Decapitados
por musulmanes a causa de Cristo y culpados después de su propia muerte
RAYMOND IBRAHIM
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Cómo
los académicos convirtieron a los Mártires de Córdoba en fanáticos y a
sus
verdugos musulmanes en defensores de la tolerancia.
El
22 de octubre del año 851, dos jóvenes hermanas cristianas, Alodía y
Nunilón,
fueron decapitadas en público en la España musulmana por negarse a
abandonar su
fe y abrazar el islam.
Su
«delito» tenía su origen en su filiación. Hijas de padre musulmán y de
madre
cristiana, la ley islámica las consideraba musulmanas. Así, cuando el
Estado
supo que las dos hermanas habían abrazado el cristianismo de su madre,
fueron
vistas y tratadas como apóstatas.
El
escritor cristiano contemporáneo Eulogio de Córdoba —ejecutado él mismo
más
tarde en la España musulmana (Al-Ándalus)— da cuenta de los esfuerzos
por
quebrar su resistencia. El gobernador les ofreció riquezas y matrimonio
si
renunciaban al cristianismo, y las amenazó con tortura y ejecución si
se
negaban. Cuando ni las promesas ni las amenazas surtieron efecto, las
hermanas
fueron separadas y confiadas a unas mujeres encargadas de instruirlas
en la
religión musulmana. Al fracasar también esto, fueron paseadas
públicamente
antes de ser decapitadas, siempre confesando a Cristo.
Las
hermanas se cuentan entre otros cristianos conocidos colectivamente
como los
Martirios de Córdoba: cristianos ejecutados por negarse a profesar el
islam.
Otros morirían por declarar abiertamente lo que creían acerca de su
profeta.
La
historia comienza con Perfecto, un monje de buena formación. Cuando
viajaba a
la Córdoba musulmana, en 850, lo detuvo un grupo de musulmanes a
quienes
conocía y en quienes, al parecer, confiaba. Le preguntaron qué pensaban
los
cristianos de Cristo y de Mahoma.
Les
dijo que su respuesta probablemente los molestaría. Ellos le aseguraron
que
estuviera tranquilo y hablara con libertad, y le prometieron que no
comunicarían su respuesta a nadie.
Tras
citar las advertencias de Jesús contra los falsos profetas, Perfecto
dijo que
así veían los cristianos a Mahoma: como un falso profeta. Se
despidieron y cada
uno siguió su camino.
Días
después, cuando los mismos musulmanes vieron a Perfecto en un mercado
concurrido, gritaron a voces que había maldecido a Mahoma. Fue
arrestado y
arrojado a una mazmorra.
Conminado
a retractarse y convertirse al islam bajo pena de muerte, Perfecto
reafirmó
desafiante la divinidad de Cristo y la impostura de Mahoma, lo que le
valió ser
decapitado en público.
Meses
más tarde, otro cristiano, Isaac, de 24 años, que había abandonado un
puesto
lucrativo para retirarse a un monasterio, regresó a Córdoba y, sabiendo
perfectamente cuáles serían las consecuencias, declaró que Mahoma era
un falso
profeta. Isaac fue decapitado y su cadáver, colgado boca abajo de las
puertas
de Córdoba.
Algo
se había desencadenado; más cristianos siguieron su ejemplo.
Unos
eran dimmíes; otros, muladíes, es decir, procedentes de
familias
antiguamente cristianas que se habían convertido al islam (a menudo
solo de
nombre) para evitar persecuciones esporádicas o mejorar su posición
social,
aunque conservaban interiormente su fe cristiana. Regocijándose en el
alivio de
descargar sus almas, y sabiendo perfectamente las consecuencias, todos
ellos
confesaron ahora públicamente la divinidad de Cristo y su corolario, la
falsedad de Mahoma.
Pablo
Álvaro (800-861), un contemporáneo, los describió como almas
atormentadas «que
solo mantenían la fe cristiana en secreto», pero que por fin «sacaron a
la luz
lo que habían ocultado».
En
total, unos 50 cristianos fueron encarcelados, torturados y requeridos
a
retractarse de sus blasfemias y a convertirse —o volver— al islam, a
menudo con
palabras lisonjeras y recompensas tentadoras. Todos se negaron y fueron
ejecutados públicamente, muchas veces con sadismo.
Una
monja fue arrojada a un caldero de plomo fundido; un monje anciano fue
azotado
hasta la muerte; y un joven soldado fue empalado.
Si
estos valientes mártires fueran cualquier cosa menos
cristianos, hoy se
los celebraría por su desafío frente a la tiranía. Y si los ejecutores
fueran
cualquier cosa menos musulmanes, se los condenaría por su barbarie. Sin
embargo, como explica el historiador Darío Fernández-Morera en su obra El mito del paraído andalusí:
«Aunque
la mayoría de los especialistas actuales no discuten las pruebas de las
fuentes
primarias sobre la matanza brutal de estos cristianos por parte de los
omeyas,
señalan el «extremismo» de los mártires, no el de los gobernantes
omeyas,
presuntamente tolerantes, que ordenaron su degüello. Han llamado a
estos
cristianos ejecutados "fanáticos", "alborotadores" y "autoinmoladores".
Como
sugiere este último término, los especialistas han sostenido, en
esencia, que
los católicos "se lo buscaron» al hacer abiertamente cosas [es decir,
hablar
según su conciencia] claramente punibles según el islam. De este modo,
el
episodio de los Mártires de Córdoba se ha convertido en una versión
académica
de «culpar a la víctima".»
No
hace falta buscar más pruebas de ello que a John V. Tolan, de El Corán Europeo,
un proyecto de la Unión Europea dedicado a convencer a los europeos de que el
islam forma
parte del patrimonio de Europa. En su libro Saracens: Islam in the
Medieval
European Imagination, cita a Eulogio —un cristiano célebre por su
humildad
y caridad que, como hemos visto, también fue martirizado en Córdoba—
cuando
dice: «No repetiré el sacrilegio que ese perro impuro [Mahoma] se
atrevió a
proferir sobre la Santísima Virgen [María]… Afirmó que en el otro mundo
la
desfloraría».
Tolan
no ve con buenos ojos este discurso «blasfemo», y explica:
«Esta
afirmación escandalosa [que Mahoma «desflorará» a María] parece ser una
invención de Eulogio; no conozco a ningún otro polemista cristiano que
haga
esta acusación contra Mahoma. Eulogio fabrica mentiras destinadas a
escandalizar a su lector cristiano. De este modo, incluso aquellos
elementos
del islam que se asemejan al cristianismo (como la veneración de Jesús
y de su
madre virgen) quedan deformados y ennegrecidos, para impedir que el
cristiano
admire nada del otro musulmán. El objetivo es inspirar odio hacia los
"opresores" […]. Eulogio se propone mostrar que el musulmán no es un
amigo,
sino un potencial violador de las vírgenes de Cristo.»
Mientras
tanto, consta que Mahoma dijo (en un hadiz) que «Alá me casará en el
paraíso
con María, hija de Imrán» (a quien el islam identifica como la madre de
Jesús).
Así
pues, fue el propio profeta —y no ningún «polemista cristiano»— quien
«fabrica
mentiras destinadas a escandalizar», a saber, que la madre de Cristo
será su
concubina eterna.
Pero,
como ocurre con las tan demonizadas cruzadas, tales detalles
inoportunos quedan
relegados, de modo que hasta los mártires cristianos son ahora
demonizados para
exonerar a los musulmanes «ofendidos» que los masacraron.
A
propósito de las cruzadas: si incluso los Mártires de Córdoba, claras
víctimas
de la opresión musulmana, son presentados como los agresores, no por
alzar una
mano ni siquiera un dedo, sino una lengua «contra» los musulmanes,
huelga decir
que, cuando cristianos armados marchan sobre territorios musulmanes de
antigua
posesión, como hicieron durante las cruzadas, ellos son los malvados,
sin que
haga falta más explicación ni contexto.
Para
ser justos, hay otra razón por la que los mártires son condenados de
forma tan
unánime. A lo largo de toda la historia islámica, los académicos
occidentales
afirman haber encontrado unas pocas décadas en la Córdoba musulmana que
respaldan la narrativa de una civilización musulmana superior sin
exigir
demasiada distorsión.
Por
desgracia, sin embargo, el episodio de los Mártires de Córdoba —que
parece
sacado de un espantoso vídeo del Estado Islámico— ocurrió en el apogeo
de esta
llamada «edad de oro andalusí» y es, por
tanto, otro
obstáculo para la narrativa, que debe ser suprimido sin contemplaciones.
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