El cristianismo felpudo cae aún más bajo

RAYMOND IBRAHIM





El fiasco de la arzobispa con motivo del 11-S fue escandaloso, pero no es más que el primero de tres episodios de sumisión cristiana ante el islam.


En los últimos tiempos se han sucedido no pocos y desvergonzados brotes de cristianismo felpudo. (Defino este término como la convicción, compartida por demasiados cristianos, de que su fe comienza y termina en comportarse como felpudos para que todos —especialmente los no cristianos— se limpien los pies en ellos.)


El caso más evidente tuvo lugar en Gran Bretaña (sí, qué sorpresa).


El 11 de septiembre [2026], la Iglesia de Inglaterra concedió un premio «interreligioso» a un clérigo musulmán paquistaní que en 2007 había ensalzado públicamente a Bin Laden como «Saifullah» (Espada de Alá) por librar la yihad contra los «infieles», y que defiende las leyes paquistaníes contra la blasfemia que posibilitan la persecución generalizada de los cristianos.


La «ironía» se agrava aún más: el premio que la «arzobispa» Sarah Mullally concedió al clérigo musulmán lleva el nombre de un cruzado que combatió junto a Ricardo Corazón de León en la Tercera Cruzada.


Tras el previsible escándalo, Mullally revocó discretamente el galardón sin ofrecer disculpas, dejando tras de sí tan solo la imagen indeleble de ella misma —la «jefa» de la Iglesia de Inglaterra— sonriendo junto al clérigo que había elogiado a Bin Laden y junto a su esposa vestida con niqab, en el vigésimo quinto aniversario del día en que Bin Laden orquestó el asesinato de casi 3.000 estadounidenses.


Y, sin embargo, esto no fue más que el primer acto. El mismo día en que se revocó el premio, se produjo en otro lugar de Europa una manifestación de cristianismo felpudo aún más flagrante, aunque mucho menos difundida.


La Universidad Católica de Lovaina inauguró su año académico con una misa celebrada en la iglesia de San Pedro, precedida por un almuecín musulmán que recitó versículos árabes del Corán.


Conviene recordar que se trata del mismo libro que enseña a los musulmanes que Cristo nunca fue crucificado, que nunca resucitó y que en modo alguno es divino ni Hijo de Dios (véase Corán 4,171; 4,157; 5,72; 5,116; 9,30; 19,35).


En otras palabras, es el mismo libro que condena al Evangelio como una falsificación —sin contar que llama a los musulmanes a combatir y subyugar a todos los cristianos por difundir esa mentira (Corán 9,29).


Como si no bastara con que un musulmán citara este libro anticristiano dentro de una iglesia —reflejo del desprecio que el recitador sentía por sus anfitriones «cristianos»—, obsérvese el pasaje que recitó:


«Cuando [Abraham] preguntó a su padre y a su pueblo: “¿Qué es eso que adoráis [además de Alá]?”. Respondieron: “Adoramos ídolos, a los que nos entregamos plenamente”. Abraham preguntó: “¿Acaso pueden oíros cuando los invocáis? ¿Pueden beneficiaros o dañaros?”. Respondieron: “¡No! Pero encontramos que nuestros antepasados hicieron lo mismo”. Abraham replicó: “¿Habéis considerado [realmente] lo que habéis estado adorando, vosotros y vuestros antepasados? Todos ellos son enemigos para mí, excepto el Señor de todos los mundos” [Corán 26,70-77].»


Si se tiene en cuenta que el islam enseña que todos los cristianos son idólatras (mushrikin, es decir, quienes «asocian» a otro —Jesús— con Alá), y que, además, el almuecín se encontraba dentro de una iglesia católica, que, como es sabido, está llena de estatuas e imágenes anatemizadas por los musulmanes, resulta evidente por qué escogió recitar precisamente ese pasaje coránico.


Cabe añadir que el Corán prosigue afirmando que Abraham/Ibrahim constituye un «ejemplo perfecto» para todos los musulmanes, pues concluyó que solo existirán «odio y enemistad» entre él y los suyos hasta que estos adoren únicamente a Alá (Corán 60,4).


Este deplorable episodio revela algo más: los musulmanes están volviéndose cada vez más audaces. Antes, en estos simulacros de «diálogo interreligioso», los musulmanes solían recitar versículos del tipo «vosotros tenéis vuestra religión y yo la mía». Pero ahora dicen abiertamente, a esos mismos cristianos que los invitan a sus iglesias, que el cristianismo es falso, y no cabe reprocharles tal osadía si se observa hasta qué punto los «cristianos» serviles se empeñan en convertirse ellos mismos en felpudos pisoteados.


Podría argumentarse que la Iglesia católica de Bélgica constituye un caso singular (dado que Bruselas está desbordada por el islam) y que la mayoría de las iglesias católicas saben comportarse mejor. Y, sin embargo, hay pruebas de que este felpudismo se da incluso en las más altas esferas del Vaticano, hasta llegar al propio Papa.


Por ejemplo, durante su visita a Argelia en abril de 2026, el papa León XIV elogió reiteradamente a esa nación musulmana como un ejemplo positivo de convivencia cristiano-musulmana. Destacó el «profundo sentido religioso del pueblo argelino», que hace posible el entendimiento mutuo, y afirmó que «somos hermanos y hermanas, pues tenemos el mismo Padre en el cielo». En la Gran Mezquita de Argel señaló que «podemos aprender a respetarnos mutuamente, a vivir en armonía y a construir un mundo de paz».


Mientras tanto, en el mundo real, Argelia es conocida por el cierre de iglesias. Casi la totalidad de las 47 iglesias oficiales adscritas a la Iglesia Protestante de Argelia han sido clausuradas en los últimos años, en parte a causa de la Ordenanza 06-30, que tipifica como delito cualquier local que pueda «hacer tambalear la fe de un musulmán». Más de cincuenta cristianos han sido procesados por su fe, enfrentándose a penas de prisión de entre dos y cinco años, además de cuantiosas multas.


De hecho, apenas una semana antes del fiasco de la Iglesia de Inglaterra, «la policía de Argelia irrumpió en un servicio religioso celebrado en un refugio humanitario el 4 de septiembre, deteniendo a los doce cristianos presentes bajo sospecha de celebrar un culto religioso no musulmán sin autorización». Los agentes incautaron también literatura cristiana, teléfonos móviles y documentos de identidad.


Ese mismo tipo de conducta bastaba, en tiempos pasados, para que los papas convocaran una cruzada; pero ¿ahora?...


Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que el islam está penetrando profundamente en Occidente, no por su fuerza intrínseca, sino por la debilidad de Occidente. Si las autoridades seculares hacen todo lo posible por propiciar y fortalecer al islam en Occidente, buena parte de la así llamada «Iglesia», de todas las confesiones, se está postrando a los pies musulmanes y dejándo que se limpien los pies en ella.



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