La razón acosada

1. El posmodernismo: la impugnación de la modernidad

PEDRO GÓMEZ





1. La modernidad clásica: bajo el paradigma determinista


En la Ilustración, la filosofía siguió dos caminos divergentes: racionalista-idealista y empirista-materialista. Los dos, sin embargo, compartían una concepción determinista del mundo. Evoquemos a Georg W. F. Hegel: el mundo es un despliegue de la Idea absoluta, en un proceso dialéctico que culminará en la Totalidad del Espíritu absoluto.


En el terreno político, a fines del siglo XVIII, acontece la Revolución francesa, una revolución política de signo dictatorial e imperial. Su emblema es Napoleón Bonaparte. Esta revolución desencadenó ataques masivos contra el cristianismo y la Iglesia.


Más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, destaquemos a Karl Marx con la teoría materialista de la historia y el materialismo dialéctico. Sin embargo, Marx fue un detractor de la modernidad. La realización de su pensamiento la plasmó Vladimir Lenin en la revolución bolchevique /comunista, netamente antimoderna.


A finales del XIX, con Friedrich Nietzsche, se plantea una quiebra aún más honda con la modernidad, al propugnar la liquidación de todos los valores, que conduciría al ateísmo, al nihilismo y al nacionalsocialismo.


En cuanto a las ciencias, fundamentalmente físicas, mantuvieron un enfoque, un paradigma y un método totalmente mecanicista y determinista, durante el siglo XIX y el primer tercio del siglo XX.



2. La modernidad crítica: quiebra del determinismo en el siglo XX


Las transformaciones operadas sobre todo en la física y en la epistemología de la ciencia en los dos últimos tercios del siglo XX han puesto en cuestión el paradigma determinista típico de la ciencia clásica:


En física, se formuló la teoría de la relatividad de Albert Einstein. En microfísica, la mecánica cuántica de Max Planck. A partir de la nueva física se describe una nueva imagen del mundo que llevará a considerar los límites del conocimiento científico y reconocer que la ciencia se halla ante un último enigma metafísico.


En el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, debemos subrayar la epistemología del racionalismo crítico, de Karl Popper. Los intentos filosóficos de una nueva ontología y una nueva antropología. Y la consolidación de la filosofía política democrática tanto frente al marxismo como frente al fascismo totalitario.


Todas estas transformaciones y otras concomitantes las designamos con la denominación de modernidad crítica. No es acertado hablar de posmodernidad como si se hubiera dejado atrás la modernidad, cuando de lo que se trata es de trascenderla críticamente, pero preservando sus logros.



3. El legado de Occidente impugnado por el posmodernismo


Desde una mirada histórica, cuando hablamos del mundo moderno aludimos a un conjunto de rasgos. De ellos hay que reconocer, aunque suele omitirse, que en gran medida están inspirados por el cristianismo, o son coherentes con los valores cristianos. Para contar con una referencia clara, destaquemos una serie de conceptos, derechos e instituciones típicamente modernas (aunque no exclusivamente): La ciencia empírica. El progreso tecnológico. La razón crítica filosófica. La conciencia y la libertad personal. La libertad de expresión. La igualdad entre los hombres. La igualdad ante la ley. La dignidad esencial de la mujer. Los derechos humanos. La abolición de la esclavitud. El libre mercado. La fundamentación de la democracia. La separación de poderes. El rechazo de la tiranía y del totalitarismo. El alcance universal de la verdad. La política basada en la ley. La ley al servicio del bien común. La preocupación por los pobres. La creencia monoteísta en el creador. La esperanza de salvación eterna.


El posmodernismo ataca, teórica y prácticamente, la mayoría de estos valores. Por ello, merece el calificativo de «antimodernismo».

 


4. Raíces del posmodernismo y la deconstrucción


¿De dónde proceden las ideas posmodernistas, que parecen tan discutibles y, sin embargo, están hoy tan difundidas y asimiladas por la gente? El posmodernismo tiene fuentes filosóficas y políticas, incluidas las de índole más patológica.


En la historia moderna en el siglo XX, se enfrentaron cuatro corrientes guiadas por las respectivas ideologías y utopías: el liberalismo, el comunitarismo marxistaleninista, el anarquismo y el fascismo. Da la impresión, irónicamente, de que el posmodernismo ha logrado combinar lo peor de cada una.


Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo se polarizó entre democracia y comunismo. Los Estados comunistas prohibieron la ideología liberal-democrática. En cambio, la ideología marxista no se prohibió en Occidente.


Desde los años 1960, se agravó el estancamiento económico, político y social en la Unión Soviética y Europa oriental, lo que conduciría con el tiempo al hundimiento del sistema marxistaleninista.


En 1973, Alexandr Solyenitsin publicó Archipiélago Gulag.


En la República Popular China, Mao Zedong desencadenó el caos mediante la Revolución Cultural (1966-1976).


En 1989, se produjo la imprevista caída del muro de Berlín, en Alemania oriental.


En 1991, aconteció la disolución impensable de la Unión Soviética.


Mientras tanto, en los países occidentales no dejaban de infiltrarse los mitos comunistas. En Francia, estallaba la revuelta marxista de Mayo del 68, juvenil y antisistema, con paralelos en California, Alemania y otros países.


En el París de aquellos años, fermentaba el mayor caldo de cultivo para las ideologías radicales. Resulta sintomático el hecho de que de París salieran, por un lado, Pol Pot, jefe supremo del partido comunista que perpetró el genocidio de Camboya (1974-1979). Y, por otro lado, Ruhollah Jomeini, supremo ayatolá que instauró, en 1979, la República Islámica de Irán. Eran dos versiones extremas, respectivamente, del totalitarismo marxista y el teocratismo islámico.


En los países democráticos de Occidente, los únicos donde había libertad, se expandía el utopismo revolucionario, marcado sobre todo por una mitología marxista, infiltrada en los medios académicos y sindicales. Pero la crisis filosófica y política, omnipresente, afectaba también, cada vez más, al marxismo de tipo soviético.


Ante la necesidad de responder a la crisis, los partidos y los intelectuales marxistas occidentales estaban decididos a salvar el totalitarismo comunista. Para tal fin, llevaron a cabo un giro estratégico, emprendiendo una reformulación actualizada del marxismo-leninismo ortodoxo. En consecuencia:

– Pusieron de actualidad la «teoría crítica» de la Escuela de Frankfort, con Max Horkheimer († 1973), Theodor Adorno († 1969) y Herbert Marcuse († 1979), orientada al análisis de la cultura y la ideología.

– Recuperaron la idea de reorientar el marxismo-leninismo hacia la «hegemonía cultural», según la propuesta de Antonio Gramsci († 1937).


Además, hubo nuevas generaciones de filósofos, que se convirtieron en mentores de la juventud. Entonces, las nuevas filosofías polimorfas, tomando pie en los escritos de Marx y de Nietzsche, cuya inquina antimoderna no hay que demostrar, efectuaron una amalgama de ambos y promovieron un tipo de pensamiento polimorfo, con perfiles sofisticadamente irracionales. De ahí lo que conocemos como posmodernismo.


En particular, tenemos que referirnos, muy brevemente, a los maestros pensadores más venerados de esta corriente, que son Michel Foucault y Jacques Derrida.


Michel Foucault († 1984) analiza como tema principal la microfísica del poder que, según él, penetra capilarmente todo el orden social. Extiende lo político, entendido como poder opresivo, a todos los ámbitos sociales. Concibe el poder como relación social polimorfa que por doquier vigila, normaliza, clasifica y castiga. Él quisiera desmontar todo lo instituido, porque, a su modo de ver, todo sería pura construcción política: no hay saberes sustanciales, no hay cuerpos naturales, no hay discursos universales, no hay verdades esenciales, no hay sujetos a priori.


El poder está vinculado intrínsecamente al saber y a las instituciones sociales, cada una de las cuales genera su propio discurso disciplinario mediante el que impone su autoridad. Sus análisis corrosivos enfilan la psiquiatría, la medicina, las prisiones, la sexualidad y las ciencias sociales. Todo sería biopoder y biopolítica, que deben ser contrarrestados. Así, a veces, hace un llamamiento al sujeto para que desvele esas estructuras, para que trate de librarse de toda forma de autoridad.


Hay casos en que los argumentos ad hominem resultan reveladores de la catadura intelectual y ética. Foucault fue tan perspicaz que saludó con entusiasmo la revolución islámica en Irán. También parece significativo, aunque cruel, recordar cómo padeció sida, una enfermedad cuya existencia negaba, pues la consideraba una invención capitalista para reprimir la sexualidad. Y cómo, al final, el paciente acudió al hospital para ser tratado. Por otra parte, años más tarde, un colega suyo reveló que había sido testigo de cómo el filósofo, estando en Túnez, había pagado para tener relaciones sexuales con niños: Michel Foucault fue acusado por Guy Sorman de abusar sexualmente de niños en Túnez.


Otro caso no menos significativo es el del célebre lingüista Noam Chomsky, pensador favorito de la izquierda, y abierto defensor de Mao, Castro, Pol Pot y Bin Laden. Por no mencionar que era también íntimo amigo del magnate pederasta internacional Jeffrey Epstein.


Jacques Derrida († 2004) ha llegado a ser otro gurú del antimodernismo. Su filosofía gira en torno a la teoría de la «deconstrucción», desde la que busca socavar los fundamentos de la tradición cultural occidental. Para hacer ver que los sistemas de pensamiento y los textos comportan contradicciones y es imposible determinar un significado fijo, rechaza conceptos primordiales como el de verdad absoluta, así como las oposiciones binarias que sustentan el orden de la sociedad. Busca descubrir diferencias y exclusiones que, según él, ofrecen una multiplicidad de posibilidades interpretativas. El fin de la deconstrucción es analizar críticamente y desmontar esas estructuras conceptuales, aniquilando su perverso logos. La cuestión es si lo que se hace no es inventar arbitrariamente, dado que ninguna interpretación admite forma alguna de con­traste objetivo. Por esto mismo, se sigue que cada deconstrucción puede ser deconstruida sin fin.


El enfoque de Derrida ha influido sobre todo en el feminismo, que se ha servido de la estrategia de deconstrucción para elaborar su peculiar visión de la diferencia sexual como construcción cultural y discursiva. Usando un procedimiento deconstructivo tan laxo e inobjetivable, que tanto sirve para afirmar una cosa como su contraria, las pensadoras feministas no tienen obstáculo en desarticular cualquier relación existente, o en fabular emancipaciones alternativas. La única condición es fabricar una jerga iniciática (como la que citaré más adelante) con la cual identificar, categorizar y denunciar desigualdades de género presuntamente injustas; luego, adoctrinar al grupo identitario para que se sienta ofendido y haga ruido en la sociedad hasta ser escuchado políticamente.


Sería de esperar que la «deconstrucción», para ser seria, nos diera una descripción adecuada de lo que es. Pero encontramos que no solo ejerce una actividad intelectual de interpretación de una realidad, sino que con ella mezcla sistemáticamente un juicio moral, que dicta lo que debe ser. Un juicio sacado de ninguna parte, a no ser de un impulso emocional, o acaso de una prepotente voluntad de poder. Ahora bien, debemos aclarar que la descripción del ser y la prescripción del deber ser jamás se infieren una de otra. Hacerlo constituye una transgresión epistemológica, un falaz paralogismo.


A los maestros de la deconstrucción seguiría luego, hasta nuestros días, un tropel de epígonos (cuya lista resultaría demasiado larga). Como rasgo común de estos autores cabe decir que utilizan a Nietzsche para salvar a Marx. Y así, aunque desarrollan teorías muy dispares, coinciden con sus inspiradores en la falta de coherencia en el plano intelectual y en el plano moral, animados siempre por la pretensión de subvertir los principios y fundamentos de la sociedad moderna occidental.


El proyecto de fondo convoca siempre a la erosión de la cultura europea, desde dentro, mediante un ataque concertado y permanente contra el mundo moderno. De ahí deriva la variedad de avatares del posmodernismo progre de los últimos decenios.


Por otro lado, más recientemente, por más que nos parezca incomprensible y sea disparatado, los progresistas están dando su apoyo al islamismo. Han sellado una especie de alianza contra natura, que algunos designan hoy como islamoizquierdismo. Ahí se observa una convergencia entre el posmodernismo de los progres y el antimodernismo de los ma­ho­metanos. Ambos coinciden en el deseo de acaparar el poder y las riquezas despojando a la sociedad, cada uno en nombre de sus dioses. Ambos proyectos rivalizan en su afán por apoderarse del Estado y transformar la sociedad en una cárcel inmensa. Ambos comparten el sueño de la lucha final, o la yihad: la cancelación del pasado, la ruina de la civilización occidental y cristiana.

 


5. Las cuatro generaciones posmodernas


Si ciertos análisis teóricos del primer posmodernismo podían tener efectos saludables en cuanto labor crítica frente al estancamiento social, luego, las derivaciones ulteriores incurrieron cada vez más en graves arbitrariedades, aberraciones y planteamientos antimodernos.


Hay distintos puntos de vista sobre las generaciones habidas tras la Segunda Guerra Mundial, según el año de nacimiento. Por ejemplo, el que establece las siguientes categorías: tradicionales (nacidos antes de 1946); boom infantil (1946-1964); generación X (1965-1980); generación millennial (1981-1996); generación Z (1997-2010); generación Alfa (2011 en adelante).


Por otra parte, con mayor precisión, se suelen reseñar cuatro períodos del pensamiento posmodernista, que vienen a ser como cuatro generaciones sucesivas, desde los años 1960 a la actualidad; aunque, en ocasiones, un mismo autor evolucionó de una fase a otra.


1ª. El primer período posmodernista (de 1960 a 1980) se caracteriza por la deconstrucción teórica de los fundamentos socioculturales existentes. Su filosofía postulaba que toda producción social es relativa, de modo que en el fondo nada tiene un sentido sustancial. Estos críticos radicales del sistema occidental, del que vivían, no fueron más allá de la deconstrucción especulativa para discípulos iniciados. Ellos permanecieron bien instalados en la pasividad, cuando no en el cinismo.


2ª. El segundo período posmoderno (desde 1980 a 1990 aproximadamente) manifiesta interés por llevar sus ideas a la práctica: se proponían deslegitimar y desmontar del todo la tradición, la costumbre y la religión. Los activistas posmodernos se fueron infiltrando poco a poco en las instituciones, en busca de la hegemonía cultural en la universidad, los medios informativos, el cine, la moda, los partidos políticos y la Iglesia de base. Entraban en contacto con «grupos marginados», o bien los organizaban, con el fin de adoctrinarlos para el «empoderamiento» y la lucha social, sobre todo mediante reivindicaciones identitarias. Como ejemplos, el movimiento feminista clásico, el movimiento homosexualista, la legalización del divorcio, la despenalización del aborto. Y también los nacionalismos étnicos.


3ª. El tercer período de pensadores posmodernos (desde principios de los años 1990 hasta 2010) desarrolla teorías fuertemente politizadas, que dan lugar a diversas disciplinas de estudio y corrientes de acción bajo la etiqueta de «investigación en justicia social». Al mismo tiempo, se procuró una redefinición del progresismo, con nuevas estrategias para la conquista del Estado (así ocurre en el Foro de São Paulo, 1990). El modo de proceder consiste en seleccionar minorías que, por su posición social o su diferencia, se sienten «discriminadas». Las movilizan para que exijan ser reconocidas, reivindicadas y recompensadas. La militancia arremete contra los valores sociales establecidos (que, sin embargo, con frecuencia poseen una objetividad fundada en la naturaleza humana y en una larga historia civilizatoria). En concreto, la idea de «justicia social» posmoderna comporta: el «empoderamiento» de identidades o situaciones consideradas anómalas; la llamada «discriminación positiva» de grupos «marginados»; la institución jurídica de privilegios identitarios. Y a la inversa: a los disidentes los censuran, los silencian, los cancelan y, si pueden, los calumnian y los meten en prisión.


4º. El período actual (desde 2010) podemos asimilarlo con el llamado movimiento woke. Extrañamente el wokismo surge cuando las demandas de los grupos discriminados ya han sido atendidas en las sociedades occidentales, donde es un hecho la aceptación del feminismo, el reconocimiento de los derechos sexuales, la no discriminación racial, la legalización del aborto, el matrimonio jurídico entre homosexuales. Pero ahora exhiben un celo puritano que mira más allá, rastreando desigualdades e injusticias mucho más sutiles, reales o imaginarias, contra las que van a dirigir su lucha.


El wokismo (woke significa literalmente «despierto») es la designación de la última derivación del progresismo retrógrado criptomarxista. Aparece como una ideología difusa, confusa, camaleónica e histérica, que juega con diversos componentes provenientes del feminismo, el sexualismo, el identitarismo, el indigenismo, el ecologismo, etc. Los combina de manera doctrinaria, con un patente desinterés por la realidad social y la opinión de los ciudadanos, y con total desprecio hacia los hechos de la historia, hacia las normas de convivencia y hacia el Estado de derecho.


Las teorías/ideologías/mitologías de este progresismo patológico se disfrazan de mil maneras, pero siempre reconoceremos en ellas la reivindicación de una sedicente «justicia social» progre, bastante dudosa, porque su política aplica una ingeniería social de efectos antisociales, mediante la cual va allanando el terreno al advenimiento del totalitarismo de siglo XXI.


En este afán se da una extraña confluencia tácita entre las entidades neomarxistas, la masonería globalista, el totalitarismo chino y hasta, en parte, el yihadismo islámico. Como en un falaz contubernio, aparecen vinculados, a veces, partidos políticos de ambos lados del espectro.


Los «activistas del progresismo» dirigen sus esfuerzos a potenciar grupos identitarios, concebidos en el marco de una estructura de poder. Ellos se proponen destruir esta estructura, con el espejismo de reconstruirla desde cero. Sus tácticas políticas se dirigen a desmantelar las jerarquías asentadas, que por definición consideran injustas desde su ideología. Autojustificados con esta obsesión, exhiben hacia la galería un rigorismo moral y político de signo maniqueo: o ellos, o nosotros. Entonces levantan un muro frente al enemigo. Ya no se respetarán principios ni reglas compartidas: todo discurso disidente, toda organización opuesta será deslegitimada, reprimida y, si es posible, aniquilada.