El mito de la revolución: la religión de la violencia
MARTÍN CASTILLA
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1. El concepto
de revolución: entre la utopía y el terror
El término «revolución» posee una larga historia
semántica. En su origen astronómico designaba el movimiento circular de los
astros; trasladado a la política por los escritores del siglo XVII, comenzó a
significar el retorno a un orden anterior perturbado por la tiranía. Fue la
Revolución Francesa la que transformó definitivamente su significado: ya no se
trataba de restaurar, sino de destruir y reconstruir desde cero. Desde
entonces, la palabra «revolución» ha funcionado como uno de los conceptos más cargados
de la modernidad política, capaz de evocar simultáneamente la promesa de la
emancipación y el horror de la masacre.
Conviene, sin embargo, despejar una confusión
frecuente. El cambio político profundo, incluso el cambio radical de
estructuras sociales, no requiere necesariamente de la violencia organizada. La
democracia representativa constituye, en rigor, el único procedimiento
revolucionario que la civilización ha logrado hacer compatible con el respeto a
la vida: es el mecanismo por el que una sociedad puede transformarse a sí misma
sin necesidad de asesinar a sus adversarios. Lo que aquí se analiza no es el
cambio político legítimo, sino ese modelo específico de violencia redentora al
que las ideologías modernas han dado el nombre de revolución y han erigido en
objeto de culto.
Porque eso es, precisamente, lo que define el
fenómeno en su versión moderna: la sacralización de la violencia. Ciertos
sistemas de creencias han incorporado en su núcleo la convicción de que los
sacrificios humanos masivos constituyen un medio necesario y legítimo para
transformar la historia. Esta fe no es metafórica; es operativa, y ha producido
resultados que la evidencia histórica permite cuantificar. Comprender la lógica
interna de esa fe es el primer paso para resistirla.
2. La
Revolución Francesa: el primer apocalipsis secularizado
La Revolución Francesa de 1789 es el
acontecimiento fundacional del imaginario revolucionario moderno. Sus primeros
años estuvieron marcados por reformas políticas que, en varios aspectos,
concretaban el programa ilustrado de la modernidad crítica: la declaración de
derechos, la abolición de los privilegios estamentales, la afirmación de la
soberanía popular. Pero el proceso se radicalizó con rapidez, y a partir de
1792, y con mayor intensidad desde 1793, derivó hacia lo que la historiografía
ha denominado el Terror.
El Comité de Salvación Pública, dirigido
sucesivamente por figuras como Robespierre, Saint-Just y Collot d'Herbois,
inauguró el modelo del Estado revolucionario que se repetiría en el siglo XX:
un poder que se legitima en nombre del Pueblo abstracto para ejercer una
violencia sin límites sobre los pueblos concretos. Entre 1793 y 1794, las
estimaciones más rigurosas cifran entre 17.000 y 40.000 los ejecutados
judicialmente, a los que hay que añadir entre 200.000 y 400.000 muertos en el
conjunto de las guerras civiles e insurrecciones que la propia Revolución
generó (Furet, 1989; Schama, 1989).
El episodio más devastador de la violencia
revolucionaria interior tuvo lugar en la región de La Vendée y el Poitou, donde
la resistencia campesina a las levas forzosas y a la persecución religiosa
desencadenó en 1793 una insurrección que el gobierno republicano aplastó con
métodos que la historiografía actual no duda en calificar de genocidio. El
general Turreau organizó las llamadas «columnas infernales», unidades militares
con orden de devastar sistemáticamente la región: quemar pueblos, ejecutar a sus
habitantes sin distinción de edad o sexo, destruir cosechas y ganado. El
historiador Reynald Secher (1986) estimó en más de 117.000 el número de
víctimas vandeanas; cifras más conservadoras hablan de entre 80.000 y 100.000
muertos. En cualquier caso, la proporción de la población de la región
aniquilada oscila entre el 15 y el 25 por ciento.
Lo que la Vendée revela con particular nitidez es
la dimensión anticristiana del proyecto revolucionario. La República jacobina
no se limitó a secularizar las instituciones, sino que emprendió una
persecución activa del catolicismo: cierre y destrucción de iglesias,
prohibición del culto, ejecución de sacerdotes refractarios, instauración del
culto a la Razón y luego del culto al Ser Supremo como religiones civiles de
sustitución. La revolución no suprimía lo sagrado; lo desplazaba hacia sí
misma. Como observó el historiador Jules Michelet con involuntaria lucidez, la
Revolución era «una religión»; lo que no añadió es que era una religión que
exigía sacrificios humanos.
Desde el momento en que sonó el primer chasquido
de la guillotina, la revolución impuso un nuevo tipo de reacción: la del terror
sistemático como instrumento de gobierno. El mecanismo, una vez inaugurado, se
revelará extraordinariamente fecundo. La Revolución Francesa no fue solo un
acontecimiento histórico; fue, ante todo, un modelo y un mito que las
generaciones posteriores imitarían, perfeccionarían y multiplicarían.
3. La
Revolución Rusa: el modelo totalitario perfeccionado
Si la Revolución Francesa inauguró el modelo, la
Revolución Rusa lo llevó a su forma más sistemática y duradera. El golpe de
Estado bolchevique de octubre de 1917 —que sus protagonistas denominaron
revolución para conferirle una legitimidad que la correlación de fuerzas reales
no le otorgaba— estableció las bases del Estado totalitario del siglo XX. Lenin
no ocultó que su proyecto era el de una dictadura del partido sobre el conjunto
de la sociedad: «La dictadura científica del proletariado», afirmó, «significa
un poder ilimitado, que no está sujeto a ninguna ley ni a ninguna norma».
Las primeras semanas del poder bolchevique
estuvieron marcadas por la disolución de la Asamblea Constituyente, libremente
elegida en noviembre de 1917 y disuelta por la fuerza en enero de 1918, cuando
resultó evidente que los bolcheviques solo habían obtenido el 24 por ciento de
los votos. Este acto fundacional estableció el principio que regiría el
totalitarismo soviético durante siete décadas: la voluntad del partido se sitúa
por encima de cualquier legitimidad democrática. La Cheka, policía política creada
en diciembre de 1917, comenzó de inmediato la represión sistemática de toda
disidencia.
La persecución de la Iglesia ortodoxa rusa fue
uno de los objetivos prioritarios del nuevo régimen desde sus primeros días.
Entre 1917 y 1937, el Estado soviético asesinó a aproximadamente 95.000
clérigos, según datos recogidos por la propia Iglesia ortodoxa. Se demolieron
miles de iglesias —incluida la célebre basílica de Cristo Salvador de Moscú en
1931— y se confiscaron sus bienes. Los creyentes fueron sistemáticamente
discriminados en el acceso a la educación y el empleo. El marxismo-leninismo no
era una ideología secular que toleraba la religión como asunto privado; era una
religión de Estado que perseguía a las demás religiones con la intensidad que
solo los credos absolutos despliegan contra sus competidores.
La guerra civil (1918-1922), la hambruna
planificada de Ucrania conocida como Holodomor (1932-1933), el Gran Terror de
1936-1938, los campos del Gulag: cada una de estas etapas añadió nuevos
estratos de cadáveres al fundamento del Estado revolucionario. Stéphane
Courtois y sus colaboradores, en la obra colectiva ‹‹El libro negro del
comunismo›› (Courtois et al., 1997), estimaron en aproximadamente veinte
millones las víctimas del régimen soviético, cifra que estudios posteriores han
revisado al alza.
El balance del comunismo mundial, extendido a
China, Camboya, Corea del Norte, Cuba, Vietnam y otros países, alcanza según
las estimaciones más rigurosas entre 85 y 100 millones de muertos (Courtois et
al., 1997). Ningún otro sistema político en la historia de la humanidad ha
producido, en tan poco tiempo, una mortandad comparable como resultado directo
de sus políticas deliberadas.
4. La guerra
de los Cristeros en México
El patrón de persecución religiosa inaugurado por
la Revolución Francesa y perfeccionado por la soviética encontró una réplica
significativa en México durante la segunda y tercera décadas del siglo XX. La
Constitución de 1917, impulsada por el gobierno revolucionario de Venustiano
Carranza, introdujo restricciones severas al ejercicio público del culto
católico y a la propiedad eclesiástica. Pero fue durante la presidencia de
Plutarco Elías Calles (1924-1928) cuando la persecución alcanzó su máxima intensidad.
Las llamadas «Leyes Calles» de 1926 prohibieron la educación religiosa,
cerraron los conventos y seminarios, expulsaron a los sacerdotes extranjeros y
sometieron al clero nacional a un registro civil obligatorio cuyo fin era
reducir drásticamente el número de ministros del culto.
La respuesta de la población católica,
mayoritariamente campesina, fue la insurrección armada conocida como la guerra
de los Cristeros (1926-1929). Los combatientes, que adoptaron el grito de
guerra «¡Viva Cristo Rey!», resistieron durante tres años a las tropas
federales con una tenacidad que la superioridad militar del Estado solo pudo
neutralizar a través de una negociación diplomática en la que la Santa Sede
jugó un papel determinante. El costo humano fue enorme: se estima entre 70.000
y 90.000 muertos entre combatientes de ambos bandos, a los que hay que añadir
las ejecuciones extrajudiciales de sacerdotes y civiles. Entre los mártires
reconocidos se encuentra el sacerdote jesuita Miguel Pro, fusilado en 1927 sin
juicio previo y canonizado por Juan Pablo II en 1988.
La guerra de los Cristeros ilustra un patrón
recurrente en la historia de las revoluciones modernas: la incapacidad del
proyecto laicista radical para comprender que la supresión violenta de la
religión no seculariza a las sociedades, sino que las polariza y las conduce a
la guerra civil. El anticlericalismo militante que subyace en buena parte de
las revoluciones del siglo XX no es, en rigor, una posición ilustrada de
neutralidad del Estado, sino una nueva forma de clericalismo: la imposición
coactiva de una teología política que no tolera competidores.
5. La
persecución religiosa del Frente Popular en España
En la España de los años treinta, el proceso
revolucionario adoptó una forma particularmente violenta en los meses
inmediatamente anteriores y posteriores al inicio de la Guerra Civil. Desde la
victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, la situación
política y social se deterioró con rapidez: asesinatos políticos, quema de
iglesias, ocupaciones de tierras y un clima de violencia sistemática que el
Gobierno fue incapaz o deliberadamente reacio a controlar.
Cuando el 18 de julio de 1936 se produjo el
alzamiento militar, el Gobierno del Frente Popular distribuyó armas entre las
milicias de los partidos obreros y organizaciones anarquistas. En la zona
republicana se desencadenó entonces una oleada de violencia anticlerical de una
intensidad sin parangón en la Europa del siglo XX. Según los datos recopilados
por el historiador Antonio Montero Moreno (1961) y revisados posteriormente por
otros investigadores, fueron asesinados entre julio y diciembre de 1936 aproximadamente
6.832 sacerdotes diocesanos, 2.365 religiosos y 283 religiosas, además de un
número indeterminado de laicos católicos muertos por su fe. En total, la
Iglesia española reconoció en 2001 a 498 mártires de este período, cifra que
posteriormente ha aumentado significativamente mediante sucesivos procesos de
beatificación.
La destrucción del patrimonio religioso fue
igualmente devastadora: se quemaron o demolieron miles de iglesias, conventos y
capillas, y se destruyeron obras de arte, archivos y objetos de culto de valor
incalculable. Paul Preston, biógrafo de Franco y autor nada sospechoso de
simpatías hacia la causa nacional, ha reconocido la dimensión de esta
persecución, aunque su interpretación de sus causas difiera de la que aquí se
sostiene.
Este episodio resulta especialmente revelador
porque reproduce, en el contexto español, el mismo esquema que ya se había
observado en Francia y Rusia: la revolución proclama la liberación de los
oprimidos, pero la primera víctima de su violencia real es la Iglesia,
institución que encarna, en la cosmovisión revolucionaria marxista y
anarquista, el símbolo por excelencia del orden establecido. La persecución no
es un exceso colateral del proceso revolucionario; es su manifestación más
coherente.
6. El
genocidio de Camboya: la utopía como exterminio
Si los casos anteriores ilustran la violencia
inherente a las revoluciones de inspiración marxista o jacobina, el caso
camboyano representa su reducción al absurdo: la utopía llevada a sus
consecuencias lógicas con una coherencia que resulta aterradora precisamente
por su rigor interno. El Jemer Rojo, movimiento comunista de raíz maoísta
liderado por Saloth Sar —conocido como Pol Pot—, tomó el poder en Camboya en
abril de 1975 e instauró el régimen del llamado «Año Cero».
El proyecto era de una simplicidad ideológica
extrema: construir una sociedad agraria perfecta, sin clases, sin ciudades, sin
dinero, sin religión, sin familia tradicional y sin intelectuales. Para
alcanzar ese paraíso, fue necesario vaciar las ciudades a marchas forzadas,
ejecutar a todos los funcionarios, militares, maestros y profesionales del
régimen anterior, disolver la moneda, cerrar los hospitales y las escuelas,
prohibir la religión budista y perseguir a los religiosos, separar a los hijos
de sus padres y enviar a toda la población al campo para su reeducación
mediante el trabajo forzado.
En cuatro años —de 1975 a 1979—, el régimen jemer
asesinó directamente o dejó morir por hambre, enfermedad y extenuación a entre
1,5 y 2 millones de personas, sobre una población total de aproximadamente 7
millones de habitantes. Es decir, entre el 21 y el 28 por ciento de la
población total del país. Proporcionalmente, ningún otro régimen del siglo XX
—ni siquiera el estalinista en sus peores años— alcanzó semejante eficiencia
homicida. Los campos de exterminio conocidos como los «Campos de la Muerte» y
el centro de interrogatorios y torturas de Tuol Sleng, donde más de 17.000
personas fueron interrogadas, torturadas y ejecutadas, constituyen el
testimonio material de lo que la utopía produce cuando se le da el poder
suficiente.
El caso camboyano merece atención filosófica por
una razón adicional. Pol Pot y los dirigentes del Jemer Rojo no eran campesinos
analfabetos movidos por el odio o el resentimiento ciego: eran intelectuales
formados en París, en el ambiente cultural que había producido a Sartre,
Althusser y la versión maoísta del marxismo. Khieu Samphan y Ieng Sary tenían
doctorados de universidades francesas. La ideología que aplicaron no era una
deformación primitiva del marxismo; era, en muchos aspectos, su aplicación más
consecuente. Lo que esto revela es que la violencia no es un accidente del
proyecto revolucionario marxista, sino su destino lógico cuando se eliminan los
obstáculos que la democracia y el derecho oponen a su realización.
Como observó David Chandler, uno de los más
rigurosos historiadores del período jemer (Chandler, 1991), el régimen de Pol
Pot constituye el caso en que la lógica de la revolución permanente y de la
pureza ideológica alcanzó su expresión más extrema. La comparación con el caso
vietnamita, país vecino con una revolución comunista paralela pero más
pragmática, resulta ilustrativa: Vietnam conservó estructuras institucionales y
un partido con cierta capacidad de autocorrección, lo que lo condujo
eventualmente a las reformas del Doi Moi y a una inserción progresiva en la
economía de mercado. Camboya, con un régimen que aplicó la utopía sin
concesiones, quedó traumatizada por décadas.
7. La
estructura teológica de la revolución
El examen de los casos anteriores permite
identificar una estructura común que trasciende las diferencias históricas y
nacionales. En todos ellos aparecen los mismos elementos: un mito fundacional
de redención colectiva, un enemigo designado sobre el que se descarga la
violencia purificadora, un grupo de elegidos que encarnan la nueva humanidad, y
un horizonte utópico que justifica cualquier crimen presente en nombre de una
bienaventuranza futura. Esta estructura no es política, en el sentido ordinario
del término; es teológica.
La revolución moderna es, en su esencia, un
apocalipsis secularizado. Ha tomado de la tradición religiosa sus elementos más
arcaicos —el sacrificio, el martirio, la purificación a través de la sangre, el
advenimiento del reino— y los ha despojado de toda trascendencia,
proyectándolos sobre la historia inmanente. El resultado es lo que el filósofo
Eric Voegelin denominó «gnosticismo político» (Voegelin, 1952): la pretensión
de realizar en el tiempo lo que las religiones sitúan en la eternidad, con la
certeza absoluta de quien cree poseer el secreto del devenir histórico.
Esta estructura teológica explica rasgos que de
otro modo resultarían difíciles de comprender. Explica, por ejemplo, por qué
los regímenes revolucionarios persiguen las religiones establecidas con una
ferocidad que supera a la de cualquier persecución meramente política: no es el
poder de la Iglesia lo que les resulta amenazante, sino su competencia en el
mercado de lo sagrado. Explica también por qué la revolución necesita enemigos
permanentes, chivos expiatorios sobre los que descargar la violencia ritual: el
burgués, el kulak, el sacerdote, el intelectual, el contrarrevolucionario. El
sacrificio requiere una víctima, y cuando la víctima designada ha sido
eliminada, la lógica sacrificial exige nuevas víctimas. El Terror se devora a
sí mismo: Robespierre fue guillotinado, los dirigentes de la Cheka fueron
purgados por Stalin, los cuadros del Partido Comunista camboyano fueron
ejecutados por el Jemer Rojo.
Explica, finalmente, por qué los revolucionarios
son capaces de creer en la bondad de sus actos mientras perpetran crímenes que
cualquier observador externo reconoce como tales. La fe —en la Revolución, en
el Partido, en la Historia— opera aquí exactamente como la fe religiosa más
primitiva: proporciona una certeza que blinda al creyente contra la evidencia
empírica. Como escribió Arthur Koestler, excomunista y testigo del estalinismo,
en ‹‹El cero y el infinito›› (1940): la lógica revolucionaria exige que el
militante entregue su conciencia individual al Partido, porque solo el Partido
posee el conocimiento del sentido de la Historia. Una vez operada esa entrega,
cualquier crimen puede ser cometido con perfecta tranquilidad de conciencia.
8. La
dialéctica como coartada intelectual
El fundamento filosófico de esta estructura
teológica es la dialéctica hegeliano-marxista, cuyo análisis crítico resulta
imprescindible para comprender la persistencia del mito revolucionario en el
pensamiento contemporáneo. Hegel concibió la dialéctica como la ley del devenir
de la Realidad: todo lo que existe avanza mediante un movimiento de
contradicción interna —tesis, antítesis, síntesis— que se supera a sí mismo a
través del conflicto. Marx tomó este esquema y lo «puso sobre sus pies», como
él mismo declaró, sustituyendo el Espíritu absoluto hegeliano por la materia
histórica y la lucha de clases.
El problema epistemológico es que la dialéctica
no es una teoría científica, sino una especulación metafísica. No puede ser
verificada ni falsificada mediante procedimientos empíricos; no genera
predicciones contrastables; y sus aparentes confirmaciones históricas son, en
realidad, selecciones retrospectivas de datos que se ajustan al esquema. Marvin
Harris, en su crítica al materialismo dialéctico desde el materialismo cultural
(Harris, 1979), señaló que las fuerzas determinantes de la evolución histórica no
siguen en absoluto el modelo de la contradicción y la superación: son procesos
de adaptación, variación y selección que operan con una complejidad
irreductible al esquema binario de la lucha.
Pero la impotencia explicativa de la dialéctica
como teoría científica contrasta con su extraordinaria eficacia como
herramienta ideológica. Su verdadero poder no radica en lo que explica, sino en
lo que autoriza: proporciona una coartada intelectual para el asesinato. Si la
historia avanza necesariamente mediante el conflicto de fuerzas antagónicas, y
si el proletariado —o el partido que lo representa, o el pueblo elegido, o la
raza superior— es la tesis que debe superar a su antítesis burguesa, colonial, reaccionaria
o infiel, entonces la eliminación física del adversario no es un crimen moral
sino un imperativo histórico. La violencia no solo se justifica; se sacraliza
como motor del progreso.
Esta es la razón por la que el pensamiento
dialéctico en política produce, invariablemente, el mismo resultado: la
deshumanización del adversario y la legitimación de su eliminación. El burgués,
el kulak, el contrarrevolucionario, el infiel: en todos los casos, la
dialéctica realiza la misma operación de abstracción que convierte a personas
concretas en encarnaciones de la Antítesis histórica, y por tanto en obstáculos
que la Síntesis debe suprimir. El antropólogo Edgar Morin señaló que el método
dialéctico marxista es en exceso reduccionista y simplificador (Morin, 1977), y
propuso sustituirlo por la noción de «dialógica», más respetuosa con la
complejidad de los sistemas sociales. Pero ningún movimiento revolucionario ha
querido escucharle: la complejidad es el enemigo de la certeza, y la certeza es
el combustible de la revolución.
9. La
invariancia del patrón: de Robespierre a Pol Pot
El examen de los casos analizados permite
concluir con una afirmación que la evidencia histórica hace difícilmente
rebatible: existe un patrón invariante en las revoluciones modernas de
inspiración marxista, jacobina o utópica. Ese patrón puede describirse con
precisión en sus rasgos constitutivos.
En primer lugar, la revolución comienza siempre
con una promesa de liberación. Los oprimidos serán emancipados, la injusticia
será abolida, la humanidad entrará en una era nueva. Esta promesa es necesaria
para movilizar a las masas y proporcionar al movimiento la legitimidad moral
que le falta de base jurídica. Pero la promesa es constitutivamente
irrealizable, porque está formulada en términos absolutos —la justicia
perfecta, la igualdad total, el hombre nuevo— que ninguna sociedad histórica
puede alcanzar. La distancia entre la utopía prometida y la realidad posible es
el espacio donde nace el terror: hay que eliminar los obstáculos que impiden la
llegada del reino, y los obstáculos son siempre personas.
En segundo lugar, la revolución necesita un
enemigo. Sin enemigo no hay movilización, sin movilización no hay poder, sin
poder no hay revolución. El enemigo puede cambiar de nombre —aristócrata,
burgués, contrarrevolucionario, sacerdote, kulak, intelectual— pero su función
estructural es siempre la misma: encarnar la resistencia del Pasado contra el
Futuro, la Oscuridad contra la Luz, el Mal contra el Bien. Esta estructura
maniquea no admite matices ni compromisos; solo admite la victoria total de uno
de los dos bandos.
En tercer lugar, la revolución devora a sus
propios hijos. Una vez que el mecanismo de la purificación mediante la
violencia ha sido puesto en marcha, no hay criterio racional para detenerlo.
Cualquiera puede convertirse en sospechoso, en agente del enemigo, en obstáculo
para la utopía. Los archivos del KGB, de la Stasi, de la Securitate, del Jemer
Rojo muestran el mismo patrón: la purga se extiende indefinidamente hasta que
un poder exterior la detiene, o hasta que el régimen colapsa bajo el peso de su
propia irracionalidad.
En cuarto lugar, la revolución produce
exactamente lo contrario de lo que promete. Promete igualdad y produce
jerarquías férreas —la nomenklatura soviética, la casta dirigente jemer, la
nueva clase descrita por Milovan Djilas (1957)—. Promete libertad y produce
servidumbre. Promete abundancia y produce escasez. Promete paz y produce
guerra. Esta invariante no es accidental; es necesaria, porque el programa
utópico es intrínsecamente incoherente con la naturaleza humana y social que
pretende transformar.
La evidencia comparada resulta particularmente
instructiva en este punto. Tailandia y Camboya son países vecinos, con culturas
y economías similares en los años setenta del siglo XX. Tailandia sofocó a
tiempo la insurgencia comunista y mantuvo un sistema político que, con todas
sus imperfecciones, preservó las estructuras económicas y sociales básicas.
Camboya aplicó la revolución comunista en su forma más radical.
Medio siglo después, la renta per cápita de
Tailandia supera ampliamente a la de Camboya, y la población tailandesa exhibe
unos indicadores de bienestar psicológico y social —afabilidad, confianza,
sentido del humor— que contrastan dolorosamente con las secuelas de trauma,
desconfianza y resentimiento que el terror jemer dejó en sus víctimas. La
ineficiencia del crimen es, en este caso, estadísticamente demostrable.
10. Conclusión: resistir al mito revolucionario
Una civilización que ha producido el Derecho
Romano, la filosofía cristiana de la persona, la ciencia moderna y la
democracia representativa no debería necesitar que se le recordara que la
violencia no regenera; degrada. Y sin embargo, el mito de la revolución
violenta conserva en nuestros días una vigencia que la acumulación de
catástrofes históricas no ha logrado extinguir. Nuevas versiones del mismo
relato circulan en las redes sociales, los campus universitarios y los
parlamentos de Occidente: distintos vocabularios para la misma estructura
teológica.
La resistencia intelectual a ese mito exige, en
primer lugar, conocimiento histórico. Nadie debería hablar de revolución sin
haber considerado seriamente lo que la historia demuestra sobre sus
consecuencias. Eso implica leer no solo a los hagiógrafos del proceso
revolucionario, sino a sus críticos más rigurosos: desde los testimonios
directos de Alexánder Solzhenitsin sobre el Gulag hasta los análisis históricos
de François Furet sobre la Revolución Francesa, pasando por el trabajo
colectivo de Stéphane Courtois y sus colaboradores.
Exige, en segundo lugar, claridad conceptual.
Distinguir entre el cambio político legítimo —que es siempre posible, necesario
y deseable en las democracias— y la violencia redentora que el mito
revolucionario sacraliza. Distinguir entre la crítica de las instituciones
existentes, que es una obligación del pensamiento libre, y su destrucción, que
solo produce el vacío de poder en el que el totalitarismo prospera.
Exige, en tercer lugar, honestidad moral. Debemos reconocer que la bondad de los
fines nunca justifica la maldad de los medios; que quien mata por la causa,
cualquiera que sea, mata la causa; y que el mito del asesinato salvífico —la
convicción de que los sacrificios humanos aceleran la llegada del reino— no es
una posición política discutible, sino una forma de idolatría que la razón y la
conciencia moral tienen el deber de denunciar sin ambages.
La única revolución que la historia ha validado
como compatible con la dignidad humana es la que opera sin violencia y sin
utopía: la democracia, ese mecanismo imperfecto pero civilizado por el que las
sociedades se transforman a sí mismas sin necesidad de guillotinas ni campos de
exterminio.
En conclusión,
frente a la ideología falaz, el odio y la violencia simbólica o real, que
promueve el posmodernismo progre, busquemos la regeneración personal y en todos
los órdenes de la sociedad. Y no olvidemos el proverbio que dice: quien quiera
transformar la sociedad debe empezar por aceptarla, lejos de desear destruirla
en aras de una ensoñación utópica.
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