El lado
oscuro de la edad de oro del islam
RAYMOND IBRAHIM
|
El eslabón perdido entre la
Arabia Saudí actual y la Córdoba de la «edad de oro».
La falacia de asociación (allí donde está
presente X, también debe estarlo Y) ha contribuido en gran
medida a ocultar la verdadera naturaleza del islam.
Basta con fijarse en el
político británico Jacob Rees-Mogg, que recientemente defendió
el islam, para encontrar un ejemplo perfecto de cómo opera esta falacia.
Como ya hemos demostrado,
su defensa se apoyaba a menudo en «mentiras por omisión». Sugirió, por
ejemplo,
que el brutal saqueo de Constantinopla por el sultán Mehmed en 1453 no
se
pareció en nada al saqueo cruzado de 1204, ya que, al parecer,
obedeció
más bien a una «benévola» preocupación por preservar «la erudición y la
filosofía».
Sin embargo, a medida que Mogg
proseguía, quedó claro que su objetivo último era presentar el pasado
del islam
como mucho más avanzado que el de Europa. Así, citó a varios eruditos
musulmanes polifacéticos, entre ellos al-Juarismi (780-850), autor de
obras en
lengua árabe sobre matemáticas, astronomía y geografía, e Ibn Jaldún
(1332-1406), historiador, filósofo y sociólogo árabe.
El argumento implícito de Mogg
es el siguiente: ¿cómo puede una civilización —en este caso, el islam—
estar a
la vanguardia de la ciencia, la filosofía, la medicina e incluso la
arquitectura y, sin embargo, ser acusada de ser intrínsecamente
atrasada, bárbara y/o radical? Evidentemente, toda la radicalización
que vemos
hoy —incluidos el ISIS y otros grupos terroristas— constituye una
aberración,
un desafortunado subproducto de fuerzas históricas y de circunstancias
cambiantes (pobreza, ignorancia, agravios, colonialismo, disputas
territoriales, etc.). Evidentemente, el islam en sí mismo es
inocente, a
la vista de lo ilustrado que fue durante su época de esplendor.
Aun cuando se aceptara la
afirmación de que el islam fue históricamente más avanzado que
Occidente
(cuestión que se abordará en otra ocasión), obsérvese el supuesto
tácito:
cuanto más avanzada es una civilización, más progresista, ilustrada,
tolerante
y pacífica debe ser. Donde existe X (erudición, filosofía, literatura y
ciencia), también debe existir Y (tolerancia y convivencia).
¿Es esto cierto?
No. Es completamente falso: las
civilizaciones pueden ser científica y tecnológicamente avanzadas;
pueden
producir y apreciar la literatura y la erudición y, aun así, ser
intolerantes,
crueles, violentas y supremacistas.
No hay aquí contradicción
alguna: la presencia de lo uno (la ciencia, etc.) no exige la
presencia
de lo otro (la tolerancia, etc.).
Para demostrarlo basta con
observar el ejemplo paradigmático del islam: Córdoba. Durante el apogeo
de su
«edad de oro», en el siglo X, se convirtió en una de las ciudades más
ricas y
refinadas de Europa. Córdoba poseía una cultura del manuscrito,
impresionantes
obras hidráulicas, baños públicos, arquitectura monumental e
importantes
tradiciones médicas, astronómicas y matemáticas. El cirujano Abulcasis
elaboró
una influyente enciclopedia ilustrada de procedimientos e instrumentos
quirúrgicos, mientras que al-Hakam reunió una célebre biblioteca real y
dio
empleo a eruditos, traductores, copistas y coleccionistas de libros.
Sin embargo, la edad de oro de
Córdoba coexistió con prácticas que rara vez se mencionan en los
relatos
románticos. Tómese el caso de los «mártires de Córdoba», unos cincuenta
cristianos, entre ellos mujeres jóvenes, que fueron ejecutados por las
autoridades
musulmanas —a menudo mutilados, decapitados, empalados, o crucificados—
por el
delito de renegar de Mahoma y volver a convertirse al cristianismo.
Debido a su proximidad a los
cristianos europeos, la Córdoba de la edad de oro se convirtió también
en el
emporio esclavista de carne blanca del mundo islámico. Puesto que «los
omeyas
valoraban especialmente como esclavas sexuales a las mujeres francas o
gallegas
rubias o pelirrojas», escribe el estudioso Darío Fernández-Morera,
«al-Ándalus
se convirtió en un centro de comercio y distribución de esclavos». A
cambio de
la paz, los cristianos del norte de España llegaron incluso a tener que
entregar cada año, como «tributo», a cien de sus hijas vírgenes más
hermosas
para los harenes de Córdoba.
O basta con observar la vida
del califa más asociado a la edad de oro de Córdoba, Abderramán III
(reinó
929-961). Hizo exhumar los cadáveres de sus enemigos y crucificarlos
públicamente, e incluso asesinó a su propio hijo.
Según las fuentes musulmanas,
en una ocasión «se abalanzó sobre el rostro» de una de sus esclavas
sexuales
cristianas «para besarla y morderla, y a ella le repugnó esto y apartó
la
cara»; esto «provocó hasta tal punto su ira que ordenó a los eunucos
que la
sujetaran y le acercaran una vela al rostro, quemando y destruyendo su
belleza».
De manera similar, cuando fue
llamado Abu Imrán, el verdugo, encontró a su señor «en compañía de una
muchacha, hermosa como una gacela, a la que sus eunucos sujetaban en un
rincón de
la estancia y que suplicaba clemencia». El califa no se la concedió:
«Toma a
esa ramera, Abu Imrán, y córtale el cuello». El verdugo obedeció: «De
un solo
golpe hice volar su cabeza». El califa obsequió a Imrán con el collar
enjoyado
de la joven, añadiendo: «Que Alá te lo bendiga».
Cuando un esclavo cristiano de
trece años rechazó sus reiteradas insinuaciones sexuales, Abderramán
III hizo
que lo torturaran lentamente y que después lo decapitaran.
Recordemos también a Almanzor, cuyo
gobierno coincidió igualmente con la edad de oro de Córdoba. Se
complacía en
emprender una yihad tras otra contra los cristianos del norte,
incendiando
aldeas enteras, masacrando a incontables miles de personas y llevándose
a Córdoba
unos 100.000 esclavos cristianos.
Se propuso asimismo profanar y
saquear el lugar cristiano más sagrado de España, Santiago de
Compostela,
humillando además a sus cristianos esclavizados y obligándolos a
transportar
las campanas de la catedral sobre la cabeza hasta Córdoba, donde fueron
transformadas en
lámparas para la Gran Mezquita. (El rey san Fernando repararía
este
agravio, con idéntica moneda, más de dos siglos después.)
En resumen, aunque la Córdoba
de la «edad de oro» contaba con todo aquello que normalmente se asocia
a una
sociedad avanzada o «ilustrada» —ciencia, medicina y erudición—,
contaba
también con todas esas otras cosas —yihad, esclavitud,
esclavitud
sexual, ejecución de apóstatas y blasfemos— que no se asocian
con una
sociedad avanzada, pero que sí se asocian con el islam.
Ello se debe a que la primera
asociación es falsa: se puede poseer, promover y disfrutar la ciencia,
la
tecnología, la medicina y la arquitectura y, aun así, llevar lo que,
según los
criterios occidentales modernos, es una vida «atrasada», pues ambas
cosas no
están vinculadas necesariamente.
De hecho, basta con fijarse en
Arabia Saudí y en los demás Estados musulmanes del Golfo para encontrar
analogías actuales de Córdoba. Poseen una riqueza inmensa y maravillas
tecnológicas y arquitectónicas que dejan asombrados a los visitantes
occidentales: el rascacielos Burj Khalifa, vastas ciudades
climatizadas, islas
artificiales, metros sin conductor, estructuras espejadas en el
desierto y
algunos de los aeropuertos, hospitales e infraestructuras más
sofisticados del
mundo.
¿Convierte eso, por tanto, a
los Estados del Golfo en «progresistas» en el sentido occidental
moderno? Por
supuesto que no: todos ellos, y no solo Arabia Saudí, están moldeados
cultural
y jurídicamente por el islam, incluso a través de algunos aspectos muy
draconianos de la saría (leyes que castigan la blasfemia, la
apostasía, etc.).
Son estas constantes
inquebrantables entre la Córdoba medieval y el islam moderno, y no los
altibajos del progreso material del islam, las que definen con mayor
precisión
su civilización.
En resumen, fuera como fuese
la «edad de oro» del islam, nunca constituyó una prueba de que el islam
sea
intrínsecamente tolerante o avanzado y, por ello, capaz de volver
a ser
tolerante y avanzado en las circunstancias «adecuadas».
|
|
|