El rezo colectivo musulmán en Londres ¿es una exhibición de conquista? La historia dice que sí

RAYMOND IBRAHIM





El 16 de marzo, miles de musulmanes tomaron posesión de Trafalgar Square, en Londres, para conmemorar la ruptura comunitaria del ayuno del Ramadán. Siguió un espectáculo dramático —con cuerpos postrados por doquier en las calles—, mientras resonaban versos del Corán, incluido el «Alahú akbar», a través de megáfonos en lengua árabe.

 

Varios cristianos y conservadores británicos respondieron acusando, con razón, a los musulmanes de llevar a cabo deliberadamente un acto provocador de dominación sobre el espacio público británico, históricamente cristiano.

 

En palabras de Nick Timothy, Secretario de Estado de Justicia en la sombra y lord Canciller en la sombra:

 

«Demasiadas personas son demasiado educadas para decirlo. Pero la oración ritual colectiva en espacios públicos es un acto de dominación. La llamada al rezo —que proclama que no hay más dios que Alá y que Mahoma es su enviado— constituye, cuando se pronuncia en un lugar público, una declaración de dominación. Que practiquen estos rituales en las mezquitas, si lo desean. Pero no son bienvenidos en nuestros espacios públicos, ni en nuestras instituciones comunes. Y dado que implican un repudio explícita del cristianismo, desde luego no tienen cabida en nuestras iglesias y catedrales... La dominación de los espacios públicos proviene directamente del manual islamista.»

 

¿Tiene razón Timothy? Completamente. A lo largo de la historia, allí donde los musulmanes se postran en el rezo colectivo, ese lugar se convierte de facto en una mezquita —y, por tanto, en parte de la umma—. Recordemos que la palabra mezquita deriva simplemente del vocablo árabe masjid, que significa «lugar de postración», en lo que los musulmanes convirtieron recientemente Trafalgar Square.

 

Una anécdota que a los musulmanes les gusta contar sobre su supuesta tolerancia ilumina este punto con especial claridad:


Tras la conquista de la Jerusalén cristiana por el califa Omar I en el año 637, este solicitó al patriarca Sofronio un lugar donde rezar. Sofronio, que nada sabía del islam, sugirió al califa que rezara —quizás luego se arrepentiría— en la iglesia del Santo Sepulcro. Omar se negó y fue a rezar en las proximidades. Al regresar, el califa explicó al patriarca el motivo de su conducta:


«Si hubiera rezado en el interior de la iglesia, la hubieras perdido y escaparía de de tus manos, porque tras mi muerte los musulmanes se apoderarían de ella alegando: "Omar rezó aquí".» (De Los anales del siglo X, de Naẓm al-Jawhar.)

 

Abundan los ejemplos históricos de musulmanes que consolidaron sus conquistas de territorios no musulmanes mediante el rezo y la postración en los lugares sagrados de los infieles conquistados, transformándolos así en mezquitas: el templo pagano de la Ka aba en Arabia fue purgado de sus ídolos y convertido en el lugar más sagrado del islam, la mezquita de La Meca; la mezquita de Al-Aqsa, tercer lugar más sagrado del islam, fue erigida intencionalmente sobre el templo de Salomón en Jerusalén; la mezquita de los Omeyas fue construida sobre la iglesia de San Juan Bautista, tras ser confiscada y demolida por el califa Walid I; y la basílica de Santa Sofía fue convertida en mezquita a raíz de la conquista de Constantinopla.

 

Como este último caso tuvo lugar en el siglo XV, mucho más próximo a nuestro tiempo que los demás, acaecidos en los siglos VII y VIII, disponemos de registros completos sobre cómo Santa Sofía fue transformada en mezquita.

 

Ese relato es instructivo y lo referimos a continuación (todo el material citado procede de fuentes coetáneas o de testigos oculares):


El 29 de mayo de 1453, tras la irrupción de los turcos otomanos a través de las murallas de Constantinopla, mujeres y niños en gran número huyeron hacia Santa Sofía, solo para que sus perseguidores musulmanes derribaran a golpes de hacha las puertas de la antigua basílica. Entonces, «un turco buscaba al cautivo que pareciese más adinerado; otro prefería un rostro hermoso entre las monjas… el ávido turco ansiaba llevarse su presa a lugar seguro para regresar y hacerse con una segunda y una tercera. … Luego podían verse largas hileras de cautivos saliendo de la iglesia y sus capillas, arreados como ganado o rebaños de ovejas.»


Los musulmanes llegaron a matarse entre sí por «cualquier joven bien formada», mientras muchas de ellas «prefirieron arrojarse a los pozos y ahogarse antes que caer en manos de los turcos».

 

Tras apoderarse de Santa Sofía, una de las grandes catedrales de la cristiandad, que contaba casi mil años al tiempo de su captura, los invasores «se entregaron a toda clase de vilezas en su interior, convirtiendo el recinto en un lupanar público». «Sobre sus sagrados altares» perpetraron «perversiones con nuestras mujeres, vírgenes y niños», entre ellos «la hija del Gran Duque, que era de singular belleza». Fue obligada a «yacer sobre el altar mayor de Santa Sofía con un crucifijo bajo la cabeza, y violada».

 

A continuación, «pasearon el crucifijo [principal de Santa Sofía] en burlesca procesión por su campamento, precedido de redoble de tambores, crucificando de nuevo a Cristo con escupitajos, blasfemias e improperios. Colocaron un turbante turco… sobre su cabeza, y exclamaron con sorna: "¡He aquí al dios de los cristianos!"»

 

Prácticamente todas las demás iglesias de la antigua ciudad sufrieron idéntica suerte. «Las cruces colocadas en los tejados o las paredes de las iglesias fueron arrancadas y pisoteadas.» La eucaristía fue arrojada al suelo; las santas imágenes fueron despojadas de su oro, «tiradas al suelo y pisoteadas». Las biblias fueron despojadas de sus iluminaciones en oro o plata antes de ser quemadas. «Los iconos fueron entregados sin excepción a las llamas.» Los ornamentos patriarcales fueron colocados sobre el lomo de perros; las vestiduras sacerdotales, sobre caballos.

 

«Por doquier cundía la desgracia, a todos alcanzaba el dolor» cuando el sultán Mehmed hizo su solemne entrada en la ciudad. «Había lamentaciones y llantos en cada casa, gritos en las encrucijadas y pesar en todas las iglesias; los gemidos de los hombres adultos y el llanto de las mujeres acompañaban al saqueo, la esclavización, la separación y la violación.»


Llegó entonces el gran momento de consolidar el triunfo del islam. El sultán Mehmed entró en Santa Sofía «maravillado ante el espectáculo». Poco después, sin embargo, emuló a su homónimo, el profeta Mahoma, que al entrar en la Kaaba había destruido todos sus ídolos.

 

Así pues, el sultán Mehmed ordenó la destrucción de las cruces, estatuas e imágenes de la basílica de Santa Sofía. Él mismo derribó y pisoteó el altar mayor, antes de ordenar a un almuédano que subiera al púlpito y entonara «sus detestables rezos», en palabras de un contemporáneo cristiano. «Entonces, este hijo de la iniquidad, este precursor del Anticristo, se encaramó sobre la Santa Mesa para pronunciar sus propias rezos», convirtiendo así «la gran iglesia en un santuario pagano consagrado a su dios y a su Mahoma».

 

Hablando de Santa Sofía, aquí tenemos una prueba aún más reveladora de que, para los musulmanes, el lugar donde se reza pasa a formar parte de la propia religión. En 2006, cuando el papa Benedicto visitó Santa Sofía en Turquía, existía el riesgo de que «los musulmanes de Turquía y buena parte del mundo islámico» cayeran «en paroxismos de furia» si tuvieran «la menor percepción de que el papa pretendía reapropiarse de un centro cristiano que había caído en manos musulmanas», por ejemplo si hubiera osado rezar allí.

 

En esto, los musulmanes, que creen que el lugar donde se reza pasa a ser posesión propia, estaban proyectando sus propias convicciones.

 

Así pues, sí. Aquel rezo colectivo que los musulmanes realizaron en Trafalgar Square refleja que ellos están absolutamente convencidos de que Londres, Londonistán, regida además por un alcalde musulmán, les pertenece ya.




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