Degeneración
cristiana = conquista musulmana: la ecuación olvidada
RAYMOND IBRAHIM
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¿Ansía conocer lo que nos depara el futuro? Deje de mirar
a las profecías y empiece a fijarse en los patrones.
De vez en cuando uno se topa con una pizca de sabiduría
antigua que lo explica todo de forma sucinta. Considérense las siguientes
palabras, pronunciadas por el papa Inocencio III al dirigirse al IV Concilio de
Letrán en 1215:
«Pues de aquí han venido los males al pueblo cristiano: la
fe decae, la religión se deforma, la libertad se ve coartada, la justicia es
pisoteada, surgen los herejes, los cismáticos se engríen, los infieles se
ensañan, los musulmanes conquistan.»
Este breve pasaje encarna una pauta perenne que los
cristianos dieron por sentada desde su primer contacto con el islam: cuanto más
se extravían los cristianos, más comienza a desmoronarse el mundo que crearon
sus antepasados, hasta que, al fin, los musulmanes conquistan.
Esto comienza con un contemporáneo de Mahoma. El patriarca
Sofronio de Jerusalén, que entregó la Ciudad Santa a los musulmanes tras un
devastador asedio en 637, dijo lo siguiente en un sermón cuando los árabes
acababan de empezar a invadir las regiones cristianas:
«¿Por qué nos atacan las tropas de los sarracenos? ¿Por qué
ha habido tanta destrucción y saqueo? ¿Por qué hay incesantes derramamientos de
sangre humana? ¿Por qué devoran las aves del cielo los cuerpos humanos? ¿Por
qué se han derribado iglesias? ¿Por qué se escarnece la cruz? ¿Por qué se
blasfema de Cristo… por bocas paganas? … Los sarracenos, vengativos y enemigos
de Dios, la abominación de la desolación que los profetas nos anunciaron con
toda claridad, invaden los lugares que no les están permitidos, saquean
ciudades, devastan campos, incendian aldeas, prenden fuego a las santas
iglesias, derriban los sagrados monasterios, se oponen a los ejércitos romanos
dispuestos contra ellos y, al combatir, erigen los trofeos [de guerra] y añaden
victoria a victoria.»
Sofronio ofreció entonces el antídoto:
«Si nos contenemos, como amigos y amados de Dios, nos
reiremos de la caída de nuestros adversarios sarracenos.»
Una fuente mucho más influyente, escrita hacia el año 690,
expone con exactitud cómo y por qué los cristianos habían dejado de ser «amados
de Dios» hasta el punto de «merecer» un severo castigo a manos de los árabes:
por causa de la inmoralidad sexual, en concreto la transgresión de género y el
travestismo:
«Así pues, no fue porque los amara [a los árabes] por lo que
el Señor Dios les dio poder para apoderarse de la tierra de los cristianos,
sino a causa de la iniquidad de los cristianos. Nunca ha ocurrido nada
semejante ni podrá ocurrir en todas las generaciones de la tierra. Pues ¿por
qué se vistieron los hombres con ropas de mujeres adúlteras y prostitutas, se
adornaron como mujeres, se plantaron abiertamente en las plazas y mercados de
las ciudades y cambiaron su práctica natural por otra antinatural…? Del mismo
modo, las mujeres hicieron las mismas cosas que habían hecho los hombres. … Por
esta razón Dios los entregó en manos de los bárbaros, es decir, a causa de su
pecado y su hedor. Las mujeres se contaminarán por medio de los hombres, que ya
están contaminados, y los hijos de Ismael [los musulmanes] echarán suertes.»
Conocido hoy entre los historiadores como el Apocalipsis
del Pseudo-Metodio, el texto citado fue escrito originalmente en siríaco y
rápidamente traducido al griego, al latín, al eslavo, al árabe y a otras
lenguas. Se convirtió en uno de los textos apocalípticos más influyentes de la
cristiandad y moldeó profundamente las interpretaciones medievales de la
expansión islámica como un azote permitido por Dios en respuesta al pecado
cristiano, en especial a la depravación sexual.
En efecto, volviendo al papa Inocencio III, también él
encarnó ese mismo modo de pensar. En 1213 explicó que los musulmanes habían logrado
conquistar el Oriente Medio y el norte de África, antes cristianos, «a causa de
nuestras ofensas»:
«Los pueblos cristianos poseyeron casi todas las provincias
sarracenas hasta la época del bienaventurado Gregorio [m. 604]; pero desde
entonces ha surgido un hijo de perdición, el falso profeta Mahoma, que ha
apartado de la verdad a muchos hombres mediante halagos mundanos y placeres de
la carne. Aunque su perfidia ha prevalecido hasta el día de hoy, confiamos, sin
embargo, en el Señor, que ya nos ha dado una señal … de que se acerca el fin de
esta bestia, cuyo “número”, según el Apocalipsis de san Juan, terminará en 666
años, de los cuales ya han transcurrido casi 600. Y además de las anteriores y
grandes y graves injurias que los pérfidos sarracenos han infligido a nuestro
Redentor, a causa de nuestras ofensas, esos mismos pérfidos sarracenos
han recientemente…»
Al mismo tiempo, Inocencio consideraba que nada era «más
vergonzoso» ni «más criminal» que las «relaciones contra natura». No solo
merecen la pena de muerte (cita Levítico 20,13.15), sino que resultan tan
repugnantes que Dios les reserva castigos especiales (Inocencio cita Sodoma y
Gomorra, Génesis 19,24). [Véase Sobre la miseria de la condición humana,
libro II, capítulo 24, «Sobre las relaciones contra natura».]
Esta manera de pensar predominó en el pensamiento cristiano
hasta fecha tan tardía como 1683: durante el asedio musulmán de Viena, el Apocalipsis
del Pseudo-Metodio todavía se imprimía y difundía —casi un milenio después
de haber sido escrito— para ayudar a explicar por qué los turcos habían llegado
a aterrorizar la sede misma del Sacro Imperio Romano Germánico.
Tampoco Martín Lutero fue inmune a semejante modo de pensar:
«Todo pastor y predicador debería exhortar con la mayor
diligencia a su pueblo al arrepentimiento y a la oración. Deberían llevar a los
hombres al arrepentimiento mostrándoles nuestros grandes e innumerables pecados
y nuestra ingratitud, por los cuales nos hemos ganado la ira y el desfavor de
Dios, de modo que Él, con justicia, nos entrega en manos del diablo y del
turco.»
Los cristianos estaban convencidos de esta relación entre
pecado y sometimiento porque la Biblia —tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento— así lo enseña. Las Escrituras dejan sumamente claro que Dios
castiga al pecador descarriado, incluso suscitando enemigos contra él (p. ej.,
Deuteronomio 28,15-68; 2 Crónicas 36,15-17; Amós 4,6-11; Salmo 106,7-43; Isaías
10,5-6; Romanos 1,18-32; 1 Corintios 10,5-11; Hebreos 12,5-11; Apocalipsis 2-3).
Huelga decir que, para los historiadores modernos, la idea
de que los musulmanes conquistaron a los cristianos porque Dios se servía de
los primeros para castigar a los segundos se considera pueril e indigna de
consideración.
Yo mismo admito sin reparos que, aun conociendo estas
primeras explicaciones cristianas de las conquistas islámicas, nunca las había
tomado en consideración… hasta ahora.
Dos hechos interrelacionados resultan de especial interés:
En primer lugar, las mencionadas conquistas musulmanas del
siglo VII, que supusieron la rápida toma de dos tercios del mundo cristiano,
siempre se han considerado uno de los mayores misterios de la historia.
Piénsese en ello: unos pobres árabes, sin sofisticación
alguna en armas, armamento ni estrategia, lograron arrollar no solo a la mayor
superpotencia de la época, el Imperio romano de Oriente (Bizancio) —que perdió
ante el islam la mayor parte de sus posesiones cristianas en Oriente Medio y el
norte de África—, sino también a Persia.
Tan poco amenazadores y tan indignos de consideración eran
los árabes que el Strategikon del emperador Mauricio, que nombra a
prácticamente todos los pueblos y la mejor manera de combatirlos —persas,
ávaros, turcos, francos, lombardos, eslavos, antes, etc.—, ni siquiera menciona
a los árabes.
Es cierto que se han formulado diversas conjeturas
académicas para racionalizar el triunfo del islam —la más popular de ellas, que
el Imperio romano de Oriente y la Persia sasánida estaban exhaustos tras
guerrear entre sí—, pero el misterio persiste. Como escribe Hugh Kennedy: «A
pesar de la gran cantidad de palabras, la explicación completa de la victoria
musulmana sigue eludiéndonos».
Los historiadores anteriores eran aún más categóricos y
habrían coincidido con el coronel sir Thomas Holdich (n. 1843), geógrafo e
historiador: «Nada en la historia del mundo —escribió— es más sorprendente que
la rápida expansión de las conquistas árabes en Asia, África y Europa
occidental a finales del siglo VII de nuestra era».
Téngase presente que, con la excepción de Persia, el resto
de las naciones conquistadas en Asia, y todas las naciones conquistadas en
África y Europa occidental, eran cristianas.
Considérese ahora una rareza similar que se está
desarrollando en la actualidad:
Hoy, el islam, el archienemigo histórico de la cristiandad,
se extiende por toda la Europa poscristiana. Los musulmanes se afirman y
avanzan por doquier. Ya sea obteniendo un poder político sin precedentes,
haciéndose con nichos o erigiendo mezquitas, ya sea profanando e incendiando
iglesias, y aterrorizando y maltratando a los “infieles”, se hallan más cerca
de hacerse con Europa que en ningún otro momento de la historia.
Solo por razones demográficas, es cuestión de tiempo que los
musulmanes desborden el continente.
Y aquí está la gran ironía: la diferencia de fuerza entre
los musulmanes de hoy y Occidente es exponencialmente mayor que la que existía
entre los musulmanes del siglo VII y el Imperio romano de Oriente. En otras
palabras, si los musulmanes del siglo VII eran, digamos, diez veces más débiles
que los bizantinos, los musulmanes de hoy son cien veces más débiles que
Occidente.
Si se duda de esta afirmación, basta pensar en lo que
Occidente podría hacer al mundo musulmán —militar, tecnológica y
económicamente— si de verdad quisiera. Respuesta: cualquier cosa, desde
someterlo por completo hasta aniquilarlo por completo. Esto es un simple hecho.
Y, sin embargo… aquí estamos de nuevo: unos pobres y
menesterosos migrantes musulmanes están abrumando y aterrorizando en la
actualidad a la única parte de la cristiandad que sus antepasados no lograron
conquistar en el siglo VII —Europa—, a pesar de que Europa es hoy mucho más
poderosa que en el siglo VII.
¿Qué explica tal parálisis? ¿Podría esa explicación
anticuada y “supersticiosa”, dada repetidamente a lo largo de la Biblia,
albergar la respuesta?
¿Podría ser que Dios haya entregado a su pueblo a causa de
sus muchos pecados repugnantes?
Recuérdese que los pecados que el Apocalipsis
destacaba como causa de que Dios castigara a la cristiandad con la «vara del
islam» eran todos de naturaleza sexual. Aun así, sin duda debieron de ser un
juego de niños en comparación con la “sexualidad” que hoy se promueve y se
“celebra” en todo Occidente.
En cualquier caso, una cosa es cierta. Dentro de siglos,
cuando la posteridad mire atrás e intente comprender cómo unos migrantes
musulmanes intrínsecamente débiles y empobrecidos lograron arrollar a una
Europa intrínsecamente poderosa en el siglo XXI, el misterio será mucho mayor
que el de comprender cómo unos musulmanes débiles y empobrecidos arrollaron a
la mayor parte de la cristiandad en el siglo VII.
Un último consejo para todos aquellos cristianos
obsesionados con lo que depara el futuro: dejen de perseguir profecías y
empiecen a reconocer patrones.
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