El auge del «cristianismo perdedor»

RAYMOND IBRAHIM





¿Quién se beneficia convenciendo a los cristianos de «perder el argumento»?


Durante la Copa Mundial de la FIFA 2026 —una celebración global de la competición, la excelencia y la voluntad de vencer—, a millones de espectadores se les dijo que lo verdaderamente cristiano es… perder. Intencionadamente.


Ese fue el mensaje de otro anuncio de la campaña publicitaria de grupos cristianos conservadores, He Gets Us («Él nos entiende»), titulado literalmente Lose («Pierde»).


Su tema general es que hay cosas más importantes que ganar. Esto es cierto, desde luego, pero además se animaba a los espectadores a hacer cosas como «perder el argumento, intencionadamente».


Semejante mensaje está, por supuesto, en consonancia con anteriores anuncios de Él nos entiende.


Durante la Superbowl de 2024, Él nos entiende emitió otro anuncio titulado «Foot Washing» («Lavar los pies»). Constaba de una serie de imágenes consecutivas de personas lavando los pies a otras personas.


De nuevo, las imágenes parecían inocuas... hasta que el modelo se volvió inconfundible. Buena parte de quienes lavaban los pies parecía encajar en un perfil «estadounidense» tradicional, mientras que la mayoría de quienes recibían el lavado no. Entre las imágenes había una mujer blanca lavando los pies de un inmigrante hispano ilegal —de aspecto bastante dudoso—; una mujer blanca lavando los pies de una mujer musulmana con hiyab; un hombre blanco lavando los pies de un indígena estadounidense; y un clérigo cristiano blanco lavando los pies de un hombre/mujer «trans» negro.


Al final, se formula el supuesto punto «profundo» del anuncio: «Jesús no enseñó el odio. Lavó los pies».


Así lo hizo. Pero también enseñó muchas otras cosas, como que las personas deben arrepentirse de sus pecados o enfrentarse a los fuegos de la gehena, e incluso recurrió a la violencia, volcando mesas y expulsando a latigazos a los cambistas del templo.


A pesar de ello, ¿por qué se recuerda a los cristianos siempre y únicamente el lavado de pies y el poner la otra mejilla?


¿Será acaso porque quienes patrocinan tales mensajes en realidad desprecian a los cristianos y buscan paralizar su influencia en la sociedad?


En cualquier caso, más allá de instar a los cristianos a lavar los pies, ahora se les insta a perder intencionadamente.


Ciertamente, el cristianismo sí ordena a los cristianos perder: perder su orgullo, su codicia, sus lujurias, incluso su propia vida (Mateo 16,25).


Sin embargo, las Escrituras nunca ordenan a los cristianos perder —es decir, renunciar intencionadamente a— la verdad, que es en torno a lo cual giran los argumentos.


Por el contrario, Jesús desafió y ganó repetidamente argumentos contra fariseos, saduceos y escribas, incluso contra el propio Satanás. Cristo nunca perdió intencionadamente un argumento por el mero hecho de parecer «misericordioso».


De manera similar, se exhorta a los cristianos a «combatir ardientemente por la fe» (Judas 3); a «estar siempre dispuestos a dar respuesta» (1 Pedro 3,15); a nombrar líderes capaces tanto de enseñar la sana doctrina como de «refutar a los que contradicen» (Tito 1,9). Pablo llega incluso a afirmar: «Destruimos sofismas y toda altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios» (2 Corintios 10,5).


Nótese la distinción. A los cristianos se les ordena sacrificarse a sí mismos. No se les ordena sacrificar la verdad; al contrario, se les ordena sostenerla, hasta la muerte misma.


Por ello, el llamamiento literal del anuncio de Él nos entiende a que los cristianos «pierdan el argumento intencionadamente» resulta tan anticristiano.


El cristianismo conquistó el Imperio romano no porque los apóstoles perdieran intencionadamente su argumentación, sino porque persuadieron a otros mediante la verdad. incluso cuando ello les costaba la vida. Los primeros Padres de la Iglesia no cedieron ante los filósofos paganos; les respondieron con audacia y sin disculpas. Atanasio pasó gran parte de su vida en el exilio precisamente por negarse a «perder el argumento».


La ironía se profundiza aún más si se considera dónde se difundió este último mensaje «perdedor»: el Mundial, un gran evento deportivo, es decir, un evento inconcebible sin el cristianismo.


Puede que hayan oído que empleo el término «cristianismo musculoso», con el que me refiero a una forma robusta, viril y firme de cristianismo, la que se practicaba ampliamente antes de la era moderna y antes de la aparición de su antítesis, lo que denomino «cristianismo felpudo»: la idea de que el cristianismo comienza y termina con ser amable y dejar que todo el mundo pase por encima de uno.


Da la casualidad de que existió un movimiento anterior, en el siglo XIX, también conocido como «cristianismo musculoso». Surgió en Gran Bretaña precisamente como reacción frente a la creciente tendencia a equiparar el cristianismo con la pasividad y la debilidad física. Sus principales exponentes, Charles Kingsley y Thomas Hughes, sostenían que Dios quería que los cristianos cultivaran el valor, la disciplina, la fortaleza y la excelencia. El cuerpo, escribió Hughes, debía entrenarse «para la protección del débil» y «el avance de todas las causas justas».


El movimiento influyó profundamente en el deporte moderno, lo cual no resulta sorprendente si se considera que Pablo compara repetidamente la vida cristiana con una competición atlética, exhortando a los creyentes a «correr de tal manera que obtengáis el premio» (1 Corintios 9,24).


La organización mundial Asociación Cristiana de Jóvenes adoptó el entrenamiento físico como parte de la formación cristiana. El baloncesto se inventó en una asociación cristiana de jóvenes como un juego pensado para cultivar el carácter cristiano. Theodore Roosevelt se convirtió en uno de los defensores más influyentes del cristianismo musculoso, sosteniendo que la competición exigente producía valor y fortaleza moral. Incluso los ideales educativos que ayudaron a inspirar el moderno movimiento olímpico estuvieron profundamente influidos por esta tradición.


En otras palabras, buena parte del deporte moderno organizado fue configurada por cristianos que creían que la competición vigorosa, desarrollada con honor, contribuía a formar hombres virtuosos.


Y ahora, desde ese mismo escenario del atletismo, se dice a los cristianos que lo verdaderamente cristiano es... «Perder. Intencionadamente».


Toda civilización ha exaltado las virtudes que le permiten prosperar. Roma ensalzó la fortaleza. Esparta admiró el valor. El islam ha celebrado durante largo tiempo la yihad. La cristiandad medieval veneró a los santos, pero también honró a los defensores, hombres como el Cid Campeador, Godofredo de Bouillon, Ricardo Corazón de León, Jorge Skanderbeg y tantos otros que comprendieron que la caridad y el valor, la piedad y la destreza, no son opuestos.


Solo el cristianismo occidental moderno parece obsesionado con exaltar una única virtud, con exclusión de todas las demás: la rendición, la misma «virtud» que solo sirve para fortalecer a las fuerzas anticristianas.


Por lo demás, ¿no resulta curioso que se busquen en vano campañas que insten a los islamistas a lavar los pies de los cristianos, en lugar de degollarlos? Tampoco se insta jamás a los revolucionarios de izquierda a «perder intencionadamente», en vez de apoderarse de cuantas instituciones puedan.


Resulta interesante que tales exhortaciones se reserven exclusivamente para quienes ya toleran más que nadie: los cristianos. Al parecer, son ellos quienes siempre necesitan que se les recuerde —es decir, que se les haga sentir culpables para hacerles creer— que deben rendirse más, perdonar más, ceder más y exigir menos a los demás.


La finalidad de todo este tipo de mensajes debería resultar ya evidente.


Un cristianismo enseñado a confundir la mansedumbre con la debilidad solo sirve a quienes se oponen al cristianismo, e incluso lo desprecian.


Cristo nunca instruyó a sus seguidores para que se convirtieran en felpudos. Los instruyó para que se convirtieran en santos. Los santos lavan pies, pero también confrontan a los reyes; perdonan a los enemigos, pero también desenmascaran la falsedad; renuncian a la riqueza, la comodidad, la reputación, incluso a la vida misma, pero jamás renuncian a la verdad.


El cristianismo histórico no transformó el mundo enseñando a los hombres a perder, sino enseñándoles a conquistarse a sí mismos —y después al mundo— con la verdad.



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