La razón acosada

2. Anatomía del posmodernismo: ideología y política

PEDRO GÓMEZ





SUMARIO


El capítulo caracteriza el posmodernismo como una ideología que, a juicio del autor, se define por el rechazo frontal de los fundamentos de la modernidad: la razón objetiva, la ciencia, el lenguaje como vehículo de la verdad, la naturaleza humana universal y la idea de progreso. Según la tesis central, el pensamiento posmoderno concibe todo conocimiento, valor y cultura como construcciones sociales arbitrarias, producidas por grupos dominantes para ejercer poder, de modo que las relaciones sociales se reducen a una lucha entre opresores y oprimidos.

     El autor sistematiza esta posición en cuatro principios: la supresión de los límites entre categorías tradicionales; la reducción del lenguaje a instrumento de poder, con la «deconstrucción» y el lenguaje inclusivo como estrategias; la absolutización del relativismo cultural, que haría inviable la crítica entre culturas; y la primacía de la identidad colectiva sobre la personal, con la consiguiente negación de la libertad y la responsabilidad individuales.

     Finalmente, se sostiene que el posmodernismo constituye una versión encubierta del marxismo-leninismo, orientada a deconstruir las instituciones occidentales y, en última instancia, a un control estatal totalitario, y que esta mentalidad ya habría penetrado ampliamente en Occidente.

 

***


1. La ideología posmodernista: qué rechaza y qué propone


¿Cómo debemos describir lo esencial del posmodernismo? ¿Cómo entender las notas constitutivas de su núcleo duro, es decir, su estructura, su funcionamiento y su significado definitorio? Por empezar con un rasgo común, digamos que la filosofía posmodernista se singulariza por un rechazo frontal de las bases de la modernidad, aunque su proceder no siempre sea coherente o sistemático.


La era de la modernidad se caracterizaba por la razón objetiva, el lenguaje comunicativo, la naturaleza humana universal, el progreso técnico, ético y político.


Por el contrario, más allá de la posmodernidad en un sentido más neutro o discernible, lo que ha dado en llamarse posmodernismo se caracteriza por una posición radicalmente escéptica. El posmodernismo rechaza, en primer lugar, la ciencia, negando que se pueda alcanzar un conocimiento objetivo; en segundo lugar, la razón filosófica, afirmando que no hay verdades ni valores universales; en tercer lugar, que el lenguaje refleje lo real, y niegan que formule y comunique la verdad.


La tesis básica posmoderna sostiene que todo conocimiento, verdad, valor, toda cultura no es más que una construcción social arbitraria, subjetiva y relativa, producida por un grupo, desde sus intereses y para imponer su poder opresor. De modo que reducen todas las relaciones sociales exclusivamente a una lucha de poder: todo es política, entendida como enfrentamiento entre opresores y oprimidos.


Desde su perspectiva, juzgan que la ciencia, el lenguaje y todas las categorías establecidas socialmente forman parte de un sistema de poder opresor, construido por los grupos dominantes. De ahí que el posmodernismo proponga la deconstrucción de todas las instituciones, las normas, las costumbres, los saberes y el lenguaje de nuestra sociedad.


Tal proyecto de deconstrucción convierte al posmodernismo en una ideología radical y un movimiento político intolerante, dirigido expresamente a desestabilizar las sociedades de Occidente. Tal mentalidad sectaria promueve un activismo polimorfo en contra de nuestra civilización, puesto que la juzgan organizada conforme a una lógica opresiva.


En su visión maniquea, diagnostican que hay unas posiciones de poder representadas por las identidades dominantes: los hombres blancos, occidentales, heterosexuales, patriarcales, como colectivo, que son culpables de avasallar a las identidades marginadas: mujeres, minorías étnicas, minorías sexuales.


Por lo tanto, insisto en que el posmodernismo no significa solo algo que viene después de la modernidad, sino más bien algo que está en contra del mundo moderno, por mucho que utilice instrumentalmente sus logros. Porque «la meta de los posmodernistas no es otra que la abolición de todos los valores, normas, reglas sociales y métodos científicos convencionales. No ven ningún valor inherente a estos conceptos, sino que los interpretan exclusivamente como instrumentos de opresión» (Kaiser, 2023a).



2. Los cuatro principios del posmodernismo


Para una descripción general del posmodernismo podemos sistematizar cuatro principios fundamentales, que son los que, a menudo sin tomar conciencia, mueven los hilos desde de ese tipo de pensamiento:


A. La supresión de los límites entre las categorías normales.

B. La reducción del lenguaje a instrumento de poder.

C. La absolutización del relativismo cultural.

D. La primacía de la identidad colectiva sobre la personal.

 

A. La supresión de los límites entre las categorías normales


Cuestionan toda delimitación entre categorías sociales básicas, socavan su validez y las reinterpretan como mera máscara del poder: quieren borrar la oposición entre objetivo y subjetivo, conocimiento y creencia, ciencia y arte, alta cultura y cultura popular, natural y artificial, mujer y hombre, humano y animal, humano y máquina, salud y enfermedad, cordura y demencia. Defienden que estos límites conceptuales deben desaparecer porque, según su sectario veredicto, encasillan, etiquetan y oprimen.

 

B. La reducción del lenguaje a instrumento de poder


Interpretan todos los conceptos establecidos como construcciones sociales que se vierten en el lenguaje, en discursos o relatos que generan poder. Mediante ellos se controla la forma de pensar y se ejerce el poder en la realidad social. Puesto que el lenguaje ordinario es obra de los grupos privilegiados, y es siempre opresor, creen necesario analizarlo y cambiarlo. A la zaga de Derrida, se afanan en la «deconstrucción» de todos los textos y las palabras, para sacar a la luz la estructura de opresión que se presupone subyacente.


Para el posmodernismo, el lenguaje no representa ni comunica la realidad, solo codifica visiones subjetivas en conflicto. Como los discursos dominantes se declaran injustos, resulta un deber moral denunciarlos, silenciarlos, reprimirlos mediante la ley y, llegado el caso, con la violencia. A esa represión es a lo que llaman «justicia social». Por supuesto se trata de algo estrictamente subjetivo; pero la subjetividad posmoderna y progre se reivindica incuestionable.


En la práctica, se emplean estrategias para diseminar un lenguaje «políticamente correcto», un «lenguaje inclusivo», etc., lo que conduce a la distorsión del habla y a la represión de la libertad de expresión. Al objeto de potenciar la sensibilidad emocional de las identidades marginadas, se vuelve obligatoria una jerigonza que redefine en sentido neomarxista los términos «igualdad», «justicia social», «diversidad», «inclusión», «identidad oprimida», «visibilización equitativa», «empoderamiento», etc. O bien retuercen el léxico de forma pleonástica: no se dice cojo, sino «persona con movilidad reducida»; no ciudadanos, sino «ciudadanía»; no moro, sino «persona magrebí»; no gitano, sino «persona de etnia gitana»; no mahometano, sino «musulmán»; no negro, sino «persona de color» o «subsahariana»; no médico, sino «persona dispensadora de cuidados médicos»; no madre, sino «progenitor gestante»; no aborto, sino «interrupción voluntaria del embarazo»; no eutanasia, sino «derecho a una muerte digna», considerando el suicidio asistido como «un servicio social y sanitario más»; etc. A todo aquel que utilice otro lenguaje se le denunciará por emplear un «discurso de odio», por cometer un «delito de odio». No se nos ocurra decir «negro», «ciego», «minusválido», «maricón», o «gordo».


Otra necedad lingüística radica en la confusión entre género sexual y género gramatical, que visibiliza el grado de analfabetismo. ¿Y qué decir de la insensatez de proponer reescribir el Quijote en perspectiva de género y ecológica?


Lejos de percibir o pensar la realidad, en la que no cree, el progre posmodernista aplica esquemas preconcebidos, repetidos como mantras, que categorizan la sociedad según la metafísica burocrática neomarxista. Y la cosa no se queda en las palabras talismán o en expresiones eufemísticas, sino que se despliega en múltiples relatos falsos, o que fingen de cabo a rabo realidades inexistentes, o diseminan noticias incompatibles con los hechos objetivos.

 

C. La absolutización del relativismo cultural


No hay verdad, ni valores objetivos, repiten. Todo son construcciones sociales, interpretaciones, perspectivas relativas, enunciadas en constructos lingüísticos vinculados, a su vez, con posiciones de poder de un grupo identitario.


Las distintas interpretaciones no son evaluables nunca en términos objetivos. Aunque, contradictoriamente, dan a la interpretación posmoderna un valor absoluto, al tiempo que descalifican y denigran todas las demás, proyectando así, desde su subjetividad, un abstracto conflicto entre opresores y oprimidos.


No admiten la crítica cultural de un grupo a otro (vista como muestra de poder opresor). Sin embargo, dan valor categórico a la crítica procedente de los grupos que la teoría posmoderna ha definido como oprimidos o marginados.


Cuando se trata de culturas diferentes, afirman que es imposible la comparación. No se podría juzgar nada acerca de las instituciones y costumbres de otra civilización.

 

D. La primacía de la identidad colectiva sobre la personal


La visión posmodernista de la sociedad despoja de todo significado al concepto de identidad personal, la individualidad dotada de conciencia y libertad, que actúa con autonomía, alegando que es solo una creación cultural, sin más fundamento que el discurso de poder propio del grupo de pertenencia.


Igualmente, niegan que sea válido el concepto de lo universal, por lo que no admiten que exista una naturaleza humana universal, unos principios éticos universales, o una razón común a la humanidad. Estas ideas serían igualmente solo una manifestación del saber/poder dominante.


 Así, una vez que han descartado lo personal y lo universal, afirman que solo hay grupos diferentes con una identidad colectiva grupal. Así, la teoría posmoderna da la primacía a los grupos de identidad, único nivel que reconoce: una identidad marcada por el sexo, la raza, la salud, la moda, la historia, etc. Cada grupo genera sus propios saberes, valores y discursos. En cada grupo, las personas perciben y experimentan la realidad de manera semejante, determinada por la entidad colectiva a la que pertenecen, marcada por la lucha de poder frente a otros colectivos. Pero, al negar la identidad personal, se destruye la libertad y la responsabilidad. No tiene ningún sentido presionar a alguien para que reconozca que ejerce una «opresión» de la que no es personalmente responsable.


El posmodernista toma partido por los grupos identitarios que su teoría llama «marginados», y los incita a reafirmarse combatiendo a los que llama «opresores», por el simple hecho de sustentar las categorías normales de la sociedad.


Como solo hay perspectivas subjetivas privativas de cada grupo identitario, no se admite que uno critique a otro grupo de identidad (pues solo estaría proyectando sobre él la interpretación del propio grupo). Tampoco se admite que se pueda criticar nada de otra cultura, puesto que no hay verdad universal de referencia. Pero las consecuencias de tales prejuicios son nefastas.


En síntesis, tanto en el ámbito individual como en el social, el posmodernismo se puede describir como una deriva irracional del pensamiento; una desviación patológica que argumenta sobre la base de emociones primitivas, lo que ocasiona una degeneración de la praxis, situándola al margen de la moral y de la ética política.



3. La deriva política: del relativismo al totalitarismo


La trama posmodernista con sus múltiples avatares constituye, en realidad, una máscara del marxismo-leninismo, cuya meta sigue siendo el Estado totalitario, un camino que pasa por una sociedad que hay que degenerar, hasta deshumanizarla, para que se someta. Porque el «hombre nuevo» (Negro, 2007-2008), el «reino del hombre», la «justicia social», que el progresismo anuncia y persigue como encarnación de la utopía no pasa de ser una fantasía inalcanzable, un señuelo para idealistas desprevenidos. La historia demuestra cómo todo intento de implantar la utopía acaba inexorablemente en el terror.


El objetivo general perseguido, adonde apuntan todas las teorizaciones, mitos y utopías del posmodernismo progre no es otro que la deconstrucción de los saberes, las normas y los valores establecidos estructuralmente en la cultura occidental moderna.


Aquí, los caminos posmodernos del progresismo deletéreo pasan por la ingeniería social manipuladora. Sus progresos estriban en desestabilizar y destruir las instituciones sociales existentes, la normalidad cívica, política, ética y estética. Su meta final anhela la demolición de Occidente y, mediante una tolerancia represiva, ir a la instauración del control total del Estado sobre la sociedad y las personas.


Lamentablemente, el pensamiento posmoderno ya ha colonizado en gran parte la mente de los occidentales. Ha distorsionado nuestra percepción de la realidad, ha destruido nuestros valores y está socavando los cimientos de nuestras estructuras culturales.