéramos hacer que un objeto grande estuviera en varios estados a la
vez, entonces podríamos crear lo que denominamos ordenadores cuánticos. Y
sabemos, por lo menos teóricamente, que un ordenador cuántico sería
mucho más eficiente que cualquier ordenador actual. Así que resulta casi
milagroso, ¿no crees?”.
¿Un universo cuántico o digital?
El texto anterior desde luego no es milagroso, pero sí es
verdaderamente sorprendente, en el sentido de que sorprende que haya
podido enunciarse como si nada.
Las teorías actuales sobre el gran enigma de la percepción visual
(materia que explico desde hace años en la universidad) se dividen en
gibsonianas (percepción directa) y constructivistas (la imagen es una
experiencia intracerebral construida por el sistema visual a partir de
la información que llega a la retina); a su vez, el constructivismo se
divide en constructivismo puro o constructivismo computacional; por
último, el constructivismo computacional se divide en serial y
conexionista o PDP (pararell distribuiting processing). Todos coinciden
en que el origen de la visión es la luz, o pequeña parte del espectro
electromagnético con longitudes de onda entre 400 y 700 nanómetros (la
luz blanca del sol), que llega de la radiación solar y que se extiende
en la tierra, atravesando, reflejándose, siendo absorbida por los
objetos. La luz reflejada en las texturas físicas de la tierra llega a
las retinas, después del procesamiento óptico del globo ocular,
produciendo una estimulación sináptica que asciende hacia las zonas
superiores del cerebro.
Es verdad que en los tejidos celulares existe una presencia de la
luz que se estudia en la biofotónica. Es verdad que puede haber especies
que emiten luz (vg. en lo profundo de los océanos o desde dentro del
globo ocular como felinos), pero se trata de casos especiales que no
explican la visión como fenómeno general. Por tanto, la visión no se
produce por fotones que salgan de los cuerpos, como dice Vedral, en las
cantidades y constancias necesarias para ser el fundamento físico de la
visión. Esto parece claro y es incuestionable. Sin embargo, Vedral lo
afirma, probablemente para justificar que el sistema visual que percibe
crea un efecto sobre la estructura fotónica del objeto visto (aquí el
propio Vedral), de tal manera que esta interacción sujeto/objeto
cuántica (al estilo de Wheeler) produce el colapso del objeto visto
(Vedral), de tal manera que si la interacción cuántica cesara (por
aislamiento de Vedral), entonces “yo (Vedral) también podría estar en
muchas otras ubicaciones a la vez”. Si el cuerpo de Vedral pudiera
aislarse (entendemos: aislarse de una acción externa, vg. la del sujeto
en que se produce la visión, para evitar el colapso del cuerpo de Vedral
en un estado físico determinado, perdiendo la superposición cuántica),
entonces “probablemente podría estar en varios sitiuos simultáneamente”.
Es difícil entender qué quiere decir Vedral porque lo que parece
decir es difícilmente admisible desde el punto de vista de la ciencia.
El cuerpo de Vedral es un sistema de partículas que, por sí mismas,
individualmente, son cuánticas y tienen, entre otras, la propiedad de
superposición. Pero el cuerpo macroscópico de Vedral, al igual que todos
los otros objetos del universo mecanoclásico, no son cuánticos sino
clásicos y en ellos no se puede aplicar la superposición. En un cierto
átomo del cuerpo de Vedral existe, digamos, un electrón que, en su
orbital, quizá es una vibración en superposición; quizá ni siquiera se
puede atribuir una identidad ontológica a ese electrón en el curso del
tiempo. Sin embargo, el cuerpo de Vedral, como sistema de conjunto,
siempre mantendrá en ese orbital un electrón que mantenga el equilibrio
físico del sistema. Y el cuerpo como estructura no es cuántico, sino
clásico. La distinción entre las propiedades y formas de interacción en
sistema cuánticos y clásicos es esencial en la física de partículas y en
la cosmología modernas. Lo que dice Vedral parece contradictorio con
todo lo que conocemos del mundo físico.
Hoy en día quienes defienden la necesidad de aplicar la mecánica
cuántica para entender los seres vivos y la sensibilidad-conciencia
suelen distanciarse de las llamadas teorías computacionales del hombre
(bien sean seriales o conexionistas). Los computacionalistas tienden más
bien a entender los seres vivos como robots que se rigen por procesos
mecánicos y deterministas. Vedral se mueve en una cierta confusión entre
lo cuántico y lo meramente compitacional. En todo caso, es claro que si
quiere entender que el origen del universo es la pura información, de
acuerdo con la idea digital de Shannon, entonces le interesa reducir el
cerebro (los sistemas nerviosos en general) a sistemas vivos que hacen
biológicamente la pura computación digital de Shannon.
“Tomemos el cerebro humano –nos dice Vedral– como ejemplo de un
dispositivo procesador de información”. “Supongamos que cada célula
nerviosa o neurona puede contener un bit de información, a saber, un
cero o un uno. Este bit está codificado como la presencia o ausencia de
una señal eléctrica en las neuronas, es decir, cuando hay una señal
eléctrica el cerebro detecta un uno y cuando no hay señal eléctrica
detecta un cero. Esto es probablemente una simplificación excesiva, pero
vamos a mantener la historia simple. O sea nuestro cerebro puede
contener diez mil millones de bits de información [creemos que, en su
hipótesis, se queda corto]. Una vez que hemos agotado todos los bits de
memoria de nuestra cabeza, para poder registrar algo más, primero hemos
de borrar parte de la información, es decir, hemos de olvidar” (89-90).
La misma interpretación digital la extiende al universo en su
conjunto. “El principal objetivo de este libro es entender la realidad
en términos de información. En este sentido es apropiado considerar el
Universo entero como un ordenador cuántico, dado que esta es la
descripción más exacta que tenemos de la realidad. Luego hemos estimado
el poder total del universo, una memoria de 10100 bits y aproximadamente
unos 1090 bits por segundo procesados. Para establecer esta estimación
dividimos el universo en unidades más y más pequeñas y utilizamos luego
el hecho de que el contenido de información de cada una de dichas
unidades es proporcional a su área” (216-217).
Las llamadas teorías computacionales de los seres vivos y del
hombre entienden que el cerebro (el sistema nervioso) es un ordenador
biológico. Algunos pensaron (vg. Newell y Simon) que era un ordenador
serial (con depósitos de memoria binaria, buses de transporte de
información, CPU, etc.) y otros que respondía a la arquitectura y
principios funcionales de un ordenador conexionista (PDP), que a su vez
habían sido copiados de la estructura del cerebro humano. Hoy en día,
sin embargo, la mayor parte de neurólogos y psicólogos han dejado de
lado los intentos digitales que fueron iniciados ya por Warren McCulloch
en los años sesenta. El cerebro se entiende como un sistema que produce
la interactivación en sistema de redes o engramas neuronales que
desencadenan bien los automatismos orgánicos, bien la vida psíquica
(sensación, percepción, conciencia, conocimiento…). La visión, por
ejemplo, se produce por un sistema de interactivación entre el patrón
externo de luz y el engrama de la imagen que va desde la retina hasta
las zonas corticales superiores, produciendo el correlato de la
experiencia del quale o imagen subjetiva. En otras palabras: la imagen
no se explica por el desplazamiento de una información digital
codificada en ceros y unos.
Lo mismo sucede con el universo. Está constituido, como antes
decíamos, de materia o de energía (todavía no sabemos exactamente qué
constituye primordialmente el universo). Pero no es ciertamente un
inmenso depósito de información digital. La digitalización y simulación
del universo es producida por la actividad de la mente humana que, al
recibir información de un universo real previamente existente, es capaz
de representar el conocimiento sobre el universo (la flecha segunda de
Vedral) en un sistema informatizado. La información es algo derivado. Lo
radical existente es el universo que nace y evoluciona mediante
procesos reales que no son los procesos que el instrumento técnico
creado por el hombre (el ordenador) necesita para representarse
digitalmente el universo.
La metafísica o filosfía última de la naturaleza según Vlatko Vedral
Vedral conecta sus reflexiones filosóficas (científicas,
ciertamente, no son) sobre el universo con las ideas tradicionales de la
filosofía en busca de una explicación metafísica final de todo. Para
Vedral esta búsqueda no ha estado bien planteada y promovía una
regresión ad infinitum para
hallar un fundamento primero (regresión infinita porque, una vez
postulado un fundamento, este exigía buscar un nuevo fundamento, y así
infinitamente).
Para Vedral, la postulación de que el origen de todo, el principio
radical del universo es la información es lo único que permite cortar
esa regresión infinita. Sólo un universo entendido como información pura
podría justificarse a sí mismo como información a partir de la nada.
Sería una explicación ex nihilo que corta la regresión infinita. Veamos algunos textos de Vedral.
“En el marco de este discurso, seguramente la pregunta más
apasionada y fundamental de todas tiene que ser esta: ¿por qué hay algo
en realidad y de dónde ha salido? O, dicho de otro modo, antes de
considerar por qué las cosas están conectadas, primero tenemos que
preguntarnos por qué existen cosas. En este libro argumentaré que la
noción de información nos proporciona la respuesta a estas dos
preguntas. Curiosamente esto convierte la información en una magnitud
mucho más fundamental en el universo que la materia o la energía, lo
cual en sí mismo no es nada baladí. Si consideramos la realidad en
términos de bits de información es interesante que tanto la existencia
de la realidad como su conectividad inherente se vuelvan completamente
transparentes” (13).
“Una de las creencias predominantes en el cristianismo… es la de
que el Creador llevó a cabo la creación del universo a partir de la
nada, creencia que se conoce con el nombre de creación ex nihilo…
Postular un ser sobrenatural no contribuye en nada a explicar la
realidad puesto que lo único que hace es desplazar el problema de los
orígenes de la realidad convirtiéndolo en el de explicar la existencia
de dicho ser sobrenatural” (16).
Ciertamente, Vedral alude a un problema que muchos filósofos han
intentado resolver. Pero la ciencia, entendida según sus principios
epistemológicos, no se plantea este problema. Y Vedral debería pensar
dentro de un marco de razonamiento científico. También debería hacerlo
la filosofía y la metafísica moderna. La ciencia comienza a razonar a
partir de los hechos empíricos que imponen la existencia de la realidad.
Por ello, postula y busca entender su autosuficiencia (es decir,
entender que la realidad puede por si misma presentarse como un sistema
que se mantiene a sí mismo con suficiencia en el curso del tiempo).
¿Dónde está la suficiencia del universo, tal como se nos presenta de
hecho constituido? El ateísmo piensa que es posible concebir su
autosuficiencia en el tiempo como sistema. El teísmo, en cambio, piensa
que su autosuficiencia es oscura y la solución mejor es atribuirla a un
ser divino, transcendente y absoluto, que por creación hubiera producido
el universo.
Ahora bien, el fundamento de la suficiencia –bien sea el puro
universo o un ser divino trascendente–, ¿por qué existen o más bien no
existen? Este problema planteado por la filosofía de Leibniz es
irresoluble, tanto para la filosofía como para la ciencia. En otras
palabras, el fundamento del ser del universo (bien sea Dios o puro
mundo) debe atribuírsele por postulación la necesidad: debe admitirse
que existe de hecho y, por ello, debe postularse su necesidad (no puede
dejar de existir).
Frente al problema de la meteafísica filosófica Vedral afirma: “La
cuestión acerca del todo a partir de la nada, la creación ex nihilo, es
clave. Así pues, como sostengo yo, si la información es el hilo
conductor común, la cuestión de la creación ex nihilo se reduce a
explicar cómo surge la información de la no-información. Explicaré que
esto no sólo es posible, sino que también argumentaré que la
información, en contraste con la materia y la energía, es el único
concepto que tenemos actualmente que puede explicar su propio origen”
(21). Ahora bien, ¿cómo se explica esto?
“Este libro ha argumentado que todo en nuestra realidad está hecho
de información. Desde la evolución de la vida, pasando por la dinámica
de la ordenación social, hasta el funcionamiento de los ordenadores
cuánticos, todo puede ser entendido en téminos de información. Vimos que
para capturar los elementos más recientes de la realidad necesitábamos
ampliar la noción original de información de Shannon y actualizar su
noción de bit introduciendo la de bit cuántico o qubit. Los qubits
incorporan el hecho de que en la teoría cuántica los resultados de
nuestras mediciones son intrínsecamente aleatorios. Pero, ¿de dónde
salen estos qubits? La teoría cuántica nos permite contestar esta
pregunta, pero la respuesta no es exactamente la esperada. ¡Sugiere que
estos qubits no salen de ninguna parte! No se requiere una información
previa para que exista la información. La información puede crearse a
partir del vacío. Presentando una solución a la difícil cuestión de la
ley sin ley encontramos que la información rompe la cadena de regresión
infinita en la que siempre parece que necesitamos una ley más
fundamental para explicar la ley actual. Este rasgo de la información,
que en última instancia proviene de nuestra forma de entender la teoría
cuántica, es lo que distingue a la información de cualquier otro
concepto potencialmente capaz de unificar nuestra visión de la realidad,
como los de materia o de energía. La información es, de hecho, única en
este sentido” (243-244).
Vedral menciona repetidamente la idea cristiana de creatio ex nihilo
y él mismo considera que la información es algo que sale de la nada
espontáneamente. Primero habría que decir que para el cristianismo creatio ex nihilo
quiere decir que Dios crea sin nada preexistente (no así el Dios
platónico, el Demiurgo, que crea a partir de una materia preexistente).
Pero el Dios cristiano, al crear, supone su propia ontología y el
universo es creado “en” Dios (por tanto, no de la nada). En otras
palabras decir que algo pueda surgir de la nada es ininteligible para la
razón humana: de la nada, nada puede salir. Dios (teísmo) o el puro
mundo (ateísmo), en su caso, no han salido de la nada, sino que se
postula su existencia eterna y necesaria.
Parece que Vedral recurre a la sorprendente idea de que la
información se crea a sí misma a partir de la no-información, de la
nada, en el marco de la teoría cuántica. Así, la realidad, antes de ser
conocida por un sujeto, está en superposición y Vedral entiende que no
es nada concreto: lo real se crea en el momento mismo de la información
cuando el sujeto produce el colapso de una experiencia concreta (antes
lo explicábamos) y crea la realidad. En este sentido, se diría que la
información crea la realidad y es la realidad. Por ello el universo es
sólo (segunda flecha) la información que crea el sujeto, pero es
información cuyo soporte real se ha esfumado. De ahí que no haya que
buscar un fundamento real en una regresión ad infinitum entre cosas
reales porque el hombre, su universo, no es de “cosas reales” sino de
información.
Todo esto es ciertamente muy difícil de entender porque está en
contradicción con los mismos principios físicos, mecanoclásicos y
mecanocuánticos, que el mismo Vedral parece por otra parte admitir.
Antes de cualquier acto creativo de información el mismo Vedral admite
la exitencia de un sujeto y, además, el universo cuántico, aunque no
esté colapsado en la experiencia que crea la presencia del sujeto, no es
la nada, sino algo real muy concreto.
Es la realidad que describe en la física moderna la mecánica
cuántica sobre la materia germinal y la mecánica clásica del mundo de
objetos estables que vemos. Antes lo explicamos con mayor detalle. Lo
que Vedral afirma no es entendible con el nivel de explicación que nos
ofrece, o al menos nosotros no lo hemos entendido. Simplemente afirma
que la información nace de la nada de la no-información y considera con
toda simpleza que esto resuelve el problema filosófico de explicar por
qué existe algo o más bien no existe nada, sin atender a que la
información supone la existencia de un universo real previo en que
tienen un lugar tanto la realidad cuántica como el sujeto que produce su
colapso en el momento del surgimiento de la primera información (que no
requería una información previa).
Ateísmo, agnosticismo
“Lo que sí podemos decir, de acuerdo con la lógica que hemos
presentado en este libro, es que fuera de nuestra realidad no hay una
descripción adicional del universo que podamos entender, sólo hay vacío.
Esto significa que no hay lugar para una ley definitiva o para un ser
sobrenatural –dado que ambos existirían fuera de nuestra realidad y en
la oscuridad. Dentro de nuestra realidad todo existe mediante una red
interconectada de relaciones, y los nodos de esta información son los
bits de información. Procesamos, sintetizamos y observamos esta
información para construir la realidad que nos rodea. A medida que la
información emerge espontáneamente del vacío, la tomamos en
consideración para actualizar nuestra visión de la realidad. las leyes
de la naturaleza son información sobre la información y fuera de ello no
hay más que oscuridad. Este es la única puerta de entrada a la
comprensión de la realidad” (246).
En realidad, Vedral no toma una posición atea sino más bien
agnóstica. En último término no se sabe lo que hay fuera de la
información. La realidad se desconoce, es oscuridad. La información está
montada en el aire y por ello no tiene sentido hablar de ni fundamentos
ni de Dios porque la información está fuera de la realidad. Hablar de
Dios supondría hacerlo dentro de la realidad, y este no es el caso para
Vedral.
Creemos que el universo real es un enigma y que es posible
interpretarlo de una forma atea, sin Dios. También creemos que es
posible argumentar una visión teísta del universo. Pero en el
pensamiento actual hay ateísmos serios, de grandes autores que saben lo
que dicen y ateísmos esperpénticos que desacreditan al mismo ateísmo, o a
los pensadores agnósticos.
En otro artículo de Tendencias21 presentábamos a Richard Dawkins
como defensor de un ateísmo esperpéntico que no se puede tomar en
serio. La visión digital del universo que nos ofrece Vedral forma
también parte de los ateísmos/agnosticismos esperpénticos. Al menos, no
somos capaces de entender que, detrás de sus afirmaciones, se halle una
visión congruente del universo, como puedan ser la de Stephen Hawking o Roger Penrose, por citar dos ejemplos recientes.
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