La parte de la historia europea que nunca nos enseñaron
RAYMOND IBRAHIM
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Europa Occidental está
pagando actualmente el precio de la amnesia histórica.
Como consecuencia de
décadas de migración musulmana masiva —con resultados particularmente graves en
Reinо Unido, Alemania y Francia—, Europa Occidental ha experimentado un
incremento vertiginoso de las tasas de criminalidad en zonas con alta densidad
de inmigrantes, escándalos de bandas de captación sexual implicadas en el abuso
sexual sistemático de miles de niñas autóctonas, la aparición de sociedades
paralelas regidas por normas de la saría, sistemas de bienestar
tensionados hasta el límite y el crecimiento de enclaves culturales que
funcionan, de facto, como zonas vedadas a la policía y a los no musulmanes. La
integración ha fracasado en gran medida, dado que amplios segmentos de estas comunidades
migrantes rechazan los valores occidentales en favor del supremacismo y el
separatismo islámicos.
En marcado contraste,
naciones como Hungría y Polonia, que rechazaron el asentamiento musulmán a gran
escala y mantuvieron estrictos controles fronterizos y políticas de
deportación, han eludido en gran medida estas crisis, preservando niveles muy
superiores de cohesión social, seguridad pública y continuidad cultural.
Esta es la diferencia
entre quienes recuerdan la historia y quienes la olvidan: estos últimos están
condenados a repetirla.
Dicho de otro modo,
Europa Occidental sufre el mismo expansionismo y supremacismo islámicos a los
que Europa hizo frente durante más de mil años, precisamente porque ha
olvidado aquella prolongada lucha; y naciones como Hungría y Polonia no lo
padecen, precisamente porque la recuerdan.
Si alguien alberga dudas
al respecto, que considere por un momento algunos hechos…
Apenas una década
después del nacimiento del islam en el siglo VII, la yihad irrumpió
fuera de Arabia. Dejando de lado los miles de kilómetros de antiguas tierras y
civilizaciones que fueron conquistadas de forma permanente (hoy denominadas
displicentemente «mundo islámico», entre ellas Marruecos, Argelia, Túnez,
Libia, Egipto, Siria, Irak, Irán, Asia Central y partes de la India y de China),
buena parte de Europa también fue asolada por la espada del islam.
Entre las naciones y
territorios que en algún momento fueron atacados o conquistados en nombre del
islam (incluida la dominación prolongada en partes de la península ibérica, el
sur de Italia y los Balcanes, así como incursiones reiteradas u ocupaciones
temporales en otros lugares) se encuentran enumerados a continuación por orden
de relevancia histórica:
España, Italia, Francia,
Inglaterra, Rusia, Grecia, Portugal, Irlanda, Hungría, Polonia, Ucrania,
Austria, Rumanía, Bulgaria, Serbia, Suiza, Armenia, Georgia, Islandia,
Lituania, Bielorrusia, Albania, Croacia, Malta, Chipre, Bosnia y Herzegovina,
Eslovaquia, Macedonia del Norte, Montenegro, Moldavia e Islas Feroe.
En el año 846, Roma fue
saqueada y el Vaticano profanado por incursores árabes musulmanes; unos
seiscientos años más tarde, en 1453, la otra gran basílica de la cristiandad,
Santa Sofía, fue conquistada por turcos musulmanes, de manera definitiva.
Incluso en el extremo
noroeste de Europa, en Islandia, los cristianos solían rogar a Dios que los
librara del «terror del turco». En 1627, corsarios musulmanes asaltaron la isla
cristiana, capturaron a cuatrocientos cautivos y los vendieron en los mercados
de esclavos de Argel.
Tampoco América quedó
indemne. Pocos años después de que Estados Unidos obtuviera la independencia
plena de Gran Bretaña en 1783, los corsarios musulmanes saquearon barcos
mercantes estadounidenses en el Mediterráneo y esclavizaron a sus marineros.
Thomas Jefferson se reunió con un embajador musulmán para negociar la
liberación de los estadounidenses. Posteriormente resumió el encuentro en una
carta al Congreso, fechada el 28 de marzo de 1786, sumamente reveladora:
«Nos tomamos la libertad de hacer algunas indagaciones
acerca de los fundamentos de sus pretensiones [las de Berbería] de hacer la
guerra a naciones que no les habían infligido daño alguno, y observamos que
considerábamos amigos nuestros a todos aquellos seres humanos que no nos
hubieran agraviado ni nos hubieran dado provocación. El embajador nos respondió
que ello se fundaba en las leyes de su Profeta, que estaba escrito en su Corán,
que todas las naciones que no hubieran reconocido su autoridad eran pecadoras,
que era su derecho y su deber hacerles la guerra dondequiera que pudieran ser
halladas y reducir a la esclavitud a cuantos pudieran capturar como
prisioneros, y que todo musulmán que cayera muerto en batalla tenía la certeza
de ir al Paraíso.»
En suma, durante más de
1.200 años, interrumpidos por una réplica cruzada que el Occidente moderno se
obstina en demonizar, el islam representó una amenaza existencial para la
Europa cristiana y, por extensión, para la civilización occidental.
Y ahí radica la
cuestión: hoy, ya sea en la enseñanza secundaria o en los estudios de posgrado,
ya sea en la representación que ofrecen Hollywood o los medios informativos, el
relato histórico predominante es que los musulmanes son las «víctimas»
históricas de unos cristianos occidentales «intolerantes».
De ahí que el Occidente
bienintencionado se sienta «obligado» a «compensar» los presuntos crímenes de
sus antepasados contra el islam, acogiendo a musulmanes por millones y
apaciguándolos de una manera sin precedentes.
Sin duda, los
antepasados europeos de Occidente, que en algún momento u otro combatieron al
islam o fueron conquistados por él, deben de estar revolviéndose en sus tumbas.
Pero todo esto es
historia, dirán algunos. ¿Para qué removerla? ¿Por qué no dejarla atrás y
seguir adelante, abrir un nuevo capítulo de tolerancia y respeto mutuos, aun
cuando la historia haya de ser «retocada» un poco?
Esta sería una postura
razonablemente plausible, si no fuera por el hecho de que, a lo largo y ancho
de Occidente, allá donde se les acoge, los musulmanes siguen exhibiendo
el mismo impulso imperial y el mismo supremacismo intolerante que mostraron sus
antepasados conquistadores. La única diferencia es que el mundo musulmán es, en
la actualidad, incapaz de derrotar a Occidente mediante una guerra
convencional.
Con todo, puede que ni
siquiera resulte necesario. Como se ha visto, gracias a la ignorancia histórica
de Occidente, los musulmanes inundan Europa bajo el disfraz de la
«inmigración», aterrorizan a los autóctonos, se niegan a asimilarse y forman
enclaves que en el lenguaje moderno se denominan «enclaves» o «guetos», pero
que en la terminología islámica son el ribāṭ: puestos fronterizos desde
los cuales se libra la yihad contra el infiel, de un modo u otro.
Todo ello conduce a otra
pregunta, acaso aún más importante: si la verdadera historia de Occidente y del
islam está siendo invertida, ¿qué otras «ortodoxias» históricas que se difunden
como verdades son también falsas?
¿Fueron realmente
oscuros los Siglos Oscuros a causa de las fuerzas asfixiantes del cristianismo?
¿O acaso esa edad oscura, que «casualmente» tuvo lugar en los mismos siglos en
que la yihad hostigaba constantemente a Europa, fue producto de otra
religión asfixiante? ¿Fue la Inquisición española un reflejo de la barbarie
cristiana o, más bien, un reflejo de la desesperación cristiana frente a los
cientos de miles de musulmanes que, alegando haberse convertido al cristianismo,
practicaban la taqiya y trabajaban febrilmente, junto con otros
musulmanes, para subvertir la nación cristiana y devolverla al islam?
No esperemos obtener
respuestas verdaderas a estas y otras preguntas por parte de los artífices,
guardianes y divulgadores de la epistemología fabricada de Occidente, que
existe únicamente para servir a determinados relatos y agendas.
En el futuro (sea cual
fuere el que haya), las historias que se escriban sobre nuestros tiempos
probablemente subrayarán cómo nuestra época, irónicamente llamada la «era de la
información», no fue una época en la que las personas estuvieran bien informadas,
sino más bien una época en que la desinformación estuvo tan extendida y tan
poco cuestionada que generaciones enteras vivieron en burbujas de realidades
alternativas, hasta que, al final, esas burbujas estallaron.
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