Cómo mil años de yihad fueron borrados de la memoria occidental

RAYMOND IBRAHIM





El marxismo, el multiculturalismo, el materialismo y el wokismo conspiran contra la historia y la estrangulan.


Cualquier valoración honesta y objetiva de la yihad histórica del islam contra el mundo cristiano ha de resultar, cuando menos, reveladora. En el primer siglo de su existencia (de 632 a 732), el islam conquistó, arabizó e islamizó de forma permanente casi tres cuartas partes del mundo cristiano.


Europa llegó a ser conocida como «Occidente» porque era, literalmente, el apéndice restante y más occidental de la cristiandad, la única zona que no fue engullida por el islam.


Durante aproximadamente un milenio a partir de entonces, árabes, bereberes, turcos y tártaros —todos los cuales se llamaban y se veían a sí mismos como musulmanes— lanzaron una incursión tras otra, todas justificadas (y ensalzadas) como yihads, en prácticamente cada rincón de Europa. Llegaron hasta Islandia y provocaron que los Estados Unidos entraran en su primera guerra como nación. La devastación fue indescriptible; algunas regiones de Europa, en particular en España y los Balcanes, siguen siendo inhabitables a causa de las incesantes incursiones. Unos 15 millones de europeos fueron esclavizados durante esta yihad perenne y, según los registros de la época, fueron tratados de manera espantosa.


En palabras del historiador Bernard Lewis:


«Durante aproximadamente mil años, desde el advenimiento del islam en el siglo VII hasta el segundo asedio de Viena en 1683, la Europa cristiana estuvo bajo la amenaza constante del islam, la doble amenaza de la conquista y la conversión. La mayor parte de los nuevos dominios musulmanes fueron arrebatados a la cristiandad. Siria, Palestina, Egipto y el norte de África eran todos países cristianos, no menos —de hecho, más— que España y Sicilia. Todo esto dejó un profundo sentimiento de pérdida y un profundo temor [entre los europeos]».


En suma, «si … nos preguntamos cómo y cuándo nació la noción moderna de Europa y la identidad europea», escribe el historiador Franco Cardini, «nos damos cuenta de hasta qué punto el islam fue un factor (si bien negativo) en su creación. La reiterada agresión musulmana contra Europa entre los siglos VII y VIII, y después entre los siglos XIV y XVIII … fue una «violenta comadrona» de Europa».


Aquí surge la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que una historia tan larga y bien documentada de agresión islámica sin paliativos, que tuvo inmensas repercusiones en el desarrollo de la civilización occidental, se presente hoy como la antítesis de la realidad?


La respuesta gira en torno a una serie de filosofías modernas —desde la Ilustración hasta el relativismo moral y cultural— que han contribuido cada una a un «relato» acerca de la relación histórica entre el islam y Occidente. Al presentar a Occidente como agresor y al islam como víctima —de ahí la animadversión permanente de este último, basada en el «agravio»—, la versión de la historia que ofrece el relato es hoy tan omnipresente como inversa a la realidad.


Para entenderlo, hay que comprender primero que, pese a sus múltiples manifestaciones, variantes y énfasis a lo largo de los siglos, la fuerza motriz del relato ha sido en gran medida la misma: demonizar el patrimonio tradicional de Europa —compuesto por su religión, su identidad y sus costumbres— y, así, justificar una ruptura con él.


Si esto suena descabellado, considérese lo siguiente: mientras que, según cualquier criterio objetivo, Occidente es responsable de prácticamente todos los beneficios que hoy se dan por sentados —desde los avances científicos, tecnológicos, económicos y médicos hasta la abolición de la esclavitud y las leyes antidiscriminatorias—, ningún pueblo de ninguna raza o civilización desprecia su patrimonio salvo el pueblo occidental.


Es evidente que algo no encaja.


O considérese cómo los izquierdistas, liberales y progresistas que deploran cualquier vestigio del tradicionalismo occidental hacen, por costumbre, causa común con el islam, pese a los dogmas verdaderamente opresivos de este. Así, las feministas denuncian el «patriarcado» occidental, pero nada dicen contra el trato del islam a las mujeres como objetos; los homosexuales denuncian a las pastelerías cristianas, pero nada dicen contra la ejecución de homosexuales por parte de los musulmanes; los multiculturalistas denuncian a los cristianos que se niegan a reprimir su fe para acomodar las sensibilidades religiosas de las minorías musulmanas, pero nada dicen contra la arraigada y abierta persecución musulmana de los cristianos.


La razón de estas incongruencias es sencilla: «El enemigo [el islam] de mi enemigo [el cristianismo] es mi amigo».


A partir de aquí debería empezar a cobrar sentido cómo y por qué la historia antaño bien conocida de la agresión musulmana contra Europa no solo fue suprimida, sino invertida: de todos los pueblos no europeos y no cristianos, solo los musulmanes convivieron e interactuaron (es decir, asediaron y guerrearon de forma constante) con Europa durante más de un milenio; esto hizo de los musulmanes el único pueblo —el único contraste— que podía emplearse para sostener el argumento del relato contra la Europa premoderna.


Pero antes hacía falta una forma intelectualmente satisfactoria de presentar a los musulmanes como víctimas en lugar de conquistadores.


Entra en escena el profesor de literatura Edward Said y su libro de 1978, Orientalismo: las concepciones occidentales del Oriente. La tesis central de este libro enormemente influyente es que los orientalistas —los europeos que iniciaron hace siglos el estudio académico de Oriente— no escribían objetivamente sobre los musulmanes y su historia, sino que los calumniaban y estereotipaban intencionadamente para justificar su dominación durante la era colonial.


Esto tenía todo el sentido, pero solo porque la mente occidental posmoderna ya había sido condicionada para que lo tuviera. Pues si, como enseña el materialismo marxista, las ideas y las religiones no tienen verdadera influencia en la historia (y, por tanto, fue la necesidad económica, y no la «yihad», lo que llevó a los musulmanes a expandirse); si, como enseñan el relativismo y su vástago el multiculturalismo, no existen verdades absolutas, religiosas ni de ningún otro tipo (y, por tanto, ninguna cultura o civilización es «mejor» que otra); si, como enseña la psicología popular (también llamada «wokismo»), el comportamiento violento y negativo es siempre producto de injusticias sociales (y, por tanto, cuanto más violentamente se comportan los musulmanes, más se demuestra que son víctimas frustradas); si todo esto es así, entonces ¿qué hacer con los mencionados siglos de escritos europeos que de manera uniforme presentan a los musulmanes como movidos ideológicamente por la violencia y la lujuria?


Sencillo: descartarlos todos como mentiras intolerantes e hipócritas de cristianos y europeos malvados empeñados en demonizar una fe y una civilización superiores y más tolerantes. Así nació todo un nuevo enfoque académico del islam, despojado de cuantos escritos históricos no se ajustaran al relato. La historia ya no daría forma a las ideas y actitudes; al contrario, las ideas y actitudes preexistentes —el pensamiento ilusorio— darían forma a la historia.


Bernard Lewis, él mismo blanco del Orientalismo de Edward Said, resumió bien este nuevo enfoque —o «seudohistoria»—:


«Según una concepción epistemológica hoy en boga, la verdad absoluta es inexistente o inalcanzable. Por tanto, la verdad no importa; los hechos no importan. Todo discurso es la manifestación de una relación de poder, y todo conocimiento está sesgado. Por tanto, la exactitud no importa; las pruebas no importan. Lo único que importa es la actitud —los motivos y propósitos— de quien usa el conocimiento, y esto puede simplemente reivindicarse para uno mismo o imputarse a otro. A la hora de imputar motivos, la irrelevancia de la verdad, los hechos, las pruebas e incluso la verosimilitud es de gran ayuda. La mera afirmación basta» (El islam y Occidente, 115).


El éxito del Orientalismo radicó menos en algún valor intrínseco —el clasicista estadounidense Bruce Thornton lo caracteriza como una «amalgama incoherente de dudosa teoría posmoderna, tercermundismo sentimental, flagrantes errores históricos y culpa occidental»— que en su sintonía con el Zeitgeist predominante en Occidente (que, por supuesto, se nutre de «dudosa teoría posmoderna, tercermundismo sentimental, flagrantes errores históricos y culpa occidental»).


Tampoco predomina hoy el relato porque la gente sea muy leída o preste atención al mundo académico; como demostró el historiador francés Marc Ferro en su obra Cine e historia (1988), la inmensa mayoría del conocimiento histórico de los pueblos occidentales procede de las películas. Y casi cualquier película importante que trate de los europeos y los musulmanes premodernos —Robin Hood (1991), El reino de los cielos (2005), etc.— contrasta a unos cristianos hipócritas, intolerantes y fanáticos con unos musulmanes refinados, avanzados y tolerantes.


Comentando este tipo de películas allá por 1997, Bernard Lewis escribió: «La tergiversación del pasado en el cine es probablemente la fuente más fértil y eficaz de este tipo de desinformación en la actualidad…».


Casi tres décadas después, el relato ha hecho aún más metástasis y ha infectado todos los ámbitos de la vida pública, incluida la política, la llamada «prensa generalista» y la mayoría de las formas de redes sociales.


Así es como una historia antaño bien conocida fue puesta del revés y utilizada para debilitar a Occidente, cuyo mayor pecado sería volver a pensar o comportarse alguna vez como lo hicieron sus «horribles» antepasados respecto del islam.



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