La cruz, la
espada y la sangre que salva
RAYMOND IBRAHIM
|
Cómo la espada de Mahoma
se convirtió en una parodia perversa de la cruz de Cristo.
La enseñanza del islam sobre la espada y la
sangre que esta
derrama es una parodia diabólica de la enseñanza del cristianismo sobre
la cruz
y la sangre que en ella se derramó.
Ambas borran todos los pecados y salvan de los
fuegos del
infierno; ambas garantizan el paraíso eterno.
No se trata de ninguna exageración. Si la
crucifixión, la
muerte y la resurrección de Cristo salvan y lavan los pecados para los
cristianos, el hecho de que los musulmanes maten y sean muertos por la
espada
salva y lava los pecados para los musulmanes.
Como ya vimos, tanto el Corán
como los hadices —es
decir, las palabras de Alá y las de Mahoma— presentan la yihad como el
mayor
acto que puede realizar un musulmán.
«Alinearse para el combate en el camino de Alá»,
dijo el profeta, «es más meritorio que sesenta años de adoración.»
En otras palabras, un solo acto de yihad es, a
los ojos de
Alá, más meritorio que 110 mil rezos con postración y 1.800 días de
ayuno. Ni
siquiera estas cifras bastan, pues Mahoma llegaría a comparar la yihad
con
«rezar sin cesar y ayunar de forma continua».
Con todo, aún queda algo más digno de elogio que
participar
en la yihad: morir en la yihad.
Consideremos el siguiente pasaje del Corán:
«Alá ha comprado a los creyentes sus vidas y sus
bienes
terrenales y, a cambio, les ha prometido el paraíso: combatirán en el
camino de
Alá y matarán y serán muertos. Es una promesa vinculante para Él … ¿y
quién es
más fiel a su compromiso que Alá? Alegraos, pues, por el trato que
habéis
cerrado, porque ese es el triunfo supremo.»
(Por cierto, fue como guiño a este versículo
—Corán 9,111—
como al-Qaeda eligió la fecha 9/11/1 para atacar.)
En otro pasaje, la deidad islámica afirma que
quien libra la
yihad concede, en esencia, un «buen préstamo a Alá», que este garantiza
devolver «muchas veces más», siempre en proporción a los esfuerzos del
yihadista —con la muerte como cumbre del éxito (Corán 2,245; 4,95).
Si bien lo anterior deja claro que nada es tan
especial para
Alá como matar y ser muerto por él, Mahoma llegaría a presentar el
derramamiento de sangre —la propia y la de los enemigos— como
equiparable al
derramamiento de la sangre de Cristo.
Antes de demostrarlo, veamos primero qué dice la
Biblia
sobre la cruz, la sangre de Cristo y la salvación:
• «Cristo nos lavó de nuestros pecados con su
propia
sangre» (Apocalipsis 1,5);
• «La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia
de
todo pecado» (1 Juan 1,7);
• «Y habiendo hecho la paz mediante la sangre de
su
cruz, para reconciliar por medio de él todas las cosas consigo mismo»
(Colosenses
1,20);
• «Cristo, siendo nosotros todavía pecadores,
murió por nosotros … ¡Con cuánta más razón, pues, justificados
ahora por
su sangre, seremos por él salvados de la ira!» (Romanos 5,8-9);
• Para más referencias, véanse también Mateo 26,28;
1 Corintios
15,3; Colosenses 2,13-14; Hebreos 9,14; 9,26; 10,12-14; Gálatas 3,13; Efesios 1,7; 2,16; Isaías
53,5-6;
53,12; 1 Pedro 2,24.
Obsérvense ahora los muchos hadices poco
conocidos en los
que Mahoma tomó este mismo paradigma cristiano, pero lo pervirtió, de
modo que
la espada sustituye a la cruz como instrumento de muerte, y el
derramamiento de
sangre que lava los pecados no es el de Cristo, sino el propio.
Esto se manifiesta con mayor fuerza en una de las
colecciones de hadices más antiguas y autorizadas dedicadas a la yihad,
el Kitab
al-jihad (Libro de la yihad), obra del muy respetado erudito y
yihadista
Abdullah ibn Mubarak (726-797).
En un hadiz poco conocido, Mahoma dice:
«Un hombre creyente se acarreó transgresiones y
pecados.
Pero libra la yihad en el camino de Alá con su persona y su riqueza, de
modo
que, cuando se topa con el enemigo, combate hasta morir. Sus
transgresiones y
pecados quedan limpios —pues la espada purifica de los pecados— y entra
en el paraíso por la puerta que desee» (n.º 7).
Otras tradiciones del Kitab al-jihad
parecerían
sugerir que las intenciones del yihadista —si desea o no que lo maten—
resultan
irrelevantes: basta con ser muerto del lado del islam para tener toda
la prueba
de buenas intenciones que se necesita:
«Un hombre sale a una incursión en el camino de
Alá y no
desea matar ni ser muerto, pero lo alcanza una flecha. La primera gota
de
sangre que derrama es una expiación por todos los pecados que cometió
jamás… Un
segundo hombre sale a una incursión deseando matar, pero no ser muerto,
y lo
alcanza una flecha. La primera gota de sangre que derrama es una
expiación por
todos los pecados que cometió jamás… Un tercer hombre sale a una
incursión en
el camino de Alá deseando matar y ser muerto, y lo alcanza una flecha.
La
primera gota de sangre que derrama es una expiación por todos los
pecados que
cometió jamás» (n.º 125).
Naturalmente, tales garantías contribuyeron en
buena medida
a inspirar a la inmensa mayoría de los combatientes musulmanes, que
participaban simplemente por el botín y el pillaje y no tenían ningún
afán de
morir. Quizá creyeran en el infierno, pero no tenían prisa por ser
juzgados. La
formulación de Mahoma les permitía lo mejor de ambos mundos: combatir
por el
botín y el pillaje —pero combatir del lado del islam— y, en caso de
morir, el
paraíso era suyo. (Obsérvese, por ejemplo, que el segundo hombre, que
está
dispuesto a matar a otros pero no desea ser muerto él mismo, se
describe como
alguien que sale de «incursión» sin la distinción crucial: «en el
camino de
Alá».)
Por cierto, Mahoma y Alá adoptaron un enfoque muy
distinto
con los musulmanes a quienes no movían a combatir las promesas de
recompensas
temporales o eternas: en el infierno «serán torturados como ningún otro
ser
humano pecador», amenazó Mahoma, con la confirmación de Alá (p. ej.,
Corán
8,15).
Hay muchos más hadices y tradiciones de este tipo
en el Kitab
al-jihad de Mubarak, el manual más antiguo y de mayor prestigio
dedicado a
la yihad, que además equipara, casualmente, el derramamiento de sangre
de los
combatientes musulmanes con el del propio Cristo. Por ejemplo, Abu
Darda,
compañero del profeta muy estimado por su piedad, su ascetismo y su
sabiduría,
dijo:
«Ser muerto en el camino de Alá lava toda
suciedad. Ser
muerto es [como] dos muertes: una expiación y un rango» (n.º 6).
En otras palabras, el musulmán que muere ha
matado, en
esencia, dos pájaros de un tiro: obtiene la expiación de todos sus
pecados y
alcanza el más alto rango en el paraíso.
El mismo tema está presente incluso en las
colecciones de
hadices más canónicas. Así, en el que es posiblemente el hadiz más
citado en
elogio del «martirio», el profeta dijo:
«El mártir [shahid] es especial para Alá.
Se le
perdona desde la primera gota de sangre que derrama. Ve su trono en el
paraíso,
donde será adornado con los ornamentos de la fe. Se desposará con las
Aynhour
[vírgenes de ojos grandes] y no conocerá los tormentos de la tumba, y
quedará a
salvo del terror mayor [el infierno]. Sobre su cabeza se fijará una
corona de
honor, un rubí más grande que el mundo y todo cuanto contiene. Y yacerá
con
setenta y dos Aynhour y podrá interceder por setenta de sus parientes» (Musnad
Aḥmad, n.º 17182; cf. al-Tirmidhī, n.º 1663; Ibn Mājah, n.º 2799).
Las Aynhour (o hurís) son mujeres sobrenaturales
y
celestiales creadas por Alá con el fin expreso de complacer a sus
favoritos a
perpetuidad. Aparecen por doquier en la literatura yihadista más
antigua,
llamando al aspirante a mártir para que apresure su labor y pueda
unirse a sus
abrazos. Los combatientes que yacen moribundos en el campo de batalla
dicen a
los camaradas que tienen cerca que ven acercarse a «las mujeres del
paraíso».
El siguiente hadiz aparece en el Kitab al-jihad de Mubarak:
«Cuando es
muerto, la primera burbuja de su sangre hace que sus pecados se
desprendan …
Dos [huríes] descienden hasta él y le enjugan el rostro diciendo:
“Estamos
listas para ti”».
En otro hadiz canónico, Abi Musa dijo:
«El Enviado de Alá dijo: “Las puertas del paraíso
yacen bajo
la sombra de las espadas”. Entonces se levantó un hombre empobrecido y
dijo:
“¿De veras oíste decir eso al Enviado de Alá?”. Él [Abi Musa] dijo:
“Sí”.
Entonces [el pobre] volvió con sus amigos y se despidió de ellos. Luego
rompió
la vaina de su espada y la arrojó lejos. Después avanzó con su espada
hacia el
campamento enemigo y descargó tajos hasta que lo mataron» (Sahih
Muslim,
n.º 1902).
En las dos colecciones de hadices más veneradas,
leemos que:
«Un hombre dijo: “¿Qué lugar me corresponde, oh Enviado de Alá, si me
matan [en
combate]?”. Dijo: “En el paraíso”. Entonces arrojó los dátiles que
tenía en la
mano y combatió hasta que lo mataron» (Sahih Bujari, n.º 4046; Sahih
Muslim, n.º 1899).
Que los musulmanes tengan prisa por morir al oír
que
entrarán en el paraíso —hasta el punto de arrojar su comida— es algo
habitual.
Por ejemplo, en otro hadiz canónico, Anas bin Malik dijo:
«El Enviado de Alá y sus Compañeros partieron y
llegaron a
Badr antes que los idólatras. Cuando los idólatras llegaron, el Enviado
de Alá
dijo: “Que ninguno de vosotros haga nada hasta que yo lo haga primero”.
Entonces los idólatras empezaron a avanzar, y el Enviado de Alá dijo:
“¡Levantaos hacia el paraíso, cuya anchura es igual a la de los cielos
y la
tierra!”. Umair bin al-Humam al-Ansari dijo: “Oh Enviado de Alá, ¿es
[realmente] el paraíso igual en extensión a los cielos y la tierra?”.
Él dijo:
“Sí”. Umair exclamó: “¡Oh! ¡Oh!”. El Enviado de Alá dijo: “¿Qué te ha
llevado a
decir ‘¡Oh! ¡Oh!’?”. Él dijo: “Nada, oh Enviado de Alá, solo que deseo
estar
entre sus moradores”. Él dijo: “Estás entre sus moradores”. Entonces
sacó
[unos] dátiles de su bolsa y empezó a comérselos. Luego dijo: “Si
viviera hasta
haberme comido todos estos dátiles míos, sería ciertamente una larga
vida”.
Entonces arrojó todos los dátiles que llevaba consigo. Después los
atacó [a los
idólatras] y combatió contra ellos hasta que lo mataron» (Sahih
Muslim,
n.º 1901).
En otro hadiz, ʿAwf ibn ʿAfrāʾ preguntó:
«“Oh Enviado de Alá, ¿qué hace reír al Señor de
Su siervo?”
Respondió: “Verlo lanzarse a la batalla, combatiendo sin armadura”.
Entonces
ʿAwf se quitó la cota de malla, avanzó y combatió hasta que lo mataron»
(Al-Sunan
al-kubrā de al-Bayhaqi, n.º 17636, 9:100; cf. la Sira de
Ibn Ishaq).
Todos estos hadices y tradiciones —y hay muchos
más de donde
estos proceden— dejan sumamente claro que el islam remeda el Evangelio:
cambia
el instrumento de muerte, de la cruz a la espada, y la sangre
derramada, de la
de Cristo a la del musulmán. Ambas limpian todos los pecados y salvan
de los
fuegos del infierno; ambas garantizan el paraíso eterno.
Tales son las cualidades salvíficas que la espada
y la
sangre humana que esta derrama poseen en el islam.
Considerando que un «culto a la muerte» se define
como una
religión o ideología que trata el morir o el matar por su causa como
algo
sagrado, redentor o deseable, resulta imposible no concluir que el
culto a la
yihad —en sí mismo un componente central del islam— no es mucho más que
un
culto a la muerte. (A los primeros yihadistas se les aconsejaba incluso
vestir
de blanco al entrar en combate, para que Alá y sus ángeles pudieran
identificarlos fácilmente por sus evidentes manchas de sangre; véase el Kitab
al-jihad de Mubarak, n.º 137.)
O consideremos los sueños anegados de sangre de
Abdallah bin
Jahsh, al enterarse de a quiénes favorece y recompensa Alá más entre
sus
siervos:
«¡Oh Alá! Encuéntrame entre los idólatras a un
hombre
poderoso y furioso, lleno de blasfemia e incredulidad, para que lo
combata por
tu causa. Entonces él me vencerá, me despojará y me cortará las orejas
y la
nariz. Y cuando me encuentre contigo [Alá], Tú dirás: “Oh Abdallah bin
Jahsh,
¿por qué fuiste mutilado?”. Y yo responderé: “¡Por ti, mi Señor!”»
Es, además, bien sabido que los líderes de los
cultos a la
muerte suelen manipular a sus seguidores para que se maten, mientras
que ellos,
los líderes, siempre tienen una excusa para seguir con vida. Parece
haber sido
el caso de Mahoma, que declaró:
«Si no fuera una dificultad para los musulmanes,
jamás me
quedaría atrás sin sumarme a una partida de incursión, saliendo a
combatir en
el camino de Alá… Me encantaría hacer una incursión en el camino de Alá
y ser
muerto, volver a hacer una incursión y ser muerto, y volver a hacer una
incursión y ser muerto.»
Por desgracia para Mahoma, seguir el deseo de su
corazón
—combatir y morir a perpetuidad— habría creado (según él) una
«dificultad para
los musulmanes». De modo que (muy altruistamente) se lo negó a sí mismo
y se
dignó permanecer con vida, rodeado de poder y botín, mientras sus
secuaces
siguen muriendo en busca de la salvación.
|
|
|