Genocidio cristiano: la guerra santa otomana para borrar a todo cristiano

RAYMOND IBRAHIM





«Dieciocho de las jóvenes más hermosas fueron arrastradas a una iglesia, desnudadas y violadas en turno sobre el Santo Evangelio.»

Cada 24 de abril se celebra el Día del Recuerdo del Genocidio Armenio.


Conviene recordar también que no fueron solo los armenios quienes fueron masacrados a manos de los turcos. Así, la primera afirmación de la Resolución 296 de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos reconoce correctamente “la campaña de genocidio contra armenios, griegos, asirios, caldeos, siríacos, arameos, maronitas y otros cristianos”.


Esa última palabra —cristianos— es clave para comprender este trágico capítulo de la historia: el cristianismo es lo que tenían en común todos esos pueblos, tan diversos entre sí, y fue, por tanto, el factor determinante en cuanto a quiénes los turcos “purgarían” y quiénes no, no la nacionalidad, ni la etnia, ni los agravios.


El genocidio se asocia con frecuencia a los armenios porque en su caso el número de muertos fue mayor que en cualquier otro grupo étnico, lo que los convirtió en el rostro de ese genocidio.


Según las cifras generalmente aceptadas, los turcos exterminaron a 1,5 millones de armenios, 750.000 griegos y 300.000 asirios.


En cuanto a los asirios (designación que abarca también a caldeos, siríacos y arameos), la mitad de su población de 600.000 personas fue exterminada en el genocidio. En otras palabras, en proporción a su número, sufrieron más bajas que cualquier otro grupo cristiano, incluidos los armenios.


El libro Year of the Sword: The Assyrian Christian Genocide, publicado en 2016, deja dos puntos en claro: 1) que los asirios fueron sistemáticamente masacrados, y 2) que la razón última de su genocidio —y, por extensión, del de armenios y griegos— fue su identidad cristiana.


El autor de la obra, Joseph Yacoub, profesor emérito de la Universidad Católica de Lyon, ofrece abundante documentación contemporánea en la que se narran innumerables atrocidades cometidas contra los asirios: masacres, violaciones, marchas de la muerte, sadismo ocular y la profanación y destrucción de cientos de sus iglesias.


Si bien reconoce que los asirios “fueron aniquilados por la locura homicida del poder otomano, impulsada por una forma abyecta de nacionalismo desenfrenado”, Yacoub afirma asimismo que la “política de limpieza étnica estuvo avivada por el panislamismo y el fanatismo religioso. Los cristianos eran considerados infieles (kafir). La llamada a la Yihad, decretada el 29 de noviembre de 1914 e instrumentalizada con fines políticos, formaba parte del plan” para “unir fuerzas y barrer las tierras de los cristianos y exterminarlos”. Varios documentos clave, entre ellos uno de 1920, confirman que existía “un plan otomano para exterminar a los cristianos de Turquía”.


El papel desempeñado por otras minorías bajo el dominio otomano—es decir, las minorías “musulmanas”—subraya aún más que la religión fue la línea divisoria.


Considérese el caso de los kurdos. Aunque jamás ha existido demasiado amor entre ellos y los turcos, una vez que los cristianos entraron en escena, los dos pueblos musulmanes, que hasta entonces se encontraban enfrentados, dejaron temporalmente a un lado sus diferencias históricas: “La guerra santa [yihad] fue proclamada en Kurdistán y las tribus kurdas respondieron con entusiasmo bajo la dirección planificada y concertada de las autoridades turcas”, escribe Yacoub. Así, los kurdos “fueron cómplices en las masacres y participaron en los saqueos por razones ideológicas (los cristianos eran infieles)”.


Yacoub relata numerosas “atrocidades cometidas por turcos y kurdos, pueblo a pueblo y aldea a aldea, sin excepción”. En un caso, turcos, kurdos y otros “suníes” seleccionaron “dieciocho de las jóvenes más hermosas” y las arrastraron a una iglesia local, “donde fueron desnudadas y violadas en turno sobre el Santo Evangelio”. Un testigo presencial recordó que los “ultrajes” cometidos “incluso contra los niños” eran “tan horribles que uno retrocede; ponen los pelos de punta”.


Abundantes precedentes presagiaron este genocidio cristiano de principios del siglo XX. A modo de ejemplo, entre 1843 y 1847, los kurdos “desataron una carnicería” entre los asirios de Van. Más de 10.000 hombres fueron masacrados, mientras que “miles de mujeres y niñas” fueron violadas, mutiladas “y convertidas por la fuerza al islam”.


La historia no ha cesado. Los cristianos que más recientemente sufrieron un genocidio—los asirios que cayeron bajo el dominio del Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS)—son “ellos mismos hijos de las víctimas del Imperio Otomano”, señala Yacoub.


Además, tanto armenios como asirios continúan siendo victimizados tanto por Turquía, miembro de la OTAN, como por los kurdos.


En resumen, no solo es importante recordar que pueblos distintos a los armenios fueron también víctimas del genocidio, sino que pueblos distintos a los turcos fueron también responsables del mismo.


Los perpetradores eran todos musulmanes, y las víctimas eran todas cristianas: una dicotomía que sigue viva en el mundo actual.


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