El Gran Imán de Egipto reafirma las ‘tres opciones’ del islam: conversión, sumisión o guerra

RAYMOND IBRAHIM





Tras numerosas ambigüedades calculadas para el consumo occidental, el Gran Imán de Al-Azhar expone sin tapujos las normas islámicas que rigen la yihad contra los no musulmanes.


Incluso cuando tratan de mostrar cuán moderado es el islam, los jeques del islam no pueden sino demostrar lo contrario: cuán radical es.


Gran parte del mundo musulmán celebró recientemente el nacimiento de su profeta Mahoma (que este año, según el calendario lunar, cayó el 25 de agosto). Durante una celebración de gran repercusión en Egipto, a la que asistió el presidente Abdel Fattah al-Sisi, el jeque al-Tayeb, Gran Imán de Al-Azhar —posiblemente la institución islámica más prestigiosa del mundo—, ensalzó las numerosas virtudes de Mahoma.


Sin embargo, en un momento dado, y según una exclusiva de Coptic Solidarity:


«Al-Tayeb contrapuso lo que describió como la ética que regía la guerra en tiempos del Profeta con las guerras del siglo XXI. La humanidad de hoy, afirmó, padece una sucesión continua de guerras y derramamiento de sangre, la destrucción de hogares y hospitales, el ataque deliberado contra niños, mujeres y enfermos, y el quebrantamiento de compromisos y acuerdos. Sostuvo que no existía comparación posible entre la brutalidad de las guerras contemporáneas y lo que calificó como la justicia que regía la guerra en la época del profeta.

   Al abordar específicamente la ética de la guerra en el islam, el Gran Imán subrayó que el combate en el islam no tiene por objeto obligar a las personas a abrazar la religión ni forzarlas a adoptar un determinado sistema social o económico. Su finalidad, dijo, es únicamente repeler la agresión.»


A continuación citó el mismo puñado de versículos coránicos que citan todos los apologistas del islam, entre ellos «Combatid por la causa de Alá a quienes os combatan, pero no os excedáis» (Corán 2,190), y «No cabe coacción en religión» (Corán 2,256).


En síntesis, el mensaje del Gran Imán se reducía a esto: el islam es una religión de paz y solo entra en guerra cuando se ve obligado a ello, es decir, en legítima defensa.


Hasta aquí, nada de esto resulta especialmente novedoso.


Pero el imán prosiguió exponiendo, con detalle, las normas de guerra que rigen a los musulmanes una vez que la guerra ya ha estallado. La exclusiva de Coptic Solidarity continúa:


«Citando las escuelas jurídicas malikí y hanafí del derecho islámico, afirmó que los musulmanes están obligados a esperar tres días después de invitar al enemigo a abrazar el islam, sin iniciar el enfrentamiento antes del cuarto día, con la esperanza de que el enemigo acepte el islam o convenga un tratado de paz o una reconciliación. Fundamentó esto en una tradición atribuida a Ibn Abbas, según la cual el profeta nunca combatió a un pueblo sin invitarlo antes al islam.

   Al-Tayeb fue aún más lejos. Afirmó que el derecho islámico prohíbe combatir a quienes todavía no han recibido la invitación (da'wa) al islam, la cual debe presentarse de manera que explique las virtudes de la religión. Según su propio resumen, el enemigo no debe ser sorprendido: primero debe ser advertido y debidamente invitado al islam, o invitado a concertar un tratado de paz.

   También citó una tradición según la cual el profeta habría instruido a Mu'adh ibn Jabal para que no combatiera al enemigo sin invitarlo antes al islam. Al-Tayeb presentó estas normas como un ejemplo sin parangón de justicia, equidad y respeto por los derechos del otro, incluso de un enemigo enfrascado en el combate.»


Con esto queda dicho todo sobre eso de que «no cabe coacción en religión».


Tras insistir en que el islam solo hace la guerra en legítima defensa y nunca para imponer su fe a los demás, el Gran Imán pasó a sonar de un modo no muy distinto al del Estado Islámico (ISIS).


Una y otra vez presentó la «invitación» a los no musulmanes a entrar en el islam como uno de los requisitos previos —si no el requisito previo principal— para decidir si se emprenderá o no la guerra (yihad).


Esto, naturalmente, plantea numerosos interrogantes. Para empezar, ¿qué tiene que ver la conversión al islam con la legítima defensa? Si, como afirmó al-Tayeb, el problema es la agresión del enemigo, entonces la solución debería consistir en poner fin a esa agresión. Que se retire, que cese las hostilidades o que acepte las condiciones necesarias para la paz. Que siga siendo cristiano, judío, pagano o cualquier otra cosa debería resultar del todo irrelevante.


¿Y qué debemos hacer con el plazo de espera de tres días? Si los musulmanes se limitan a defenderse de un ataque, ¿por qué posponer esa defensa tan necesaria mientras instan al agresor a abrazar el islam?


Por último, ¿por qué habría de eliminar la conversión del enemigo la necesidad de combatirlo, a menos que su incredulidad, y no su agresión, fuera desde el principio el verdadero problema?


Como observa acertadamente la exclusiva de Coptic Solidarity:


«Se pide al público que acepte dos proposiciones que obedecen a lógicas fundamentalmente distintas: por un lado, la religión es enteramente voluntaria, la guerra nada tiene que ver con la conversión, y el combate solo se permite para repeler la agresión; por otro, invitar al enemigo a abrazar el islam se impone como un paso prescrito previo a la batalla, con un auténtico período de espera destinado, en parte, a darle tiempo al enemigo para aceptar el islam.

   Repetir que «no cabe coacción en religión» no puede hacer desaparecer esa contradicción.

   El resultado es un discurso casi bifurcado: moderno y tranquilizador en un momento, para reproducir al siguiente una concepción clásica muy distinta de la relación entre el islam, los no musulmanes y la guerra. De hecho, el propio al-Tayeb se refirió más tarde al conjunto más amplio de normas que rigen la «yihad en el camino de Alá» antes, durante y después del combate.

   El contexto hace que esto resulte aún más trascendente. No se trataba de un oscuro texto medieval examinado en un seminario de teología, ni de las palabras de un predicador marginal. Eran las palabras del Gran Imán de Al-Azhar, una de las autoridades más destacadas del islam sunní, pronunciadas en 2026, en una importante ceremonia oficial a la que asistía el presidente Abdel Fattah el-Sisi.

   Y en ello reside quizá la mayor ironía: un discurso ofrecido como prueba de la humanidad, la mesura y el carácter no coercitivo de la guerra islámica termina revelando, a través de su propio desarrollo, la misma contradicción que aparentemente pretendía disipar.»


En efecto. Lo que ocurre aquí resulta bastante claro para quienes observan el islam desde hace tiempo. Al ocupar el cargo, de gran influencia, de Gran Imán de Al-Azhar —descrito a menudo en la prensa occidental como el equivalente más cercano del islam sunní a un papa—, al-Tayeb debe satisfacer a dos audiencias: a los no musulmanes curiosos —entre ellos no pocos occidentales que puedan estar escuchando— y al mundo islámico, que comprende perfectamente las normas islámicas de la guerra, incluido el papel central de la conversión.


En el Corán, los hadices y la sira, así como en los comentarios [tafsires] y los pronunciamientos definitivos de las escuelas de jurisprudencia [madhahib], es precisamente la identidad religiosa del no musulmán lo que más justifica la guerra ofensiva, la yihad. Mientras siga siendo un kafir (no musulmán), seguirá siendo un enemigo. En cuanto las circunstancias lo permitan, la ley islámica obliga a los musulmanes a ofrecer al no musulmán esas tres opciones: la conversión (y la paz); el pago de un tributo (la yizia, junto con la aceptación de un estatus de segunda clase); o la guerra.


En suma, el Gran Imán se dedica a un cierto disimulo. Por un lado, engaña a la inmensa mayoría de los occidentales, quienes, al oír todo su discurso sobre la moderación y la legítima defensa, quedarán satisfechos y apenas repararán en la incongruencia de incluir la conversión como el requisito previo principal; y, por otro lado, satisface a su base islámica.



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