100 caramelos
musulmanes
RAYMOND IBRAHIM
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La única analogía que demuestra que el islam no tiene
cabida en Occidente.
Llegamos ahora a otra sutil apología del islam, una que
parece ser a partes iguales cortina de humo y pista falsa.
Fue invocada reiteradamente por el bando (musulmán) que
defendía el islam durante un reciente debate de la Oxford Union sobre si
Occidente está en lo cierto al desconfiar del islam. Se ha expresado, puede
expresarse y a menudo se expresa mediante preguntas y observaciones como las
siguientes:
— ¿Por qué se centran únicamente en unos pocos musulmanes de
Occidente e ignoran a la inmensa mayoría, que son ciudadanos buenos y
respetuosos de la ley?
— El hecho de que haya unas pocas «manzanas podridas»
no significa que podamos detener la inmigración procedente del mundo musulmán,
puesto que la mayoría de quienes llegan son personas buenas y trabajadoras, y
no sería justo para ellos.
— Aun si algunos musulmanes —una minoría— hacen cosas
malas en Occidente, la mayoría hace cosas buenas por Occidente. (Uno de los
participantes en el debate de la Oxford Union afirmó, por ejemplo, que los
musulmanes están sobrerrepresentados en el sector sanitario del Reino Unido, lo
cual sería, al parecer, un indicio de su supuesto sentido del altruismo.)
Frente a todas estas afirmaciones, respondo con mi analogía
de los «100 caramelos musulmanes». Esta se centra en las únicas preguntas
pertinentes y muestra por qué el islam sencillamente no tiene cabida en
Occidente, siempre que los dirigentes occidentales se preocupen
realmente por su gente, claro está.
Imaginemos un tarro con 100 caramelos. Algunos son sabrosos
e inocuos; otros son insípidos, pero también inocuos; algunos te sentarán mal;
otros te pondrán violentamente enfermo y te llevarán al hospital; y otros son
puro veneno: sin duda te matarán.
No tienes ni idea de cuál es cada caramelo, ni siquiera de
cuántos hay de cada tipo en el tarro. Peor aún, según el «clima», los caramelos
buenos pueden agriarse sin previo aviso.
¿Comerías de este tarro? ¿Se lo darías a tus seres queridos
para que comieran de él? De hecho, ¿se lo darías a alguien, salvo a tu enemigo
mortal, para que comiera de él?
Si tu respuesta es no, entonces has confirmado sin querer
que el islam no tiene absolutamente ninguna cabida en Occidente.
Veamos cómo funciona esta analogía:
— Los caramelos «sabrosos e inocuos» representan a
aquellos musulmanes de Occidente que son verdaderamente «moderados» y procuran
asimilarse y contribuir a la sociedad;
— Los caramelos «insípidos, pero también inocuos»
representan a aquellos musulmanes que no necesariamente contribuyen, pero
tampoco son radicales ni pretenden subvertir Occidente;
— Los caramelos que «te sentarán mal» representan a
aquellos musulmanes que sencillamente explotan con cinismo la hospitalidad
occidental en su propio beneficio;
— Los caramelos que «te pondrán violentamente enfermo
y te llevarán al hospital» representan a aquellos musulmanes radicales y
supremacistas que incurren activamente en comportamientos delictivos gratuitos
y «antiinfieles», por ejemplo, la cultura de las violaciones en grupo en Gran
Bretaña.
— Los caramelos que «te matarán» representan a
aquellos terroristas musulmanes que practican la «yihad vehicular»,
protagonizan oleadas de apuñalamientos en Europa, etcétera.
Por último, todos estos escenarios están sujetos a cambios
en función del «clima». Dicho de otro modo, cuanto más cambien las
circunstancias a favor del islam, más probable es que algunos de los musulmanes
antes «moderados» se agrien, igual que algunos de los caramelos buenos pueden
agriarse por culpa del aire malo.
A partir de lo anterior se desprenden varias conclusiones
importantes:
En primer lugar, es inútil argumentar que existen «buenos
musulmanes» en Europa. Sin duda los hay, pero eso no aborda el verdadero
problema: que, mezclados con los buenos, siempre habrá malos; que, para
acoger a los buenos, o meramente neutros, hay que acoger también a los
malos, a los venenosos, a los letales.
No hay manera de separar al musulmán bueno del malo, del
mismo modo que no hay manera de separar el caramelo bueno del malo.
De ahí se sigue que cualquier nación occidental que acoge a
grandes poblaciones musulmanas ha acogido también el tarro de caramelos
variados, sin excepción. Para validar esta afirmación basta, en efecto, con observar
las naciones occidentales con grandes poblaciones musulmanas.
Todas ellas, sin excepción, presentan una buena cantidad de
caramelos «malos y venenosos». No hay una sola nación occidental con una
población musulmana significativa que no haya sufrido atentados terroristas de
origen local, agresiones sexuales y violaciones, un aumento masivo de la
criminalidad y el desarrollo de sociedades paralelas y hostiles.
Una vez más, el argumento no es que todos o siquiera la
mayoría de los musulmanes hagan esto, del mismo modo que el argumento no es que
todos o la mayoría de los 100 caramelos sean tóxicos. El argumento es que
aceptar voluntariamente el islam en tu casa equivale a aceptar voluntariamente
el tarro de caramelos en tu casa, con todo su contenido variado.
A sabiendas es aquí la clave. Todo político
occidental que promueve la inmigración desde naciones musulmanas, o que defiende
el islam en Europa, sabe que está introduciendo y defendiendo a
musulmanes «radicales».
Lo sabe porque estudio tras estudio lo documenta. Por
ejemplo, en un importante estudio sobre musulmanes de seis países de Europa
occidental —Alemania, Francia, Países Bajos, Bélgica, Austria y Suecia—, el
politólogo Ruud Koopmans constató que el 44 por ciento podía clasificarse como
fundamentalistas religiosos inquebrantables, es decir, «radicales» en el
lenguaje común: ellos creen que los musulmanes deben volver a las raíces del islam,
que solo existe una interpretación válida del Corán y que las normas islámicas
son más importantes que las leyes del país donde viven.
Dicho de otro modo, esas seis naciones europeas están
obligando a su población a comer de un tarro de caramelos del cual el 44 por
ciento la pone muy enferma, y a algunos de forma mortal.
Otras grandes encuestas han hallado de forma similar un
apoyo sustancial —y, en algunos países de mayoría musulmana, abrumador— a que
la saría (la ley islámica) sea la ley del país y que se apliquen castigos islámicos como la
ejecución de apóstatas y la lapidación de adúlteros.
A pesar de toda esta evidencia empírica, muchos políticos
occidentales se niegan a revertir su posición sobre la inmigración o sobre el
islam en Occidente. A menudo sí reconocen que unos pocos son «radicales»
—no tienen más remedio, pues la evidencia es abrumadora—, pero insisten en que
la mayoría de los musulmanes son «buenos».
En apariencia, esto puede parecer una política razonable:
solo tenemos que soportar a esos pocos radicales molestos para dejar paso a los
maravillosos moderados.
Sin embargo, examinado más de cerca, resulta absolutamente
traicionero. Volvamos de nuevo a la analogía del tarro. Aunque creas que la
mayoría de los caramelos no son venenosos ni tóxicos, y que solo muy pocos
dañarán o matarán a alguien, ¿no es una traición ofrecérselo a tu pueblo,
justamente a aquellos a quienes se te ha encomendado proteger, cuando sabes con
certeza que algunos resultarán heridos o muertos como
consecuencia?
Un verdadero dirigente, como un verdadero padre, hermano o amigo
—cualquiera que no pretenda matarte—, jamás daría el tarro de caramelos
a ninguno de los suyos, no porque la mayoría esté envenenada, sino
porque incluso un solo caramelo envenenado invalida a 99 buenos.
Pero a los «globalistas» que mandan no les importa que miles
de personas mueran en atentados terroristas, ni que 250.000 chicas inglesas
sean violadas en grupo, ni que la seguridad y el bienestar de las naciones
occidentales queden gravemente comprometidos. Para ellos es un precio
insignificante. Ya sea que su agenda sea vanidosa, para parecer progresistas,
inclusivos y, desde luego, nada racistas, o que sea más aviesa, por ejemplo,
cumplir la «gran sustitución» y acabar por fin con cualquier vestigio del cristianismo,
en cualquier caso, tú eres prescindible.
Esto es lo que ha demostrado la creciente presencia del islam
en Occidente.
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