La ‘pacífica’
mentira islámica de Sadiq Khan, al descubierto
El verdadero significado de la tawriya
RAYMOND IBRAHIM
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El alcalde de
Londres, Sadiq Khan, protagonizó recientemente un descarado ejercicio
de tawriya,
una doctrina islámica poco conocida que permite a los musulmanes
incurrir en
mentiras «creativas».
Antecedentes:
el 16 de marzo de 2026, Khan permitió que miles de musulmanes tomaran
la plaza
de Trafalgar, con fieles postrados sobre las calles mientras versos del
Corán,
incluido el «Alahú Akbar», resonaban por megáfonos. Numerosos
cristianos
británicos denunciaron que el acto constituía una provocadora muestra
de
dominio sobre un espacio público históricamente cristiano. Tras
manifestar su
decepción ante la actitud de aquellos cristianos que no se comportaban
como
sumisos, Khan declaró:
«Nuestra
religión trata de la sumisión, trata de la paz. Comencé mi discurso con
un
saludo de paz, asalima alikum, que la paz y la bendición de
nuestro
creador sean contigo. ¿Qué puede haber más pacífico que eso?»
Por un lado,
estas palabras son esencialmente verdaderas y exactas; por otro, no
significan en
absoluto lo que él desea que los occidentales entiendan.
Bienvenidos a
la importante, aunque oscura, doctrina de la tawriya. A
continuación,
explico esta enseñanza islámica y muestro cómo se aplica a las palabras
de
Khan.
¿Qué
es la tawriya?
El autorizado
Hans Wehr Arabic-English Dictionary define tawriya
como «ocultación,
disimulo; hipocresía; equívoco, ambigüedad, doble sentido, alusión».
Los
conjugados de la raíz trilítera de la palabra, w-r-y, aparecen
en el
Corán en el contexto de ocultar o encubrir algo (por ejemplo, 5,31 y
7,26).
En tanto que
doctrina, el doble sentido es el término que mejor describe la
función
de la tawriya. Por ejemplo, Juan le pregunta a David si puede
prestarle
veinte euros, y David responde: «¡Hombre, no tengo un céntimo en el
bolsillo!»
Aunque Juan entenderá que David no lleva dinero encima, es posible que
este
tenga un fajo de billetes de veinte euros; si bien, literalmente, no
lleva
ningún céntimo en el bolsillo. Según la doctrina islámica de la tawriya,
David no ha mentido.
En palabras
del jeque Muhammad Salih al-Munajid (basadas en el consenso de los
estudiosos):
«La tawriya es lícita bajo dos condiciones: 1) que las palabras
empleadas se ajusten al significado oculto; 2) que no conduzca a una
injusticia»
(injusticia tal como la define la saría, no los
estándares
occidentales, por supuesto). De no ser así, está permitido incluso que
un
musulmán jure cuando miente mediante la tawriya. Munajid cita,
por
ejemplo, el caso de un hombre que jura ante Alá que solo puede dormir
bajo un
techo (saqf); cuando se descubre que el hombre duerme encima
de
un techo, él se exculpa diciendo que por «techo» entendía el cielo
abierto.
Esto es legítimo. «Al fin y al cabo», añade Munajid, «el Corán 21,32 se
refiere
al cielo como un techo [saqf]».
He aquí otro
ejemplo habitual de tawriya en Occidente. Hace catorce años,
denuncié un
vídeo en árabe en YouTube (posteriormente eliminado) en el que un
clérigo
afirmaba que es un «gran pecado» para los musulmanes reconocer la
Navidad. No
obstante, los musulmanes que viven en Occidente pueden decirles a los
cristianos en época navideña: «Te deseo lo mejor». ¿La lógica? Los
cristianos,
continúa el jeque, «entenderán que les deseas lo mejor en lo referente
a su
celebración [de la Navidad]». Pero —aquí el astuto jeque ríe entre
dientes
mientras explica—«al decir “te deseo lo mejor”, lo que uno quiere decir
en el
fondo es: ¡ojalá te conviertas al islam!»
Como ocurre
con la mayoría de las prácticas islámicas, la tawriya se
remonta al
profeta del islam. Después de insistir en que los musulmanes
«necesitan» la tawriya
porque los «salva de mentir», y por tanto de pecar, el jeque Uthman
al-Khamis
añade que Mahoma la practicaba con frecuencia. En efecto, está
documentado que
Mahoma dijo: «Alá me ha ordenado que use el equívoco entre las
personas, del
mismo modo que me ha ordenado cumplir las obligaciones [religiosas]»;
y: «He
sido enviado con la ofuscación»; y: «Quien viva su vida en el disimulo,
morirá
mártir» (Sami Mukaram, Al Taqiyya Fi Al Islam, Londres:
Mu’assisat
al-Turath al-Druzi, 2004, p. 30).
En un hadiz
canónico, Mahoma dice: «Si alguno de vosotros se ventosea o se mancha
durante los
rezos [rompiendo el wudu], que se tape la nariz y se retire» (Sunan
Abu Dawud, 2167a): taparse la nariz y retirarse implica haber olido
algo
ofensivo —lo cual es cierto—, aunque las personas pensarán que fue otra
persona
quien causó la molestia.
Siguiendo el
ejemplo de su profeta, numerosas personalidades islámicas de primer
orden han
recurrido a la tawriya, como el gran imán Ahmad ibn Hanbal,
fundador de
una de las cuatro escuelas jurídicas del islam, practicada en Arabia
Saudí. En
cierta ocasión, mientras impartía clase, alguien llamó a la puerta
preguntando
por uno de sus discípulos. El imán Ahmad respondió: «No está aquí, ¿qué
haría
aquí?» Al tiempo que señalaba su propia mano, como queriendo decir «no
está en
mi mano», lo cual era cierto. El visitante, que no podía ver lo que
Ahmad
estaba haciendo, supuso que el discípulo simplemente no se encontraba
allí y se
marchó.
El califa
al-Mahdi se negó en cierta ocasión a dejar partir a Sufyan al-Thawri,
otro
importante jurista islámico de los primeros tiempos, hasta que este
juró ante
Alá que regresaría. Al salir, Thawri dejó subrepticiamente sus
sandalias junto
a la puerta. Al cabo de un rato, regresó, recogió sus sandalias y se
marchó
definitivamente. Cuando el califa preguntó por él, le informaron de
que, en
efecto, Thawri había jurado volver —y volvió—: solo para recoger sus
sandalias
y no regresar jamás.
Para no
parecer que la tawriya se reduce a unas pocas anécdotas
pintorescas más
propias de las Mil y una noches que del derecho religioso (saría)
de más de mil millones de personas, cabe citar a autoridades islámicas
más
recientes —el jeque Muhammad Hassan y el doctor Abdullah Shakir— que la
justifican en sermones en vídeo. Ambos ponen el ejemplo de alguien que
llama a
tu puerta y tú no deseas recibirle, por lo que un familiar tuyo abre y
dice: «No
está aquí», refiriéndose con «aquí» a la habitación inmediata —lo cual
es
cierto, ya que tú estarás escondido en otra estancia—.
De modo
similar, en el popular portal Islam Web, donde los musulmanes
formulan
preguntas y las autoridades islámicas responden con una fatua,
una joven
plantea su dilema moral: su padre le ha ordenado expresamente que, cada
vez que
suene el teléfono, conteste diciendo «no está». La fatua
resuelve su
problema: puede mentir, pero al decir «no está», debe entender que no
se
encuentra en la misma habitación, o directamente delante de ella.
Comprensión
de la tawriya de Khan
Revisemos
ahora las afirmaciones anteriormente citadas de Sadiq Khan, pero esta
vez
provistos del conocimiento de la tawriya. Para justificar la
demostración de fuerza y dominio musulmán que permitió y encabezó en la
plaza
de Trafalgar, dijo:
«Nuestra
religión trata de la sumisión, trata de la paz. Comencé mi discurso con
un
saludo de paz, asalama alikum —que la paz y la bendición de
nuestro
creador sean contigo. ¿Qué puede haber más pacífico que eso?»
En efecto.
En primer
lugar, sí, el islam gira en torno a la sumisión —el significado
literal
de la palabra—, pero ¿sumisión a qué, exactamente? ¿A la cultura, el
derecho,
la ética y las normas occidentales? Eso es claramente lo que Khan
quiere que su
ingenua audiencia occidental entienda: que los musulmanes pacíficos de
Londres
son intrínsecamente «sumisos».
En verdad,
los musulmanes han de someterse, y solo someterse, a la ley de Alá —la saría—,
que es antagónica a la civilización occidental, y que prescribe la
subyugación
de todos los no musulmanes, la pena de muerte para apóstatas y
blasfemos, y así
sucesivamente.
En segundo
lugar, Khan afirma que el islam trata todo «sobre la paz». Lo diga
George Bush
o el alcalde de Londres, esto es una mentira —aunque encierre una
verdad
oculta—: la palabra árabe para «paz», salam, está efectivamente
relacionada con las mismas tres consonantes radicales (s-l-m) que
forman la
palabra islam.
Sin embargo,
la conexión, tal como el propio Mahoma demostró célebremente en dos
palabras
enviadas al emperador Heraclio —aslam taslam—, es que solo
después de
que un no musulmán se someta al islam tendrá paz. De lo contrario, la
guerra
—la yihad—, manifiesta y encubierta, continúa.
Por último,
Khan dijo:
«Comencé mi
discurso con un saludo de paz, asalama alikum —que la paz y la
bendición
de nuestro creador sean contigo. ¿Qué puede haber más pacífico que eso?»
Sí, asalama
alikum significa, literalmente, algo parecido a «que la paz y la
bendición
de nuestro creador sean contigo». Sin embargo, y como todo musulmán
sabe, esta
bendición concreta solo debe emplearse con otros musulmanes:
está
expresamente prohibido dirigirla a los no musulmanes. En un hadiz
canónico, Mahoma dijo:
«No saludéis
a los judíos ni a los cristianos con el salam; y cuando os
encontréis
con alguno de ellos en el camino, obligadle a ir por la parte más
estrecha de
este» [Sahih Muslim, 2167a].
Por ello,
incluso a los hombres musulmanes casados con mujeres no musulmanas les
está
prohibido usar el salam. Pero, como explica el clérigo jeque
Yasser
al-Burhami, aunque los maridos musulmanes han de odiar a sus
esposas
cristianas o judías (mientras gozan de ellas sexualmente), pueden
recurrir a
actos de tawriya para aliviar las tensiones. Así, cuando un
marido
musulmán entra en la casa, puede decir asalama alikum a su
esposa
infiel, pero solo si lo entiende y lo dirige a cualquier otro musulmán
presente
en la casa, como sus hijos.
Y, sin
embargo, Sadiq Khan afirma que él y todos los demás musulmanes dirigían
el salam
a todos, incluidos todos los infieles de Inglaterra, añadiendo
retóricamente: «¿Qué
puede haber más pacífico que eso?»
En todo caso,
aunque podría sostenerse que los ejemplos de Khan —y los de los jeques
antes
mencionados— equivalen a inofensivas «mentiras piadosas», la tawriya
puede emplearse para cometer gravísimas «mentiras negras»,
especialmente cuando
se trata del infiel aborrecido. En palabras del jeque al-Munajid: «La tawriya
es lícita si resulta necesaria o sirve a un interés de la saría».
Considérense
los innumerables «intereses de la saría» que se oponen
frontalmente a la
civilización occidental, incluida la subyugación de cuantos se nieguen
a
someterse al islam.
Sea cual sea
el juicio que merezca esta exposición sobre la tawriya,
constituye, al
menos, un reflejo del enrevesado engaño al que se enfrenta un Occidente
que no
está preparado para ello.
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