La yihad ofensiva: la doctrina que Occidente se niega a afrontar

RAYMOND IBRAHIM





El único problema incontrovertible del islam, que incluso los musulmanes ocultan.


Si hay un problema incontrovertible en el islam, uno que nadie, ni siquiera los musulmanes, pueden negar, es lo que en árabe se conoce como yihad al-talab, es decir, la yihad ofensiva: el imperativo islámico de subyugar al mundo.


Considérese este informe ya antiguo, «Columnistas árabes: dejad de hablar de la yihad ofensiva». Comienza afirmando que «uno de los temas dominantes durante el Ramadán en el mundo árabe es el debate, en los medios de comunicación y en los círculos religiosos, sobre el mandamiento de la yihad y la obligación que de él se deriva de hacer la guerra a los infieles». A continuación se centra en dos artículos de opinión, escritos por árabes musulmanes, que abordan la necesidad de reprimir el discurso musulmán sobre la yihad ofensiva.


Uno de los autores, Khaled Al-Ghanami, escribió que los partidarios «más sensatos» de la yihad ofensiva creen que los musulmanes «deben sentarse y esperar hasta que regrese la era de nuestra fuerza». Mientras tanto, según estos musulmanes pacientes, «no hay nada vergonzoso en la taqiyya [el disimulo] hasta que llegue el momento oportuno». Al-Ghanami lamenta que tales musulmanes actúen ingenuamente «partiendo del supuesto de que el mundo no lee, no vigila… y no presta atención a los llamamientos al asesinato, la tiranía y la agresión que estamos difundiendo».


De manera similar, Abdallah Al-Naggar escribió: «Hoy, las circunstancias de los musulmanes son distintas [es decir, son débiles], y hablar de este aspecto requiere un enfoque inteligente, uno que recalque el aspecto de la autodefensa, en lugar de la agresión y el asalto», ya que debatir sobre la yihad ofensiva «suscita la enemistad de la gente». Por tanto, «hace falta sensatez en nuestros apasionados debates sobre la guerra y las batallas».


Estos autores fueron lo bastante perspicaces como para comprender que el imperativo del islam de que los musulmanes libren la yihad ofensiva es el único obstáculo insalvable para la paz entre musulmanes y no musulmanes.


Más vale, pues, no seguir recordándoselo al mundo infiel.


Considérese: la mayoría de las cosas por las que se critica al islam —la falta de democracia, el «patriarcado», los castigos draconianos, etc.— son intracivilizacionales del islam; es decir, afectan únicamente a los musulmanes.


Como tales, corresponde a los musulmanes decidir sobre su utilidad, pues es responsabilidad de toda civilización reformarse desde dentro, y no mediante la «ayuda» o la coacción exteriores, la primera mirada con desconfianza y la segunda con resentimiento. La democracia moderna en Occidente se desarrolló solo después de que los pueblos de Occidente la desearan con la fuerza suficiente como para luchar por ella ellos mismos, y solo tras siglos de conflictos sangrientos —aunque internos—.


En términos pragmáticos, pues, mientras los mandatos de la saría afecten únicamente a los musulmanes, los no musulmanes no tienen agravios legítimos.


Y esta parece ser la línea divisoria: lo que una civilización mantiene como «correcto» y «normal» para sí misma es aceptable. Sin embargo, cuando una civilización trata de aplicar, por la fuerza, esos mismos principios a otras civilizaciones —ya sea Occidente tratando de importar el lgbt-ismo al islam, o el islam tratando de importar la saría a Occidente—, eso es objetivamente erróneo. Al fin y al cabo, el viejo argumento de que «nosotros debemos suplantar vuestras costumbres por nuestras mejores costumbres, por vuestro propio bien» funciona en ambos sentidos y, de hecho, ha sido una justificación a menudo citada de la yihad ofensiva desde el siglo VII.


¿O acaso le sorprendería al lector saber que los yihadistas (es decir, los terroristas) han presentado durante mucho tiempo su guerra como una expresión de altruismo para «liberar» a los occidentales de sus «engaños» autoimpuestos? Incluso Al Qaeda había justificado en parte su yihad contra Estados Unidos por ser «una nación que explota a las mujeres como productos de consumo» y por no rechazar los «actos inmorales de la fornicación, la homosexualidad, los embriagantes, el juego y la usura».


En resumen, si la «carga del hombre blanco» es civilizar a los musulmanes, la «carga del hombre musulmán» ha sido, durante mucho tiempo, «civilizar» al hombre occidental, a saber, mediante la imposición de la saría.


Justificar la una es dar cabida a la otra.


Sin embargo, mientras las civilizaciones siguen disputando sobre la posición filosófica del hombre, un hecho permanece: todos los seres humanos —seculares o religiosos, musulmanes o no musulmanes, desde la antigüedad hasta hoy— coinciden en que ser obligado a sostener un determinado modo de vida contra su voluntad es algo erróneo, lo que nos devuelve justamente a nuestro tema: el propósito de la yihad ofensiva es hacer precisamente eso: imponer por la fuerza un determinado modo de vida a los no musulmanes.


Peor aún, la yihad ofensiva es parte integrante del islam; no está menos codificada que, por ejemplo, los Cinco Pilares del islam, que ningún musulmán rechaza. La entrada «yihad» de la Encyclopaedia of Islam afirma que la «difusión del islam por las armas es un deber religioso de los musulmanes en general… La yihad debe continuar hasta que el mundo entero esté bajo el dominio del islam… El islam debe transformarse por completo antes de que la doctrina de la yihad pueda eliminarse». El erudito Majid Khadduri (1909-2007), tras definir la yihad como guerra expansionista, escribe que la yihad «es considerada por todos los juristas, casi sin excepción, como una obligación colectiva de toda la comunidad musulmana».


Incluso Osama bin Laden, aunque citaba constantemente «agravios» contra Occidente, dejó claro —al escribir a los musulmanes— que la yihad ofensiva es el problema de fondo:


Nuestras conversaciones con el Occidente infiel y nuestro conflicto con ellos giran, en última instancia, en torno a una sola cuestión… ¿Obliga o no el islam a la gente, por el poder de la espada, a someterse a su autoridad corporalmente, si no espiritualmente? Sí. En el islam solo hay tres opciones… O someterse, o vivir bajo la soberanía del islam, o morir.


Está claro, pues, que conviene a los intereses del mundo musulmán mantener a Occidente ignorante del hecho de que, al margen de todos los agravios musulmanes —reales o fingidos—, nada menos que la propia ley islámica impone un estado de hostilidad constante. En efecto, si se asumieran plenamente las implicaciones de la yihad ofensiva, la humanidad podría verse obligada a considerar al mundo musulmán como una amenaza perpetua y existencial, necesitada de contención preventiva.


Dicho esto, y habida cuenta de la ignorancia deliberada —o algo peor— de la llamada élite política de Occidente, el discurso musulmán sobre la yihad ofensiva, por más alto o ubicuo que sea, probablemente seguirá cayendo en oídos sordos.



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