«¡Que Alá
los destruya!» La caída de Córdoba, 1236
RAYMOND IBRAHIM
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El día 3
de julio de 1236, Córdoba, que tras la conquista musulmana de
España en el siglo VIII se había convertido en una de las más
importantes
«moradas del Islam», pasó a «manos de los cristianos malditos, ¡que Alá
los
destruya a todos!» (escribió un cronista musulmán contrariado).
Seis meses
antes, en diciembre de 1235, un audaz grupo de cristianos,
encabezado por unos pocos caballeros, irrumpió y tomó una parte del
barrio
oriental de Córdoba. La noticia llegó al rey Fernando III de Castilla
(también
conocido como san Fernando) en enero de 1236, justo cuando este se
hallaba de
luto por la reciente muerte de su esposa, de treinta años, a causa de
complicaciones en el parto.
A través
de su enviado, los españoles «le imploraron que los ayudara,
pues se hallaban en gravísimo peligro». Frente a la «multitud»
musulmana de
Córdoba, ellos eran «muy pocos» y estaban «separados de los moros
únicamente
por un muro que atravesaba casi por la mitad la ciudad». Aunque la
situación se hallaba en un punto muerto, el enviado dejó claro que el
tiempo no
jugaba a favor de los cristianos.
El rey,
que durante años había encabezado la Reconquista —el empeño
cristiano de liberar España del islam—, se sintió profundamente
conmovido por
semejante hazaña heroica; y «el duelo por la pérdida» de su esposa «no
suspendió por mucho tiempo sus preparativos bélicos». La misma noche en
que
llegó el enviado, los consejeros de Fernando le advirtieron con firmeza
en
contra de partir de inmediato, en pleno invierno; adujeron caminos
intransitables por la nieve, la lluvia y las inundaciones, y posibles
emboscadas
por parte de la «innumerable multitud de gente en Córdoba» —por no
hablar de
Ibn Hud, rey de facto de Al-Ándalus, que en esos mismos momentos se
dirigía a
socorrer la ciudad musulmana.
Pero
Fernando «puso su esperanza en el Señor Jesucristo y cerró sus
oídos» a todas estas advertencias. Estaba resuelto a «socorrer a sus
vasallos,
que se habían expuesto a tan gran peligro a su servicio y por el honor
de la fe
cristiana». Tras enviar aviso a sus magnates de Castilla y León para
que
reunieran sus fuerzas, partió hacia Córdoba a la mañana siguiente —con
tan solo
cien caballeros.
A pesar de
las terribles condiciones del camino, el rey, de treinta y
cinco años, cabalgó con furia entre lluvia y aguanieve y llegó a la
gran
ciudad mora el 7 de febrero. Ibn Hud había llegado antes que él con
una
fuerza mucho mayor —según se informa, treinta mil infantes y cinco mil
jinetes—, pero, en lugar de esperar y enfrentarse a los castellanos, y
quizá
porque estos ya lo habían derrotado contundentemente antes, en la
batalla de
Jerez de 1231, se retiró inesperadamente hacia Sevilla.
Como era
de esperar, los cristianos sitiados, «que se hallaban
entonces en tan gran peligro en Córdoba», estallaron de júbilo al ver a
su rey,
a este hombre «que se había expuesto a tanto peligro para poder
socorrer a su
pueblo», afirma el cronista. Tras rescatar al audaz grupo de
cristianos,
Fernando puso sitio a Córdoba; y, a medida que seguían llegando
combatientes
cristianos desde León, Castilla y Galicia, el cerco en torno a la
ciudad
musulmana se fue estrechando.
Cinco
meses después, el 29 de junio de 1236, Córdoba, durante siglos
«el ornato del mundo», antigua sede de los califas omeyas y «el más
firme
escudo y bastión» de la España musulmana frente a los cristianos, se
rindió a
Fernando.
Todos
tuvieron algo que decir sobre este gran acontecimiento.
Al-Maqqari,
el historiador árabe habitualmente objetivo y mesurado,
recogió el sentir musulmán al lamentar cómo «aquella sede del califato
occidental, depósito de las ciencias teológicas y morada del islam,
ha pasado a
manos de los cristianos malditos, ¡que Alá los destruya a todos!».
Para los
cristianos autóctonos de España, sin embargo, la conquista, como todas las conquistas de la Reconquista, no era sino la simple
reparación
de una injusticia. Como refiere la Crónica latina, la «famosa ciudad de
Córdoba, dotada de cierto esplendor y de tierra fértil, que había
permanecido
cautiva durante tan largo tiempo, es decir, desde la época de Rodrigo,
rey de
los godos [quien murió en 711 en la batalla de Guadalete, durante la
invasión
islámica inicial de España], fue restituida a la fe cristiana por el
esfuerzo y
el valor de nuestro señor el rey Fernando».
Fernando
concedió condiciones clementes: a los musulmanes que desearan
marcharse con todos sus bienes muebles se les otorgó salvoconducto;
quienes
desearan quedarse y practicar su religión podían hacerlo. En cualquier
caso,
Fernando procedió a repoblarla con «nuevos habitantes, seguidores de
Cristo».
Antes de
entrar y reclamar la soberanía de su hasta entonces mayor
(re)conquista, Fernando ordenó que el estandarte de la Cruz fuera
llevado
delante de su propio estandarte y colocado en el minarete más alto de
la
mezquita mayor, acontecimiento que «causó una confusión y un lamento
inefables
entre los sarracenos y, por otra parte, un gozo inefable entre los
cristianos».
A
continuación, la gran mezquita de Córdoba, que Abderramán I, califa
muy celebrado entre los académicos occidentales, había construido en el siglo
VIII,
tras derribar y
reutilizar los materiales de San Vicente, una
importante basílica visigoda del siglo VI, fue «purificada de
toda inmundicia de Mahoma», escribió el arzobispo de Toledo, y rociada
con agua
bendita y sal, de modo que «lo que antaño había sido guarida del diablo
se
convirtió en iglesia de Jesucristo, consagrada en honor de su gloriosa
Madre».
Por
último, Fernando halló las campanas de la catedral de Santiago, que habían sido robadas doscientos cincuenta años antes por los
yihadistas
musulmanes y enviadas a Córdoba a hombros de cautivos cristianos para
adornar
su gran mezquita como trofeos de guerra. Reparando esta
antigua
injusticia, el rey, bien versado en los pormenores de la historia entre
musulmanes y cristianos, ordenó que fueran devueltas al santuario de
Santiago, transportadas a hombros por combatientes musulmanes cautivos.

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