La yihad como
combate en el camino de Dios
PEDRO GÓMEZ
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Un
manual del gobierno catalán insta a no utilizar términos como
«terrorismo yihadista» y sustituirlo por fórmulas neutras para no
vincular el islam con la violencia y respetar el «verdadero sentido» de
la yihad.
Una afirmación como esa demuestra supina ignorancia, o sospechosa complicidad.
Analicemos cuál es el verdadero sentido de la yihad en las fuentes islámicas y en la historia del islam.
La
predicación de Mahoma anunciaba la hora del fin del
mundo, proclamaba la inminente llegada del Mesías y la necesidad de
librar una
lucha apocalíptica. El Corán da buena muestra del desarrollo de un
mesianismo
armado. Las suras coránicas convocan al combate más de cien veces y, en
ciertos
pasajes, parece un manual de guerra. Ya se sabe que, en todas las
guerras, se
atropella el derecho y se desencadena la impiedad, pero lo distintivo
de
Mahoma, en sus arengas, es que consiguió hacer pasar las atrocidades de
la
guerra por obras de virtud. Así se conceptuó la yihad, que llegaría a
convertirse en el núcleo de la moral islámica.
El
término yihad tiene, según dicen los
entendidos, dos sentidos fundamentales: el primero, etimológicamente,
sería el
esfuerzo por alcanzar la perfección moral o religiosa; el segundo
significa con
toda claridad el combate, la acción armada para extender el dominio del
islam.
Ahora bien, este doble sentido es cuestionable, en lo que respecta al
sustantivo yihad, puesto que, en el Corán, no se utiliza nunca
con el primer sentido. En todos los casos, manifiesta el sentido de
lucha
armada. Así, pues, por mucho que la palabra signifique según su étimo
hacer un
esfuerzo, el significado denotado en su uso y su contexto es el de
lucha con
la espada y en formación militar, matando y muriendo. Los intentos
apologéticos actuales de negar u ocultar esto son desconocidos en la
historia
del islam.
El
sistema islámico jamás ha puesto objeción, sino todo
lo contrario, a su propia difusión por medio de la violencia armada. Y
siempre
que ha entrevisto un contexto favorable, ha sembrado el terror contra
los no
musulmanes, categorizados en el Corán como enemigos, igual que hacen
hoy las
organizaciones islamistas. En efecto, el libro sagrado de los
musulmanes
profiere numerosas amenazas, condenas y órdenes de ataque contra los
descreídos, los no musulmanes, en más de la mitad de sus capítulos. Y
esto ha
inspirado toda la historia del islamismo.
Según
la ortodoxia indiscutida, el profeta del islam es
el paradigma supremo (Corán 90/33,21) que
todo mahometano debe imitar, también,
por consiguiente, en su comportamiento como profeta levantado en
armas, que
convoca a la guerra por la fe (Corán
88/8,65). Se trata de una doctrina plenamente asentada, tanto en el
Corán como
en los hadices llamados auténticos, como en la biografía de Mahoma por
Ibn
Hisham, como en los comentadores y exegetas musulmanes de todas las
épocas.
1.
El Corán incita a la yihad «en el camino de
Dios», como combate
por la causa mesiánica que predicaba Mahoma, significando con ello
toda clase
de acciones, también violentas, incluida la guerra y el asesinato, en
las
condiciones establecidas. Consideremos
algunos datos que muestran la presencia de estos significados
bélicos. El
vocabulario castrense y beligerante suma un total de 114 incidencias
claras,
que aluden inequívocamente a la contienda armada:
– Los términos «combatir» y
«combate» se encuentran al menos 76 veces en el Corán, casi todas en el
sentido
marcial (74 de ellas en suras posteriores a la hégira).
–
Las palabras «luchar» y
«lucha», 32 veces (de ellas, 26 poshegíricas).
–
Los vocablos «guerrear» y
«guerra», 6 veces (todas poshegíricas).
–
El verbo «matar»,
en contexto de yihad, supera las 20 veces.
– La «muerte» en la
batalla se
menciona unas 50 veces.
El
67% de las suras llamadas de La Meca, anteriores a la
hégira, que presuntamente serían menos violentas, no paran de fustigar
moralmente a los no creyentes, es decir, a quienes no se dejan
convencer
por la predicación de Mahoma.
El
51% de las suras posteriores a la hégira, como
comprobaremos en las citas, está dedicado no solo a lanzar maldiciones
contra los descreídos, sino a ordenar y desplegar agresiones de violencia
física contra los que no se someten al mando de Mahoma, o resisten
a sus
huestes.
El
coranólogo Sami Aldeeb ha recopilado 332 versículos del
Corán que se relacionan con la yihad
guerrera, en su obra Le jihad dans l’islam.
De esos versículos, 48 pertenecen a la época de La Meca, y 284 a la
época de la hégira (cfr. Aldeeb 2016a: 224-262).
Laurent
Lagartempe desvela que, en las suras del Corán,
se hallan: 250 versículos que incitan a la guerra contra los infieles;
200
versículos de odio contra los judíos; 100 versículos de odio contra los
cristianos; 1.500 versículos contra los beduinos; 1.100 versículos de
injurias
y diatribas contra los adversarios (cfr.
Lagartempe
2007 y 2009).
2.
La principal colección de los dichos o hadices de
Mahoma, compilados en el siglo IX, es la del imán Al-Bujari, en su
obra Sahih,
publicada en nueve tomos (con 7.275 relatos). De estos hadices, más del
20%
están dedicados a temas de política y guerra. Conforme a los datos de
un
estudio estadístico, resulta que el 98% de las menciones de la yihad
se
refieren específicamente a la guerra, y solo el 2% aluden al esfuerzo
moral
(cfr. Center for the Study of Political Islam).
3.
En la biografía clásica de Mahoma (la sira) de Ibn Hisham (muerto en 833), el
75% del texto está dedicado a episodios bélicos de yihad,
acometidos
por Mahoma y sus compañeros, con una narración épica que enaltece
expediciones
militares ejemplares: aceifas, algaras, algazúas o razias, o sea,
correrías,
incursiones, ataques, batallas, conquistas y asedios, organizados o
capitaneados en persona por Mahoma, en Arabia, en Nabatea y,
posiblemente, en
Gaza (cfr. Ibn Hisham 2015).
4.
Los comentarios y las exégesis coránicas a lo
largo de toda la historia musulmana
avalan igualmente el sentido belicista de la yihad. Las indagaciones
de Sami
Aldeeb hacen un recorrido histórico examinando obras de 72
exegetas
musulmanes, desde el año 750 hasta la actualidad, y demuestra que,
casi sin
excepción, entienden la yihad en el sentido de un mesianismo militar,
con
carácter tanto defensivo como ofensivo, contra los descreídos, y con
duración
indefinida hasta que se acabe la increencia (cfr.
Aldeeb 2019). Puede
consultarse, en Internet, una tabla cronológica de los exegetas citados
(Aldeeb
2016a).
Es
verdad que, antes de la hégira, las llamadas al
combate (yihad) no habían adquirido todavía el significado de «ir a la
guerra»,
sino que se referían a la perseverancia frente a adversarios que se
negaban a
aceptar la vehemente prédica mahomética. Se limitaba a una lucha por
mantener y
propagar la propia ideología, mientras se iba fortaleciendo el grupo de
seguidores. Valgan dos versículos como muestra (aunque el segundo de
ellos
suele catalogarse como posterior a la hégira):
«No
obedezcas a los descreídos y emprende contra ellos
por esto un gran combate» (Corán 42/25,52).
«Quien
combate no combate más que por sí mismo. Dios es
independiente de los mundos» (Corán 85/29,6).
El
llamamiento de Mahoma a la yihad/guerra respondía al
esquema mítico de una llamada divina a ponerse en camino, como Moisés,
hacia la
Tierra prometida; o, en la versión de los profetas apocalípticos, hacia
la toma
de Jerusalén, como primer paso para la venida del Mesías y la
subsiguiente
implantación de su reino. Su fundamento radica en la profecía
escatológica del
reinado de Dios, que opera en la historia como un proyecto cuyo
objetivo mira a
conquistar el mundo entero, para someterlo a la «religión verdadera».
En la
realidad fáctica, para doblegarlo por la fuerza bajo la suprema
autoridad de la
ley islámica, la saría, constituyendo así un orden
religioso-político-social hegemonizado por el islam (la umma),
con su característica estructura totalitaria. Dado que,
según este enfoque, el mandato de la yihad procede de la voluntad de
Dios, no
puede ser discutido por nadie, sino que exige obediencia ciega, hasta
el
extremo de comprometer la propia fortuna y persona.
Por
otra parte, la consabida y sagazmente aducida distinción entre la
«yihad mayor» (que sería el esfuerzo espiritual) y la «yihad menor»
(que sería
la guerra), atribuida a Mahoma, no es auténtica, porque no se mencionó
hasta
varios siglos después, con base en un hadiz poco fiable, del siglo X.
Por
tanto, no pasa de ser un ardid propagandístico, apologético y mendaz,
destinado
a levantar una cortina de humo. Pero, incluso si se admitiera, esa
distinción
es irrelevante, porque el objetivo de ambas es exactamente el mismo.
Más aún,
la «yihad mayor» (el esfuerzo personal) consiste, en su más alta
expresión, en
remover los obstáculos que uno experimenta para entregarse
decididamente a la
«yihad menor» (la guerra por todos los medios hasta el triunfo de la
causa). Por último, si la yihad aludiera a una
lucha «espiritual»,
¿por qué se dice que los ciegos, los cojos y los enfermos están
exentos? (Corán
111/48,17).
La
conclusión lógica es que la fe islámica impone al
creyente y a la comunidad muslime el deber fundamental que es la yihad, tanto para defender como para
propagar el islamismo por todo el orbe. Tal es el eje en torno al cual
gira la
moral coránica respecto a uno mismo, a los otros creyentes musulmanes y
a los
descreídos.
Lo
único que se ha discutido, siempre dentro de las
líneas trazadas por el Corán y el derecho islámico, es la casuística de
quién
está autorizado para decidir y declarar formalmente la yihad. El Corán no especifica a
quién le corresponde esa
autoridad, si es la umma, o el califa, o cada musulmán
particular. En el
texto coránico, la obligación aparece dirigida genéricamente a los
«creyentes»,
sin especificar.
La
lucha de la yihad es poliédrica, se despliega mediante toda clase de
actividades tendentes al fortalecimiento y expansión del orden
islámico (cfr.
Keshavjee 2019). Su culminación es necesariamente de carácter militar:
el
enfrentamiento armado, la derrota de los no islámicos, la conquista,
la
apropiación de sus países, la dimmitud, la esclavitud, el asesinato de
los
oponentes y el establecimiento de la supremacía mahomista. Su
imprescriptible
finalidad milenarista mira a la destrucción de toda otra cultura y
religión, a
la islamización del mundo, bajo el imperialismo teocrático de la ley
islámica.
Tratemos
de comprender, aunque nos parezca y sea una aberración, que, para el
Corán y,
por tanto, para todos los buenos musulmanes, el culmen de la
espiritualidad es
entregarse a la guerra contra los no musulmanes, categorizados como
enemigos
de (su) Dios. Por eso, los que no anteponen la yihad a todos los bienes
de su
vida son gente perversa, desde la óptica del Corán:
«Si
amáis a vuestros padres, vuestros hijos, vuestros hermanos, vuestras
esposas,
vuestra tribu, las fortunas que habéis adquirido, un negocio cuyo mal
resultado teméis, y las viviendas que os gustan más que a Dios, a su
enviado y
el combate en su camino, entonces aguardad hasta que Dios venga a poner
orden.
Dios no dirige a las gentes perversas» (Corán 113/9,24).
La
yihad es guerrera, o no es nada. Las demás dimensiones son
suplementarias,
están en función de la victoria que, al final, solo se obtiene manu
militari. La doctrina del recurso a la violencia, de origen
mesiánico-milenarista, es esencial y consustancial en la religión
islámica,
para su propagación y mantenimiento. Se ejerce hacia fuera, pero
también hacia
dentro del mundo islámico. La contienda intestina por el poder fue
estructural
desde los orígenes: el mismo fundador quizá murió envenenado por una
conjura
de los suyos (cfr. Lammens 1910). Y los once primeros califas todos
murieron
asesinados por correligionarios.
En
síntesis, la yihad posee una doble cara: el anverso
significa la guerra y el terror, que han sido categóricamente
sacralizados. El
reverso concita múltiples facetas de acción en favor de la concepción
islámica
del mundo y del poder musulmán. En cierto modo, la idea de yihad se
corresponde
con lo que el marxismo denomina «lucha de clases», y se traduciría bien
por la
palabra alemana Kampf, con el sentido que tiene en la obra Mein
Kampf,
de Adolf Hitler. En todos los casos, debemos objetar que el fin, por
justo que
sea, no justifica los medios criminales.
El
planteamiento coránico sobre la yihad fue
evolucionando en el curso del tiempo, a medida que cambiaba la
situación, si
bien la yihad estuvo siempre concebida como una guerra fundada
teológicamente,
diseñada hacía mucho tiempo por el nazarenismo en sus belicosos mitos
mesiánicos,
escatológicos y milenaristas. Cuando se sigue la pista a través de las
suras en
orden cronológico, aunque este no sea exacto, se descubre cómo va
variando la
posición de Mahoma con respecto al significado concreto de la yihad. El
estudio
de Sami Aldeeb nos hace ver cuáles son las cuatro etapas que se suceden
(cfr.
Aldeeb 2016a: 9-17):
1ª
fase. Se prohíbe
responder a la agresión. Durante los primeros tiempos, en La Meca,
Mahoma
era solo alguien que predica, anuncia y advierte:
«Ten
paciencia con lo que dicen y apártate de ellos
discretamente» (Corán 3/73,10).
«No
nos incumbe más que la transmisión clara» (Corán
41/36,17).
«Repele
la maldad de la mejor manera» (Corán 74/23,96).
2ª
fase. Se permite
responder a la agresión, una vez que en Yatrib (Medina) Mahoma fue
organizando y acaudillando una estructura política y militar cada vez
más
poderosa:
«Se
da autorización a quienes son atacados [para
combatir], porque han sido oprimidos. Dios es poderoso para
auxiliarlos. A los
que han sido expulsados de sus hogares sin derecho, simplemente por
haber dicho:
‘Dios es nuestro Señor’» (Corán 103/22,39-40).
3ª
fase. Es un
deber responder a la agresión. Cuando el poder de Mahoma y sus
seguidores
fue adquiriendo fuerza, según el Corán, se les ordena combatir a
quienes los
agreden:
«Combatid
en el camino de Dios contra los que combaten
contra vosotros, y no transgredáis. Dios no ama a los transgresores.
Matadlos
allí donde os enfrentéis con ellos, y expulsadlos de donde os hayan
expulsado»
(Corán 87/2,190-191).
«Se os ha
prescrito el combate, aunque sea repugnante para vosotros. Quizá algo
os
repugna, cuando es mejor para vosotros. Y quizá os gusta algo, cuando
es un mal
para vosotros. Dios sabe, mientras que vosotros no sabéis» (Corán
87/2,216).
4ª
fase. Es un
derecho, incluso un deber, iniciar la guerra. Una vez consolidado
el
poderío militar, Mahoma da el paso a la guerra ofensiva y la bendice.
El Corán
otorga a los musulmanes el derecho, e incluso el deber, de tomar la
iniciativa
para la guerra. Así, la yihad se vuelve imperativa en cuatro supuestos
netamente establecidos:
–
Primer supuesto. La yihad contra los apóstatas. Son «guerras de apostasía» (hurub
al-riddad), contra quienes,
habiendo sido musulmanes, abandonan el islam. Por este acto, el
derecho
islámico castiga al apóstata con la pena de muerte.
–
Segundo supuesto. La yihad contra los rebeldes (bughat). Se refiere a los
diversos conflictos internos que surgen
entre unos musulmanes y otros. En tal caso:
«Si
dos grupos de creyentes combaten uno contra otro,
haced la reconciliación entre ellos. Si uno de ellos abusa del otro,
combatid
contra el grupo que abusa, hasta que vuelva al orden de Dios. Si
vuelve, entonces
haced la reconciliación entre ellos con justicia» (Corán 106/49,9).
También
puede darse el caso de colectivos que se muestran refractarios
o insumisos y se
sublevan, como hipócritas, desde dentro de la sociedad musulmana:
«La
retribución de los que guerrean contra Dios y su
enviado, y los que se dedican a corromper en la tierra, es que sean
matados, o
crucificados, o que se les corten las manos y los pies opuestos, o que
sean
desterrados del país. Tendrán esto como ignominia en esta vida. Y en la
otra
vida tendrán un gran castigo. Salvo los que se arrepientan antes de
caer en
vuestro poder» (Corán 112/5,33-34).
«Malditos.
Donde se los encuentre serán capturados y
matados sin piedad» (Corán 90/33,61).
–
Tercer supuesto. La yihad contra los países de infieles, o no musulmanes.
Es un deber tomar
la iniciativa para llevar a cabo la yihad, con la perspectiva de la
islamización mundial, contra las sociedades que los alfaquíes
denominan
«tierra de la guerra» (dar al-harb) o
«tierra del descreimiento» (dar al-kufr),
en contraposición a la «tierra de la sumisión» (dar al-islam).
Es obligatorio llevar adelante la guerra, la yihad,
contra las gentes no musulmanas y si, por las circunstancias, fuera
necesario acordar una tregua, esta nunca será definitiva, sino siempre
limitada
en el tiempo. En consecuencia, está mandado que se ha de reiniciar la
guerra
tan pronto como expire el plazo y sea factible:
«Anuncio
a los humanos, de parte de Dios y su enviado, en
el día de la peregrinación mayor: ‘Dios y su enviado se desentienden de
los asociadores.
Si os arrepentís, eso es mejor para vosotros. Pero, si volvéis la
espalda,
sabed que no podréis desafiar a Dios’. Anuncia un castigo doloroso a
los que
han descreído. (…) Una vez que transcurran los meses prohibidos, matad
a los
asociadores allí donde os enfrentéis con ellos, capturadlos,
asediadlos,
tendedles emboscadas por todas partes» (Corán 113/9,3 y 5).
«Combatid
contra ellos. Dios los castigará por vuestras
manos, los cubrirá de ignominia, os auxiliará contra ellos, curará los
pechos
de la gente creyente» (Corán 113/9,14).
«Matadlos
allí donde os enfrentéis con ellos, y
expulsadlos de donde os hayan expulsado. La subversión es más grave que
matar.
(…) Si combaten contra vosotros, entonces matadlos. Esa es la
retribución de
los descreídos» (Corán 87/2,191).
«Te
preguntan sobre el mes prohibido: ‘¿Hay combate?’ Di:
‘El combate en él es un gran pecado. Pero el hecho de apartarse del
camino de
Dios, y descreer en él, [apartarse] del santuario prohibido y de
expulsar de
él a sus gentes, es un pecado más grande ante Dios. Y la subversión es
un
pecado más grande que matar’» (Corán 87/2,217).
«Capturadlos
y matadlos allí donde os enfrentéis con
ellos» (Corán 92/4,91).
Al
final de estas fases de evolución, los capítulos
poshegíricos del Corán que aportan las aleyas abrogantes prescriben «el
combate
en el camino de Dios». Estas poseen vigencia definitiva, y anulan
cualquier
aleya anterior en sentido contrario (Corán 87/2,190; 92/4,74.76.95;
106/49,15;
109/61,11; 112/5,35; 113/9,41; 113/9,111;). Ya sabemos que ese «camino
de Dios»
es una expresión técnica para referirse a la lucha armada mesiánica y
milenarista, la yihad que debe emprenderse contra los malos musulmanes
y contra
los no musulmanes. Este camino se juzga tan «santo» que, en él, es
legítimo
agredir, matar y morir por la fe islámica. Y al que muere matando se le
llama
«mártir». Porque Dios ama a aquellos que matan por su causa (Corán
88/8,15-17;
95/47,3-4; 109/61,4; 113/9,5; 113/9,123).
Hay
algunos exegetas musulmanes, sobre todo chiíes, que
consideran la yihad como un sexto pilar del islam. Me parece más
exacto decir
que, examinada la evolución de Mahoma y del Corán, la yihad, en el
sentido
bélico beligerante, acabó constituyéndose como el fundamento sobre el
que se
cimenta todo el edificio de la religión islámica, así como el principio
de organización
subyacente que estructura y orienta toda la práctica de la comunidad
muslime.
El
mandato coránico de la yihad
se inscribe en el marco previo de una visión dicotómica del mundo, un
panorama
donde los seguidores de Mahoma se conciben a sí mismos en confrontación
total
con todos los demás, y contra ellos se declaran en estado de guerra. El deber de la yihad está
instituido, a la vez, como un dogma teológico, una
doctrina ética y un precepto legal, que quedó establecido y codificado
por las
escuelas de jurisprudencia en el derecho islámico. Como escribe un
historiador
de la Edad Media:
«La
yihad, concepto que se fue perfilando en el contexto
de una ideología de agresión cuyo objetivo último es el dominio del
mundo,
divide a los pueblos en dos grupos irreconciliables: los musulmanes,
habitantes
de dar al-islam, países sometidos a la ley islámica; y los
infieles,
habitantes de dar al-harb o países de la guerra, los cuales
están
destinados a pasar bajo el dominio islámico, bien por la conversión de
sus
habitantes, bien por la conquista armada. Como la comunidad islámica es
la
única legítima beneficiaria de los bienes creados por Alá, la yihad es
el
medio por el que se produce la restitución a sus legítimos propietarios
de los
bienes que los infieles poseen ilegalmente» (Sánchez Saus 2016: 147).
La
yihad
determina la concepción del mundo que rige para los musulmanes sus
tensas
relaciones con los no musulmanes. Implica, como se ha señalado, una
visión del
mundo escindido en dos partes antagónicas, que ellos llaman el
territorio o casa
del islam y los países del territorio o casa de la guerra.
Cuando
el primer impulso de las conquistas se frenó, elaboraron la noción
fronteriza
del territorio o casa de la tregua,
que permite firmar
pactos con aquellos a los que no se puede derrotar, con el
convencimiento de
que el pacto cumple solo una función táctica, por un tiempo limitado, y
que
cualquier tregua podrá romperse, a imitación de lo que en su día hizo
Mahoma.
La
yihad comporta, pues, un proyecto político, cuyo
objetivo final tiende, como he repetido, a imponer la supremacía del
sistema
islámico a escala global, porque los musulmanes sustentan la creencia
de que
Dios les ha otorgado a ellos el derecho a someter o destruir las demás
religiones
y civilizaciones. De ahí que, en última instancia, la yihad se concrete
en
estrategias de lucha en todos los planos y de guerra en todos los
frentes,
contra todos aquellos que se resistan a los planes del islamismo.
El
ejercicio ordinario de la yihad se pone en práctica,
siempre que resulte posible, como hostigamiento y debilitamiento de los
otros,
tachados de enemigos. No se desviará del camino y la meta que fija el
Corán,
hasta lograr su derrota y completo sometimiento. Desde esta
perspectiva, se
computa como una «buena obra» toda acción que socave el orden social no
musulmán, que proporcione parcelas de poder, abata y esclavice a los
infieles/descreídos, o bien haga avanzar el sistema de dimmitud, introduciendo las
normas islámicas en las sociedades occidentales.
En
resumen, forma parte de la yihad todo tipo de acciones
que favorezcan la preeminencia de la umma
frente a las gentes no musulmanas, todo lo que ayude a dar pasos para
la
implantación parcial o total de la ley islámica. El imperio de esta
ley es el
fin pretendido; la violencia yihadista es el medio empleado. A la
larga, el
proceso histórico de la yihad, como ocurrió en la Hispania visigoda
mutada en
Al-Ándalus, propende implacablemente a tres objetivos: 1) la orientalización del orden social y las
costumbres, 2) la arabización
lingüística y 3) la islamización
religiosa (cfr. Sánchez Saus 2016).
El
esquema mesiánico-milenarista, procedente de la
enseñanza del mesianismo nazareno, inspirado de lejos en Moisés y
Josué,
proporciona el modelo del éxodo hacia la Tierra prometida. Así, desde
tiempos
de la hégira y durante el siglo siguiente, la designación más específica para los seguidores más
esforzados de Mahoma, que cuenta con base histórica, es la que los
denomina
«emigrados», muhāŷirūn (en
árabe), que quiere decir «los de la
hégira». En efecto, el vocablo procede de la misma raíz que la palabra
«hégira»
(haŷŷ). La hégira
había sido el preludio de
la yihad. En la mitología islámica, la migración preludia la conquista.
La
«inmigración» evoca y designa la invasión con vistas a la guerra de
conquista.
Así lo atestigua el Corán, cuando llama «emigrados» a las huestes del
profeta
armado. Los emigrados eran los
protagonistas de la yihad, los que habían salido de sus hogares para
seguir a
Mahoma en sus batallas contra los romanos de oriente, más tarde
conocidos como
bizantinos.
En
el Corán, el verbo «emigrar»
y derivados se contabiliza 24 veces; de ellas, 21 en los capítulos
posteriores
a la hégira. El significado más inmediato denota el salir de la propia
tierra,
pero esto se complementa diciendo que emigran «en el camino de Dios».
De este
modo, se connota que semejante emigración, conforme a la
religión de
Mahoma, posee un sentido bélico y mesiánico. Los emigrados representan
los
mayores héroes del Corán (cfr. Aldeeb 2017).
«Los
que han creído, y los que han emigrado y combatido
en el camino de Dios, esos esperan la misericordia de Dios» (Corán
87/2,218).
«Los
que han emigrado en el
camino de Dios, y luego han sido matados, o han muerto, Dios les
adjudicará
una buena recompensa» (Corán 103/22,58).
Estos
emigrados árabes
que componen los ejércitos de Mahoma no van solos, sino que marchan al
combate
en alianza con sus correligionarios de entonces, más tarde borrados
del texto
casi del todo, los judíos nazarenos, considerados como auxiliares.
El
término aparece al menos seis veces, con una acepción que cabe traducir
por
«tropas auxiliares».
«Los
primeros precursores entre
los emigrados y los auxiliares, y los que los han seguido con
buena
voluntad, Dios los ha aceptado, y ellos lo han aceptado. Él ha
preparado para
ellos jardines bajo los que correrán arroyos, donde estarán
eternamente» (Corán
113/9,100).
«Dios
se ha vuelto al profeta,
a los emigrados y a los auxiliares que lo siguieron en un
momento de
contrariedad, después de que los corazones de un grupo entre ellos
estuvieron a
punto de desviarse» (Corán 113/ 9,117).
Parece
incuestionable cuál es
el camino y el destino al que conduce la religión coránica: el camino
recto de
la obediencia a Mahoma como jefe de los creyentes. Por ese camino
suspiran los
creyentes en el rezo. Por ese camino entregan su fortuna y sus
personas. No se
trata de una lucha metafórica, sino literalmente del uso de las armas
tanto
para la defensa como para la agresión.
Leamos
unas cuantas citas
coránicas que convocan a esta yihad, entendida como encarnizada lucha,
espada
en mano, caracterizada por una mezcla explosiva de intensa religiosidad
y atroz
violencia:
«Combatid
en el camino de Dios»
(Corán 87/2,244).
«¡Profeta!
Incita a los
creyentes al combate. Si hay entre vosotros veinte que aguanten,
vencerán a
doscientos. Y si hay entre vosotros cien, vencerán a mil de los
descreídos»
(Corán 88/8,65).
«Si
sois matados en el camino
de Dios, o si morís, un perdón y una misericordia de parte de Dios son
mejor
que lo que ellos acumulan» (Corán 89/3,157).
«No
pienses que los que han
sido matados en el camino de Dios estén muertos. Están más bien vivos
junto a
su Señor, recibiendo su recompensa» (Corán 89/3,169).
Está
claro que, para el Corán,
«el camino de Dios» designa la guerra milenarista contra todos los que
no
quieran sumarse a la causa. El sintagma «en el camino de Dios» se
refiere
inequívocamente a la guerra (70 veces). En concreto, y en el
contexto de
la crisis desencadenada por la hégira, el léxico habla de combatir,
luchar,
gastar, emigrar, movilizarse, ser matados o damnificados, siempre
especificando en el camino de Dios. En cambio, con toda
lógica, de los que no creen se
dice que se extravían, o extravían a otros, del camino de Dios (33
veces).
Por
lo que respecta a las
tareas de la mujer en la yihad, parece fuera de duda que algunas
acompañaban a
las tropas, entre otras cosas como servicio de intendencia, pues se
alude a
ellas como «emigradas» (Corán 89/3,195; 90/33,50; 91/60,10). Hay un
breve
hadiz, recopilado por Al-Bujari, en el que Mahoma también les asigna a
ellas,
como cometido estratégico, la emigración (si bien, luego, la
tradición
lo ha interpretado como hacer la peregrinación, transfiriendo su
sentido al
plano ritual y olvidando el contexto original). Recordemos que la raíz haŷŷ,
de donde deriva hégira, significa tanto peregrinar como emigrar:
«Narrado
por Aisha. Yo dije:
‘¡Enviado de Dios! Consideramos que la yihad es la mejor acción. ¿No
podríamos
nosotras participar en la yihad?’ El profeta dijo: ‘La mejor yihad
(para las
mujeres) es la emigración, que está aceptada (por Dios)’» (Al-Bujari
1997,
libro 25, capítulo 4, hadiz 1520).
Al
predicar la guerra mesiánica, Mahoma la presenta como
una empresa difícil, pero llena de ventajas que Dios promete y
garantiza. Las
promesas coránicas inherentes a la yihad son la victoria y el botín,
para
aquellos que combatan y vivan, y el paraíso de placeres eternos para
aquellos
que mueran en el combate. Estas divinas promesas resuenan en la mente
de los
yihadistas y desempeñan un papel fundamental en la motivación de
quienes se
lanzan a una guerra incierta:
«A
los que han emigrado, han salido de sus hogares, han
sufrido daño en mi camino, han combatido, y han sido matados, yo les
borraré
sus faltas, y los haré entrar en jardines bajo los cuales correrán
arroyos,
como retribución de parte de Dios» (Corán 89/3,195).
«No
son iguales los creyentes que se quedan en casa, a
menos que tengan un impedimento, y los que luchan en el camino de Dios
con sus
fortunas y sus personas. Dios ha concedido a los que luchan con sus
fortunas y
sus personas un grado más, respecto a los que se quedan en casa. A cada
uno ha
prometido Dios el mejor beneficio. Pero Dios ha concedido a los que
luchan,
respecto a los que se quedan en casa, una gran recompensa» (Corán
92/4,95).
«Creed
en Dios y en su enviado, y luchad en el camino de
Dios con vuestras fortunas y vuestras personas. Esto es mejor para
vosotros.
¡Si supierais! Él os perdonará vuestras faltas, y os hará entrar en
jardines
bajo los cuales correrán arroyos, y en buenas viviendas en los jardines
del
Edén. ¡Ese es el gran éxito!» (Corán 109/61,11-12).
«Pero
el enviado y los que han creído con él han luchado
con sus fortunas y sus personas. Estos tendrán los beneficios, y esos
son los
que triunfarán. Dios les ha preparado jardines bajo los cuales correrán
arroyos,
donde estarán eternamente. ¡Ese es el gran éxito» (Corán 113/9,88-89).
En
prolongación de esas divinas promesas de éxito para
los combatientes, los hadices de Mahoma, en las colecciones de
Al-Bujari y de
Muslim, exaltan una y otra vez los excelentes méritos de la yihad en
cuanto
guerra para extender la dominación del islam: no hay mayor devoción
que salir
a batallar, dispuestos a matar y a morir por la causa, «en el camino de
Dios»
(cfr. Muslim 2007, XVII, 4626).
Está
meridianamente claro que la yihad tiene un sentido
religioso y militar: llama a combatir en
el camino de Dios, es decir, por
la causa del reino de Dios entendida según el relato
mesiánico-milenarista de
algunos profetas y de la secta nazarena. Cuando, en ciertas
circunstancias, se habla de cesar el combate, no hay que dejarse
engañar,
puesto que se especifica que la condición ineludible para el «cese» del
mandato
de matar a los descreídos es que se avengan a rendir culto al Dios
islámico; es
decir, la guerra solo podrá cesar cuando todos acepten hacerse
musulmanes.
«Combatid
en el camino de Dios contra los que combaten
contra vosotros, y no transgredáis. Dios no ama a los transgresores.
Matadlos
allí donde os enfrentéis con ellos, y expulsadlos de donde os hayan
expulsado.
La subversión es más grave que matar. Pero no combatáis contra ellos
junto al
santuario prohibido, antes de que ellos os combatan allí. Si combaten
contra
vosotros, entonces matadlos. Esa es la retribución de los descreídos.
Pero si
se abstienen, Dios es indulgente, misericordioso. Combatid contra
ellos hasta
que no haya más subversión, y que la religión pertenezca a Dios. Si se
abstienen, no habrá ninguna agresión, salvo contra los opresores»
(Corán
87/2,190-193).
Aleyas
como esta última son contundentes y, sin embargo,
vemos hoy frecuentemente cómo se intenta disimular. Incluso musulmanes
subjetivamente bienintencionados encubren el significado,
distorsionando la
traducción, de modo que parezca nada menos que una afirmación de la
libertad
religiosa. Así lo hace la Comunidad Internacional Ahmadía, en su
traducción
española del Corán: «Y luchad contra ellos hasta que cese la
persecución, y se profese libremente la religión de
Alá. Pero si desisten, recordad que no se permite hostilidad alguna
excepto
contra los agresores» (Tahir Ahmad 1988). Otras versiones no andan con
tantos
subterfugios: «Y combatidles hasta terminar con la idolatría y que
prevalezca
la religión de Dios. Pero, si se convierten no habrá más agresión sino
contra
los inicuos» (Castellanos y Abboud 1952).
La
misión de combatir contra los «descreídos» no caduca,
sino que es perpetua: hasta que no quede más religión que la del Dios
coránico. El objetivo de la yihad está diáfanamente claro y fijado en
versículos como los citados y también en los siguientes:
«Combatid
contra ellos hasta que no haya más subversión,
y que toda la religión sea de Dios [Alá]. Si se abstienen, Dios ve lo
que
hacen» (Corán 88/8,39).
«Combatid
contra aquellos a los que se les dio el Libro,
que no creen en Dios ni en el último día, no prohíben lo que Dios y su
enviado
han prohibido, y no profesan la religión de la verdad, hasta que paguen
el
tributo con su mano y en estado de humillación» (Corán 113/9,29).
Continuemos
leyendo, a continuación, una antología de
citas textuales de versículos, en orden cronológico, todos ellos
posteriores a
la hégira, donde no cesa de brillar el carácter belicoso de la yihad:
«Se
os ha prescrito el combate, aunque sea repugnante
para vosotros. (…) Ellos, si pudieran, no cesarán de combatir contra
vosotros
hasta haceros abjurar de vuestra religión. Quien entre vosotros abjure
de su
religión y muera siendo descreído, sus obras habrán fracasado en la
vida de acá
y en la otra vida. Esos son los moradores del fuego. Allí estarán
eternamente»
Corán 87/2,216-217).
«Cuando
tu Señor revela a los ángeles: ‘Yo estoy con vosotros, reconfortad,
pues, a los que han creído. Infundiré el terror en los corazones de
los que
han descreído. Golpeadlos por encima del cuello, golpeadlos en todos
los
dedos’» (Corán 88/8,12).
«Si
te enfrentas con ellos en la guerra, haz huir con ellos a los que están
tras ellos. Quizás reflexionen» (Corán 88/8,57).
«Si
los hipócritas, los que tienen una enfermedad en sus corazones y los
que agitan en Medina no cesan, te incitaremos contra ellos, y entonces
pronto
dejarán de ser vecinos ahí. Malditos. Donde se los encuentre, serán
capturados,
y matados sin piedad. Es la ley de Dios para los antepasados. Nunca
encontrarás un cambio en la ley de Dios» (Corán 90/ 33,60-62).
«Combate,
pues, en el camino de Dios» (Corán 92/4,84).
«Han
querido que descreáis como ellos han descreído, para
que seáis iguales. No toméis aliados entre ellos, hasta que emigren en
el
camino de Dios. Si vuelven la espalda, capturadlos y matadlos allí
donde los encontréis.
Y no toméis entre ellos ni aliado ni auxiliar» (Corán 92/4,89).
«No
desfallezcáis en la persecución de esa gente. Si os
afligís, ellos también se afligen como vosotros os afligís. Pero
vosotros
esperáis de Dios lo que ellos no esperan. Dios es omnisciente, sabio»
(Corán
92/ 4,104).
«Porque
los que han descreído han seguido lo falso, y los que han creído
han seguido la verdad de su Señor. Así, Dios pone sus ejemplos a los
hombres. Cuando os enfrentéis a los que han
descreído, golpead en la
nuca. Cuando los hayáis derrotado, encadenadlos fuertemente.
Después de
esto, una vez que la guerra haya terminado, o los libertáis, o pedís el
rescate» (Corán 95/47,3-4).
«Di
a los beduinos que quedaron atrás: ‘Se os llamará contra gentes dotadas
de gran valor. Combatiréis contra ellos, a menos que se sometan. Si
obedecéis,
Dios os dará una buena recompensa. Pero, si volvéis la espalda, como
volvisteis la espalda antes, os castigará con un castigo doloroso’.
Dios ha
aceptado a los creyentes cuando te juraban lealtad al pie del árbol. Él
sabía
lo que hay en sus corazones, hizo descender sobre ellos su presencia, y
los
recompensará con una conquista próxima, y con mucho botín que
obtendrán» (Corán
111/48,16 y 18-19).
«Mahoma
es el enviado de Dios. Los que están con él son fuertes frente a
los descreídos, misericordiosos entre ellos» (Corán 111/48,29).
«¡Vosotros
que habéis creído! Temed a Dios, buscad el
medio de ir hacia él, y luchad en su camino. Quizás prosperéis» (Corán
112/5,35).
Este
último versículo, según los eruditos musulmanes
clásicos y la doctrina comúnmente admitida, es un versículo
de la espada, que, por sí solo, ha abrogado más de cien
versículos anteriores, que recomendaban paz y tolerancia, o ponían
límites a la
guerra. No obstante, hay varios otros que se consideran también
versículos de
la espada: Corán 87/ 2,193; 113/9,29; 113/9,36; 113/9,41. El Corán y la
exégesis tradicional desmienten a todos esos maquilladores que intentan
ocultar
el hecho innegable de que la fe islámica se puede y se debe imponer por
la
fuerza. En los «versículos de la espada» reside la clave de
interpretación de
todo el Corán y el islam.
«¿No
combatiréis contra gentes que han abjurado de su
juramento, han querido expulsar al enviado, y han iniciado el combate
contra
vosotros la primera vez? ¿Les teméis? Pues bien, Dios tiene más
derecho a que
lo temáis. Si fuerais creyentes. Combatid contra ellos. Dios los
castigará por
vuestras manos, los cubrirá de ignominia, os auxiliará contra ellos,
curará
los pechos de la gente creyente» (Corán 113/9,13-14).
«¡Vosotros
que habéis creído! ¿Por qué, cuando se os dice
‘Movilizaos en el camino de Dios’, os quedáis clavados en tierra? ¿La
vida de
aquí os agrada más que la otra vida? Pero el disfrute de la vida de
aquí es muy
poco con respecto a la otra vida. Si no os movilizáis, él os castigará
con un
castigo doloroso, os intercambiará por otras gentes distintas y no lo
dañaréis
en nada. Dios es todopoderoso» (Corán 113/9,38-39).
«Movilizaos,
los ligeros y los
pesados, y combatid con vuestras fortunas y vuestras personas en el
camino de
Dios. Esto es mejor para vosotros» (Corán 113/9,41).
«Creed
en Dios y luchad junto a su enviado» (Corán
113/9,86).
Este
arsenal de citas con una significación bélica y
religiosa deja sobrada constancia del espíritu agresivo contenido en
el Corán,
donde es concluyente que la matanza de
no musulmanes, en aras de la yihad, constituye un sacrificio agradable
a Dios,
al Dios del islam (tal como ya analizamos en el capítulo sobre los
sacrificios). Uno se pregunta qué
Corán habrán leído esos ilustres desnortados que niegan las evidencias
y se
empeñan en desmentir el carácter violento de la religión islámica.
Además,
el mismo tema e idéntico significado se
amplifican en la tradición canónica de Mahoma. Tanto los hadices de
Al-Bujari
como los de Muslim destacan la exigencia de que los musulmanes deben
estar disponibles
para ir a la guerra. Y esta es esencial para acceder al paraíso:
«Si
te llaman a la yihad, acude inmediatamente»
(Al-Bujari 1997, libro 56, capítulo 1, hadiz 2783).
«Sabed
que el paraíso está bajo las sombras de las
espadas» (Al-Bujari 1997, libro 56, capítulo 22, hadiz 2818).
«Narrado
por Abu Bakr Ibn Abdullah Ibn Qais, de su padre.
El enviado de Dios dijo: ‘Las puertas del paraíso están bajo las
sombras de
las espadas’» (Muslim 2007, El libro del gobierno, capítulo 41, hadiz
4916).
Conferir
al llamamiento de Mahoma la categoría de llamada
de Dios aportó la coartada perfecta, el gran camuflaje una política
violenta:
utiliza una legitimación teológica para justificar la infiltración, la
invasión, la agresión contra los demás países, el sometimiento en el
que se
concreta finalmente la realización efectiva de la yihad. Al divinizar
la
propia causa, los creyentes se sienten investidos con todos los
derechos sobre
los no creyentes, incluido el mentir, atacar, robar y matar, con el
fin de apoderarse
del mundo entero como botín, todo, según creen, en nombre de su Dios y
con su
bendición.
Aunque
hacer la yihad equivale de ordinario a guerrear
contra los no musulmanes, no se limitó a eso. Desde el principio, hubo
también
una yihad interna, desencadenada entre los mismos árabes musulmanes. Se
la
llamó fitna, insurrección, subversión, sedición. Es alusiva a
la guerra
civil, que estalló apenas muerto Mahoma. Y se desencadenó de nuevo en
680-692,
y en 744-747. Después rebrotó muchas veces a lo largo de la historia,
como
represión contra musulmanes rebeldes y como guerra civil entre
musulmanes. La
encontramos presagiada en una aleya ya citada (Corán 106/49,9), que
también
exhorta a buscar la reconciliación, puesto que, en principio, unos y
otros son
musulmanes.
Para
hacerse una idea de las inmensas repercusiones de la
doctrina de la yihad a lo largo de los siglos, conviene buscar alguna
historia
de la yihad. Pueden consultarse algunos de los numerosos sitios que
existen en
Internet. Por ejemplo:
https://religion.antropo.es/islamismo/historia.html
Mahoma
se
entendió bien con los judíos nazarenos, que habían sido sus mentores.
Tiempo
después, al parecer, Mahoma creyó que con su predicación mesiánica
iba a
atraer a la causa a los judíos rabínicos y, quizá, también a los
cristianos
miafisitas. Pero en tal empeño quedó decepcionado. Hay muchos pasajes
coránicos que los recriminan, para acabar considerándolos poco fiables
y hasta
como enemigos. Desde entonces, los creyentes mahometanos tienen la
taxativa
obligación de rehuir toda alianza con judíos y cristianos, igual que,
llegado
el caso, deben rechazar incluso a los parientes más cercanos, si no son
fieles
musulmanes.
«¡Vosotros
que habéis creído! No toméis a mi enemigo y
vuestro enemigo como aliados. ¿Les mostráis afecto, cuando ellos han
descreído
en la verdad que os ha llegado?» (Corán 91/60,1).
«¡Vosotros
que habéis creído! No toméis a los descreídos
como aliados, sino a los creyentes» (Corán 92/4,144).
«¡Vosotros
que habéis creído! No toméis a los judíos y
los cristianos como aliados. Ellos son aliados unos de otros. Quien
entre
vosotros se alíe con ellos es uno de ellos. Dios no dirige a gentes
opresoras»
(Corán 112/5,51).
«¡Vosotros
que habéis creído! No toméis como aliados a
los que toman vuestra religión por ridículo y juego, entre aquellos a
los que
se dio el libro antes que a vosotros, ni a los descreídos» (Corán
112/5,57).
«¡Vosotros
que habéis creído! No toméis a vuestros padres
y vuestros hermanos como aliados, si ellos han preferido la
descreencia a la
fe. Quien entre vosotros se alíe con ellos, esos son los opresores»
(Corán
113/9,23).
Las
consecuencias que se
extraen de esta doctrina es que no está permitido a los musulmanes
hacerse
amigos o aliarse, al menos de forma duradera, con aquellos que no son
musulmanes. Frente a ellos, existirá una enemistad perpetua, por
descreídos y
opresores, y contra ellos debe ir el combate de los creyentes.
La
yihad significa
eminentemente un comportamiento militar y bélico, pero no se reduce a
eso, sino
que engloba todo tipo de actuaciones que promuevan la lucha en
cualquier otro
plano de las relaciones sociales, económicas, políticas e ideológicas.
Sus objetivos
estriban en promocionar los intereses de la umma islámica y
allanar el
camino a la gradual implantación de la ley islámica, propagando toda
clase de
apologías y ditirambos acerca de un islam que nunca existió. Y al
mismo
tiempo, llevar a cabo una labor de zapa con vistas a la destrucción de
las
otras culturas y civilizaciones, como el Corán manda, erosionando,
debilitando,
atacando, infiltrando, desarmando, empleando las mil y una argucias, y
astucias, destinadas a cohonestar lo que, en el fondo, no es más que
agitación
y propaganda.
A la yihad de guante blanco
la llaman «yihad
cultural». Pero, si no es posible seducir, aún será posible
sobornar, chantajear,
amedrentar y aterrorizar. La yihad cultural presenta dos aspectos,
constructivo y destructivo. El primero busca construir una mentalidad
de
sumisión al sistema islámico. El segundo se esfuerza por destrozar las
creaciones culturales de los sistemas socioculturales distintos del
islam.
Cuando
se canta la gloria y el
esplendor de la civilización musulmana, rara vez se profundiza en la
situación
que soportaban las mujeres, los esclavos, los dimmíes, los
cautivos de
guerra; se escamotean las agresiones imperiales, las atrocidades
inherentes al
orden jurídico islámico y legitimadas por él, el fanatismo incentivado
por la
ilusión de poseer la verdad absoluta. Por citar solo algunos episodios
significativos de la historia de las devastaciones perpetradas por la
yihad
cultural, casi siempre de la mano de la yihad militar, recordemos la
emblemática destrucción de grandes bibliotecas de la antigüedad, que no
fueron
las únicas ni las últimas reducidas a ceniza. Porque, en la yihad, no solo perecen
personas, sino que se queman libros.
Desde
tiempos del gobierno de Omar (asesinado en 644), la
destrucción o el incendio de grandes bibliotecas entró a formar parte
del
estilo de expansión e implantación imperial del islamismo. Durante su
mandato,
como general y luego como rey gobernante, sus ejércitos sarracenos
llevaron a
cabo: en el año 637, la destrucción de la gran biblioteca de
Ctesifonte, la
capital del Imperio persa sasánida, la mayor del mundo en aquel
entonces. Es
nada menos que Ibn Jaldún quien lo narra en el capítulo sexto de su Introducción
a la historia universal:
«Los
musulmanes conquistaron la región de Persia y
encontraron una cantidad inabarcable de libros y de tratados
científicos.
Escribió entonces Sad Ibn Abi Waqqas a Umar Ibn Al-Jattab solicitando
su permiso
para darlos como botín a los musulmanes, a lo que Umar contestó
diciéndole:
‘¡Arrójalos al agua!, porque si lo que hay en ellos es una buena guía,
Dios nos
ha otorgado una orientación mejor aún; y si lo que contienen es
extravío, Dios
nos ha protegido de ello’. Y los arrojó al agua o al fuego, y de esta
manera
las ciencias de los persas desaparecieron y no llegaron a nosotros»
(Ibn Jaldún
2008: 928).
Con
la misma política, en 638, los sarracenos arrasaron
la biblioteca de la Academia de Gondeshapur, también en la Persia
sasánida.
Hacia 640, llevaron a cabo la destrucción de la biblioteca de Cesarea
Marítima,
en Palestina, que contenía la mayor colección de libros cristianos de
la
antigüedad. En 642, tras la rendición de Alejandría, en la invasión de
Egipto,
la tradición árabe refiere que Omar mandó destruir la gran biblioteca
alejandrina y que los libros se distribuyeran como combustible para el
horno de
las panaderías.
Por
supuesto, no estoy diciendo que esa bárbara práctica
sea exclusiva del islam, pero ciertamente se perfila como una señal
inequívoca
de una propensión intolerante y sectaria, que data de sus mismos
orígenes.
Hubo excepciones, es evidente, pero no justifican la manida y
beatífica
idealización del amor del islamismo por la ciencia. Recordemos otros
cuantos
hitos históricos, exponentes de un amor demasiado «ardiente» por el
saber y los
libros:
–
779. Bajo el califato del abasí Al-Mahdi, los
musulmanes destruyeron las bibliotecas de Alepo, en Siria.
–
878. Los musulmanes, en una de sus incursiones contra
Sicilia, saquearon Siracusa y quemaron su biblioteca.
–
911. Los musulmanes invadieron y ocuparon los Alpes
occidentales, y destruyeron la biblioteca de Turín.
–
980. Durante una lucha intestina del califato cordobés,
Almanzor incendió la gran biblioteca califal de Córdoba.
–
1174. En medio de la guerra, el sultán Saladino provocó
la destrucción de la biblioteca fatimí de El Cairo.
–
1199. En India, los invasores musulmanes redujeron a
cenizas la inmensa biblioteca del monasterio budista de Nalanda.
–
1453. Tras la conquista de Constantinopla, el 29 de
mayo de 1453, los ejércitos turcos otomanos del sultán Mehmet II, entre
las
múltiples destrucciones, arrasaron la biblioteca imperial bizantina.
–
1480. Los otomanos atacaron Salento, al sur de Italia,
y destruyeron la biblioteca del monasterio de San Nicolás de Casole.
–
1658. En enfrentamientos entre príncipes mogoles de
India, que eran musulmanes, una de las facciones destruyó la
biblioteca del
príncipe Dara Shikoh, en Delhi.
–
1925. En Arabia, los secuaces del movimiento
fundamentalista creado por Abd Al-Wahab incendiaron las bibliotecas de
Medina.
–
2013. A fines de enero, los islamistas prendieron fuego
al Instituto Ahmed Baba, en Tombuctú, al norte de Mali, destruyendo
parcialmente la biblioteca, que alberga decenas de miles de manuscritos
muy
antiguos.
El falaz argumento de la
‘religión de la verdad’
En
las suras coránicas consideradas anteriores a la
hégira, nunca se usa la expresión «religión verdadera», sino que se
habla de
«religión elevada» o recta, que correspondía a un monoteísmo
básicamente
bíblico y más bien genérico, identificado con la religión de los
antepasados
que fueron rectos ante Dios: Abrahán, Isaac y Jacob (Corán 53/12,40;
55/6,161;
84/30,30; 84/30,43). Después de la hégira, se repite una sola vez:
«Pero
no se les ha ordenado más que adorar a Dios,
dedicándole la religión, siendo rectos, cumplir el rezo y dar el
tributo. Esa
es la religión elevada» (Corán 100/98,5).
Es
en el período de Medina, tras la hégira, cuando se
introduce el concepto de «religión de la verdad» (4 veces), utilizada
en
exclusiva para caracterizar la presunta preeminencia del movimiento de
Mahoma:
«Es
él quien ha enviado a su enviado con la dirección y
la religión de la verdad, a fin de que la haga prevalecer sobre toda
otra
religión. Aunque repugne a los asociadores» (Corán 109/61,9).
«Es
él quien ha enviado a su enviado con la dirección y
la religión de la verdad, a fin de que la haga prevalecer sobre todas
las
religiones. Dios basta como testigo» (Corán 111/48,28).
El
Corán presenta el islam como la única «religión
verdadera», que habría sido dada a la humanidad desde sus orígenes
(Corán
84/30,30). Sería la misma que profesó Abrahán. Luego, pretendidamente,
habría
sido alterada por judíos y cristianos, hasta que, por fin, advino
Mahoma para
repristinarla. El corolario de esta historia mítica es que, para los
musulmanes, el islam constituye el único sistema que tiene derechos,
por ser la
religión verdadera, la religión de Abrahán (Corán 70/16,123), la
religión de Dios
(Corán 89/3,19; 89/3,83; 114/110,2), la religión perfecta (Corán 112/
5,3). En
consecuencia, incluso la tolerancia hacia las demás religiones
monoteístas, que
parece desprenderse de algunas aleyas (Corán 18/109,6; 112/5,82),
resulta
ambigua y paulatinamente se fue decantando hacia la condena y hasta la
persecución frontal. La presunta «religión de Abrahán» (Corán
87/2,135), un
Abrahán musulmanizado, se contrapone a la de los judíos, que han
incurrido en
la ira de Dios, y a la de los cristianos, que andan descarriados (Corán
5/1,7).
El
islam naciente, al considerarse como la única religión
verdadera, confirió a los sarracenos la misión mesiánica de conquistar
el mundo
entero. Mahoma y sus seguidores obraron con el convencimiento de que
para ellos
era legítimo acosar y asesinar a los descreídos, acusados de ser
enemigos de Dios
por resistir al profeta de Alá. Desde entonces, los musulmanes están
convencidos de que ese tipo de agresiones, propias de la yihad,
constituye para
ellos un deber moral. No se trata de ningún radicalismo yihadista. Es
la
doctrina coránica y tradicional, que ve en la yihad el ápice de la
perfección
ética y política. Así lo han sostenido todas las escuelas musulmanas,
desde la
edad media hasta hoy.
Desde
esta perspectiva, no es de extrañar que la
dogmática islámica prohíba a los musulmanes la integración en cualquier
sociedad no musulmana, por principio considerada inferior y depravada;
lo
mismo que impide la integración del no musulmán en la sociedad
islámica, manteniéndolo
siempre en una situación jurídica y moral de humillación (la dimmitud).
Porque ya está escrito: «Dios no permitirá que los descreídos
prevalezcan sobre
los creyentes» (Corán 92/4,141). Ese estatus imaginario de
superioridad se
apoya en esta aleya coránica:
«Hoy
he perfeccionado para vosotros vuestra religión, he
completado mi gracia para con vosotros, y he aprobado el islam como
religión
para vosotros» (Corán 112/5,3).
La
tradición musulmana más clásica recoge esa creencia,
esa autoconciencia. Y así fue defendida sin fisura, por ejemplo, por
el
filósofo cordobés Averroes, defensor de la yihad, quien, en un sermón
en la
mezquita mayor de Córdoba, llamaba a la guerra santa contra los reinos
cristianos del norte (cfr. Delcambre 2010).
La
misma idea la encontramos explícita en el gran
intelectual Ibn Jaldún (1332-1406), en su Introducción a la
historia
universal:
«En
el islamismo, la guerra santa es de derecho divino,
porque su llamada se dirige a todos los hombres y debe hacer que todos
abracen
el credo islámico de grado o por la fuerza. Se ha unificado el poder
espiritual
y el poder temporal, a fin de que la fuerza de ambos se dirija a su
consecución. Las otras religiones no tienen esa misión universal; y
para ellas
la guerra santa no es un precepto religioso, sino que solo deben hacer
la
guerra en propia defensa» (Ibn Jaldún 2008: 405).
De
esa misma tradición toma el relevo, entre tantos otros
ideólogos del islamismo contemporáneo, Hasan Al-Banna (1906-1949), el
fundador
de los Hermanos Musulmanes, quien alardea de esa creencia diciendo que
«está
en la naturaleza del islam dominar, no ser dominado; imponer su ley
sobre
todas las naciones y extender su poder al planeta entero». Esta idea
la
preconizan no solo los salafistas y los islamistas de tal o cual
tendencia
radical, sino que es propia de todos los musulmanes, que son
adoctrinados,
desde la tierna infancia, para creérsela como una evidencia inequívoca.
Por su
parte, las organizaciones islámicas internacionales de nuestros días
no
ocultan en sus estatutos que su objetivo supremo es la mundialización
del
islamismo, la islamización del mundo bajo la égida de su ley.
El
sistema islámico, por tanto, imbuido de su presunta
elección divina, se atribuye a sí mismo el derecho de conquista, y lo
justifica en el plano mítico teológico. Como Dios les ha prometido el
reino por
ser la comunidad que le es fiel, sumisa y obediente, la conquista no
hace sino
restituir la tierra a sus legítimos dueños, los musulmanes, autorizados
a
arrebatársela a quienes habrían perdido todo derecho a poseerla, por
haber
negado el reconocimiento a la religión verdadera y al único Dios. Esto
puede parecernos
un delirio, pero es exactamente lo que piensan.
El
especioso argumento de ser la «religión de la
verdad» y, por ello, tener derecho a la dominación, incluso por la
fuerza, no
pasa de ser una argucia, un sofisma, porque tal afirmación es gratuita,
porque
nadie posee la verdad absoluta, y porque, aun en esa hipótesis, en
ningún caso
se deduce de ella una licencia para atropellar los derechos de los
demás. La
presunción de detentar la verdad, la presunción que se arroga el
derecho y el
deber de imponerla, y la presunción de que es lícito recurrir a la
fuerza suman
tres presunciones intelectualmente irracionales, psicológicamente
patológicas
y éticamente perversas.
La
tolerancia, definida en pocas palabras, consiste en
reconocer a los demás, pese a sus diferencias, como sujetos con los
mismos
derechos que nosotros, en un plano de respeto e igualdad. El hecho es
que este
tipo de tolerancia no ha existido nunca en la sociedad musulmana. La
palabra
«tolerancia» ni siquiera aparece en el Corán y resulta radicalmente
contraria
al derecho islámico. En la doctrina coránica, una vez que se anotan
los
versículos que están abrogados, solo queda una radical intolerancia
hacia todas
las otras religiones.
El
islam no solo no es una religión de paz y tolerancia,
sino que prohíbe expresamente tales actitudes con los no musulmanes. A
la
comunidad de los creyentes se le prescribe, como voluntad de Dios,
hacer la
guerra a los países de los infieles, hasta dominarlos y finalmente
conseguir
que solo quede la religión de Alá. La tregua será siempre táctica, y no
deberá
durar más de diez años, según ordena la ley islámica. Sobre los
vencidos, si no
se convierten, a lo sumo se los confina en un estatuto de «guerra
congelada»:
explotación, tributos onerosos, humillaciones públicas, inferioridad
social,
inseguridad jurídica. La guerra caliente puede y debe activarse cada
vez que el
poder musulmán juzgue que se dan las condiciones favorables. El Corán
obliga.
El
esquema de ese pensamiento es bien simple: cuando los otros son
descreídos/infieles (es decir, no se someten), la relación con ellos
debe
excluir por completo la tolerancia, la paz, el respeto y el derecho. De
acuerdo
con esta perspectiva, solo puede haber paz y tolerancia para quienes
hayan
consentido hacerse musulmanes. Pero, desde un punto de vista
civilizado, es
inaceptable que
se destruyan o avasallen otras
culturas, y a esto lo llamen paz; que se amenacen y persigan otras
religiones,
y a esto lo llamen tolerancia.
Las
aleyas de presunta tolerancia que invocan algunos musulmanes están
leídas desde interpretaciones erróneas, que entran en contradicción con
el
mensaje central del Corán y con la exégesis tradicional. Por ejemplo,
hay una
sura que Régis Blachère, traductor del Corán al francés, sitúa en el
primer
período de La Meca: «Vosotros tenéis vuestra religión, y yo tengo mi
religión»
(Corán 18/109,6). Según Blachère, se refiere al rechazo por parte de
Mahoma de
una negociación con los idólatras mequíes. De modo que lo que ahí se
afirma no
es el respeto al otro, sino que él, Mahoma, no ha tenido ni tendrá nada
en
común con la religión de los infieles. Lo que marca es una ruptura, que
constituye un primer paso para, más adelante, dictaminar la prevalencia
absoluta del islam y la necesidad de aniquilar la «idolatría».
Hay
otra cita socorrida, cuando un islámico o islamófilo
desea simular que el islamismo acepta la pluralidad religiosa, pues
Dios
habría enviado a cada pueblo su correspondiente profeta con su mensaje:
«No hay
una nación por la que no haya pasado un advertidor» (Corán 43/ 35,24).
Sin
embargo, esa interpretación pluralista queda refutada tan pronto como
atendemos
al texto completo y su contexto histórico:
«Tú
no eres más que un advertidor. Te hemos enviado con
la verdad, como anunciador y advertidor. No hay una nación por la que
no haya
pasado un advertidor» (Corán 43/35,23-24). Para aclararnos, debemos
tener en
cuenta que, ahí, Mahoma se encuentra al principio de su actividad en
La Meca,
por lo que el mensaje que anuncia y del que advierte remitía a las
escrituras
de la Torá y al Evangelio. No existía aún el Corán. Con posterioridad
la
posición del predicador árabe con respecto a esas escrituras cambió,
hasta
rechazarlas diciendo que habían sido tergiversadas y falsificadas.
Así, en la
época previa a la hégira, Mahoma predicaba sobre los profetas bíblicos,
y se
consideraba a sí mismo solamente un recordador. De hecho, las suras de
esa
época nunca lo califican de profeta. Por el contrario, años más tarde,
en el
período posterior a la hégira, descalificó a todos los otros profetas,
o se los
apropió, mientras afirmaba que únicamente el islam es la religión
verdadera.
El
resultado final es que no quedó el menor resquicio
para la tolerancia hacia las demás religiones, en el sentido de
respeto en
condiciones de igualdad. Una vez que la revelación coránica se
considera
completa, se manda que las tradiciones religiosas no monoteístas deben
ser
aniquiladas. Y los monoteístas judíos y cristianos tendrán que
someterse a un
régimen que los margina en el interior de la sociedad musulmana: solo
sobrevivirán explotados y en estado de humillación social.
Tampoco
hay que dejarse embaucar por el alegato de
pacifismo que supuestamente entrañaría la siguiente cita: «Quien mate a
una
persona que no ha matado a nadie, ni ha corrompido en la tierra, es
como si
matara a toda la humanidad» (Corán 112/5,32). Es necesario leer bien lo
que
dice el versículo: Dios se está dirigiendo a los antiguos israelitas.
El texto
dice: «Por eso hemos prescrito para los hijos de Israel que quien mate
a una
persona…». Por tanto, no es un mandato dirigido a Mahoma y sus
seguidores. Y,
aunque lo fuera, bastaría con lanzar sobre alguien una acusación de
sembrar
corrupción en la tierra y así obtener licencia para matar. Nadie
opuesto al
islam podrá estar libre de amenaza, según lo que dicta Mahoma: la
retribución
de los que se oponen a Dios y su enviado será la tortura, la muerte o
el
destierro (Corán 112/5,33).
En
el Corán, la palabra «paz» aparece 46 veces. De ellas,
37 en los capítulos antehegíricos, pero allí casi todas como fórmula de
saludo.
En los capítulos poshegíricos, se usa en 9 ocasiones, todas en relación
con un
contexto de guerra. En cuatro de ellas, se refiere a los enemigos que,
en la
batalla, «lanzan la paz», esto es, solicitan la paz. Y Mahoma
sentencia que,
si los creyentes están en situación de superioridad, no deben
aceptarla, salvo
que sea en plan de rendición (Corán 92/4,90). Esto refuerza la idea de
que la
paz solamente es posible para los que se someten bajo el sistema del
islam. En
los hechos, la «paz islámica» no pasa de ser una ficción vacía. Más
allá del
disimulo, el lenguaje semiótico del libro corresponde al de una
religión de
odio, una mitología de guerra, una espiritualidad de fervor guerrero.
Desde
la hégira, la predicación del islam (dawa)
ha sido siempre, simultáneamente, un discurso que moviliza para la
guerra, una
fusión de sermón y arenga, con el propósito declarado de reclutar
combatientes
bajo la autoridad de Mahoma y sus sucesores.
«Narrado
por Anas Ibn Malik. El enviado de Dios dijo: ‘Se me ha ordenado
combatir a la gente hasta que digan: La ilaha illallah (nadie
tiene
derecho a ser adorado sino Alá’» (Al-Bujari 1997, libro 8, capítulo 28,
hadiz
392).
«Narrado
por Ibn Abbas. El enviado de Dios dijo: ‘No hay
emigración después de la conquista, pero la yihad y el proyecto
permanecen.
Si te llaman a la yihad, acude inmediatamente’» (Al-Bujari 1997, libro
56,
capítulo 1, hadiz 2783).
«Narrado
por Abdullah Ibn Abu Aufa. El enviado de Dios
dijo: ‘Sabed que el paraíso está bajo las sombras de las espadas’»
(Al-Bujari
1997, libro 56, capítulo 22, hadiz 2818).
«Narrado
por Abdullah Ibn Omar. El enviado de Dios dijo: ‘Vosotros
(musulmanes) lucharéis contra los judíos hasta que algunos de ellos se
escondan
detrás de las piedras. Las piedras (los traicionarán y) dirán: '¡Siervo
de
Dios! Hay un judío escondido detrás de mí; así que mátalo'’» (Al-Bujari
1997,
libro 56, capítulo 94, hadiz 2925)
«Narrado
por Abu Huraira. El enviado de Dios dijo: (…) ‘He salido victorioso
con el terror (infundido en el corazón de los enemigos); y mientras
dormía, me
trajeron las llaves de los tesoros del mundo y las pusieron en mi
mano’»
(Al-Bujari 1997, libro 56, capitulo 122, hadiz 2977).
«Narrado
por Al-Sab Ibn Jattama. Al profeta (…) se le preguntó si estaba
permitido atacar a los guerreros infieles de noche, con la
probabilidad de
exponer al peligro a sus mujeres y niños. El profeta respondió: ‘Ellos
(las
mujeres y los niños) son de los suyos (de los infieles)’» (Al-Bujari
1997,
libro 56, capítulo 146, hadiz 3012).
No
faltan numerosos hadices que desarrollan la justificación para cometer
atentados terroristas, que están respaldados por Alá, por cuanto ordena
a sus
fieles que infundan el terror en el corazón de los enemigos (Corán
88/8,12;
89/3,151).
Son
incontables los pasajes donde leemos cómo Mahoma incita a la guerra
contra todos los no musulmanes y emite órdenes de matarlos, no solo en
los hadices
de Al-Bujari, sino igualmente en los hadices auténticos de Muslim y
los de Abu
Dawud, lo mismo que en la biografía del profeta publicada por Ibn
Hisham, así
como en el comentario al Corán de Al-Tabari. Este último hace gala de
ello:
«Matar infieles es un tema menor para nosotros». La frase no es ninguna
hipérbole, sino una marca distintiva de toda la historia del islam
(cfr.
Fletcher 2002, Elorza 2005, Esparza 2015, Sánchez Saus 2016, Ibrahim
2018,
Keshavjee 2019 y Martínez-Gros 2019).
El musulmán no es libre
para abandonar el islam
«Quien
ha descreído en Dios después de haber creído, a no
ser que haya sido coaccionado, mientras su corazón se reafirma en la
fe… Ese
que abre su pecho a la descreencia, la ira de Dios caerá sobre ellos. Y
tendrán
un gran castigo» (Corán 70/16,106).
«Ninguna
coacción en la religión. La buena dirección se
distingue del extravío. El que no cree en los ídolos y cree en Dios se
agarra
al asidero más seguro, que es irrompible» (Corán 87/2,256).
La
primera frase de esta última aleya, «no hay coacción
en la religión», se cita frecuentemente para hacer creer que el Corán
está a
favor de la libertad religiosa, incluso respecto a los no musulmanes,
que no
serían molestados. Nada más lejos de la realidad (cfr. Aldeeb 2015c). Mediante la crítica interna y
atendiendo al contexto, la «religión» a la que se hace referencia ahí
es el
islam, de la que se aclara en el mismo renglón que posee la buena
dirección y
que, además, es reputada como la religión (din)
por antonomasia. La interpretación más correcta, por tanto, es que no
se
consiente que nadie sea presionado para abandonar el islamismo. Sería
absurdo
imaginar que ese versículo defiende la libertad la religión, pues,
máxime en
una sura posterior a la hégira, está mandado que al infiel no
monoteísta se le
conmine a convertirse el islam bajo pena de muerte.
Con
esa misma lógica intolerante, el derecho islámico
exige que todo hijo de cristiana y musulmán sea obligatoriamente
musulmán,
también bajo amenaza de pena capital. Así que lo que el Corán estipula
es que
no se admitirá que nadie presione a un muslime para que cambie de
religión,
algo perfectamente compatible con la obligación manifiesta de
coaccionar al no
musulmán para que se convierta: a los paganos, una vez vencidos,
atenazándolos
con castigos que pueden conllevar la pérdida de la vida o la
esclavitud; a los
judíos y cristianos, derrotándolos por la fuerza y manteniéndolos
forzosamente
bajo el ominoso régimen de la dimma
(Corán 113/9,29).
Si
alguien arguye otra cosa, téngase en cuenta que el
islam autoriza el disimulo y el engaño a los no musulmanes (Corán
89/3,28-29),
conforme a la teoría de la disimulación (cfr. Aldeeb 2015b).
Pero,
incluso si esa manida frase significara un principio de respeto hacia
otras
religiones, ya no estaría en vigor, porque está abrogada por los
versículos de
la espada, según la opinión común de los ulemas musulmanes.
Algo
análogo es necesario decir de todos los demás
versículos que enuncian alguna forma de tolerancia, como aquel ya
citado más
arriba: «Vosotros tenéis vuestra religión, y yo tengo mi religión»
(Corán 18/
109,6). Significa lo contrario de lo que parece a primera vista. Y, en
cualquier
caso, el Corán postula, finalmente, la supremacía de la religión
coránica
sobre toda otra religión (Corán 92/4,141; 109/61,9; 111/48,28;
113/9,33, como
ya hemos visto). Todo versículo que diga lo contrario de lo estatuido
por las
últimas suras ha quedado abrogado, abolido.
En
el capítulo 12 de este libro, sobre la política
islámica como régimen de teocracia, hemos analizado el verdadero
significado
de «ninguna coacción en la religión» (Corán 87/2,256), que rechaza
cualquier
presión sobre un musulmán para que abandone el islamismo. En realidad,
el musulmán
no es en absoluto libre ni para abandonar su religión, ni para adoptar
otra
religión distinta. Porque sería un crimen volver la espalda a la
«verdad» de la
religión refrendada por Dios. No cabe ocultar que el Corán establece un
principio de absoluta intolerancia.
«La
religión, para Dios, es el islam» (Corán 89/3,19).
«No
creáis sino al que sigue vuestra religión. Di: ‘La
dirección es la dirección de Dios’» (Corán 89/3,73).
«Quien
busque una religión diferente del islam, no se le
consentirá, y en la otra vida será de los perdedores» (Corán 89/3,85).
«Los
que han descreído después de haber creído (…) Esos,
su retribución es que caerá sobre ellos la maldición de Dios, de los
ángeles y
de los humanos a la vez» (Corán 89/3,87).
Para
velar por el cumplimiento público de las normas del
Corán, la tradición del profeta y la ley sagrada, el sistema islámico
promueve
la vigilancia y el castigo: un régimen de censura sobre los
comportamientos,
encomendado a una policía política de la moralidad (la hisba).
Esta represión cuenta con un fundamento coránico, reiterado
(en nueve ocasiones), en la prescripción de que no solo hay que
cumplir los
mandatos, sino hay que hacerlos cumplir:
«Que
seáis entre vosotros una nación que llama al bien,
ordena lo correcto y prohíbe lo reprobable. ¡Esos son los que
triunfan!» (Corán
89/3,104).
«Los
creyentes y las creyentes son aliados unos de otros.
Ordenan lo correcto, prohíben lo reprobable, elevan el rezo, pagan el
tributo,
y obedecen a Dios y a su enviado» (Corán 113/9,71).
Así,
pues, en el sistema islámico, ser creyente no es una decisión libre,
sino una sumisión coercitiva, bajo la amenaza de graves penas. Ya las
suras anteriores
a la hégira condenaban a los apóstatas. Sobre aquel que abandone la fe
caerá
la acusación de apostasía y, conforme al derecho islámico, merece la
pena de
muerte. No se tolera semejante pecado capital. Una vez que uno ha
entrado a
formar parte de la comunidad musulmana, ha perdido la libertad para
abandonarla. Los creyentes no solo están vigilados socialmente, sino
que muchos
de ellos viven también, quizá sin saberlo, confinados en una cárcel
mental,
que les hurta la capacidad de pensar críticamente sobre su propia
religión.
Es
cierto que las indagaciones que realizamos aquí muestran un espíritu
crítico
con el sistema islámico. Pero defendemos que el análisis crítico es
perfectamente legítimo, y su valor dependerá solo de los hechos y los
argumentos aducidos. Sin embargo, a esta actitud crítica la suelen
acusan de
«islamofobia». Sabemos que esta etiqueta se diseñó, hace tiempo, para
descalificar insidiosamente cualquier opinión desfavorable al Corán, a
la
tradición, a la historia o a la política islámica.
Ahora
bien, si tratamos de objetivar el planteamiento, diríamos lo siguiente:
el
fundamento del islam es el Corán, un libro que consideran sagrado,
perfecto e
intocable. Si este libro estipula normas contrarias a los principios
más
universales de la racionalidad, la justicia y los derechos humanos,
entonces es
innegable que ejercer el pensamiento crítico frente a tales
estipulaciones y
normas resulta una exigencia lógica para toda persona razonable. Por
tanto, si
es a la crítica razonada a lo que llaman «islamofobia», responderemos
que esa
supuesta islamofobia constituye una necesidad intelectual y una
obligación
moral.
Estas
páginas reflejan el esfuerzo por promover un mejor conocimiento del
islam y
sus fundamentos. Parece improcedente e injusto que se califique como
«islamofobia» la información veraz y la investigación científica sobre
las
fuentes, la tradición y la historia del sistema islámico.
La
realidad histórica es que el islam se constituyó, desde el año 629,
antes de
que existiera el libro del Corán, como una maquinaria de guerra
político-religiosa, movida por un programa de confrontación con el
cristianismo
y con toda civilización no musulmana, cuya meta declarada era la
conquista, el
sometimiento o el exterminio. Durante catorce siglos no ha dejado de
operar
así.
Si
estas consideraciones son básicamente verdad, nadie puede mirar hacia
otro
lado, ni contribuir al camuflaje, sin convertirse en cómplice o
colaboracionista (con el riesgo añadido de
acabar
siendo también víctima) de la yihad. Puede leerse, en Internet, el
interesante
artículo La palabra islamofobia es el kalashnikov de los islamistas
(Al-Husseini 2019).
Las
conclusiones y los corolarios sobre la yihad
La
tradición cristiana narra sucesivas alianzas de Dios: con Adán, con
Noé,
con Abrahán, con Moisés y con Jesús. El Corán alude a las alianzas con
Adán,
Noé, Abrahán y la familia de Amrán (Corán 89/3,33 y 103), incluyendo en
esta
última a Moisés y a Jesús. A pesar de esto, el islam se hace a sí mismo
único y
excluyente heredero del legado judío y cristiano. En un sumario muy
esquemático, y en su peculiar versión, el islam se presenta como la
última
alianza (mithaq) con el nuevo «pueblo de Dios» (umma),
como
comunidad de los creyentes (mumin), que obedecen como
«auxiliares de
Dios» (ansar) en el «combate en el camino de Dios» (yihad),
para
la imposición de su «ley» (saría) en el mundo y la implantación
definitiva de su «reino» de sumisión (islam).
Hemos
de perder la ingenuidad ante tantos tópicos como circulan, ante las
fatuas
idealizaciones de un esplendor de la civilización islámica hace siglos
extinguido, precisamente por el triunfo final del Corán y la derrota de
la
razón. Destacaré tan solo unas pocas tesis:
–
Lo que la yihad implanta no es en absoluto el reino de Dios anunciado
por el
mesianismo, sino el régimen totalitario de una ley que niega y
atropella los
derechos del hombre y su dignidad.
–
Lo que la yihad práctica no son guerras justas en el camino de Dios,
sino
agresiones que violan el derecho internacional y encaminan más bien
hacia una
modalidad de barbarie.
–
Los que combaten en la yihad y mueren atacando no son mártires, ni
héroes, sino
terroristas, pobres diablos deshumanizados a consecuencia de la
ideología que
los fanatiza.
–
La yihad cultural y todos los discursos dirigidos a prestigiarla no
buscan la
verdad, sino que más bien levantan una colosal pirámide de mentiras
sobre
mentiras.
Antropológicamente
hablando, la violencia no es innata en el ser humano, sino aprendida.
Y
lamentablemente, el Corán enseña, justifica y santifica la violencia
como
sagrada y conforme a la voluntad de Dios, algo distintivamente islámico.
Según
el estudio codicológico del Corán, allí el mandato de obedecer a los
profetas aparece 76 veces; la obligación de temer a Dios, 150 veces;
las
amenazas contra los que no aceptan a Mahoma, 849 veces, con
advertencia de
castigos terribles, dolorosos y humillantes. En cambio, nunca se
encuentran en
el Corán palabras como amor o ternura en el sentido al que estamos
acostumbrados (cfr. Walter 2014).
No
es posible negar que, a la vista de sus libros
sagrados, el islam resulta ser la religión más propensa a la violencia.
La investigadora danesa
Tina Magaard
y su equipo, en la Universidad de Aarhus, han analizado minuciosamente
los
textos de las diez mayores religiones del mundo, en busca de su
eventual grado
de vinculación con la violencia. La conclusión obtenida está clara:
«Los
textos religiosos del islam piden a sus seguidores cometer actos de
violencia y
combatir en un grado mucho más elevado que cualquier otra religión. Los
textos
del islam son netamente distintos de los textos de otras religiones, en
la
medida en que hacen un llamamiento mucho más importante a la violencia
y la
agresión contra los adeptos de otras religiones. Hay además
incitaciones
directas al terror. Esto ha sido durante mucho tiempo un tabú en la
investigación sobre el islam, pero es un hecho que tenemos que
reconocer»
(citado en Sennels 2015).
En
el curso de las citadas investigaciones, Tina Magaard y su equipo han
comprobado en el Corán centenares de llamamientos directos a la lucha
contra
los adeptos de otras religiones. «Si es verdad que muchos musulmanes
consideran
el Corán como las palabras de Dios que no pueden ni reformularse ni
interpretarse, entonces tenemos un problema» (citado en Sennels 2015).
En
Alemania, las investigaciones realizadas por el Centro de Ciencias
Sociales de
Berlín (WZB) confirman la misma preocupación: el 75 por ciento de los
musulmanes en Europa creen que el Corán debe seguirse al pie de la
letra. Se
preguntan si la creciente cantidad de mezquitas y de imanes que
predican esos
textos, que consagran la yihad, no tendrá algo que ver con el aumento
del
terrorismo islámico.
Lo
cierto es que el islam se nos presenta como la única religión en la
que, cuanto
más devotos se hacen los fieles, más se inclinan por la violencia.
Aunque
pueda haber otros factores sociales que tener en cuenta, la
investigación
demuestra que, en el islam, existe una correlación innegable entre
religiosidad y voluntad de emplear la violencia. Las situaciones no
determinan por sí solas la manera de reaccionar ante ellas; esta
depende de la
interpretación. Los terroristas islámicos llegan a su convencimiento
radical,
principalmente en virtud de las exigencias de su religión y siguiendo
el
ejemplo de Mahoma. Puede verse, en Internet, un artículo sobre la
verdadera
causa del terrorismo islámico (Sennels 2017).
De
hecho, la supremacía del islamismo, cuando la ha conseguido, se ha
sustentado
siempre en la dominación militar sobre otras sociedades y en la férrea
opresión
tanto sobre las mayorías como sobre las minorías dentro de la propia
sociedad.
Es
un hecho que, con el auge de la doctrina salafista, la barbarie yihadí
ha
incrementado su presencia en nuestro mundo actual, en forma de amenaza
global:
basta observar los controles de seguridad instalados en todos los
aeropuertos
del mundo.
Al
final, después de recorrer prolijas lecturas, indagaciones y análisis
acerca de
los textos y las prácticas desarrolladas por los musulmanes a través de
la
historia, se va iluminando el campo del conocimiento y varía la óptica
con la
que contemplamos muchos acontecimientos. Hasta se vislumbra, en el
horizonte,
una visión más justa de las Cruzadas, entendidas como legítima defensa
frente
a los recurrentes embates de la yihad, soportados durante siglos.
El
filósofo chino Sun Tzu, en su
clásica obra El arte de la guerra, dejó escrito: «Conoce a tu
enemigo».
Quienes no lo conocen, se arriesgan a ser aniquilados.
Del
análisis del significado de la yihad se desprende, de
modo concluyente, que el recurso a la violencia multiforme está
codificado en
el libro del Corán y en la tradición de Mahoma. Hay una legitimación
teológica
y jurídica de la acción violenta, incluso una instigación para
ejercerla, aplicando
la estratagema, la coacción, el castigo, el homicidio y la guerra, todo
ello en
nombre de Dios. Así lo regula el derecho islámico y lo refrenda tanto
la
«palabra divina» como el comportamiento ejemplar y modélico del profeta
del
islam.
El
Corán y la ley islámica sancionan positivamente el
exterminio o la esclavización de los descreídos vencidos que se
resistan a
hacerse musulmanes. Establecen la subordinación y humillación para los
otros
monoteístas, sometidos al estatuto de dimmíes,
bajo pesados tributos (la yizia) y
severas restricciones.
El
Corán y la ley islámica diseñan y mandan instaurar en
todo el mundo el predominio de la umma, una sociedad
teocrática, un
sistema fuertemente jerarquizado, cuyo prototipo de igualdad se
supedita al rango
tribal y da por bueno el reparto asimétrico del botín, a ejemplo de
Mahoma en
Medina, donde queda impuesta y sacralizada la desigualdad radical de
las
mujeres y de los esclavos, donde se legitima divinamente el uso de la
violencia
en pro de la religión.
Una
vez más, el contraste con las fuentes cristianas
primitivas resulta muy marcado. La visión cristiana del mundo abre el
mensaje
de salvación a los gentiles, a todos los pueblos, como una misión que
no debe expandirse
por la fuerza. No obsta el que algunos hayan aducido en contra un
versículo del
Evangelio de Mateo, que dice: «No penséis que he venido a traer paz a
la
tierra. No he venido a traer paz, sino espada» (Mateo 10,34). Porque
ese dicho
no se entiende bien, si no se capta el sentido metafórico que tiene, y
queda
muy claro en el mismo texto. Lo que significa es que el cristiano debe
estar
dispuesto personalmente a romper con los lazos familiares jerárquicos
y
renunciar a sus propios intereses egoístas, cuando estos le resulten un
obstáculo para el seguimiento de Cristo. Los Evangelios apelan a la
conciencia
y la libertad de cada persona y la difusión del Evangelio se realiza
por
medio de la predicación y de un modo de vida que persuada y suscite la
fe:
«Esta
buena noticia del reino se proclamará en el mundo
entero, para dar testimonio a todas las naciones» (Mateo 24,14).
«Id,
pues, y haced discípulos de todas las naciones…»
(Mateo 28,19).
No
hay lugar para ninguna imposición violenta. Por el
contrario, en su enseñanza, Jesús recomienda a sus discípulos el amor a
los
enemigos (Mateo 5,44; Lucas 6,27 y 35); dice en una parábola que se
deje crecer
el trigo y la cizaña (Mateo 13,25-30); manda al apóstol Pedro que se
envaine la
espada (Mateo 26,52); reprende a sus apóstoles por desear que bajara
fuego del
cielo en venganza contra un pueblo samaritano que no los había recibido
(Lucas
9,54). Porque la sanción decisiva está únicamente en manos de Dios y,
en última
instancia, se remite al día del juicio. Todos estos mensajes significan
y
postulan una ética de renuncia a la violencia por parte del cristiano.
Pedro Gómez García, El sistema islámico. Componentes míticos,
rituales y éticos. Books on Demand, 2024, 2ª edición: 345-384. |
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