El islam como
espejo: qué revela la crisis migratoria de Europa sobre la pérdida de
fe de Occidente
SOLÈNE TADIÉ
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El
siguiente
artículo fue escrito por Solène Tadié para el National
Catholic Register tras su
entrevista con Raymond Ibrahim.
La
inmigración
masiva se ha convertido en uno de los puntos de fricción definitorios
de la
política occidental, desde Estados Unidos hasta Europa. Durante tres
décadas,
la Iglesia católica ha intentado aportar claridad moral a esta
cuestión, y cada
papa ha configurado esa respuesta según su propia trayectoria y
sensibilidad
teológica. El papa León, imbuido de su larga experiencia como misionero
en
América Latina, ha presionado en repetidas ocasiones a la
administración Trump
por su trato a los inmigrantes, sugiriendo que oponerse al aborto y al
mismo
tiempo respaldar una política de deportación severa no constituye, en
realidad,
una postura provida.
Sin
embargo,
ese marco moral universal se enfrenta a una realidad particularmente
compleja
en Europa, donde la inmigración es abrumadoramente musulmana y donde
una larga
historia de conflicto con el islam sigue determinando el debate
político.
Muchos católicos europeos se sienten a menudo divididos entre el deseo
de
defender una cultura y una fe que ven erosionarse y una Iglesia cuya
jerarquía
ha reclamado de manera constante la acogida y la misericordia hacia los inmigrantes, sin importar su origen o religión.
Pocas
personas han dedicado tanto tiempo al estudio de esas relaciones como Raymond
Ibrahim, historiador estadounidense de las relaciones
cristiano-musulmanas
y autor de varios libros de reconocimiento internacional, entre ellos Sword and
Scimitar: Fourteen Centuries of War Between Islam and the
West y Defenders
of the West: The Christian Heroes Who Stood Against Islam. En
conversación con el Register en el marco de una serie de
conferencias celebradas en Europa en mayo, ofreció una lectura del
momento
actual que toma en serio la crisis a la vez que cuestiona los términos
en que
habitualmente se plantea.
La crisis
de
identidad de Occidente
Para
Ibrahim,
la cuestión de la inmigración musulmana en Europa no puede entenderse
de forma
aislada de la pregunta previa sobre qué ha sido de la confianza y la
identidad
religiosa propias de Occidente. Una civilización que ya no sostiene
las convicciones firmes sobre sí misma que sostuvo, no tiene nada que oponer a
quien
sí las tiene.
Ibrahim
atribuyó esto, en parte, a lo que percibe como un cristianismo
progresivamente
reducido a una fe privada e individualizada, despojado del peso
cultural y
cívico que antaño poseía. «Uno de los problemas del cristianismo
occidental
moderno es que se ha interiorizado hasta convertirse en una fe
individual, en
una especie de idea abstracta como “estoy salvado; tengo una relación
con
Jesús”, pero ahora la gente vive de manera puramente secular en el
mundo»,
afirmó. «Históricamente no era así. Era mucho más algo propio de la
cultura
misma; era muy visible».
La
consecuencia, a su juicio, es una fe que ya no configura la vida
pública ni
ofrece a la sociedad un marco compartido que defender. «Uno de los
trucos
actuales consiste en despojar al mundo del cristianismo convenciendo a
todos de
que “esto es solo cosa tuya, de Dios y de tu mente: guárdatelo para
ti”. Esa es
una manera de matar realmente al cristianismo».
Invitados,
no
invasores
Esa
pérdida
de convicción, sostuvo Ibrahim, es también lo que explica que la
inmigración
musulmana masiva llegara a ser posible en primer lugar. «A los inmigrantes
musulmanes básicamente se los invita a entrar en Europa; no la están
invadiendo», dijo. «Esta es una distinción muy importante que conviene
recordar, porque mucha gente quiere hacer creer que el problema de
Occidente en
este momento es el islam en sí mismo, lo cual es una concepción
engañosa».
Los
historiadores y los especialistas en migraciones suelen atribuir la
inmigración
contemporánea principalmente a factores demográficos, económicos y
geopolíticos, más que a un proyecto ideológico coordinado. Pero para
este
estudioso —hijo de inmigrantes cristianos coptos llegados de Egipto a
Estados
Unidos— esta crisis es algo más que una simple cuestión de gestión o de
idealismo mal encaminado.
Ibrahim ha
dedicado dos décadas al estudio de los siglos en que el islam fue
verdaderamente una fuerza conquistadora y expansionista frente a la
cristiandad, desde el norte de África hasta Oriente Próximo, pasando
por los
Balcanes y España. Pero considera que esa lectura histórica no basta
para
interpretar la realidad actual. «Desde una perspectiva histórica, yo
diría que
el islam representó sin duda una amenaza existencial», afirmó,
señalando que ya
no es el caso, porque el islam ya no posee el poder militar y económico
necesario para conquistar Occidente.
Ibrahim ya
no
acepta la interpretación según la cual las élites occidentales
partidarias de
la inmigración sin límites creen sinceramente que todas las culturas y
religiones pueden convivir siempre que se satisfagan las necesidades
materiales. Por el contrario, considera que estas políticas reflejan lo
que él
percibe como una hostilidad deliberada hacia la civilización cristiana
tradicional que en su día dio cohesión a Europa.
«El tiempo
ha
demostrado que la inmigración masiva procedente de países con culturas
y
religiones excesivamente diversas no funciona, que genera tensiones e
incluso
delincuencia. Y no han reconsiderado su decisión. Siguen haciendo lo
mismo e
incluso van más allá». «A estas alturas —prosiguió—, resulta imposible
creer
que esto no sea deliberado».
Señaló lo
que
percibe como una profunda animadversión hacia el cristianismo
tradicional en
particular —no hacia la religión en general, sino hacia esa forma más
antigua
de la fe, configuradora de civilización, que sitúa a Dios muy por
encima de los
gobiernos—. «Si uno va a las escuelas públicas de Estados Unidos»,
dijo, «le
enseñan que el cristianismo fue un problema hasta que llegó la
Ilustración, que
nos dio la gran sociedad que tenemos hoy».
«El
principal
enemigo para quienes rechazan esta civilización no son los musulmanes; ellos
les dan igual. Son los cristianos», afirmó. «Llegarán incluso a aliarse
con los
musulmanes y a apoyarlos y fortalecerlos, por su odio hacia los
cristianos y
hacia lo que representan».
Un espejo
inesperado
Para
Ibrahim,
el debate sobre la inmigración en Occidente —y en particular en Europa—
refleja
la cuestión más profunda de si las sociedades son capaces de ofrecer un
modelo
de civilización lo bastante atractivo y seguro de sí mismo como para
atraer
únicamente a quienes desean integrarse en él.
La misma
dinámica que Ibrahim describe, y que hace especialmente visible la
presencia
musulmana en Europa, está produciendo un efecto que a él le resulta
revelador.
Si bien algunos jóvenes occidentales se han convertido al islam en las
últimas
décadas, atraídos por lo que describió como la claridad, la disciplina
y la
masculinidad sin complejos que muchas sociedades cristianas parecen
haber
perdido, la creciente visibilidad del islam en Europa también está
generando,
de manera inesperada, un llamado de atención para una generación joven
que
había perdido el contacto con la práctica religiosa de sus antepasados.
Como
ejemplo,
Ibrahim señaló a jóvenes europeos que publican vídeos en redes sociales
sobre
su redescubrimiento de la Cuaresma después de ver a amigos musulmanes
observar
el Ramadán abiertamente. Describió esta tendencia como «un desarrollo
positivo
involuntario».
«Traes a
estos musulmanes, que no se han criado así, y ellos expresan la
manifestación
externa de su religión. Entonces la gente de Occidente siente cierta
envidia y
piensa: “Espera, yo creía que no podíamos hacer estas cosas… ¿qué pasa
con mi
propia tradición?”». Lo calificó como uno de los escasos pero genuinos
efectos
secundarios de la presencia visible del islam en Occidente: un espejo
que le
muestra lo que está perdiendo.
«El
cristianismo estaba destinado a ser algo que realmente impregnara e
inundara
una sociedad».
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