La dicotomía izquierda-derecha es una mentira
RAYMOND IBRAHIM
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«¡La izquierda!» «¡La derecha!»
Tales palabras se profieren a diario en todas partes, como
si su significado fuese evidente por sí mismo.
Sin embargo, pocos se detienen a preguntar: ¿qué significan realmente?
Cabría argumentar que la mayoría de las personas imagina una
línea recta en la que el centro es «neutral», la izquierda es «progresista» y
la derecha es «conservadora».
Este modelo no es meramente simplista: es deliberadamente
engañoso. Oculta lo que verdaderamente está en juego: no la política, sino la
noción misma de verdad.
Comencemos por el supuesto «centro». Se lo presenta como un
ámbito de «neutralidad», un lugar moderado situado entre extremos.
No es nada de eso. El centro no es neutralidad. Es nihilismo:
la negación de la existencia de la verdad.
Quienes se refugian en este término medio no están siendo
«razonables», sino indiferentes. No se molestan en tratar de discernir lo
correcto de lo incorrecto, el bien del mal.
Esta postura puede parecer segura, pero en sociedades
sacudidas por la convulsión moral resulta peligrosa: un pueblo que se niega a
tomar partido por la verdad ya la ha traicionado.
Por el contrario, quienes son calificados con desdén como
«ultraderecha» son, de hecho, los únicos dentro del espectro político que aún
conservan cierto anclaje en la realidad. Su supuesto «extremismo» consiste en
creer en Dios y en la moral, defender la familia, honrar la tradición, respetar
la ley y el orden, y enorgullecerse de su nación y su cultura.
Lejos de ser «radicales», estos valores constituyen la
posición por defecto y asumida como natural en todas partes fuera de
Occidente.
En los países de mayoría musulmana, en India y en Asia
oriental, en África y en Hispanoamérica, todo el mundo da por sentadas
tales convicciones. Ningún comentarista político occidental las calificaría
jamás de «ultraderechistas», pese a que los pueblos y los gobiernos de estas
civilizaciones no occidentales y no blancas nunca se plantearían transigir en
su cultura o en sus normas sociales para acomodarse a las minorías. Más bien,
son las minorías —como todas las minorías comprenden instintivamente, salvo
cuando se las envalentona para obrar de otro modo, algo que únicamente ocurre
en Occidente— las que deben aprender a integrarse.
Las sociedades no occidentales saben lo que Occidente ha
olvidado (o ha sido «adoctrinado» para rechazar): la civilización depende de la
continuidad. La familia, la fe y la memoria cultural no son «ideologías», sino
el tejido mismo de la existencia.
Incidentalmente —y, de nuevo, a diferencia de lo que
sucede en Occidente—, suelen ser los gobiernos de los diversos pueblos y
civilizaciones del mundo no occidental quienes con mayor celo promueven el
orgullo nacional, los valores culturales y la tradición religiosa.
A medida que uno se desplaza hacia la izquierda desde la
posición «ultraderechista», aun permaneciendo técnicamente «a la derecha del
centro», comienzan las concesiones. Los «conservadores centristas» diluyen los
principios para acomodarse a las opiniones en boga. Cada concesión erosiona la
realidad hasta desembocar en el centro nihilista, donde no existen verdades y,
por tanto, todas las opiniones son equivalentes.
La verdadera izquierda, que se extiende más allá del
supuesto centro «neutral», representa un alejamiento aún más inquietante de la
verdad: la locura colma el vacío que deja el nihilismo. Una vez «castrada», la
realidad objetiva cede paso a fantasías subjetivas: afirmaciones cada vez más
desfachatadas que contradicen el sentido común, la razón, la ciencia o el
conocimiento establecido. Los delirios se elevan al rango de dogma sagrado.
Consideremos el permanente embate contra la realidad
biológica. Que hombres y mujeres son distintos resulta evidente a la razón, a
la ciencia y al sentido común. Nadie fuera de Occidente piensa lo contrario. Y,
sin embargo, «la izquierda» insiste en que la «identidad» (una mera afirmación
subjetiva) prevalece sobre la biología.
Desde una perspectiva cristiana, semejante confusión es una
aflicción espiritual; desde una secular, un trastorno psicológico. La primera
requiere un sacerdote; la segunda, un psiquiatra. En cualquier caso, las
patologías que aquejan a la «izquierda» no deberían estar sujetas a debate —y
mucho menos ser normalizadas o «celebradas»— simplemente porque son
intrínsecamente falsas.
Y, no obstante, al denominarlas «de izquierda», y conforme
al modelo asumido de izquierda frente a derecha, la una «progresista», la otra
«conservadora», de inmediato se las legitima como posiciones válidas que, aun
cuando se disienta de ellas, deben ser reconocidas.
En lugar de tratar la falsedad como falsedad, fingimos que
es solo una opinión más, merecedora de reconocimiento y debate. Al hacerlo,
abrimos la puerta a la insensatez, permitiendo que se propague y se enmascare
como un punto de vista más.
Examinado en perspectiva histórica y global, se hace patente
lo absurdo del espectro occidental. Para la mayoría de la humanidad, lo que
Occidente denigra como «extrema derecha» no es sino sentido común. El
confucianismo chino, el dharma hindú, las costumbres tribales africanas,
el catolicismo hispanoamericano, la halajá judía e incluso la saría
islámica —por dispares que sean en su teología— convergen en los mismos
principios fundamentales: la centralidad de la familia, la santidad de la
tradición, la preservación de la moral y la primacía de la comunidad sobre los
caprichos del individuo.
Sólo en Occidente han sido subvertidas las realidades más
elementales —sexo, nación, fe, orden— y se tacha de locos «ultraderechistas» a
quienes aún se aferran a ellas.
El espectro convencional de izquierda, centro y derecha no
es un análisis neutral. Es propaganda. Introduce subrepticiamente la falsedad
en la plaza pública bajo el disfraz de «posiciones» legítimas. En realidad, no
existe simetría alguna. La llamada «ultraderecha» es meramente fidelidad a la
verdad, al orden y a la cordura. El centro es desistimiento: nihilismo
disfrazado de moderación. Y la izquierda es la culminación lógica de ese desistimiento:
relativismo, delirio y, finalmente, locura.
Si hemos de resistir las crisis de nuestro tiempo, debemos
abandonar por completo este espectro engañoso. Algunas cosas no son
opiniones políticas. Son cuestiones de realidad, arraigadas en lo eterno: en la
razón, en la naturaleza y, sí, en Dios. Fingir lo contrario, como hace
Occidente, es el camino a la perdición.
En suma, cuando se trata de lo que verdaderamente importa,
no hay derecha ni izquierda. Sólo hay lo correcto o lo incorrecto.
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