El san
Francisco que no quieren que conozcas
RAYMOND IBRAHIM
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«Podría
deducirse del Evangelio que la cruzada fue un acto legítimo de
represalia por
la conquista forzosa de territorio cristiano por parte de los
sarracenos y sus
blasfemias contra Cristo.»
Como
vimos,
hace unos días un ejército cruzado lanzó un asalto
decisivo que
capturó la Torre de
Damieta, quebrando las defensas musulmanas a lo largo del Nilo y
abriendo el
camino para el avance de la Quinta Cruzada hacia Egipto.
Sin
embargo,
tomar la propia Damieta resultaría una tarea ardua; comenzó un largo
asedio,
con asaltos ocasionales y cada vez más frecuentes, a menudo encabezados
por los
templarios.
El sultán
al-Kamil terminó huyendo de su propio campamento junto a la muralla de
la
ciudad, el cual fue rápidamente ocupado por los cristianos, con los
caballeros
del Temple, una vez más, a la vanguardia:
«Los
templarios, adelantados en el ascenso de
los caballos, habiendo izado sus estandartes, se apresuraron hacia la
ciudad en
una rápida marcha, derribando a los malvados que salían audazmente de
las
puertas para resistir a los que avanzaban.»
El sultán,
aterrado por su audaz avance, procedió a ofrecer condiciones generosas
a los
cruzados. A cambio de su retirada de Egipto, restituiría Jerusalén a
los
cristianos, establecería una tregua de treinta años, devolvería todos
los
castillos tomados al oeste del río Jordán y pagaría un tributo de entre
15.000
y 30.000 besantes de oro (las fuentes difieren).
Juan de
Brienne, rey titular de Jerusalén, estaba ansioso por aceptar esta
oferta
aparentemente generosa, pero el legado papal, el cardenal Pelagio, que
para
entonces compartía el mando del ejército con Juan, la rechazó.
En efecto:
«Pelagio
quizá habría consentido de no haber
sido por la oposición de las órdenes militares. Estas alegaban que
sería
deshonroso aceptar semejante paz cuando todo Egipto podía conquistarse
con un
poco más de esfuerzo, y sostenían que el propio hecho de que se hiciera
la
propuesta era prueba de que al-Kamil temía el poderío cristiano.
Pelagio quedó
convencido y rechazó la oferta del sultán.»
El
razonamiento de las órdenes militares era sólido. ¿Por qué habría de
estar
al-Kamil tan dispuesto a renunciar a lo que durante un siglo había sido
el
principal motivo de disputa entre musulmanes y cristianos —Jerusalén—
si no era
porque creía estar al borde de la derrota?
Pero había
otra razón por la cual aquellos cruzados que llevaban largo tiempo
conviviendo
con el enemigo, y que lo conocían íntimamente, rechazaron esta rama de
olivo
musulmana. En palabras de Jacques de Vitry:
«Muchos de
nuestros peregrinos juzgaron estas
ofertas [de al-Kamil] importantes y adecuadas para satisfacernos, pero
quienes
conocían por experiencia el engaño de estos hombres [los musulmanes],
que
cambian sin cesar, y principalmente los templarios, los hospitalarios y
los
caballeros teutónicos, el legado, el patriarca, los arzobispos, los
obispos,
todo el clero y algunos de los peregrinos, no dieron ningún valor a sus
falsas
palabras, pensando que los sarracenos no tenían otra intención que,
bajo el velo
de una paz simulada, dispersar al ejército de Cristo tan pronto como
los
peregrinos se hubieran retirado.»
Resulta
interesante notar que todos aquellos que desconfiaron de la oferta
musulmana,
considerándola una artimaña, ocupaban una posición claramente
eclesiástica —ya
fueran hermanos de una orden o clérigos—, mientras que quienes tomaron
la
oferta al pie de la letra, como Juan de Brienne, eran seglares. (Es
evidente
que, si los cristianos de hoy son tan «inocentes como palomas», sus
homólogos
medievales eran tan «astutos como serpientes», Mt. 10:16.)
Así pues,
la
cruzada continuó, aunque los cristianos apenas avanzaron, mientras la
enfermedad y la disentería, que habían asolado sus filas desde el
principio,
seguían acosando y mermando sus efectivos.
Fue
durante
este período de calma cuando tuvo lugar uno de los «diálogos
interreligiosos»
más memorables de la historia: Francisco de Asís, místico, asceta y
predicador
itinerante, cuyas piadosas hazañas terminarían por hacerle merecedor de
la
santidad, había llegado a la Damieta ocupada por los cruzados a
principios de
agosto de 1219 con el propósito expreso de convertir a los musulmanes a
Cristo,
tanto para salvar sus almas como para poner fin a la guerra:
«Francisco, al
igual que los cruzados —escribe Christoph Maier, experto en el santo—,
quería
liberar los lugares santos de Palestina del dominio musulmán. Lo que
difería
era su estrategia... Quería su sometimiento total a la fe cristiana.»
Aunque los
cruzados advirtieron a Francisco de que los sarracenos eran «una gente
ruin
que, sedienta de sangre cristiana, intenta incluso las atrocidades más
desvergonzadas», el fraile estaba decidido a conseguir una audiencia
con
al-Kamil y convencerlo de las verdades del cristianismo.
Al llegar
al
bando musulmán, él y un compañero fueron apresados, golpeados,
escarnecidos y
cargados de cadenas. No obstante, una vez conducidos ante el sultán,
profesaron
su fe en Cristo e instaron a al-Kamil a hacer lo mismo; de lo
contrario, «si
mueres aferrado a tu ley [la sharía], estarás perdido; Dios no aceptará
tu
alma. Por esta razón hemos venido a ti.»
Intrigado,
«el sultán convocó a sus asesores religiosos, los imanes. Sin embargo,
estos se
negaron a debatir con los cristianos e insistieron, en cambio, en que
fueran
ejecutados [decapitados], conforme a la ley islámica.» Al-Kamil rechazó
sus
exigencias —le había impresionado el descaro de aquellos frailes— y
mantuvo a
los dos cristianos consigo durante algún tiempo, debatiendo con ellos
cuestiones teológicas.
En cierto
momento, el sultán intentó atraparlos con su propia lógica: si Jesús,
preguntó,
había enseñado a los cristianos a «poner la otra mejilla» y a «devolver
bien
por mal», ¿por qué los «cruzados... invadían las tierras de los
musulmanes»?
Francisco replicó ingeniosamente citando también a Cristo:
«Si tu ojo
derecho te hace pecar, sácatelo y
arrójalo lejos de ti, pues más te vale perder una parte de tu cuerpo
que no que
todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.»
Francisco
explicó entonces:
«Por eso
es justo que los cristianos invadan
la tierra que habitáis, pues blasfemáis el nombre de Cristo y apartáis
de su
culto a cuantos podéis.»
En otras
palabras, los cristianos habían elegido el menor de dos males: combatir
a los
musulmanes antes que permitirles perseguir a los cristianos.
Al final,
el
sultán, si bien no se convirtió —una fuente temprana le atribuye la
protesta
«Nunca podría hacer eso. Mi pueblo me apedrearía»—, permitió que
Francisco y su
compañero regresaran junto a los cruzados sin ser molestados, lo cual
en sí
mismo fue considerado un milagro.
Resulta,
desde luego, notable que incluso san Francisco, a quien hoy en día se
considera
e incluso se toma como epítome de una suerte de «hippie» pasivo,
sintiera
simpatía por la cruzada y «dejara claro, durante su coloquio con el
sultán, que
consideraba justificada la propia Cruzada».
Como
escribe
Maier, «Francisco aceptaba la cruzada como algo a la vez legítimo y
ordenado
por Dios, y con toda evidencia no se oponía al uso de la violencia
cuando se
trataba de la lucha entre cristianos y musulmanes».
En efecto,
Francisco llegó a creer que «podía deducirse del Evangelio [y no solo
del
Antiguo Testamento] que la cruzada era un acto legítimo de represalia
por la
conquista forzosa de territorio cristiano por parte de los sarracenos y
sus
blasfemias contra Cristo».
En cuanto
a
la recompensa de quienes morían combatiendo por Cristo, Francisco,
aficionado a
cantares de gesta como la Chanson de Roland, observó en cierta ocasión
que «los
paladines y valerosos caballeros que fueron poderosos en la batalla
persiguieron a los infieles hasta la muerte» y que, por ello, eran
«santos
mártires [que] murieron combatiendo por la fe de Cristo».
En
resumen,
parecería haber más en común entre san Francisco y las órdenes
militares que
entre san Francisco y su homónimo contemporáneo, el difunto papa
Francisco.
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