Por qué el poder establecido teme y odia a los templarios

RAYMOND IBRAHIM





El espíritu de los monjes guerreros está regresando.


«¿Por qué la extrema derecha está tan obsesionada con los caballeros?» Este es el título de un artículo de opinión publicado por el Financial Times el 23 de agosto de 2026.


Aún más interesante es su cita de apertura, atribuida al novelista Umberto Eco:


«Un signo seguro de que alguien es un lunático es que, tarde o temprano, saca a colación a los templarios.»


Ahora bien, como alguien que no solo «saca a colación», sino que ha escrito un libro de 500 páginas sobre los templarios, leí este artículo de opinión con gran interés, no fuera a ser que también a mí se me considerase un lunático espumante de rabia.


Lamentablemente, la autora, Elise Morrison, doctoranda en la Universidad de Cambridge —cuya cuestionable calidad educativa fue recientemente puesta al descubierto, lo que quizá explique el enfoque de la señora Morrison—, nunca responde a la pregunta planteada en su propio título. En cambio, trata el creciente interés por los templarios como una nueva oportunidad para condenar la amorfa categoría conocida como ‘la extrema derecha’.


«Si Eco tiene razón» —escribe respecto a la acusación del novelista de que solo los lunáticos mencionan a los templarios—, «no hace falta buscar mucho para encontrar ejemplos [de lunatismo] en la Gran Bretaña actual, entre las multitudes de los partidos de fútbol, los mítines políticos y las manifestaciones».


Señala a manifestantes que visten cruces rojas, túnicas blancas, cotas de malla de plástico y otra iconografía templaria que ha sido «cada vez más apropiada por la extrema derecha contemporánea».


De manera similar, condena a las cuentas de redes sociales que envuelven «la política supremacista blanca y antimusulmana en la imaginería romantizada de la guerra santa, la caballería medieval y el martirio cristiano».


Según Morrison, quienes invocan la imaginería cruzada o templaria suelen presentarla como un inofensivo espectáculo histórico. Pero esto, argumenta, no hace sino proporcionar una «negación plausible» que permite a los «extremistas» disfrazar «una ideología agresiva y racializada» bajo un disfraz medieval aparentemente inocuo.


Por último, equipara el interés actual por los templarios y las cruzadas con otros «movimientos fascistas del siglo XX, incluidos los nazis y el Ku Klux Klan».


En la segunda mitad de su artículo de opinión, donde uno esperaba que Morrison abordara su propia pregunta —por qué un número creciente de occidentales está tan «obsesionado» con los templarios—, ofrece unas pocas frases que resumen la historia de la orden militar antes de volver a su idea principal:


«Ciertos sectores del discurso de derechas ofrecen la imagen de una sociedad cristiana nuevamente asediada, haciéndose eco del mito de los monjes guerreros que fueron a la batalla por una Europa supuestamente atacada por el islam.»


Esa frase contiene la clave de todo su argumento, y también su principal debilidad.


Morrison trata la conexión entre el conflicto medieval y las condiciones actuales como una construcción política moderna: tanto la idea de que los templarios eran «monjes guerreros» que combatían al islam, como la de que la cristiandad estaba «bajo ataque del islam», son, según ella, sendos «mitos».


La «extrema derecha» se lo inventó todo para justificar su actitud, por lo demás injustificada y, de hecho, racista, hacia el islam.


Así de trillada es la explicación de Morrison.


La verdadera respuesta a su pregunta —por qué los hombres en general, y los jóvenes en particular, están «tan obsesionados» con los templarios— resulta mucho más instructiva y reveladora.


En primer lugar, la continuidad histórica que Morrison descarta como «mítica» es, en realidad, muy real (véase aquí y aquí para una documentación abundante).


Poco después de su nacimiento en el siglo VII, el islam procedió a engullir tres cuartas partes del mundo cristiano original. Oriente Medio, Egipto, el norte de África, las islas del Mediterráneo y, con el tiempo, Asia Menor —todos ellos, en su día, más cristianos que Europa— fueron conquistados de manera permanente e islamizados.


Las cruzadas fueron una respuesta a esta yihad continuada: una tardía réplica cristiana a siglos de conquista islámica, jalonada por ataques renovados, persecuciones brutales, esclavización y la destrucción o profanación de los lugares santos cristianos. Las atrocidades cometidas contra los cristianos tan solo en los años previos a la Primera Cruzada, en 1095, resultan indescriptibles.


Tampoco es difícil comprender por qué los occidentales de hoy perciben paralelismos históricos. También ellos son testigos de constantes atentados terroristas musulmanes, del asesinato de críticos del islam, de violencia sexual organizada, de ataques contra cristianos y judíos, de la profanación de iglesias y otros lugares no musulmanes, y de reiteradas exigencias de que las sociedades occidentales se acomoden a las creencias islámicas.


También ven cómo las instituciones políticas y mediáticas minimizan sistemáticamente estos problemas y vilipendian a quienes los mencionan.


La imaginería cruzada representa, por tanto, una resistencia valiente en un momento en que los dirigentes occidentales están entregados al apaciguamiento y la capitulación: el suicidio civilizacional.


El templario, en particular, representa la defensa intransigente: un hombre dispuesto a sacrificar la comodidad, la riqueza —incluso la propia vida— para proteger su fe y a su pueblo.


Lo cual nos lleva a la segunda fuente de esta fascinación, más profunda que la primera.


Existe un profundo anhelo, especialmente entre los jóvenes de Occidente, de modelos de valor, disciplina, sacrificio y servicio honorable; en definitiva, de hombres de verdad.


La cultura popular ofrece a los jóvenes una abundancia de famosos, narcisistas, libertinos, mujeriegos, homosexuales, afeminados, aprovechados y antihéroes de cómic.


No ofrece prácticamente ningún ejemplo de hombres definidos por la fe, la disciplina, la lealtad, la castidad, el valor, el dominio de sí mismos y el servicio a algo superior a ellos mismos.


Entra en escena el ideal de la Orden de los Caballeros del Temple.


Los templarios eran monjes guerreros. Hacían votos de pobreza, castidad y obediencia. Se sometían a una vida austera, renunciaban a sus ambiciones personales y aceptaban la posibilidad de una muerte violenta en defensa de la cristiandad.


Unían dos cualidades que los cristianos modernos consideran incompatibles: la humildad y la abnegación del monje, con la fuerza y el valor del guerrero.


Puede que no todos los templarios estuvieran a la altura de esos ideales; ninguna institución humana encarna jamás a la perfección sus propios principios. Pero el ideal en sí mismo era real —muchos templarios sí lo cumplieron— y sigue resultando enormemente atractivo.


He aquí, entonces, lo que el análisis de Morrison pasa por alto: el templario resulta atractivo no simplemente porque combatió a un enemigo, sino porque se dominó a sí mismo. Representa la fuerza gobernada por la fe, la violencia contenida por la disciplina y el valor dirigido al servicio y no al provecho personal.


Por eso ha regresado la imaginería templaria.


Algunos pueden emplearla de manera burda; otros pueden asociarla a doctrinas raciales que los propios templarios medievales apenas reconocerían. Pero eso no explica el fenómeno en su conjunto.


Tampoco la trillada asociación de los caballeros con los nazis, los fascistas y el Ku Klux Klan hace desaparecer el simbolismo.


El renovado interés por los templarios refleja a la vez una inquietud y una aspiración: la inquietud de que Occidente haya abandonado sus principios, y la aspiración de asemejarse a aquellos hombres que los resucitarían —caballeros de Dios que en su día consideraron el sacrificio, la disciplina, la fe y el valor bienes superiores a la comodidad y la autoexpresión.


La verdadera pregunta, por tanto, no es por qué la «extrema derecha» está «tan obsesionada» con las cruzadas, los caballeros y los templarios. Es por qué las instituciones occidentales están tan obsesionadas —tan atemorizadas— con que los occidentales puedan redescubrir a los admirables héroes de su historia y su herencia.


Si encontrar inspiración en los templarios convierte a alguien en lunático, entonces que el mundo se vea aquejado de lunatismo.



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