¿Es
hora de
una nueva cruzada contra el islam?
RAYMOND IBRAHIM
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La
diferencia entre invasión e
invitación.
¿Es
la hora de convocar a una nueva cruzada?
No
hace mucho, la simple mención de la
palabra «cruzada» en relación con
el islam
bastaba para provocar indignación. Cuando
George W. Bush se refirió
casualmente
a la inminente guerra contra el terrorismo
como una «cruzada»
inmediatamente
después del 11-S, la reacción en contra
fue tan rápida que su
administración se
distanció del término. Considerando las
incontables disculpas, condenas
y actos
de contrición relativos a las cruzadas a
los que los occidentales han
sido
sometidos desde entonces, cabría suponer
que la palabra «cruzada» había
sido
desterrada de manera permanente del
discurso público.
Sin
embargo, hoy, en medio de una ira
creciente hacia el islam y la
inmigración
musulmana masiva, los occidentales vuelven
a invocar abiertamente las
cruzadas,
y algunos parecen hacerlo de manera
bastante literal.
La
semana pasada, por ejemplo, Jake Lang
encabezó lo que se anunció
explícitamente
como una marcha de «Cruzados
cristianos» en Dearborn,
Michigan, hogar de una de las mayores
poblaciones
musulmanas de Estados Unidos. Su propósito
declarado era oponerse a la
«islamización de Estados Unidos», y Lang
no ocultó en absoluto lo que,
a su
juicio, estaba ocurriendo.
«Los
musulmanes no han venido aquí a
asimilarse», dijo.
«Han venido a robar la riqueza de esta
tierra, a violar a nuestras
mujeres...
La cruzada ha comenzado», declaró,
añadiendo, dirigiéndose a los
musulmanes:
«Su tiempo en este país se agota...
Musulmanes, vuelvan a casa antes de
que los
enviemos de vuelta».
Tampoco
estos sentimientos se limitan a Estados
Unidos. En Gran Bretaña, Katie
Hopkins
ha declarado
que su
nación ha sido «invadida en todos los
sentidos» por el islam y que, por
tanto,
«ha de volver el tiempo de las cruzadas».
Incluso Deus
vult —«Dios lo quiere»,
el célebre grito asociado a la
Primera Cruzada—
está experimentando un poderoso
resurgimiento.
No
resulta difícil comprender el sentimiento
que subyace a todo esto.
Millones de
occidentales miran a su alrededor en sus
propias ciudades y apenas las
reconocen. Ven enclaves musulmanes y
sociedades paralelas, mezquitas y
predicadores que promueven doctrinas
diametralmente opuestas a las
normas
occidentales, exigencias de una
acomodación islámica cada vez mayor,
elementos
de la ley islámica que se abren paso en la
vida occidental, y el hostigamiento
y
asesinato
de apóstatas y críticos del
islam. También han sido
testigos de escándalos
de
abuso sexual, ataques contra
cristianos y judíos y sus
lugares sagrados,
y una sucesión aparentemente interminable
de atrocidades yihadistas.
Para
muchos, especialmente en algunas zonas de
Europa occidental, todo esto
se
asemeja sospechosamente a una conquista
islámica que se despliega ante
sus
propios ojos. De ahí el atractivo de una
palabra antigua y en su día
proscrita: cruzada.
Existe,
sin embargo, un problema fundamental con
este diagnóstico. ¿Contra
quién,
exactamente, habría de librarse esta nueva
cruzada? ¿Contra los
musulmanes de
Occidente?
Las
cruzadas históricas surgieron en
circunstancias radicalmente distintas
de las
que enfrenta hoy Occidente. Durante siglos
antes de la Primera Cruzada,
los
ejércitos musulmanes habían conquistado
enormes extensiones de
territorio antes
cristiano, incluidas Siria, Egipto, el
norte de África y la mayor parte
de
España. El movimiento de las cruzadas
llegó a ser igualmente relevante
en la
defensa de Europa frente a la expansión
otomana, desde Nicópolis y
Varna hasta
las Ligas Santas asociadas a Lepanto y las
guerras en torno a Viena. La
lógica
de las cruzadas resultaba perfectamente
inteligible para sus
contemporáneos:
los poderes musulmanes estaban
conquistando tierras cristianas, y los
gobernantes cristianos respondían con
resistencia armada.
Pero
¿qué ejército musulmán conquistó Dearborn?
¿Quién asaltó Birmingham,
París,
Bruselas o Berlín? Ningún ejército
musulmán derribó sus puertas. Antes
bien,
esas puertas les fueron abiertas, y por
las propias autoridades
occidentales.
Dicho
de otro modo, fueron los dirigentes de
Europa —el papa, los
emperadores, los
reyes y la nobleza— quienes convocaron y
encabezaron las cruzadas en
defensa de
la cristiandad y para la liberación de los
pueblos cristianos. Y son,
sin
embargo, sus mismos homólogos actuales —el
papa, presidentes, primeros
ministros, políticos (y ciertos monarcas,
como Carlos III)— quienes hoy
son
responsables de exactamente lo contrario:
importar y empoderar al islam
en
Occidente, en perjuicio de los propios
occidentales.
Nada
se conseguirá mientras no se comprenda
este hecho incontrovertible.
Fueron
los políticos occidentales quienes crearon
las políticas migratorias
que
trajeron a millones de musulmanes a Europa
y a Estados Unidos; los
gobiernos
occidentales que permitieron que la
migración temporal se convirtiera
en
asentamiento permanente y facilitaron la
reagrupación familiar; las
instituciones occidentales que abandonaron
la asimilación en favor del
multiculturalismo; las burocracias
occidentales que financiaron los
programas
resultantes; y los poderes establecidos,
políticos, académicos y mediáticos
occidentales, que estigmatizaron la
oposición a estas políticas
tachándola de
racista, xenófoba o «islamófoba».
En
otras palabras, piénsese lo que se piense
del islam, reclamar una
cruzada
contra los musulmanes que ya viven en
Occidente supone confundir el
síntoma más
visible con la enfermedad subyacente.
Nada
de esto exonera al islam ni niega la
capacidad de acción de los
musulmanes. Las
organizaciones musulmanas ejercen, como es
natural, presión sobre los
gobiernos; los activistas musulmanes se
organizan políticamente; los
musulmanes
practican la dawa [proselitismo];
y las organizaciones musulmanas buscan una
mayor
influencia
para el islam y, cuando es posible, la
implantación de la saría [ley
islámica].
Pero
¿qué se esperaba exactamente que hicieran?
Si un musulmán cree
sinceramente que
el islam es la revelación final de Dios y
Mahoma su último profeta,
¿por qué
habría de esperarse que se comportara de
un modo distinto al de un
musulmán, o
que abrazara el secularismo? Si una
organización islámica descubre que
las
autoridades occidentales están dispuestas
a concederle alguna ventaja
que
favorezca sus intereses, ¿por qué habría
de rechazarla?
El
fenómeno verdaderamente notable, por
tanto, no es que los musulmanes de
Occidente defiendan al islam. El fenómeno
notable es que la
civilización de
acogida acomode con regularidad al islam a
costa de sí misma. Media un
abismo
entre el individuo o el grupo que pretende
algo y la autoridad soberana
que
tiene el poder de concedérselo. Los
musulmanes no controlan la
soberanía de
Gran Bretaña, Francia, Alemania o Estados
Unidos; los propios
occidentales sí
la controlan, o al menos se supone que
deberían hacerlo.
Dirigir
la propia ira principalmente contra los
musulmanes, ignorando al
poder establecido
político y cultural occidental que los
admitió y los empoderó,
equivale, por
tanto, a confundir la causa con el efecto.
Sin
embargo, ni siquiera culpar a los
políticos nos lleva al fondo de la
cuestión.
Los políticos no despertaron una mañana
poseídos por un deseo
inexplicable de
abrazar el «multiculturalismo». Ellos,
como la mayoría de sus
sociedades, son
producto de un espíritu de la época
occidental mucho más profundo, creado y
perpetuado a
través de las universidades, las escuelas,
los medios de comunicación,
las
iglesias, los libros, el cine y
prácticamente cualquier otra
institución que
moldea el modo en que Occidente se percibe
a sí mismo y al mundo.
Durante
generaciones, se ha enseñado a los
occidentales a mirar su propia
herencia con
desdén. El cristianismo se volvió sinónimo
de intolerancia; el
patriotismo, de
chovinismo; las cruzadas, de agresión no
provocada; el colonialismo, de
un mal
exclusivamente occidental; la asimilación,
de opresión.
A
la inversa, la «diversidad», el
multiculturalismo y la acomodación de
la
diferencia se convirtieron en bienes
morales que apenas requerían
justificación. El resultado acumulado es
una civilización condicionada
a
cuestionar su propia legitimidad
precisamente cuando se enfrenta a
pueblos que
conservan la confianza en la suya.
Bajo
estos desarrollos subyace una
transformación epistemológica todavía más
profunda, encarnada en el auge del
relativismo. La antigua pregunta,
«¿es esto
verdadero?», cede cada vez más el paso a
«¿la verdad de quién?». La
pregunta
«¿es buena la civilización occidental?» se
transforma en «¿quiénes
somos
nosotros para definir lo que es bueno?». Y
la antaño evidente
expectativa de
que un inmigrante debía asimilarse a la
civilización que había elegido
para
vivir es sustituida por la pregunta: «¿por
qué habría de tener la
cultura
mayoritaria el derecho de imponer sus
normas?».
Lo
que en la superficie parece una disputa
migratoria es, por tanto, en
parte, la
manifestación política de una revolución
filosófica mucho más profunda.
Considérense
las consecuencias. Un musulmán tradicional
cree que el islam es
objetivamente
verdadero: el Corán es la revelación,
Mahoma es el profeta de Dios, y
ciertas
cosas son objetivamente buenas o malas. Un
cristiano tradicional se
aproximaba
en su día al cristianismo con una certeza
comparable.
Al
relativista moderno, en cambio, se le ha
enseñado cada vez más a
desconfiar de
esa misma certeza: el islam puede ser
«verdadero para ti», el
cristianismo
«verdadero para él», mientras que las
culturas no serían sino
construcciones de
sistemas de significado diferentes que los
extraños apenas tienen
derecho a
juzgar.
Así
pues, cuando una civilización cada vez más
insegura de sus propias
pretensiones
de verdad —o carente por completo de
ellas— se encuentra con
comunidades que
poseen una firme convicción en las suyas,
la relación resultante dista
mucho de
ser igualitaria. Una de las partes (el
islam) avanza con confianza en
lo que
cree; la otra (Occidente), convencida de
que no tiene derecho moral a
resistirse, capitula.
Esto
explica también el gran problema de la
asimilación: ¿a qué,
exactamente, se
supone que deben asimilarse los
musulmanes? La Europa cristiana tuvo en
su día
una respuesta. Su civilización poseía el
cristianismo, historias
nacionales,
héroes, santos, ritos, festividades,
normas morales, iglesias y una
memoria
histórica común.
El
inmigrante musulmán, por su parte, llega
también con un libro sagrado,
una
historia sagrada, héroes, leyes
religiosas, absolutos morales y una
concepción
clara de quién es. Frente a ello, lo único
que el anfitrión occidental
poscristiano tiene que decir es que «la
diversidad es nuestra mayor
fortaleza».
Pero
la diversidad no es en sí misma una
identidad; se limita a describir la
coexistencia de identidades distintas. Una
civilización no puede
asimilar a los
recién llegados a una identidad que ya ha
abandonado.
Y
así volvemos a la pregunta inicial. ¿Ha
llegado el momento de una nueva
cruzada? Quizá, pero desde luego no contra
la familia musulmana de la
casa de
al lado (lo cual, dicho sea de paso, solo
llevaría a las autoridades a
reprimir
aún más cualquier discurso contrario al
islam).
Recuérdese
que el islam no obligó a Occidente a
abandonar sus fronteras ni la
asimilación;
no obligó a los intelectuales occidentales
a abrazar el relativismo, ni
a los
europeos a avergonzarse de su historia, ni
al cristianismo a retirarse
de la
vida pública. Tampoco fue el islam quien
creó la duda civilizacional
que hizo
posibles todos estos desarrollos.
La
creciente presencia e influencia del islam
en Occidente será, quizá, la
manifestación más evidente de la crisis,
pero dista mucho de ser su
causa
última.
La
verdadera lucha, por tanto, se libra en el
interior de la propia
civilización
occidental: en torno a las ideas e
instituciones que le enseñaron a
desconfiar
de su historia, a disolver su identidad, a
abandonar la asimilación y a
llamar
«progreso» a la transformación resultante.
Si
ha de haber otra cruzada, esta debe
comenzar por recuperar la capacidad
de
Occidente para decir, sin vergüenza ni
disculpa, que «esto es lo que
somos,
esto es lo que creemos, estas son las
cosas que consideramos buenas y
verdaderas, y esta es la civilización que
nos proponemos preservar».
No
se olvide nunca: el islam en Occidente no
es producto de una invasión,
sino de
una invitación. La primera cruzada
necesaria es contra quienes lo han
propiciado, y contra las filosofías
deformadas que están matando
lentamente a
Occidente.
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