El cristianismo felpudo: la herejía que destruye a los cristianos

RAYMOND IBRAHIM





La raíz de la parálisis occidental.


Si se le pidiera a alguien que identificara la causa última del declive de Occidente, muchos señalarían la política, el secularismo, la inmigración, el cambio demográfico o el marxismo cultural.


Estos son síntomas.


Como suele ocurrir, la causa más profunda, si no última, es espiritual, metafísica, teológica.


Occidente padece una forma diluida y corrompida del cristianismo: una fe editada de manera selectiva que amplifica la misericordia mientras amputa la justicia, que predica el amor mientras suprime el juicio moral, que celebra la humildad mientras condena la resistencia.


Hace tiempo que lo denomino cristianismo felpudo.


Incluso los ateos occidentales que rechazan por completo el cristianismo no pueden escapar de sus efectos. A fin de cuentas, las nociones occidentales de derechos humanos, igualdad, compasión y tolerancia que abraza el secularismo no se generaron espontáneamente a sí mismas. Surgieron dentro de un marco moral singularmente cristiano.


En este sentido, el liberalismo secular no es una civilización rival; es el vocabulario moral del cristianismo desgajado de su columna teológica.


Y, una vez desgajadas, las virtudes mutan.


Un anuncio de la Super Bowl de 2024 titulado «Foot Washing» («El lavatorio de pies») capta a la perfección la naturaleza del cristianismo felpudo. Consiste en una serie de imágenes de estadounidenses —en su mayoría blancos y de apariencia tradicional— que se arrodillan y lavan los pies a personas no blancas y no cristianas, así como a homosexuales, inmigrantes ilegales y una mujer que abortó a su hijo.


Tras la última imagen aparecen las siguientes palabras, supuestamente profundas:

«Jesús no enseñó el odio. Lavó pies.»


La implicación es clara: el verdadero cristianismo significa una acomodación permanente; los verdaderos cristianos deben ser felpudos permanentes.


Ahora bien, ciertamente, Cristo lavó pies. Pero también advirtió del juicio, reprendió a los pecadores, exigió arrepentimiento y expulsó físicamente a los cambistas del Templo.


El mismo Cristo que se arrodilló también volcó las mesas.


¿Por qué el desequilibrio? ¿Por qué se les recuerda incesantemente a los cristianos modernos solo el arrodillarse y nunca el volcar las mesas?


Porque un cristianismo reducido a servicialidad permanente resulta políticamente inofensivo. Y un cristianismo inofensivo goza de aprobación universal.


En Juan 13,34-35, Cristo llama a la humanidad a amarse los unos a los otros. Pero ¿qué es el amor? Pablo lo define en Romanos 12,9: «Que el amor sea sincero. Aborreced lo malo, apegaos a lo bueno».


Las dos cláusulas son inseparables. Amar lo que es bueno, que necesariamente implica aborrecer lo que es malo e injusto.


La Escritura afirma este patrón de manera reiterada.


En Mateo 18,15-17, se instruye a los creyentes a confrontar directamente el pecado e incluso a separarse de quienes no se arrepienten. En 1 Corintios 5, Pablo ordena la expulsión de un miembro de la iglesia moralmente desafiante. La disciplina no es crueldad; es restauradora.


En Efesios 5,11, se manda a los cristianos no solo evitar la maldad, sino «denunciarla» con valentía.


En Apocalipsis 3,19, Cristo declara: «Yo reprendo y corrijo a todos los que amo».

La reprensión no es lo opuesto del amor. Es una expresión suya.


Las reinterpretaciones modernas cortan esta conexión. El amor se convierte en «afirmación». La tolerancia se extiende no solo a los pecadores —cosa que el cristianismo siempre ha hecho—, sino al pecado mismo. Los límites se disuelven. El discernimiento se reetiqueta como odio.


Lo que queda no es cristianismo, sino una caricatura barata de él.


A partir de aquí se hace evidente que el propósito último del cristianismo felpudo es precisamente ese: permitir que quienes odian el cristianismo puedan limpiarse los pies sobre los cristianos.


Para entender esto, hay que comprender primero que el cristianismo ha afrontado históricamente dos formas de ataque.


La primera fue la persecución abierta. El Imperio romano trató de erradicar el cristianismo. Más tarde, bajo la expansión de las entidades políticas islámicas, las poblaciones cristianas de muchas regiones fueron masacradas o experimentaron diversos grados de inferioridad legal, presión o declive.


La segunda forma de ataque es, sin embargo, más sutil y —hoy en todo el Occidente moderno— mucho más eficaz: la subversión interna.


Si el cristianismo no puede ser aplastado desde fuera, puede ser ablandado desde dentro. Enfatizar la misericordia mientras se suprime la justicia. Celebrar el perdón mientras se omite el arrepentimiento. Citar eternamente el «poned la otra mejilla» mientras se ignora el «arrepentíos o pereceréis».


Con el tiempo, los creyentes empiezan a equiparar la legítima defensa con el pecado. La resistencia se vuelve motivo de vergüenza. La claridad moral se vuelve extremismo.


En ese punto, la fe no necesita ser destruida. Se neutraliza a sí misma y se acomoda al mal —es decir, se convierte en un felpudo para él—.


No hace falta decir que cualquier ideología que busque inmunidad frente a la crítica moral se beneficia de un cristianismo que se niega a juzgar.


Todo movimiento que desestabiliza la cohesión social se beneficia de una teología que condena los límites.


Toda presión externa —cultural, política, demográfica— saca beneficio cuando la civilización anfitriona se ha convencido a sí misma de que la autopreservación es odio.


Así, la más alta virtud del cristianismo —la compasión— se convierte en el instrumento de su propia parálisis.


La historia ofrece una lección sobria. Si las sociedades europeas hubieran abrazado la no resistencia incondicional ante la invasión islámica —si hubieran «puesto la otra mejilla»—, el mapa religioso del continente tendría un aspecto muy distinto. El cristianismo sobrevivió no porque fuera perpetuamente pasivo, sino porque combinó la misericordia con la claridad moral y, cuando fue necesario, con la guerra.


En palabras de Theodore Roosevelt, vigesimosexto presidente de Estados Unidos y consumado estudioso de la historia:


«El cristianismo se salvó en Europa únicamente porque los pueblos de Europa lucharon. Si los pueblos de Europa, en los siglos VII y VIII, y hasta el siglo XVII inclusive, no hubieran poseído una igualdad militar con los mahometanos que invadieron Europa, y gradualmente una creciente superioridad sobre ellos, Europa sería en este momento mahometana y la religión cristiana habría sido exterminada. Dondequiera que los mahometanos han tenido pleno dominio, dondequiera que los cristianos han sido incapaces de resistirlos con la espada, el cristianismo ha terminado por desaparecer.»


Hoy, Europa va camino de convertirse en el apéndice más occidental del mundo islámico, gracias casi por entero a ese impostor que es el cristianismo felpudo.


El cristianismo felpudo no es humildad. Es la sutil instrumentalización del cristianismo como arma contra los cristianos.



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