Barbaros:
serie musulmana que celebra la esclavización masiva de cristianos
RAYMOND IBRAHIM
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Y mientras tanto, Occidente
demoniza a los héroes cristianos que resistieron.
Planteemos este enigma: ¿por
qué el mundo occidental solo produce películas dedicadas a demonizar su
pasado
cristiano, mientras que el mundo musulmán produce películas que
glorifican su
pasado yihadista?
Tomemos como ejemplo Barbaros:
Sword of the Mediterranean, una serie de televisión escrita y
producida en
Turquía en 2021. Esta serie, altamente ficcionalizada, gira en torno a
cuatro
hermanos musulmanes reales y sus hazañas navales y batallas contra los
estados
marítimos cristianos del Mediterráneo.
Si bien la serie retrata a los
hermanos como héroes grandes y nobles que sacrificaron mucho para
«defender» al
Imperio otomano frente a la Europa cristiana, la historia —la historia
real,
verídica, documentada— cuenta una historia completamente distinta.
Los hermanos nacieron de una
unión impía entre un turco musulmán y una esclava cristiana en la
conquistada
isla griega de Lesbos. Manifestaron un odio extremo hacia los
cristianos y se
entregaron a comportamientos viles y desenfrenados, escandalosos
incluso para
la época.
El hermano mayor, Aruj, era
tristemente célebre por obscenidades tales como morder y desgarrar la
garganta
de sus cautivos cristianos, para después devorarles la lengua. En
cierta
ocasión, ató y retorció una cuerda alrededor de la cabeza de un
caballero de
San Juan hasta hacerle saltar los ojos de sus órbitas.
Las incursiones esclavistas
—aún más exitosas y sádicas— lanzadas por el hermano menor de Aruj,
Jizr
(1478-1546), quien vivió mucho más tiempo que él, fueron tales que
llegó a ser
conocido entre los cristianos como el «rey del mal» y, por contraste,
entre los
musulmanes como la «bondad del islam»: Jayr al-Din, el sobrenombre por
el que
la historia lo recuerda. Había jurado no cesar jamás sus incursiones
contra la
cristiandad «hasta haber matado al último de vosotros y esclavizado a
vuestras
mujeres, vuestras hijas y vuestros hijos». Dada la duración de su
carrera, este
juramento se tradujo, como era de esperar, en la captura de incontables
cristianos a lo largo de los años.
Por ejemplo, tan solo a lo
largo de las doscientas millas de costa entre Valencia y Barcelona,
capturó y
esclavizó a diez mil cristianos. En otra incursión devastadora, se
llevó a
trescientos niños y monjas. Solimán «el Magnífico» quedó tan
impresionado por
las incursiones de Jayr al-Din —fue el propio sultán quien lo apodó por
primera
vez «la bondad del islam» / khair al-din— que en 1533 elevó a
este
antiguo pirata al rango de gran almirante de la armada otomana.
Ahora, con todo el poderío de
la armada turca a su disposición, el terror que sembraba sobre la
cristiandad
se disparó.
Puede resultar difícil imaginar
cuán devastadoras fueron estas incursiones esclavistas, sobre todo en
el clima
actual, en el que la esclavitud suele percibirse como una empresa
exclusivamente europea. Baste decir que, en el siglo XVI, el número
medio de africanos
vendidos por otros africanos a los europeos en un año (3.200)
equivalía,
aproximadamente, al número de europeos esclavizados por musulmanes en tan
solo unas pocas incursiones.
El testimonio conservado del
francés Du Chastelet refleja el terror y el trauma que experimentaban
los
cristianos al ser esclavizados por los habitantes de Berbería: «En
cuanto a
mí», escribió sobre el momento de su captura, «advertí que un gran moro
se me
acercaba, con las mangas remangadas hasta los hombros, empuñando un
sable en su
gran mano de cuatro dedos; me quedé sin palabras». A continuación,
explica cómo
el aspecto y el porte extranjeros de su captor «me aterrorizaron mucho
más de
lo que se aterraron los primeros seres humanos ante la espada llameante
a la
puerta del Edén».
Había buenas razones para tal
terror: mientras que la trata transatlántica europea de africanos
estaba
impulsada por el frío cálculo comercial, la trata musulmana de europeos
estaba
impulsada por el odio hacia los infieles. Este punto se repite
constantemente
en las fuentes. Así, los cautivos capturados durante estas incursiones
que,
tras ser examinados, resultaban inútiles o improductivos (por ser
demasiado
ancianos o enfermos, por ejemplo) eran cruelmente torturados antes de
que sus
cuerpos mutilados fueran arrojados de vuelta en las costas de Europa, a
menudo
con notas burlándose del cristianismo prendidas a sus cadáveres.
De manera similar, cuando el
sacerdote francés Jerôme Maurand —quien, en el marco de la entonces
(absolutamente escandalosa) alianza franco-otomana contra Carlos V,
presenció
en 1544 la conquista corsaria de la isla italiana de Lípari— no lograba
comprender
por qué los musulmanes torturaban tan gratuitamente a la población ya
esclavizada, incluyendo el destripamiento en vida y el desmembramiento
a
cuchillo de sus cautivos ancianos y débiles, «por puro despecho».
Incapaz de guardar silencio,
«preguntó a aquellos turcos por qué trataban a los pobres cristianos
con tal
crueldad, [y] estos respondieron que semejante comportamiento tenía una
gran
virtud; esa fue la única respuesta que obtuvimos jamás».
Asimismo, en su Libro de los
mártires del siglo XVI, John Foxe escribió que «en ninguna parte
del globo
se odia tanto a los cristianos, ni se los trata con tal severidad, como
en
Argel», donde los esclavos eran tratados habitualmente «con perfidia y
crueldad». Siglos después, nada había cambiado: «En casi todos los
casos»,
escribió Robert Playfair a finales del siglo XIX, «eran odiados [los
esclavos
europeos en Argel] a causa de su religión».
No solo la mayoría de las
mujeres eran esclavizadas sexualmente, sino que —quizá como parte del
sadismo
que se sentía hacia los cristianos— también lo eran casi todos los
niños y los
hombres más apuestos. Eran adquiridos por «personas tan abominables que
solo
compran esclavos con esta idea… de hacerlos ceder a sus horrendos
deseos». De
hecho, «todas las capitales de Berbería —pero en especial Argel— tenían
culturas homosexuales abiertas y florecientes: la prostitución
masculina [en la
que casi todos eran esclavos blancos y cristianos] estaba… ampliamente
disponible».
En cualquier caso, esto es, al
parecer, de lo que Turquía se enorgullece: musulmanes que «defienden»
el islam
invadiendo tierras occidentales para aterrorizar, masacrar y esclavizar
a sus
pueblos, alegando como «agravio» que los cristianos impenitentes son
infieles
que rechazan el llamado del islam.
Tampoco este sentimiento se
limita a un oscuro productor de cine y a unos pocos turcos: se comparte
hasta
la cúspide misma de la jerarquía turca. El presidente Recep Tayyip
Erdoğan
elogia habitualmente a aquellos héroes y sultanes turcos del pasado que
más
aterrorizaron, masacraron y esclavizaron a los europeos, como Mehmed
II, el conquistador de Constantinopla, y además un pederasta
notorio, según
atestiguan tanto las crónicas turcas como las europeas.
El mensaje no podría ser más
claro: invadir y conquistar a los pueblos vecinos —no por agravios
reales, sino
por el simple hecho de no ser musulmanes— con todas las atrocidades,
violaciones, destrucción y esclavitud masiva que ello conlleva, es algo
loable,
aparentemente digno de ser resucitado en cuanto las circunstancias lo
permitan.
Tampoco semejante mentalidad se
limita a Turquía. Como afirma
un informe, «la serie de televisión fue una colaboración
turco-argelina y
también se está emitiendo en Pakistán, difundiendo la retórica del
islam contra
el cristianismo a otras partes del mundo musulmán».
Al final —y para retomar
nuestro enigma inicial— nada de esto resulta demasiado sorprendente:
que
Turquía y otras naciones musulmanas veneren a sus antepasados,
blanqueen sus
actividades yihadistas y demonicen a sus enemigos, por lo demás
inocentes, forma
parte, para bien o para mal, de la naturaleza humana.
Lo que no forma parte de
la naturaleza humana, lo que no es orgánico, es lo que ocurre
en
Occidente: la demonización deliberada de sus, por lo demás, buenos
y
nobles antepasados cristianos.
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