Los musulmanes intentan avergonzar a los cristianos para que se conviertan en cómodos felpudos
RAYMOND IBRAHIM
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El alcalde londinense Sadiq Khan exhorta a los cristianos a
«amar a su vecino musulmán», con independencia de cuán execrable sea la
conducta de dichos vecinos, y cómo respondieron los primeros cruzados al mismo
ardid.
¿Quién tiene interés en promover —y, por tanto, está
empeñado en fomentar— el «cristianismo felpudo»?
Cualquiera y todos aquellos que odian el cristianismo
auténtico y aspiran a someterlo.
Tales individuos están empeñados en convencer a los
cristianos de que su fe les exige capitular ante toda forma de ultraje,
injusticia y explotación —sin resistencia, sin límites, sin réplica alguna—
todo ello en nombre de «poner la otra mejilla», del amor al enemigo, etc.
El ejemplo más reciente procede del alcalde musulmán de
Londres, Sadiq Khan. El 16 de marzo [2026], permitió que miles de musulmanes se
adueñaran de la emblemática plaza de Trafalgar para la ruptura colectiva del
ayuno del Ramadán. Se produjo entonces un espectáculo de grandes proporciones,
con musulmanes prosternados por las calles mientras resonaban versículos del Corán, incluido
el «Alahú akbar», en árabe por los altavoces.
Como consecuencia, varios cristianos y conservadores
británicos acusaron con razón a los musulmanes de haberse entregado
deliberadamente a actos de dominación provocadora sobre el espacio público
británico, históricamente cristiano.
En respuesta, Sadiq Khan —quien facilitó y presenció esta
demostración masiva de poder islámico— expresó su «decepción» por el hecho de
que algunos cristianos no se alinearan y no se comportaran como felpudos. En un
intento de psicología inversa, declaró:
«Los cristianos que conozco aman a su prójimo —a su prójimo
musulmán— y me decepciona que este año estas personas hayan decidido criticar
el Iftar en la plaza... Están apelando al mínimo común denominador, pero creo
que los británicos son mejores que eso.»
Cabe señalar que Khan procede de Pakistán, una nación
musulmana tristemente célebre por su desprecio y persecución de la minoría
cristiana. Los cristianos son tratados abiertamente como ciudadanos de segunda
categoría, en el mejor de los casos; sus iglesias sufren ataques —solo en
agosto de 2023, unas cuarenta fueron destruidas en Jaranwala—; las mujeres
cristianas son secuestradas, violadas y forzadas a convertirse frecuentemente,
ante la pasividad de las autoridades. Cualquier musulmán que quiera «ajustar
cuentas» con un cristiano solo tiene que acusarlo de «blasfemia». Si las
autoridades no arrestan y encarcelan al presunto infiel, la turba musulmana lo
despedazará, como en noviembre de 2014, cuando torturaron y quemaron vivos a un
matrimonio cristiano bajo la falsa acusación de haber quemado un Corán (la
mujer estaba embarazada).
A pesar de todo ello, aquí está Sadiq Khan, un musulmán cuya cosmovisión formativa se asienta en una epistemología pakistaní
—que concibe a los cristianos como seres inferiores— intentando recordar y
«avergonzar» a los cristianos sobre la necesidad de «amar a su prójimo»; es
decir, sobre la necesidad de seguir rindiéndose ante el avance islámico y la
inminente toma del Reino Unido.
Khan no es, por supuesto, sino uno más de los numerosos
musulmanes que se erigen en teólogos cristianos. En 2020, después de que Marco
Rubio criticara al candidato al Senado de Georgia Raphael Warnock por sostener
que los cristianos no podían servir a la vez a Dios y al ejército, la
representante Ilhan Omar —nacida en Somalia— recurrió a citar la Biblia. En un
tuit acompañado de un emoji de cara avergonzada —sugiriendo que lo dicho por
Rubio era tan «penoso», escribió:
«Mateos [sic] 6,24: 'Nadie puede servir a dos señores, porque
o aborrecerá al uno y amará al otro, o se entregará a uno y menospreciará al
otro. No podéis servir a Dios y al dinero'. Las mentiras y las calumnias
del Partido Republicano no tienen límites, pero esto es una vergüenza y un
oprobio.»
Así pues, al igual que Khan, aquí está Omar, procedente de
la musulmana Somalia, el segundo peor perseguidor de cristianos en el mundo,
donde el mero hecho de ser «descubierto» como cristiano puede costarle a uno la
vida, «avergonzando» a los cristianos por creer que pueden servir tanto a Dios
como al ejército, es decir, por atreverse a defender su posición y resistir el
mal.
En suma, Khan, Omar y muchos otros musulmanes son apóstoles
del cristianismo felpudo, una herejía pasiva, no valorativa y no
confrontacional que juzga el rendirse ante el enemigo —lo que, por cierto, es
mucho más cómodo— como un acto de virtud.
¿Que los musulmanes persiguen a los cristianos en todo el
mundo? ¿Que los musulmanes se apropian de espacios públicos cristianos en una
demostración de supremacismo islámico?
¿Y qué? Vuestra misión es mostrar amor y tolerancia, poner
la otra mejilla, rezar una oración y sentiros culpables por vuestros propios
crímenes —y si no los vuestros, al menos los de vuestros antepasados—.
A propósito de ello, no hay que buscar más lejos que la
presidencia de Barack Hussein Obama para encontrar numerosos ejemplos de estas
actitudes: «En Pascua reflexiono sobre el hecho de que, como cristiano, se
supone que debo amar», declaró en 2015, tres días después de que un atentado
terrorista islámico dirigido contra cristianos matara a 147 personas en Kenia,
lo que suscitó la ira de varios grupos cristianos estadounidenses. «Y he de
decir que a veces, cuando escucho expresiones poco amorosas de los cristianos,
me preocupo».
Del mismo modo, durante el Desayuno Nacional de
Oración del
5 de febrero de 2015, Obama invocó directamente los principios del
cristianismo felpudo para avergonzar a los cristianos y que no se
mostrasen demasiado
críticos con las atrocidades del Estado Islámico: «Para que no nos
subamos a
nuestro alto pedestal y pensemos que esto [decapitaciones islámicas,
esclavitud
sexual, crucifixiones, personas asadas y enterradas vivas] es algo
exclusivo de
algún otro lugar», amonestó el presidente estadounidense, «recordemos
que
durante las Cruzadas y la Inquisición se cometieron actos terribles en
nombre
de Cristo».
Los mencionados políticos musulmanes y cuasimusulmanes
—Khan, Omar y Obama— están lejos de ser los primeros musulmanes en intentar
manipular la teología cristiana en beneficio del islam. Casi un milenio atrás,
durante la Primera Cruzada, fueron enviados emisarios musulmanes a parlamentar
con los cruzados que sitiaban la entonces musulmana Antioquía en 1098.
Explicaron a los europeos que sus señores estaban «asombrados de que busquéis
el Sepulcro de vuestro Señor como hombres armados, exterminando a su pueblo
[los musulmanes] de tierras poseídas desde hace mucho tiempo —y en verdad,
masacrándolo a filo de espada—, algo que los peregrinos no deberían hacer».
Al igual que sus contrapartes modernas, estos diplomáticos
musulmanes del siglo XI no dijeron nada sobre lo que «su pueblo» había estado
haciendo a los súbditos y peregrinos cristianos —es decir, extorsionarlos,
tortúralos, violarlos y asesinarlos—, que fue precisamente lo que había
ocasionado la Primera Cruzada.
A diferencia de sus descendientes modernos, sin embargo, los
cruzados no fueron engañados. Respondieron con un conocimiento de la teoría
cristiana de la guerra justa mayor del que Khan, Omar, Obama y sus afines
quisieran hacernos creer que nos es lícito por herencia. Según el relato de
Roberto el Monje, los cruzados respondieron «de común acuerdo»:
«Nadie en su sano juicio debería asombrarse de que hayamos
venido al Sepulcro de Nuestro Señor como hombres armados y de que hayamos
expulsado a vuestro pueblo de estos territorios. Quienes de los nuestros
vinieron aquí con bordón y zurrón [es decir, como peregrinos desarmados] fueron
insultados con una conducta abominable, sufrieron la ignominia del maltrato y,
en los casos más extremos, fueron asesinados.»
Esto era quedarse corto. Algunos años antes, y como uno solo
entre los innumerables ejemplos, un peregrino escribió sobre lo que los
musulmanes le hicieron a una «noble abadesa de presencia grácil y espíritu
religioso» que se había unido a una peregrinación alemana a Jerusalén:
«Los paganos la capturaron y, a la vista de todos, estos
hombres deshonestos la violaron hasta que exhaló el último suspiro, para
deshonra de todos los cristianos. Los enemigos de Cristo cometieron tales
ultrajes y otros semejantes contra los cristianos.»
En cualquier caso, ante las murallas de Antioquía —donde la
palabra «cristiano» fue acuñada por vez primera—, los cruzados prosiguieron su
respuesta señalando que la tierra «pertenecía originalmente a nuestra gente
[los cristianos] y que vuestra gente [los musulmanes] la atacó y maliciosamente
se la arrebató, lo que significa que no puede ser vuestra por mucho tiempo que
la hayáis tenido».
En consecuencia, «¡las espadas francas ejercerán la
represalia sobre vuestros cuellos!».
Al lector contemporáneo puede parecerle extremo
semejante
planteamiento, sin duda «medieval». Pero para los propósitos del
cristianismo felpudo, nada que no sea la capitulación total resultará
jamás suficiente.
Así, la exmonja convertida en férvida defensora del islam, Karen
Armstrong,
reprocha:
«Durante el siglo XII, los cristianos libraron brutales
guerras santas contra los musulmanes, a pesar de que Jesús había dicho a sus
seguidores que amaran a sus enemigos, no que los exterminaran.»
Ni una palabra sobre el hecho de que fueron los musulmanes
quienes iniciaron esas «brutales guerras santas» y quienes comenzaron a
«exterminar» a los cristianos.
En conclusión, como he señalado en repetidas ocasiones, los
únicos que se benefician del cristianismo felpudo son quienes odian a los
cristianos y aspiran a someterlos —desde los izquierdistas más radicales hasta
los musulmanes más fanáticos—, porque desarma a los fieles y los hace vulnerables
para la conquista.
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