La guerra de 1.300 años de España: del grano de mostaza de Pelayo a la traición de hoy
RAYMOND IBRAHIM
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«Cristo es nuestra esperanza
de que, a partir de esta pequeña montaña, se restaure el bienestar de España»
—Pelayo, 28 de mayo de 722.
Hace más de 1.300 años, el 28 de mayo de 722, se libró una batalla poco conocida pero
profundamente importante, que marcó el tono de los siguientes ochocientos años
de «convivencia» cristiano-musulmana en España: la batalla de Covadonga.
Para apreciar su significado,
debemos remontarnos once años antes, a 711, cuando árabes y africanos, ambos
bajo el estandarte del islam, «invadieron impíamente España para destruirla»,
por citar la Crónica mozárabe de 754. Una vez en suelo europeo,
«arruinaron hermosas ciudades, incendiándolas; condenaron a la cruz a señores y
hombres poderosos, y degollaron con la espada a jóvenes y niños».
Tras enfrentarse y derrotar a
los nobles visigodos de España en la decisiva batalla de Guadalete —«jamás hubo
en Occidente una batalla más sangrienta que esta», escribió el cronista
musulmán al-Hakam, «pues los musulmanes no apartaron de ellos [los cristianos]
sus cimitarras durante tres días»—, los invasores continuaron penetrando hacia
el norte de España, «sin pasar por un lugar sin reducirlo y apoderarse de su
riqueza, pues Alá Todopoderoso había golpeado de terror los corazones de los
infieles».
Tal terrorismo se cultivaba de
forma intencionada, en consonancia con el Corán (3,151; 8,12; etc.). Por
ejemplo, los invasores degollaban, cocinaban y fingían comer —o realmente
comían— a cautivos cristianos, mientras liberaban a otros que, horrorizados,
huían e «informaban a las gentes de al-Ándalus [España] de que los musulmanes
se alimentaban de carne humana», contribuyendo así «en no poca medida a
acrecentar el pánico de los infieles», escribió al-Maqqari, otro cronista
musulmán.
Contrariamente a la afirmación
de que España capituló con facilidad, de que razonó que el dominio árabe no era
peor y acaso más benévolo que el de los visigodos, incluso los cronistas
musulmanes señalan cómo «los cristianos se defendieron con el mayor vigor y
resolución, y grande fue el estrago que causaron en las filas de los fieles».
En Córdoba, por ejemplo, cierto
número de visigodos principales y sus gentes se atrincheraron en una iglesia.
Aunque «los sitiados no tenían esperanza alguna de liberación, fueron tan
obstinados que, cuando se les ofreció la salvación a condición de abrazar el
islam o de pagar la yizia, se negaron a rendirse, y, al ser incendiada la
iglesia, todos perecieron entre las llamas», escribió al-Maqqari, añadiendo que
las ruinas de esta iglesia se convirtieron en lugar de «gran veneración» para
las generaciones posteriores de españoles «por el valor y la entereza mostrados
en la causa de su religión por quienes murieron en ella».
Al final, los españoles
autóctonos tenían dos opciones: someterse al dominio musulmán o «huir a las
montañas, donde se exponían al hambre y a diversas formas de muerte», según un
cronista cristiano temprano.
Pelagio, más conocido como
Pelayo (685-737), pariente y «espatario» (portador de espada) del rey Rodrigo,
y superviviente de Guadalete, siguió ambas estrategias. Tras la batalla, se
retiró al norte, donde el dominio musulmán era aún precario, pero finalmente
consintió en convertirse en vasallo de Munuza, un caudillo musulmán local.
Mediante alguna «estratagema», Munuza «se casó» con la hermana de Pelayo,
asunto al que el espatario «de ningún modo consintió», según la Crónica de
Alfonso III.
Habiendo manifestado su disgusto
por la captura de su hermana, y habiendo dejado de pagar la yizia (tributo), se
envió a unos musulmanes «a prenderlo a traición» y traerlo de regreso «atado
con cadenas». Incapaz de combatir a la avalancha de árabes y africanos «por ser
tan numerosos», Pelayo «subió a un monte» y «se unió a cuantos halló
apresurándose a reunirse».
Allí, en los más profundos
recovecos de las montañas de Asturias —el único lugar libre que quedaba en la
península ibérica—, los fugitivos cristianos reunidos proclamaron a don Pelayo su
nuevo rey. Así nació, en 722, el Reino de Asturias.
«Al oír esto, el rey [el
gobernador musulmán de Córdoba], movido por una furia insensata, ordenó que un
ejército muy numeroso saliera de toda España» para someter a los rebeldes
infieles. Los invasores —180.000 de ellos, si se ha de dar crédito a los cronistas—
rodearon la montaña de Pelayo.
Enviaron a Opas, obispo o noble
visigodo que se había sometido al dominio musulmán, a razonar con él a la boca
de una profunda caverna: «Si cuando todo el ejército de los godos estaba
reunido», comenzó Opas, «no pudo sostener el ataque de los ismaelitas [en
Guadalete], ¿cuánto mejor podrás defenderte tú en la cima de este monte? A mí
me parece difícil. Más bien, atiende a mi advertencia y aparta tu alma de esta
resolución, para que puedas gozar de muchos bienes y disfrutar de la alianza de
los caldeos [árabes]».
«No me asociaré con los árabes
en amistad, ni me someteré a su autoridad», fue la réplica de Pelayo. Entonces
el rebelde hizo una profecía que se cumpliría a lo largo de casi ocho siglos:
«¿No has leído en las divinas
Escrituras [p. ej., Marcos 4,30-31] que la Iglesia de Dios se compara a un
grano de mostaza y que será de nuevo enaltecida por la misericordia divina?»
Opas afirmó que así era.
Continuó el rebelde:
«Cristo es nuestra esperanza de
que, a través de esta pequeña montaña que ves, se restaure el bienestar de
España y el ejército del pueblo godo. […] Ahora, pues, confiando en la
misericordia de Jesucristo, desprecio a esta multitud y no la temo. En cuanto a
la batalla con que nos amenazas, tenemos por nosotros un abogado en presencia
del Padre, esto es, el Señor Jesucristo, capaz de librarnos de estos pocos».
Allí, en Covadonga —que
significa «Cueva de la Señora»—, se entabló la batalla en el verano de 722.
Una lluvia de piedras cayó sobre
los musulmanes en los angostos desfiladeros, donde su número de nada servía y
solo causaba confusión. En medio del caos, Pelayo y su pequeña banda de
rebeldes desesperados se lanzaron desde sus cuevas y escondrijos e hicieron
gran mortandad entre ellos; a quienes huían de la matanza los perseguían y
abatían otros montañeses, ahora envalentonados. «Se asestó un golpe decisivo al
poder moro», escribió un historiador del siglo XIX. «La marea incontenible de la
conquista quedó contenida. Los españoles cobraron ánimo y esperanza en su hora
más oscura, y el sueño de la invencibilidad musulmana se rompió».
Según el historiador de la
Reconquista Joseph O’Callaghan, «Covadonga se convirtió en el símbolo de la
resistencia cristiana al islam y en una fuente de inspiración para quienes, en
palabras atribuidas a Pelayo, habrían de lograr la salus Spanie, la
salvación de España».
Se hicieron varios intentos
musulmanes posteriores, incluidas tres grandes campañas, por conquistar el
montañoso reino de Asturias, y los «cristianos del norte apenas conocían el
significado del reposo, la seguridad o cualquiera de las comodidades de la vida»,
observó el historiador Louis Bertrand. Las constantes incursiones de la yihad
crearon una agreste zona fronteriza que discurría aproximadamente a lo largo
del río Duero. Esta se convirtió en «un territorio donde uno [el musulmán]
combate por la fe», escribió un musulmán medieval. Como afirmó Ibn Jaldún, todo
gobernante musulmán de al-Ándalus estaba obligado «a hacer la yihad en persona
y con sus ejércitos al menos una vez al año».
Los musulmanes devastaron
intencionadamente la región —que más tarde apodaron «el Gran Desierto»— situada
entre ellos y Asturias. Bertrand lo detalla:
«Para mantener a los cristianos
[del norte] en su sitio no bastaba con rodearlos de una zona de hambre y
destrucción. Era preciso, además, ir a sembrar el terror y la matanza entre
ellos. Dos veces al año, en primavera y en otoño, un ejército salía de Córdoba
para ir a hostigar a los cristianos, destruir sus aldeas, sus puestos
fortificados, sus monasterios y sus iglesias, salvo cuando se trataba de
expediciones de mayor envergadura, que implicaban asedios y batallas campales.
En el caso de expediciones meramente punitivas, los soldados del califa se
limitaban a destruir las cosechas y a talar los árboles. […] Si se tiene
presente que este bandidaje era casi continuo, y que esta furia de destrucción
y exterminio se consideraba obra de piedad —era una guerra santa contra los
infieles—, no es de extrañar que regiones enteras de España quedaran
irremediablemente estériles. Esta fue una de las causas capitales de la
deforestación que la península aún padece. Con qué salvaje satisfacción y en
qué piadosos acentos nos relatan los analistas árabes esas incursiones al menos
bienales. Una frase típica para alabar la devoción de un califa es esta:
“Penetró en territorio cristiano, donde causó devastación, se entregó al
pillaje y tomó prisioneros”. […] Al mismo tiempo que eran devastadas, regiones
enteras quedaban despobladas. […] La prolongada presencia de los musulmanes
fue, por tanto, una calamidad para este desdichado país de España. Con su
sistema de incursiones continuas la mantuvieron durante siglos en una condición
de bandidaje y devastación».
Aun así, el grano de mostaza no
perecería. «Una chispa vital seguía viva», escribió Edward Gibbon; «algunos
fugitivos invencibles prefirieron una vida de pobreza y libertad en los valles
de Asturias; los recios montañeses rechazaron a los esclavos del califa».
Es más, «todos los descontentos
con la dominación mora, todos los que se aferraban a la esperanza de un renacer
cristiano, todos los que detestaban a Mahoma» se sintieron atraídos por aquella
vida de pobreza y libertad, como lo expresó el historiador del siglo XIX Henry
Edward Watts. A mediados del siglo VIII, la «chispa vital» se había extendido
hasta abarcar todo el noroeste de la península.
A lo largo de los tres siglos
siguientes, varios reinos cristianos —Galicia, León, Castilla, Navarra, Aragón
y Cataluña, cuya importancia y nombres se transformaron y mudaron con los
vaivenes de la historia— surgieron a partir del grano de mostaza astur o junto
a él. Hicieron lentos pero constantes progresos contra las fuerzas del islam.
Finalmente, en 1085, y tras casi
400 años de ocupación musulmana, los cristianos recuperaron la antigua capital
visigoda, Toledo. A lo largo del siglo siguiente llegaron de África no una,
sino dos masivas nuevas invasiones: la primera bajo los almorávides, la segunda
bajo los almohades. Ambas estaban entregadas a la yihad (de un modo que haría
parecer tibio al Estado Islámico).
Siguió un tira y afloja entre
cristianos y musulmanes hasta 1212, cuando ambas fuerzas se enfrentaron en la
sumamente decisiva batalla de las Navas de Tolosa. La victoria fue para los
cristianos. Una tras otra, ciudades largamente en poder musulmán fueron
liberadas por los vencedores: Córdoba, durante siglos capital de la España
musulmana, en 1236; Valencia en 1238; y Sevilla en 1248.
Así como los musulmanes habían
«purificado» durante siglos las ciudades e iglesias cristianas capturadas «de
la inmundicia de la idolatría y […] de las manchas de la infidelidad y el
politeísmo», ahora, ojo por ojo, los conquistadores y clérigos cristianos se
entregaron a elaboradas ceremonias mediante las cuales mezquitas y ciudades
quedaban «limpias de la inmundicia de Mahoma» —frase omnipresente en las
crónicas de la reconquista de ciudades musulmanas—, mientras los relatos
musulmanes se lamentaban por las «moradas vaciadas del islam» y por las
«mezquitas […] en las que [ahora] solo se hallan campanas y cruces».
Solo quedaba el remoto reino
musulmán de Granada, en el extremo más meridional de la península. Rodeada de
terreno montañoso y con el mar a su espalda, Granada estaba bien fortificada,
era inaccesible y permanecía aislada del resto de Iberia. Además, las luchas
intestinas cristianas estallaban con frecuencia, a medida que Castilla, Aragón
y Portugal pugnaban cada vez más por el poder.
El día de Navidad de 1481, los
musulmanes de Granada asaltaron una fortaleza cristiana cercana y degollaron a
cuantos había en ella. El rey Fernando y la reina Isabel declararon la guerra,
para que «la cristiandad pudiera verse librada de esta continua amenaza a sus
puertas», según explicaron, y para que «estos infieles del reino de Granada
[fueran] echados y expulsados de España» de una vez por todas. Tras una década
de campañas militares y asedios, Granada finalmente se rindió, el 2 de enero de
1492.
«Después de tanto trabajo,
gasto, muerte y derramamiento de sangre», escribió la pareja real, «este reino
de Granada, que estuvo ocupado por los infieles durante más de setecientos
ochenta años», había sido liberado.
Y todo ello se cumplió gracias
al grano de mostaza astur de Pelayo, plantado hace más de 1.300 años en esta
misma fecha de la historia.
*****
Aun así, aquel viejo adagio
—quienes olvidan la historia están condenados a repetirla— ha venido a cobrarse
su precio.
Desde hace ya muchos años,
hordas de inmigrantes musulmanes llegados por mar desde el norte de África vienen
entrando
ilegalmente e inundando el territorio español. En 2020, 23.000 inmigrantes llegaron
a las islas Canarias de España, lo que representó un aumento del 234 por ciento
de su población. En un solo día de 2021, unos 6.000 norteafricanos llegaron
a Ceuta «por mar, ya fuera a nado o en embarcaciones neumáticas, todo ello con
el fin de alcanzar finalmente la Europa continental».
Una vez llegados a territorio
español, tales inmigrantes incurren invariablemente en conductas desagradables y
abiertamente delictivas, como la violación
en grupo; también crean enclaves, o ribats,
donde la policía teme
adentrarse. Los delitos violentos dirigidos contra iglesias y cristianos
son especialmente frecuentes.
Entre los peores ataques
terroristas de inmigrantes musulmanes figuran los atentados de los trenes de
Madrid de 2004 (191 muertos), el atropello con furgoneta en Las Ramblas de
Barcelona y los ataques de Cambrils de 2017, que mataron a 16 personas e hirieron
a 150, así como el asalto a iglesias de Algeciras de 2023, cuando un inmigrante
que blandía un machete atacó dos iglesias, hiriendo de gravedad al sacerdote de
una de ellas y degollando
a un sacristán de la otra (los medios españoles respondieron estúpidamente diciendo a los
españoles que no «exageraran», ya que los cristianos también han matado en la
época de las Cruzadas).
A pesar de todo ello —por no
hablar de la historia antes mencionada—, el gobierno español anunció
recientemente que regularizaría a unos 500.000 inmigrantes ilegales del norte de
África (aunque la
cifra podría ser el doble).
En otras palabras, los invasores
musulmanes del norte de África siguen la misma estrategia que condujo a la
conquista islámica de la España cristiana en el siglo VIII.
La única diferencia es que,
mientras los cristianos de la España medieval lucharon en su día con uñas y
dientes por su fe y su libertad, sus descendientes hacen hoy todo lo posible por
acoger y allanar el camino a sus antiguos —y futuros— amos musulmanes.
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