¿Está Dios utilizando el islam para castigar a Occidente por su «pecado y pestilencia»?
RAYMOND IBRAHIM
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Algo extraño que está sucediendo hoy puede
ayudar en gran medida a explicar algo extraño que sucedió ayer, algo
que durante mucho tiempo se ha considerado uno de los misterios de la
historia: las conquistas musulmanas del siglo VII, que supusieron la
rápida conquista de dos tercios del mundo cristiano.
Pensemos en ello: unos beduinos pobres y desamparados,
sin armas, pertrechos ni estrategia sofisticados, lograron invadir no
solo la mayor superpotencia de la época, el Imperio Romano de Oriente
(Bizancio), que perdió la mayor parte de sus posesiones cristianas en
Oriente Medio y el norte de África a manos del islam, sino también
Persia.
Aunque se han planteado varias conjeturas
académicas para racionalizar el triunfo del islam —la más popular de
ellas es que el Imperio Romano de Oriente y la Persia sasánida estaban
agotados por las guerras entre ellos—, el misterio sigue sin
resolverse. Como escribe Hugh Kennedy: «A pesar de la gran cantidad de
palabras, la explicación completa de la victoria musulmana sigue sin
estar clara».
Los historiadores anteriores eran aún más
categóricos y habrían estado de acuerdo con el coronel Sir Thomas
Holdich (nacido en 1843), geógrafo e historiador: «Nada en la historia
del mundo», escribió, «es más sorprendente que la rápida expansión de
las conquistas árabes en Asia, África y Europa occidental a finales del
siglo VII de nuestra era».
Hay que tener en cuenta que, con la excepción de
Persia, el resto de las naciones conquistadas en Asia y todas las
naciones conquistadas en África y Europa occidental eran cristianas.
Curiosamente, la principal razón que dieron los
cristianos conquistados para explicar la inesperada victoria del islam
sobre el Imperio Romano cristiano es hoy en día manifiestamente
ignorada: Dios, insistían, había levantado el islam como un bastón para
castigar al mundo cristiano por sus muchos pecados.
Esta era la explicación habitual para
prácticamente todos los cristianos del siglo VII, y se remonta a uno de
los primeros testigos (y eventual víctima) de las conquistas árabes, el
patriarca Sofronio de Jerusalén, que entregó la ciudad santa a los
musulmanes tras un devastador asedio en 637.
Anteriormente, en un sermón, cuando los árabes comenzaron sus invasiones, había preguntado:
«¿Por qué nos atacan las tropas de los
sarracenos?
¿Por qué ha habido tanta destrucción y saqueo? ¿Por qué se derrama
incesantemente sangre humana? ¿Por qué las aves del cielo devoran
cadáveres humanos? ¿Por qué se han derribado iglesias? ¿Por qué se
burlan de la cruz? ¿Por qué Cristo... es blasfemado por bocas paganas?
... Los sarracenos vengativos y que odian a Dios, la abominación de la
desolación claramente anunciada por los profetas, invaden los lugares
que no les están permitidos, saquean ciudades, devastan campos, queman
aldeas, incendian las sagradas iglesias, derriban los sagrados
monasterios, se oponen a los ejércitos romanos que se alinean contra
ellos
y, en la lucha, levantan los trofeos [de guerra] y añaden victoria tras
victoria.»
Sofronio daba entonces el antídoto:
«Si nos contenemos, como amigos y amados de Dios, nos reiremos ante la caída de nuestros enemigos los sarracenos.»
Otra fuente temprana, escrita alrededor del año
690, ofrece detalles gráficos sobre cómo y por qué los cristianos
habían dejado de ser vistos «como amigos y amados de Dios», esto es,
debido a la inmoralidad sexual, incluyendo —ironía de ironías— la
confusión de género y el travestismo:
«Así pues, no fue porque los amara [a los árabes]
por lo que el Señor Dios les dio poder para apoderarse de la tierra de
los cristianos, sino por la falta de ley de los cristianos. Nunca había
ocurrido nada parecido ni volverá a ocurrir en todas las generaciones
de la tierra. ¿Por qué los hombres se ponían ropas de mujeres adúlteras
y prostitutas, se adornaban como mujeres y se presentaban abiertamente
en las plazas y mercados de las ciudades y cambiaban su práctica
natural por una antinatural...? Del igual manera, las mujeres hicieron lo
mismo que los hombres... Por esta razón, Dios los entregó en manos de
los bárbaros, es decir, por su pecado y su pestilencia. Las mujeres se
contaminarán a través de los hombres que ya están contaminados y los
hijos de Ismael echarán suertes.»
Conocido hoy entre los historiadores como el
Apocalipsis de Pseudo-Metodio, el texto anterior fue escrito
originalmente en siríaco y rápidamente traducido al griego, latín,
eslavo, árabe y otros idiomas. Se convirtió en uno de los textos
apocalípticos más influyentes de la cristiandad, moldeando
profundamente las interpretaciones medievales de la expansión islámica
como un flagelo divinamente permitido, enviado en respuesta al pecado
cristiano, especialmente la depravación sexual. Todavía en 1683,
durante el asedio musulmán de Viena, el Apocalipsis seguía
imprimiéndose y difundiéndose —casi un milenio después de su redacción—
para ayudar a explicar por qué los turcos habían venido a aterrorizar
la sede misma del Sacro Imperio Romano Germánico.
Los cristianos estaban convencidos de esta
relación entre el pecado y la subyugación porque así lo enseña la
Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Las Escrituras dejan
muy claro que Dios castiga al pecador descarriado, incluso levantando
enemigos triunfantes sobre él (por ejemplo, Deuteronomio 28,15-68; 2
Crónicas 36,15-17; Amós 4,6-11; Salmo 106,7-43; Isaías 10,5-6; Romanos
1,18-32; 1 Corintios 10,5-11; Hebreos 12,5-11; Apocalipsis 2-3).
Huelga decir que, para los historiadores modernos,
la idea de que los musulmanes conquistaron a los cristianos porque Dios
estaba utilizando a los primeros para castigar a los segundos se
considera pueril y indigna de consideración. Yo mismo admito sin reservas
que, aunque conozco estas primeras explicaciones cristianas de las
conquistas islámicas, nunca las había tenido en cuenta, al menos hasta
ahora.
Veréis, sin que la mayoría de la gente lo sepa,
algo inquietantemente similar a las conquistas musulmanas de las
tierras cristianas en el siglo VII —pero aún más inexplicable— se está
desarrollando actualmente, aunque pocos pueden comprender su
significado.
Hoy, el islam, el archienemigo histórico de
la cristiandad, se ha extendido por toda la Europa poscristiana. Los
musulmanes se están imponiendo y avanzando en todas partes. Ya sea
ganando un poder político sin precedentes, creando nichos o
construyendo mezquitas; ya sea profanando e incendiando iglesias, y
aterrorizando y maltratando a los «infieles», hoy están más cerca que
nunca de apoderarse de Europa. Solo desde el punto de vista
demográfico, es solo cuestión de tiempo que los musulmanes dominen el
continente.
Ahora viene lo mejor: la disparidad entre las
sociedades musulmanas contemporáneas y Occidente es exponencialmente
mayor que la disparidad entre los musulmanes del siglo VII y el Imperio
Romano de Oriente. En otras palabras, si los musulmanes del siglo VII
eran, digamos, cinco veces más débiles que los bizantinos, los
musulmanes de hoy son cien veces más débiles que Occidente.
Si alguien duda de esta afirmación, piense en lo que
Occidente podría hacer al mundo musulmán —militar, tecnológica y
económicamente— si realmente quisiera. Respuesta: cualquier cosa, desde
someterlo por completo hasta destruirlo por completo. Esto es
simplemente un hecho.
Y sin embargo... aquí estamos de nuevo: los
migrantes musulmanes pobres y desamparados están actualmente abrumando
y aterrorizando a la única parte de la cristiandad que sus antepasados
no lograron conquistar en el siglo VII, Europa, a pesar de que Europa
es hoy mucho más poderosa que en el siglo VII.
¿Cómo puede ser esto? ¿Podría ser la respuesta esa
explicación anticuada y «supersticiosa» que repite la Biblia? ¿Podría
ser que Dios haya abandonado a su pueblo debido a sus numerosos y
repugnantes pecados?
Recordemos que los pecados que el Apocalipsis
destacó como provocadores del castigo de Dios a la cristiandad con la
«vara del islam» eran todos de naturaleza sexual. Aun así, seguramente
debieron de ser un juego de niños en comparación con la depravación
sexual que actualmente se promueve y «se celebra» en todo Occidente.
Una cosa es segura. Dentro de unos siglos, cuando
la posteridad mire atrás y trate de comprender cómo unos inmigrantes
musulmanes intrínsecamente débiles y empobrecidos lograron conquistar
una Europa intrínsecamente poderosa en el siglo XXI, el misterio será
mucho mayor que tratar de comprender cómo unos musulmanes débiles y
empobrecidos conquistaron la mayor parte de la cristiandad en el siglo
VII.
FUENTE
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