Los
musulmanes estadounidenses demonizan a Colón mientras honran a sus
propios demonios
RAYMOND IBRAHIM
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Antes de condenar la
fundación de Estados Unidos, los musulmanes que viven en el país (y se
benefician de él) deberían hacer examen de conciencia sobre la fundación del
«mundo musulmán».
En una ocasión anterior, examinamos
otra faceta de Cristóbal Colón, una que ignoran tanto quienes lo aman como
quienes lo odian, a saber, una faceta de cruzado: la obra de su vida,
sus viajes, estuvo dedicada ante todo a emprender una cruzada final para
rescatar del islam la Tierra Santa.
Si, como se vio en ese artículo,
«la izquierda» se vale de ese hecho para pintarlo como un «islamófobo», los
musulmanes de Estados Unidos también han explotado esta difamación con el fin
de «avergonzar» a los estadounidenses por los supuestos crímenes de Colón.
Como ejemplo, el Instituto
Yaqeen, un centro de pensamiento islámico con sede en Texas que, según su
propia descripción, trabaja para combatir la «islamofobia», publicó un vídeo
titulado «La verdadera historia de Cristóbal Colón», narrado por un tal «imán
Tom» (al parecer, un converso estadounidense al islam).
Como cabía esperar, el vídeo
incurre en todo tipo de difamación y propaganda que muchos —entre ellos Donald Trump— han descartado últimamente
como propaganda antiestadounidense.
El imán Tom no solo presenta a
Cristóbal Colón como el diablo encarnado, sino que parece insinuar que
cualquier estadounidense que sienta aprecio por Colón es culpable por
asociación.
Ahora bien, ¿por qué el imán
Tom, quien, como musulmán, vive en una casa de cristal sumamente frágil, arroja
piedras contra nadie?
¿Acaso no es consciente de que
prácticamente todos los héroes de la historia islámica son culpables de
conductas similares, si no mucho peores, que las de Colón?
Piénsese en aquel musulmán que
dominó el siglo XV, contemporáneo de Cristóbal Colón: el sultán otomano
Mehmed (Muhammad) II, 1432-1481. Durante su reinado de más de treinta años
conquistó tantas tierras cristianas que hoy es más conocido —y honrado por los
musulmanes— como Mehmed el Conquistador.
Su mayor logro llegó en 1453, cuando él, Mehmed,
tenía 21 años y Colón, 2: la caída de Constantinopla. Su
única razón para conquistar aquel antiguo reino cristiano era que este
no
quería abrazar el islam. Una vez que lo hubo tomado, entró en la
basílica
cristiana, Santa Sofía, y la profanó ritualmente —entre
otras cosas, destruyendo su altar, rompiendo las cruces y quemando las
Biblias y los iconos— antes de convocar a los fieles a la oración y
transformarla en
mezquita.
Después, él y sus conquistadores
musulmanes cometieron incontables atrocidades: violaron en las calles a
mujeres, niños e incluso hombres, antes de masacrarlos.
Pedófilo notorio, el propio
Mehmed II esclavizó y abusó sexualmente de varios muchachos cristianos, y
apuñaló hasta la muerte a uno de ellos porque el joven no se sometió.
Tres días después de que los
musulmanes hubieran saciado sus bárbaros apetitos, Mehmed hizo arrastrar ante
sus hombres, durante los festejos de la noche, a los «desdichados ciudadanos de
Constantinopla» —por citar a un testigo presencial, Riccherio— y «ordenó que
muchos de ellos fueran descuartizados como diversión».
El resto de la población de la
ciudad —unas 50.000 personas— fueron llevados encadenados para ser vendidos como
esclavos.
Por supuesto, Constantinopla fue
solo una de las muchas conquistas de ese tipo. En 1480, cuando Colón tenía 29
años, el sultán Mehmed envió un ejército a invadir Italia. Tras conquistar
Otranto, los musulmanes masacraron a más de la mitad de sus 22.000
habitantes y esclavizaron a 5.000, en su mayoría mujeres y niños. A los 813
prisioneros cristianos restantes, en su mayoría hombres físicamente aptos, se
les dio a elegir: abrazar el islam o morir.
Todos eligieron el cristianismo
y la muerte y, el 14 de agosto, fueron decapitados ritualmente en la cima de
una colina solitaria de Otranto. Su arzobispo fue aserrado por la mitad entre
gritos de «Alahú Akbar». (Los restos óseos de algunos de estos
cristianos desafiantes todavía pueden verse en la catedral de Otranto.)
Se podría seguir hablando
indefinidamente de Mehmed II, el sultán contemporáneo de Colón, y siempre me
topo con nuevas atrocidades cometidas por él. Por ejemplo, en mi último libro, The Two Swords of Christ, incluyo otra
enormidad poco conocida:
Después de conquistar otra
ciudad griega, le fue regalada una esclava, al parecer muy hermosa, de nombre
Irene. Mehmed se enamoró y pasaba tanto tiempo con ella que sus hombres
empezaron a rezongar que estaba perdiendo el espíritu combativo. Al enterarse,
dio dos órdenes: primero, que Irene fuera bañada y, en esencia, «emperifollada»
con un hermoso vestido; y segundo, que sus principales hombres y generales se
reunieran en el patio del palacio. Hizo entonces que la bella Irene fuera
conducida ante él. Tomándola de la mano y exhibiendo a la incómoda esclava ante
sus hombres, les preguntó si habían visto alguna vez una belleza semejante.
Entonces, mientras todos permanecían boquiabiertos mirando a la joven Irene,
Mehmed la agarró del pelo, sacó la espada y le cortó la cabeza, jactándose de
que así de fácil le resultaba deshacerse de cualquiera que se interpusiera en
su camino.
Lo que aquí se quiere señalar es
que los musulmanes, precisamente ellos, no deberían arrojar piedras contra
Colón, dado que viven en casas de cristal inmensamente frágiles. Después de
todo, este mismo Mehmed tiene estatuas en Turquía y es ampliamente celebrado
en todo el país, y se lo recuerda y honra cada 29 de mayo, fecha que conmemora
el ya mencionado y horrendo saqueo de Constantinopla —un acontecimiento por lo
demás glorioso, que los turcos celebran cada año—.
Dicho sea de paso, y para que no
parezca que Mehmed II fue una especie de anomalía, prácticamente todos
los jefes musulmanes de la historia se comportaron de manera similar
—masacrando
y esclavizando a la gente simplemente porque no abrazaba el islam—, y
así hasta
remontarse al mismo Mahoma, quien, en un hadiz canónico, se jacta: «He
conseguido la victoria mediante el terror».
Uno de los actos de terror más
infames fue la orden de Mahoma de decapitar ritualmente a unos 800 varones
judíos delante de sus propias mujeres e hijos esclavizados, igual que lo ocurrido
con los 813 cristianos de Otranto, Italia, en 1480.
Se destaca al sultán Mehmed II
porque fue contemporáneo de Colón, a fin de dar una idea de cómo se comportaban
los musulmanes en la época de Colón. Si uno desea verdaderamente hablar
de genocidios, puede hablar de cómo los musulmanes masacraron a hasta 80
millones de hindúes a lo largo de cinco siglos, todo en nombre del islam, según
el historiador indio Kishori S. Lal.
En suma, si el imán Tom está realmente
preocupado por evitar que la gente admire a los «malos» y quiere impedirlo,
quizá debería empezar por mirar hacia dentro y ayudar a sus correligionarios
musulmanes a ver la luz, de modo que dejen de convertir en héroes y de procurar
emular a cualquiera de los numerosos líderes musulmanes, desde su profeta hasta
el presente, la mayoría de los cuales cometieron horrendas atrocidades.
En cambio, el imán Tom está
«conmocionado y molesto porque los estadounidenses se atrevan a celebrar a
Cristóbal Colón, un hombre que, en palabras de Trump, “allanó el camino para el
triunfo definitivo de la civilización occidental”». Una civilización a la que,
les guste o no, los musulmanes sin duda desean mudarse y en la que desean vivir.
A mitad de su exposición, Tom
revela su punto final sobre Colón: que el explorador era un «islamófobo», que
«odiaba a los musulmanes», que incluso estaba «luchando contra ellos en
España», y cuyo objetivo último al viajar era ayudar a la cruzada y recuperar
Jerusalén.
Cualquiera que tregue esa
falsa historia —o sea, la abrumadora mayoría de quienes ven su vídeo— tomará
las palabras y la presentación del imán Tom como una prueba más de que Colón
era un hombre malvado que simplemente odiaba a los musulmanes sin más razón que
la de ser —como lo es cualquiera que lo celebre— un islamófobo rabioso.
Luego está la realidad. Ya les
he dado un pequeño atisbo de las atrocidades que el sultán Mehmed II y su
gigantesco ejército otomano cometían en la época de Colón.
De hecho, así venía ocurriendo
desde hacía casi 800 años antes de que naciera Colón, cuando los
musulmanes, tras haber conquistado cerca de las tres cuartas partes del
territorio original de la Cristiandad —incluido todo Oriente Medio y el norte
de África—, penetraron por primera vez en Europa y conquistaron parte de ella,
a saber, España, en el año 711 d. C.
Desde ese año, Europa y el islam
quedaron enzarzados en una lucha a muerte, en especial tras el ascenso de los
turcos, que comenzaron a invadir y conquistar Europa oriental a principios del
siglo XIV. Como se ha visto, para cuando nació Colón, no solo habían
conquistado los turcos otomanos buena parte de los Balcanes —y los mongoles
musulmanes, Rusia—, sino que las fuentes hablan de muchos millones de europeos
esclavizados por los turcos, por los tártaros y por los musulmanes de Berbería,
o norte de África.
En cuanto a la Reconquista, que
el imán Tom descarta como la «llamada Reconquista», esta también fue algo muy
real. Comenzó poco después de que los musulmanes invadieran, aterrorizaran y
conquistaran la Península Ibérica en 711, y continuó durante siglos,
mientras incontables cristianos españoles y portugueses luchaban y morían en su
intento por liberar sus patrias del islam.
Fue en este contexto en el que
los monarcas de España, Fernando e Isabel —ellos mismos cruzados declarados,
que culminaron la Reconquista de España, de siglos de duración, al liberar
Granada del islam en 1492— tomaron a Colón a su servicio ese mismo año.
Financiaron su ambicioso viaje hacia el oeste con el propósito de emprender, en
palabras del historiador Louis Bertrand, «una cruzada final y definitiva contra
el islam por la vía de las Indias» (y esto culminó en la fundación incidental
del Nuevo Mundo).
Al fin y al cabo, por supuesto,
el imán Tom puede salirse con la suya con toda esa hipocresía porque
Occidente
ha sido tan completamente subvertido por enemigos de toda índole: desde
la «izquierda» hasta el islam y todo lo que hay entre ambos.
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