Cómo funciona realmente el islam
RAYMOND IBRAHIM
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Por qué la yihad, la muerte de
los apóstatas y la
esclavitud sexual son tan islámicas como la oración y el ayuno.
Muchas
personas de Occidente siguen estando confundidas acerca de cómo
funciona el
islam. Continúan cayendo en todo tipo de sofismas (de segunda
categoría), como
cuando un musulmán replica: «Bueno, ¿qué hay de este versículo que
predica la
paz y la tolerancia?». O: «¿Puedes decirme el contexto completo de ese
pasaje
del Corán, eh?». O: «Puede que el texto que has citado parezca
radical, pero
aquí tienes otro que es muy moderado; entonces, ¿cuál es tu argumento?»
El
resultado final es que el occidental típico se marcha convencido de que
el
islam —como gran parte del «cristianismo» en Occidente— es lo que uno
quiera
que sea.
Dicho de
otro modo, los apologistas musulmanes están esencialmente tentando a
los
occidentales crédulos a proyectar su propia epistemología relativista:
la
creencia de que todo es aquello que quien lo contempla quiere que sea
(de ahí
que los miembros de la Corte Suprema de Estados Unidos tengan
dificultades para
definir qué es una mujer).
Por ello,
estoy comenzando esta miniserie de artículos dedicada a clarificar cómo
funciona realmente el islam. Lo cierto es que hay poco margen para el
misterio
en lo que respecta a lo que el islam exige de sus adeptos.
Esto se
debe a que los primeros pensadores y formuladores del islam —los
«padres de la
mezquita», si se quiere— entendieron que, a menos que se estableciera
una
metodología acordada para determinar qué enseña el islam, no habría
unidad
entre la umma, lo cual conduciría al caos social y político.
Así pues,
idearon, según su propia denominación, una «ciencia» muy sistemática para
determinar qué enseña el islam y qué exige de sus seguidores. De hecho,
la
palabra ulema (que se refiere colectivamente a los jeques y eruditos
doctos del
islam) puede y suele traducirse como «científicos», pues así es como
ellos
mismos se consideran: científicos del islam.
Su primera
tarea fue determinar las fuentes del conocimiento, conocidas en árabe
como usul
al-fiqh (traducido más técnicamente como las «raíces de la
jurisprudencia»).
Son cuatro: 1) el Corán, 2) la sunna (ejemplo) de Mahoma, 3) el
consenso
(ijma‘) de la umma, especialmente de los ulemas; y 4) el razonamiento
analógico
(qiyas).
Basándose
en estas cuatro fuentes, lo que el islam exige de sus seguidores puede
establecerse fácilmente, sin dejar lugar al «pero ¿qué hay de este
versículo?»
El Corán es
el fundamento del islam. No solo se considera que Alá es quien habla,
sino que
el islam enseña que su texto más sagrado fue transmitido literalmente
desde un
arquetipo celestial conservado en al-lawh al-mahfuz, la «tabla
preservada». Por
tanto, es la Palabra increada de Alá, «revelada» a Mahoma en la lengua
celestial, el árabe.
No hace
falta decir que cualquier mandamiento o prohibición que se encuentre en
el
Corán —y son muchos— se considera un precepto atemporal que debe
tomarse
literalmente. Por ejemplo, el Corán prohíbe expresamente comer carne de
cerdo
(Corán 5,3); hasta el día de hoy, el cerdo está prohibido para los musulmanes.
Antes de
dejar el Corán, debe hacerse una breve mención a una doctrina
indispensable, cuya ignorancia generalizada es explotada habitualmente: la doctrina
de la
abrogación (al-nasikh w’al-mansukh). Esta se desarrolló precisamente para
responder a
la pregunta que muchos apologistas musulmanes plantean a los
occidentales que
desconfían del islam: «Has citado versículos aparentemente violentos e
intolerantes en el Corán, pero también hay otros pacíficos y
tolerantes;
entonces, ¿cuál es tu argumento?»
Debido a
que los ulemas del islam («científicos») eran muy conscientes de que
existen
muchas contradicciones en el Corán —con algunos versículos que, en
efecto,
exhortan a una guerra total y otros a la paz—, concluyeron que los
versículos
que fueron «revelados» a Mahoma más tarde en su trayectoria abrogan
aquellos
revelados anteriormente; y, como sucede, la mayoría de los versículos
pacíficos
aparecieron en la primera parte de su trayectoria, cuando era débil y
estaba en
inferioridad numérica. Los posteriores se encuentran entre los más
violentos,
exhortan a una yihad total contra todos los no musulmanes y se
considera que
han abrogado los anteriores.
Desarrollaré
con mayor amplitud esta doctrina clave en un artículo próximo.
Después del
Corán, la sunna del Profeta actúa como criterio de resolución,
basándose en el
versículo coránico: «En verdad, en el mensajero de Alá tenéis un
excelente
ejemplo» (Corán 33,21). En última instancia, la importancia de la sunna
deriva de la
función de Mahoma como fundador del islam; de ahí la naturaleza
autoritativa,
aunque no inspirada, de sus palabras y actos. La palabra sunna puede
significar
«ejemplo», «patrón» o «costumbre». Basándose en los hadices, que
contienen
miles y miles de declaraciones y hechos atribuidos a Mahoma, surgen
ejemplos,
patrones y costumbres. Dependiendo, entonces, de la autenticidad de
cada hadiz
concreto (en el islam suní existen seis recopilaciones de hadices que
se
consideran ampliamente auténticas), estos pasan a orientar la conducta
musulmana.
Los
musulmanes suníes, que constituyen casi el 90 por ciento de los dos mil
millones de musulmanes del mundo, reciben su nombre de esta segunda
fuente
importante de conocimiento, o raíz de la jurisprudencia, y están
extremadamente
preocupados por las palabras y los hechos de Mahoma y se esfuerzan por
seguir su
ejemplo, a menudo de manera bastante literal: se dice que el muy
respetado
jeque Ibn Hanbal, fundador de una de las cuatro escuelas suníes de
jurisprudencia, se negó a comer sandía simplemente porque no encontró
en los hadices ningún
caso de que Mahoma hubiera comido alguna.
La tercera
fuente de jurisprudencia es el ijma‘, o consenso de la umma. Si una
cuestión no
está claramente abordada por el Corán o la sunna, la respuesta recae
entonces
en la opinión mayoritaria, basándose en el hadiz: «Mi comunidad nunca
estará de
acuerdo sobre un error».
Esto no
debe confundirse con la democracia, ya que se recurre al consenso
únicamente
como último recurso, cuando el Corán y la sunna guardan silencio o son
ambiguos
respecto a una cuestión. En otras palabras, el consenso nunca puede
superar
ni
abrogar la autoridad del Corán o de la sunna, aunque puede ser
necesario para
interpretar ambos. Además, por lo general es el consenso de los ulemas,
eruditos y jeques del islam (los «científicos») el que en última
instancia
tiene peso. Por tanto, las decisiones basadas en el consenso de los
ulemas
musulmanes se consideran vinculantes para toda la umma.
La cuarta y
última fuente es el razonamiento analógico (qiyas). Aquí basta un
ejemplo. El
Corán y la sunna prohíben el vino. Mediante el qiyas, los juristas
extendieron
esta prohibición a otras sustancias intoxicantes que no aparecen
expresamente
mencionadas en los textos fundacionales. El razonamiento es sencillo:
la
prohibición del vino tiene la intoxicación como causa operativa
(ʿilla); por
tanto, otra sustancia que produzca intoxicación queda comprendida en la
misma
prohibición.
Lo que
enseña el islam, por tanto, se fundamenta completamente en estas cuatro
fuentes: el Corán, la sunna, el consenso y el razonamiento analógico.
Tomadas
en conjunto, establecen un marco autoritativo para determinar qué es o
no es
una enseñanza o práctica islámica.
Ahora bien,
consideremos algunas de las cosas que Occidente critica al islam por
promoverlas:
matar a apóstatas y blasfemos; librar una yihad contra los no
musulmanes y
tratarlos como inferiores; y esclavizar sexualmente a mujeres
«infieles».
El Corán
(teniendo en cuenta el uso de la abrogación) y la sunna de Mahoma
prescriben sin
duda estas cosas, y los ulemas, sin duda, han alcanzado un consenso
sobre
ellas.
Castigar y
matar a apóstatas y blasfemos, así como librar una yihad contra los no
musulmanes,
someterlos y esclavizarlos, son, por consiguiente, algo absolutamente islámico.
Cualquiera
que sostenga que eso no pertenece a la corriente fundamental y
canónica del
islam (incluido quien recurra al cansino mantra «pero ¿qué hay de este
versículo?») se muestra como ignorante o está mintiendo.
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