«El
posmodernismo no supera la modernidad: la impugna»
ENTREVISTA A PEDRO GÓMEZ
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Entrevista a Pedro Gómez García, autor de La
razón acosada. Posmodernismo, identidades y crisis de la verdad en
Occidente (2026)
Antropólogo, filósofo y
profesor con una larga
trayectoria en el estudio de las culturas y de las ideologías modernas,
Pedro
Gómez García acaba de publicar un libro de doscientas cincuenta páginas
que es, a la vez, un diagnóstico incómodo y una invitación a pensar con
calma.
Su tesis, expuesta sin circunloquios, es que Occidente atraviesa una
crisis que
no es primariamente económica ni geopolítica, sino epistemológica y
moral: una
crisis de la idea misma de verdad. En Religión a Debate
hablamos con él de
posmodernismo, identidades, utopías, cristianismo y sentido de la vida.
El título de su libro es rotundo: La razón
acosada.
¿Quién está acosando a la razón, y desde cuándo?
La imagen no es mía, es de la situación. Basta
asomarse a un
debate público cualquiera, un claustro universitario, un plató de
televisión,
una red social, para advertir que los argumentos ya no se contrastan:
se
sospechan. Antes de examinar si una afirmación es verdadera o falsa, se
pregunta quién la formula, qué identidad tiene, a qué grupo pertenece,
a qué
intereses sirve. Eso no es razonar; es inquisición al revés.
¿Desde cuándo? El libro traza la genealogía con
cierto
detalle. Las raíces filosóficas están en Nietzsche, en ciertas lecturas
de
Marx, en la Escuela de Fráncfort, en el estructuralismo tardío. Pero lo
que hoy
llamamos «posmodernismo» cristalizó en los años sesenta del siglo
pasado, en
París, con la llamada deconstrucción, y ha ido evolucionando durante
cuatro
generaciones hasta desembocar en el movimiento woke. No es, por
tanto,
una moda reciente: es una corriente de fondo que lleva medio siglo
trabajando la
cultura occidental.
Usted insiste en distinguir entre modernidad
crítica y
posmodernismo. ¿Por qué es importante esa distinción?
Porque se nos ha vendido la idea de que el
posmodernismo es
una superación de la modernidad, un paso adelante. Y no lo es: es su
impugnación. La modernidad crítica —la del siglo XX, la que nace con
Einstein,
la mecánica cuántica, Popper, la filosofía política democrática— no
renunció a
la razón ni a la verdad; al contrario, afinó la razón y reconoció sus
límites.
El posmodernismo, en cambio, declara que no hay verdad, solo relaciones
de
poder codificadas en discurso. Son dos cosas muy distintas, y
confundirlas
tiene consecuencias graves. La orientación adecuada no está en la
llamada «posmodernidad»
(como si la modernidad se hubiera acabado), sino en la modernidad
crítica:
una modernidad que se trasciende a sí misma sin negar sus conquistas.
Resume usted la doctrina posmoderna en cuatro
tesis.
¿Podría enunciarlas para el lector que no conozca el debate?
Por supuesto. Primera: para el posmodernismo no
existe
conocimiento objetivo; solo hay interpretaciones al servicio de
intereses de
poder. Segunda: el lenguaje no describe la realidad, la construye, y lo
hace
siempre en beneficio del grupo dominante. Tercera: todo relativismo
cultural
debe tomarse como absoluto, lo que —notemos la paradoja— es ya una
afirmación
absoluta. Cuarta: la identidad personal queda subordinada a la
identidad
colectiva del grupo al que uno pertenece, o al que alguien decide que
pertenece.
De estas cuatro premisas se deriva, por una lógica casi matemática,
todo lo
demás: la deconstrucción de la familia, la teoría crítica de la raza,
la
medicalización de las identidades, la reescritura del pasado, el
activismo
lingüístico, el anticristianismo militante. No son excentricidades
dispersas;
son ramas de un mismo tronco.
Un punto interesante que usted desarrolla,
quizá
sorprendente para muchos, es la dimensión religiosa —o más bien
criptorreligiosa— de las ideologías posmodernas. ¿A qué se refiere?
Me refiero a algo muy concreto, y lo digo desde
la
antropología, no desde la apologética. Las grandes ideologías políticas
modernas (el jacobinismo revolucionario, el marxismo-leninismo, el
nacionalismo
étnico, el ecologismo milenarista y, hoy, el identitarismo woke)
comparten una estructura que no es simplemente política: es teológica.
Hay una
promesa de salvación colectiva, un enemigo sacrificial, una dogmática
que no
admite discusión, una liturgia militante, una cesura entre elegidos y
condenados, y una certeza gnóstica de poseer el secreto del devenir
histórico.
Lévi-Strauss lo vio con lucidez: «nada se parece más al pensamiento
mítico que
la ideología política». Cuando uno lee los textos de Robespierre, los
de Lenin,
los de los Jemeres Rojos, y los compara con las proclamas woke
actuales,
reconoce la misma arquitectura. Lo que cambia es el vocabulario; la
gramática
profunda es la misma.
¿Diría usted, entonces, que la secularización
no ha hecho
desaparecer lo religioso, sino que lo ha desplazado?
Exactamente. Y esto es crucial. El ser humano
parece incapaz
de vivir sin horizontes de sentido. Cuando se derriba la religión
tradicional
sin sustituirla por nada y se proclama que Dios ha muerto, no queda un
vacío
neutro y lúcido: queda un vacío que se llena de nuevas divinidades, en
general
peores. La «ideología política como religión secular» —en la expresión
de
Raymond Aron y de Eric Voegelin— es precisamente eso: el impulso
religioso que,
al no encontrar su cauce propio, se desborda sobre la política y la
corrompe.
El utopismo moderno es, en el fondo, una herejía cristiana: conserva la
escatología —el reino venidero— y suprime la trascendencia. Y cuando se
exige
el cielo en la tierra, se obtiene el infierno en la tierra. La historia
del
siglo XX lo demuestra con una contundencia que todavía nos cuesta
asumir.
Dedica usted una parte entera a la crítica de
las
identidades colectivas: raza, etnia, nación, cultura. Su tesis es
demoledora:
ninguna de esas categorías tiene, estrictamente hablando, fundamento
científico. ¿No es eso demasiado radical?
Lo radical es sostener lo contrario a la vista de
los datos.
Veámoslo por partes. La genética de poblaciones ha demostrado hace
décadas que
no hay razas en la especie humana: la variabilidad genética dentro de
cualquier
población supera ampliamente la variabilidad entre poblaciones. «Raza»
es una
etiqueta cultural que selecciona arbitrariamente unos pocos rasgos
fenotípicos
sobre un océano de diversidad genética compartida. Eso no lo digo yo,
lo dice
la ciencia desde Cavalli-Sforza hasta hoy.
Con la etnia ocurre algo análogo. Ninguna de las
tres
grandes teorías que han intentado definirla —la esencialista, la
objetivista,
la subjetivista— ha conseguido producir una definición coherente,
generalizable
y verificable. Los criterios propuestos (lengua, religión, costumbres,
parentesco) no permiten demarcar con rigor ningún grupo étnico real.
Cuando se
combinan, los resultados son contradictorios. Lo que se presenta como
identidad
étnica es, en el mejor de los casos, una abstracción estadística; en el
peor,
una fabricación política.
Y sobre la nación: mi tesis, siguiendo a Gellner,
a Hobsbawm
y a tantos historiadores, es que los Estados crean las naciones, no al
revés.
El nacionalismo étnico postula un encadenamiento necesario entre
territorio,
población, cultura y Estado; la historia muestra exactamente lo
contrario. Toda
civilización es producto de mestizaje y síntesis, nunca de una
pretendida pureza.
Habla usted en un capítulo de las identidades
culturales
como «totemismo moderno», retomando a Lévi-Strauss. Es una hipótesis
llamativa.
Explíquela.
Es el corazón antropológico del libro, y me
importa mucho.
Lévi-Strauss mostró que los sistemas totémicos de los pueblos llamados
«primitivos» no describen la naturaleza, sino que la utilizan como un
código
clasificatorio para pensar las diferencias sociales. El clan del oso no
se
parece al oso: usa al oso como signo para distinguirse del clan del
águila. Mi
tesis es que los sistemas identitarios contemporáneos funcionan
exactamente
igual. Las llamadas «señas de identidad» —lengua, bandera, costumbre,
gastronomía,
memoria histórica— no describen lo que una sociedad es; la clasifican
simbólicamente y la movilizan políticamente. No son el reflejo de una
realidad
sustancial: son el instrumento con el que ciertos sectores fabrican una
realidad ficticia y tratan de imponerla. Su arbitrariedad no es un
accidente:
es constitutiva.
Y sin embargo, el sentimiento de pertenencia
parece una
necesidad humana profunda. ¿No hay nada rescatable en las identidades?
Hay mucho rescatable, pero hay que distinguir. La
persona
real tiene siempre múltiples pertenencias (familiar, profesional,
lingüística,
religiosa, estética, biográfica) y esa pluralidad es su riqueza. Lo que
critico
no es el hecho de pertenecer, sino el identitarismo: la reducción de la
persona
a una única identidad cerrada, primordial y jerárquicamente superior a
todas
las demás. Amin Maalouf lo formuló con acierto en Identidades
asesinas:
el problema empieza cuando una pertenencia devora a todas las otras y
pretende
hablar por ellas. La persona libre es incompatible con la identidad
cerrada. La
identidad real siempre es plural, concéntrica, histórica y personal.
Dedica usted también un capítulo severo a la
Iglesia
católica. ¿Qué diagnóstico hace?
Un diagnóstico preocupado, porque entiendo que el
cristianismo es uno de los pilares de la civilización occidental,
también para
quienes no creen. Mi análisis parte de una constatación: después del
concilio
Vaticano II, la Iglesia, muy volcada en lo pastoral, se quedó sin la
hermenéutica filosófica que necesitaba para dialogar con la cultura
contemporánea más allá del neotomismo. Y en las últimas décadas ha
quedado
atrapada entre dos corrientes igualmente estériles: un tradicionalismo
de
repliegue que a veces llega al integrismo y que no ofrece respuestas
nuevas a
problemas nuevos, y un progresismo que, con la teología de la
liberación y sus
derivadas, acabó funcionando como una versión blanda del marxismo,
volcándose
en el activismo sociopolítico y diluyendo la centralidad de los
sacramentos y
la salvación. Entre el museo y el mitin, el mensaje cristiano se ha ido
desdibujando. Y mientras tanto, las corrientes posmodernas penetran en
el
interior mismo de la Iglesia, a veces a través de sus jerarquías, y la
dejan
perpleja frente a agendas que le son frontalmente contrarias.
¿Qué alternativa propone?
No soy quién para proponer una teología, pero sí
me atrevo a
señalar qué se necesita. Se necesita una hermenéutica cristiana capaz
de releer
el kerigma —el núcleo del mensaje— en el marco conceptual de la
modernidad crítica, sin identificarlo con ningún sistema filosófico
cerrado del
pasado ni con ninguna ideología política del presente. El cristianismo
no es ni
una reliquia ni un eslogan: es una tradición viva de pensamiento y de
sentido,
y su aportación a la cultura occidental ha sido decisiva, también en
cosas que
hoy damos por descontadas, como la dignidad esencial de la persona, la
igualdad
ante la ley, la preocupación por los pobres o la misma idea de verdad
universal. Defender este legado no es integrismo: es elemental
coherencia y
gratitud intelectual.
Hay un contraste interesante en su libro entre
el rigor
crítico con que analiza las ideologías y la apertura con que concluye,
hablando
de «sentido de la vida» y de un «humanismo planetario». ¿Cómo se
concilian
ambas cosas?
Creo que es una sola cosa vista desde dos lados.
Precisamente porque se toma en serio el pluralismo real de las
tradiciones
humanas, es insostenible el relativismo que todo lo nivela. Si las
respuestas
de las distintas culturas al sentido de la vida fueran todas
equivalentes,
daría igual cualquier interpretación; pero entonces darían igual
también los
crímenes cometidos en nombre del «verdadero sentido». Y eso repugna. Lo
que
propongo, siguiendo a Edgar Morin, es una unitas multiplex: una
unidad
humana compleja que no borra las diferencias pero tampoco las
sacraliza. Frente
al particularismo que encierra a cada grupo en su burbuja y frente al
globalismo que disuelve toda herencia en un mercado homogéneo, creo que
hay un
tercer camino: una civilización planetaria plural, donde el mestizaje
cultural —no
impuesto— se viva como condición de posibilidad del progreso, no como
amenaza.
Termina usted el libro parafraseando a
Machado:
«Caminante, no hay sentido: se hace sentido al andar». ¿Es una nota
escéptica,
o esperanzada?
Esperanzada, pero sin ingenuidad. Escéptica
respecto de
quienes dicen poseer el mapa definitivo —y esos abundan, a derecha, a
izquierda
y en los extremos—. Esperanzada porque creo que la razón dialogante, la
sabiduría acumulada, la imaginación y la solidaridad son suficientes
para
orientarnos, si aceptamos que el camino se hace al andar y que nadie
tiene la
patente del futuro. Eso sí: como añado en el libro, para no
extraviarnos,
seguramente haga falta que nos visite alguna inspiración imprevista. Yo
la espero
por una puerta que conozco. Cada lector sabrá por cuál.
Una última pregunta, más personal. ¿Para quién
ha escrito
usted este libro?
Para quien se sienta aludido: es decir, para
quien todavía
cree que pensar vale la pena. No es un libro para militantes de ninguna
causa;
es un libro para personas libres que quieren entender la época que les
ha
tocado vivir sin dejarse arrastrar por ninguna de las corrientes que
hoy
pretenden pensar por ellas. Si el lector encuentra en estas páginas
razones
para dudar de algunas certezas que hasta ahora daba por sentadas, o
para
reafirmar otras que creía desacreditadas, el libro habrá cumplido su
función.
La razón, al fin y al cabo, solo se defiende ejerciéndola.
———
Pedro Gómez García, La razón
acosada. Posmodernismo,
identidades y crisis de la verdad en Occidente. Books on Demand,
2026. 250
páginas. ISBN 978-84-1123-948-6.
El libro se puede adquirir en Amazon.
También en Books on Demand.
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