Yihad: botín
aquí, paraíso en el más allá
RAYMOND IBRAHIM
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Cómo la promesa islámica de
recompensas eternas y del perdón de los pecados contribuyó a convertir
en
héroes incluso a sus guerreros más impíos.
¿Qué impulsó a los ejércitos
del islam a conquistar buena parte del mundo a partir del siglo VII —y
por qué
hombres cuyas vidas con frecuencia contravenían las enseñanzas
islámicas se
convirtieron, no obstante, en celebrados campeones de la fe?
Ambas preguntas conducen a la
yihad —la obligación religiosa que unía las conocidas recompensas de la
guerra
a la promesa de salvación eterna.
Para comprender la
determinación de los conquistadores musulmanes, y la reverencia que
posteriormente recibieron, es preciso comprender primero qué ofrecía el
islam a
quienes estuvieran dispuestos a luchar en su nombre.
Para empezar, Alá y su profeta,
Mahoma, presentan con regularidad la yihad como el empeño más elevado
de todos,
respectivamente en el Corán y en el hadiz, las dos autoridades
textuales del
islam.
«Alinearse para el combate en
el camino de Alá», dijo Mahoma, «es más meritorio que sesenta años de
adoración». Más adelante llegaría a equiparar la yihad con «rezar sin
cesar y
ayunar de forma continua», afirmando además que «no puedo encontrar
nada» tan
meritorio como la yihad.
Reformular la guerra tribal
mediante un paradigma tan piadoso dio lugar a un escenario en el que
todos
salían ganando. Si las razias tribales originales de Arabia se
limitaban a
botines temporales y entrañaban el riesgo de morir, la razia divinizada
de Mahoma
(la yihad) ofrecía recompensas tanto en el más acá como en el más allá,
lo que
significaba que, en esencia, carecía de riesgo.
Como antes del islam, el árabe
que sobrevivía a la razia exitosa contra el otro (ahora “infiel”) tenía
garantizado todo el botín de guerra habitual: pillaje y esclavos,
incluidas
esclavas sexuales (algo que el islam permite; véase Corán 4,3; 4,24;
33,50).
En cambio, si moría durante la
razia divinizada de Mahoma, tenía garantizado un botín aún mayor —es
decir,
recompensas— en la otra vida.
De uno u otro modo, ganaba: «Le
garantizo o bien la admisión en el Paraíso», proclamó Mahoma, «o bien
el
regreso al lugar de donde partió con una recompensa o un botín».
«El mártir» —el shahid—
«es especial para Alá», continúa su profeta. «Es perdonado desde la
primera
gota de sangre [que derrama]. Ve su trono en el paraíso… Sobre su
cabeza se
fijará una corona de honor, un rubí más grande que el mundo y todo
cuanto
contiene. Y copulará con setenta y dos huríes».
Las huríes son mujeres
sobrenaturales y celestiales creadas por Alá con el expreso propósito
de
gratificar a sus favoritos a perpetuidad. (Que las escrituras islámicas
retraten el paraíso en términos decididamente carnales —comida, bebida,
oro y
«muchachos eternamente jóvenes» que «circulan entre» los creyentes
aguardan
también al mártir— no debería sorprender, dado el primitivismo de la
Arabia del
siglo VII, la sociedad de Mahoma).
Las huríes aparecen por doquier
en la literatura islámica más antigua, haciendo señas al aspirante a
mártir
para que se apresure en su tarea y pueda unirse a sus abrazos. Lo
siguiente,
por ejemplo, figura en el Kitab al-Jihad de Abdullah ibn
Mubarak (nacido
en 726): «Cuando es muerto, la primera burbuja de su sangre hace que
sus
pecados se desprendan… Dos [huríes] descienden hacia él y le limpian el
rostro
diciendo: “Estamos listas para ti”».
Por otra parte, Mahoma/Alá
adoptó un enfoque distinto con los musulmanes a quienes no movían a
luchar las
promesas de recompensas en el más acá o en el más allá: «serán
torturados como
ningún otro ser humano pecador» en el infierno, amenazó Mahoma, con
confirmación
de Alá (p. ej., Corán 8,15).
El carácter de beneficio seguro
de la yihad motivó sin medida a los primeros árabes y a otros pueblos
tribales
que se convirtieron al islam y hincaron el diente a la yihad —turcos y
tártaros—. Esto lo confirman no solo las fuentes musulmanas, sino
también las
no musulmanas.
«Es casi como si los impulsaran
los mismísimos demonios del Infierno», dijo un desconcertado
funcionario
bizantino de los primeros invasores musulmanes, contemporáneos de
Mahoma. «De
ningún modo los tientan la comodidad o la seguridad. Antes bien, me
atrevo a
decir, se deleitan en el ardor de la batalla y acogen de buen grado los
horrores de la muerte».
Asimismo, según una fuente
china del siglo X, «cada séptimo día el rey [de los árabes] se sienta
en lo
alto y habla a los de abajo, diciendo: “Los que mueran a manos del
enemigo
serán llevados al cielo; los que den muerte al enemigo recibirán la
felicidad”.
Por eso suelen ser combatientes valerosos».
«En cuanto al entusiasmo
religioso y el ardor por la guerra santa», escribe el historiador
Marius Canard
(muerto en 1982), «es cierto que numerosos musulmanes se sintieron
movidos por
este sentimiento… Hay numerosos relatos que describen a combatientes
que van a
su muerte con corazón alegre, viendo visiones de la hurí celestial que
los
llama y les hace señas».
De hecho, durante siglos esta
fue la explicación original de cómo y por qué los árabes, otrora
débiles y
empobrecidos, lograron derrotar no a uno, sino a dos imperios —el
bizantino y
el sasánida—, aunque en los tiempos modernos se ha descartado en gran
medida
por hiperbólica y “sensacionalista”. En su lugar se nos ofrecen teorías
más
“científicas”.
Un ingrediente final —o, más
bien, su ausencia— consolidó aún más el atractivo de la yihad: los
muchos
musulmanes que la emprendían no estaban obligados a tener
intenciones
sinceras o piadosas. En un hadiz se preguntó a Mahoma: «Hay hombres que
pueden
luchar por deseo de botín, o por fama y gloria. ¿Quién es el que lucha
en el
camino de Alá?». Él respondió: «Quien lucha para que la palabra de Alá
sea la
más alta lucha en el camino de Alá».
Obsérvese que esta explicación
no contradice el combatir por provecho personal: el mero hecho de
luchar del
lado del islam convierte a uno en combatiente de facto por «la
palabra
de Alá», con independencia de sus intenciones o de sus objetivos
últimos.
Ayudar a Alá y ayudarse a uno mismo no son mutuamente excluyentes en el
islam.
Dejando aparte el hadiz, es el
lenguaje frío y mercantil del Corán el que deja absolutamente claro que
las
intenciones son irrelevantes. Promete que quien libra la yihad hace un
«buen
préstamo a Alá», que este garantiza devolver «multiplicado muchas
veces»,
siempre en proporción a sus esfuerzos (Corán 2,245; 4,95).
En suma: «Alá ha comprado
a los creyentes sus vidas y bienes terrenales, y a cambio les
ha
prometido el Paraíso: lucharán en el camino de Alá y matarán y serán
matados…
Alegraos, pues, del trato que habéis cerrado, porque ese es el
supremo
triunfo» (Corán 9,111; cursivas añadidas).
Por otra parte, que el Corán
emplee con regularidad un lenguaje mercantil para describir los
beneficios de
practicar la yihad —una «transacción que os salvará de un
castigo
doloroso [el infierno]» (Corán 61,10)— fue visto siempre por los no
musulmanes
como reflejo del verdadero autor del Corán: Mahoma, el mercader de
caravanas.
El perdón instantáneo de los
pecados concedido a los creyentes se convirtió, naturalmente, en una licencia
para pecar para los musulmanes menos creyentes. Mientras proclamen la shahada
y juren lealtad a Mahoma/Alá/la umma, pueden unirse a la yihad
y
cosechar sus recompensas, sin hacer preguntas.
Luchar al servicio del islam
—con el riesgo de morir— es toda la prueba de piedad que se necesita.
De
hecho, a veces el combate tiene precedencia sobre la piedad. A quienes
participan en la yihad se les conceden numerosas dispensas, entre ellas
la de
no mantener las oraciones ni el ayuno. A los sultanes otomanos incluso
se les prohibía
peregrinar a La Meca —una obligación individual para los musulmanes,
por lo
demás— simplemente porque hacerlo podía poner en peligro la yihad anual.
De ahí se comprende por qué
muchos de los mayores yihadistas del islam —del pasado y del presente—
llevaron
y llevan vidas por lo demás poco islámicas (por ejemplo, bebiendo
alcohol o
practicando la homosexualidad).
Este hecho ha llevado a los
historiadores occidentales a disociar del islam tanto a tales
musulmanes como
su trato, a menudo sádico, hacia los infieles.
Mientras tanto, la
historiografía islámica los venera como buenos musulmanes precisamente
porque libraron yihads exitosas contra el infiel.
Jalid ibn al-Walid, por
ejemplo, que se burló de Mahoma y le hizo la guerra para luego
proclamar
cínicamente la shahada una vez que este tomó La Meca, sería
considerado
según los criterios actuales un psicótico asesino en masa y violador.
Sin
embargo, es venerado en el islam como el saif al-islam original
—la
Espada del Islam, un título honorífico que Mahoma le concedió— por su
ferocidad
contra los infieles.
Lo mismo vale para los sultanes
y califas. Cualesquiera que fueran sus defectos personales, sus
conquistas de
territorio no musulmán y la expansión del dominio islámico les
granjearon un
prestigio religioso duradero. Beber vino, descuidar las observancias
religiosas
o ser sexualmente depravado —todo lo cual describe a incontables
sultanes y
califas a lo largo de los siglos, por ejemplo, al sultán otomano Mehmed
II el
Conquistador— no anuló en modo alguno las credenciales islámicas que se
ganaron
con sus conquistas.
Los historiadores que tratan
tal mala conducta como prueba de que las campañas de un conquistador
nada
tuvieron que ver con el islam pasan por alto precisamente lo que lo
convirtió
en héroe en la memoria islámica: su éxito en librar la yihad.
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