Esperando a
Dios… ¿o simplemente perdiendo el tiempo?
RAYMOND IBRAHIM
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Cómo «esperar» y «escuchar»
pueden convertirse en piadosas
excusas para la parálisis social, y por qué la Escritura exige una
acción audaz
ahora.
Hace poco pronuncié una conferencia titulada
«Renacimiento
cristiano: nuestra esperanza posliberal» (coorganizada por Pusey House
Oxford y
el Danube Institute).
El vídeo de mi presentación de 15 minutos aquí.
Baste decir que hablé de lo que suelo hablar:
que los
cristianos han perdido de vista la moralidad y, al igual que sus
homólogos ateos,
se preocupan cada vez más únicamente por lo material; que, por ello, se
ha
creado un vacío moral que el islam ha sabido explotar; que los
cristianos deben
dejar de pensar que su fe comienza y termina comportándose como el
felpudo del
mundo; y que, en suma, necesitan defender su fe con audacia y sin
complejos,
tal como lo hicieron sus antepasados.
Hasta aquí, nada nuevo.
Durante el turno de preguntas de mi panel, sin
embargo, una
mujer del público planteó la siguiente cuestión:
«¿No estamos siendo terriblemente arrogantes al
pensar que
somos nosotros, y no Dios, quienes podemos cambiar el estado de ánimo
de este
país?… En realidad, se trata de escuchar a Dios y preguntarle cómo
debemos
actuar, en lugar de tener todas esas teorías sobre lo que va a suceder
a
continuación… Sugiero que todos los que formamos la comunión de los
santos
haríamos bien en escuchar de veras la llamada de Dios, y que si lo
hiciéramos,
quizás aquello volviera a ocurrir: ese reavivamiento.»
Podéis ver mi breve respuesta en vídeo. Pero,
dado que fue
por necesidad muy escueta —y dado que la pregunta es de la mayor
importancia—, a
continuación ofrezco una respuesta mucho más detallada, que incluye el
recurso
a la Escritura.
Para empezar, convengo en que la humildad es
esencial para
los cristianos, y que la arrogancia les es contraria.
Dicho esto, tomar la iniciativa y actuar no
es
arrogancia.
Además —llámenme «tardo de corazón» si quieren—,
no tengo del
todo claro qué significa «escuchar a Dios» en este punto, especialmente
a
escala nacional y no meramente individual. ¿Cómo distingue uno la voz
de Dios
del propio torrente interminable de pensamientos? Me parece un empeño
bastante
místico, esto es, sumamente subjetivo.
Por fortuna, no necesito discernir la voz de
Dios, pues ya
poseo la Palabra de Dios.
Y de principio a fin, la Biblia exhorta a los
cristianos a
la acción, no a la pasividad disfrazada de piedad.
Consideremos los siguientes pasajes:
Deuteronomio 28,8: «El Señor enviará su bendición
sobre tus
graneros y sobre todo lo que emprendas con tus manos.»
Eclesiastés 9,10: «Todo lo que te venga a la mano
para
hacer, hazlo con todo tu empeño.»
Proverbios 12,11: «El que labra su tierra se
saciará de pan,
pero el que sigue a los ociosos carece de entendimiento.»
Proverbios 12,24: «La mano de los diligentes
señoreará, pero
la negligencia será tributaria.»
Proverbios 6,10-12: «Un poco de sueño, un poco de
adormecimiento, un poco de cruzar las manos para reposar, y la pobreza
vendrá
sobre ti como un salteador, y la escasez como un hombre armado.»
Es evidente que estos pasajes alaban a los
hombres y mujeres
activos, no a los pasivos. Y sus enseñanzas no se circunscriben al
Antiguo
Testamento. El Nuevo Testamento exhorta igualmente a los cristianos a actuar,
en lugar de quedarse a la espera de Dios.
Ello se debe a que Dios obra en y a través de las
acciones
de los cristianos.
«Si alguno no quiere trabajar», dice Pablo sin
ambages,
«que tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3,10).
No dice: «Espera a que Dios te indique cómo has
de ganarte
el sustento.» Al contrario, el apóstol insiste en que quienes no
contribuyen
con su parte deben padecer hambre.
Pablo llega incluso a afirmar que «si alguien no
provee para
los suyos, y máxime para los de su propia casa, ha negado la fe y es
peor que
un infiel» (1 Timoteo 5,8).
Pensemos bien en lo que aquí se dice, y en cuánto
contradice
la concepción popular de lo que significa ser cristiano. Pablo afirma
que quien
no provee activamente a las necesidades de su familia ha dejado de ser
cristiano; es más, es peor que un infiel.
Pero incluso en el plano teológico, Pablo exhorta
a los
creyentes a «ocuparse de su propia salvación con temor y temblor, pues
es Dios
quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena
voluntad»
(Filipenses 2,12–13).
Los cristianos «se ocupan» activamente de lo que
Dios obra en
ellos. Es una asociación simbiótica.
«Porque somos hechura suya», continúa Pablo,
«creados en
Cristo Jesús para las buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano
para que anduviésemos
en ellas» (Efesios 2,10).
Dios ya ha allanado el camino. Andar con audacia
por lo que
ya fue «preparado de antemano» —en lugar de aguardar instrucciones
directas— no
es arrogancia. Es obediencia
Santiago transmite el mismo mensaje: «Así también
la fe, si
no tiene obras, está muerta en sí misma… Porque como el cuerpo sin
espíritu está
muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2,17 y 2,26).
La fe, y sus corolarios, la esperanza y la
caridad, sin acción
no es piedad. Es fe muerta.
Pero quizás nadie subrayó mejor la necesidad de
la
iniciativa audaz que el propio Cristo. En la parábola de los talentos,
Jesús
nos habla de un amo (Dios) que, antes de partir de viaje, entrega
recursos a
tres siervos, «a cada uno conforme a su capacidad». Los dos que salen
de
inmediato, invierten y doblan lo que recibieron, escuchan al regreso
del amo:
«Bien, siervo bueno y fiel.» Pero el que entierra su talento, temeroso
de actuar
sin recibir instrucciones precisas del amo, es llamado «siervo malo y
negligente»,
y arrojado a las «tinieblas de afuera, donde será el llanto y el crujir
de
dientes» (Mateo 25,14–30).
Su prudente pasividad no era humildad; era, según
Cristo,
una forma de maldad merecedora del infierno.
El argumento del «escuchar a Dios» es una espada
de doble
filo que corta por ambos lados. Por un lado, refleja verdadera piedad y
humildad; por el otro, puede emplearse como pretexto para justificar
algunos de
los peores vicios humanos: la cobardía, la pereza, la complacencia, la
irresponsabilidad y el fatalismo, todo ello en nombre de la piedad y la
humildad.
En este esquema, cuanto menos te inquietes, más
santo puedes
sentirte. Al fin y al cabo, no estás haciendo más que «esperar a
Dios» humildemente.
He aquí la causa profunda de la lenta decadencia
de
Occidente.
En definitiva, y en la práctica, las palabras
piadosas y
humildes no son más que eso: palabras. Lo que importa es lo que
de ellas
se deriva. Si conducen a la parálisis social, privando a los cristianos
de su
herencia histórica —esto es, combatir el mal— y permitiendo que
toda
suerte de depravaciones campen a sus anchas sobre los cristianos, como
sucede
en el clima actual, entonces tales palabras no son palabras de Dios ni
proceden
de él.
Los cristianos deben, en efecto, actuar con
humildad y sin
arrogancia, pero deben actuar, en lugar de estar
esperando eternamente
escuchar a Dios en el tiempo presente.
Él ya nos ha encomendado a través de su Palabra
«no
participar en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien
reprenderlas», «buscar el bien, procurar la justicia, y corregir la
opresión»
(Efesios 5,11; Isaías 1,17).
Dicho de otro modo, ya nos ha llamado a enarbolar
las Dos
Espadas de Cristo: una contra el mal espiritual, la otra contra
el mal físico.
Nada menos es digno de la gloria de Dios.
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