Yihad frente a cruzada: cinco diferencias clave

RAYMOND IBRAHIM





¿Por qué la «historia oficial» enseña justo lo contrario de la realidad?


Las históricas cruzadas contra el islam siempre han sido, y siguen siendo, demonizadas y distorsionadas de maneras concebidas para exculpar el terror yihadista.


«A menos que nos subamos a nuestro pedestal —reprochó Barack Obama a los estadounidenses en 2015 por ser excesivamente críticos con las atrocidades del Estado Islámico— y pensemos que esto [decapitaciones, esclavitud sexual, crucifixiones, seres humanos asados] es algo singular de algún otro lugar, recordemos que durante las Cruzadas y la Inquisición hubo personas que cometieron actos terribles en nombre de Cristo».


Otros, principalmente profesores universitarios y autoproclamados «expertos», insisten en que las cruzadas son una de las principales razones por las que los musulmanes de hoy siguen enfadados. En las ya célebres palabras del profesor de la Universidad de Georgetown John Esposito:


«Cinco siglos de coexistencia pacífica [entre el islam y la cristiandad] transcurrieron antes de que unos acontecimientos políticos y una maniobra de poder imperial-papal dieran lugar a una serie, de siglos de duración, de las llamadas guerras santas que enfrentaron a la cristiandad con el islam y dejaron un legado perdurable de incomprensión y desconfianza.»


Esta caracterización, además, no se limita a la teorización abstracta; sigue teniendo un profundo impacto en la psique de los occidentales de todas partes. Así, en 1999, con motivo del noveno centenario de la conquista cruzada de Jerusalén, cientos de protestantes devotos participaron en una supuesta «marcha de reconciliación» que comenzó en Alemania y terminó en Jerusalén. Durante el recorrido vistieron camisetas con el mensaje «Me disculpo» escrito en árabe. Su declaración oficial decías así:


«Hace novecientos años, nuestros antepasados llevaron el nombre de Jesucristo a la batalla por todo Oriente Próximo. Movidos por el miedo, la codicia y el odio... los cruzados alzaron el estandarte de la Cruz sobre vuestro pueblo... En el aniversario de la primera Cruzada, nosotros... deseamos seguir los pasos de los cruzados en señal de disculpa por sus actos... Lamentamos profundamente las atrocidades cometidas en nombre de Cristo por nuestros predecesores. Renunciamos a la codicia, al odio y al miedo, y condenamos toda violencia ejercida en nombre de Jesucristo.»


La gran ironía de la condena generalizada de las cruzadas históricas es que, cuando las propias cruzadas se examinan con seriedad —qué fueron, qué las inspiró y justificó, a quiénes se permitía participar, etc.— y se contrastan después con la yihad histórica, no solo quedan las cruzadas completamente reivindicadas, sino que se derrumba toda la acusación contra Occidente por sus supuestos agravios contra el islam, pasados y presentes.


Si esto suena escandaloso, consideremos las siguientes cinco diferencias clave.

 

Guerra justa


En primer lugar, las cruzadas fueron producto de la teoría de la guerra justa, cuyo criterio fundamental es que las guerras «deben ser defensivas o tener por objeto la recuperación de una posesión legítima», por citar al historiador de las cruzadas Christopher Tyerman. «Los guerreros cristianos —detalla el historiador de la Reconquista Joseph O’Callaghan— eran exhortados a recuperar tierras que antaño habían sido suyas, pero que estaban ahora injustamente ocupadas por intrusos musulmanes a quienes se acusaba de oprimir al cristianismo y de expoliar las iglesias». Por ello, «los cristianos, seguros de que su causa era justa y de que Dios estaba de su parte, hicieron frente al enemigo».


Tan seguros estaban de la justicia de su causa que los europeos premodernos nunca dejaron de explicársela a sus adversarios musulmanes. Antes de iniciar el asedio de Lisboa, el arzobispo João de Braga invitó a los musulmanes a rendirse, puesto que «habían mantenido injustamente en su poder nuestras ciudades y tierras durante ya 358 años», y a «regresar a la patria de los moros, de donde procedéis, dejándonos lo que es nuestro».


Cincuenta años antes y a miles de kilómetros al este, Pedro el Ermitaño recurrió a la misma lógica para explicar a un comandante musulmán por qué era justo que los cruzados —y no los musulmanes— reclamaran por la fuerza la antigua ciudad cristiana de Antioquía: porque había sido cristiana durante seis siglos antes de que el islam la invadiera.


En efecto, dado que el norte de África y Oriente Próximo formaron parte de la cristiandad siglos antes de que el islam los conquistara, no pocos pensadores europeos medievales albergaron la esperanza de liberar también estos territorios. «La Iglesia oriental brilló en la Antigüedad —explicaba Jacques [de Vitry, teólogo franco, nacido en 1160]—, difundiendo sus rayos hacia Occidente, pero “desde el tiempo del pérfido Mahoma hasta nuestros días” se encuentra en decadencia», y necesitaba, por tanto, ser liberada.


Todavía en el siglo XX, el prolífico historiador anglofrancés Hilaire Belloc lamentaba que, de no haber fracasado las cruzadas, «probablemente los europeos habríamos recuperado el norte de África y Egipto —ciertamente habríamos salvado Constantinopla—, y el mahometismo solo habría sobrevivido como una religión oriental relegada más allá de las antiguas fronteras del Imperio romano». Incluso toda la era colonial fue un subproducto de la guerra justa. Como explica Bernard Lewis:


«Todo el complejo proceso de expansión e imperio europeos de los últimos cinco siglos hunde sus raíces en el choque entre el islam y la cristiandad. Comenzó con la larga y amarga lucha de los pueblos conquistados de Europa, en oriente y occidente, por devolver sus patrias a la cristiandad y expulsar a los pueblos musulmanes que las habían invadido y subyugado. Difícilmente cabía esperar que los victoriosos españoles y portugueses se detuvieran en el estrecho de Gibraltar, o que los rusos permitieran a los tártaros retirarse en paz y reagruparse en sus bases del alto y el bajo Volga —tanto más cuanto que estaba en marcha un nuevo y mortífero ataque musulmán contra la cristiandad, con el avance turco desde el Bósforo hasta el Danubio y más allá, que amenazaba el corazón de Europa. Los libertadores victoriosos, una vez reconquistados sus propios territorios, persiguieron a sus antiguos amos hasta el lugar de donde habían venido.»



Yihad, simple y llanamente


Compárese ahora la lógica de la guerra justa —defender las propias tierras y a sus habitantes y neutralizar al enemigo— con la yihad. «La distinción occidental entre guerras justas e injustas —escribe Bassam Tibi, profesor de relaciones internacionales— es desconocida en el islam».


«Toda guerra contra los infieles, sea cual sea su motivo inmediato, está moralmente justificada. Solo en este sentido puede distinguirse entre guerras justas e injustas en la tradición islámica. Cuando los musulmanes hacen la guerra para difundir el islam, es una guerra justa.... Cuando los no musulmanes atacan a los musulmanes [incluso en defensa propia], es una guerra injusta. La interpretación occidental habitual de la yihad como «guerra justa» en el sentido occidental es, por tanto, una lectura errónea de este concepto islámico.»


Por supuesto, un gran número de «expertos» occidentales en el islam insisten en que la yihad es el equivalente islámico de la guerra justa, que es toda ella siempre defensiva y que de ningún modo respalda la guerra ofensiva.


O consideremos las palabras del estudioso del islam Clement Huart (nacido en 1854), escritas en el apogeo del poder occidental y la debilidad musulmana:


«Las convenciones internacionales [occidentales] que han limitado el ejercicio del derecho a hacer la guerra [a fines defensivos] no ejercen influencia alguna sobre el alma musulmana, a la que el pacifismo es y será siempre ajeno. El estado de paz le ha sido impuesto por la fuerza; el alma musulmana lo tolera, pero no lo reconoce, y no puede reconocerlo mientras haya infieles en la tierra a quienes convertir.»



Pecado, sinceridad y sexo


Lo que constituye el casus belli es solo la primera de las muchas diferencias entre la cruzada y la yihad. Dado que la primera se desarrolló dentro de un paradigma cristiano, estuvo rodeada de restricciones morales que ninguna otra civilización —y menos aún el islam— se impuso a sí misma.


Desde el principio, en Clermont en 1095, el papa Urbano nunca ofreció el perdón de los pecados (sino la remisión de las penitencias por los pecados que los cruzados ya habían confesado). Quienes tomaban la cruz debían estar sinceramente arrepentidos.


Esto dista mucho de lo que se enseñaba (y se enseña) a los musulmanes sobre combatir y morir en la yihad: todos los pecados que hayan cometido les son perdonados al instante y el nivel más alto del paraíso es suyo. «Formar filas para el combate en el camino de Alá», había decretado Mahoma en un hadiz canónico, «vale más que 60 años de culto». Mahoma dijo también: «No encuentro nada» tan meritorio como la yihad, a la que además comparó con «rezar sin cesar y ayunar de forma continua».


En cuanto al «mártir» —el shahid—, «es especial para Alá», anunció el profeta. «Le es perdonado desde la primera gota de sangre [que derrama]. Ve su trono en el paraíso... Sobre su cabeza se le colocará una corona de honor, un rubí más grande que el mundo y todo cuanto contiene. Y copulará con setenta y dos huríes». (Las huríes son mujeres sobrenaturales, celestiales —«de grandes ojos» y «de pechos grandes», dice el Corán—, creadas por Alá con el propósito expreso de satisfacer a sus favoritos a perpetuidad).


Los motivos de los cruzados también debían ser sinceros: «Quien parta para liberar la Iglesia de Dios en Jerusalén por mera devoción y no para obtener honor o dinero podrá sustituir ese viaje por toda penitencia», había dicho Urbano. El sentimiento era ampliamente compartido, incluso entre los seglares. El príncipe español Juan Manuel (muerto en 1348) elogió a «todos aquellos que van a la guerra contra los moros con verdadero arrepentimiento y recta intención».


En esto, la guerra cristiana se apartaba de manera significativa de la yihad islámica. Alá y su profeta jamás pidieron ni exigieron corazones sinceros a quienes acudían en masa a la yihad; mientras proclamaran la shahada [la profesión de fe islámica]—comprometiendo así su lealtad al islam— y combatieran y obedecieran nominalmente al califa o al sultán, los hombres podían invadir, saquear, violar y esclavizar a los infieles a su entera satisfacción.


El lenguaje frío y mercantil del Corán lo deja claro. Quien hace la yihad concede un «buen préstamo a Alá», que este garantiza devolver «multiplicado muchas veces» en botín y dicha, ya sea en este mundo o en el otro (p. ej., Corán 2,245; 4,95; 9,111). Mahoma dijo: «Le garantizo [al yihadista] o bien la entrada en el Paraíso, o bien el regreso al lugar de donde partió con una recompensa o un botín».


En suma, combatir al servicio del islam —con el riesgo de morir— es toda la prueba de piedad que se necesita. De hecho, a veces el combate tiene precedencia sobre la piedad: a quienes participan en la yihad se les conceden numerosas dispensas, entre ellas la de no observar las oraciones ni el ayuno. A los sultanes otomanos se les llegó a eximir de peregrinar a La Meca —una obligación individual para los musulmanes, en especial para quienes pueden permitírselo, como el sultán— simplemente porque hacerlo podía poner en peligro la prosecución de la yihad.


No es de extrañar que, mientras nunca faltaron musulmanes dispuestos a participar en una yihad —la maquinaria bélica otomana podía reunir con regularidad 100.000 hombres o más para sus campañas—, «entre el 85 y el 90 por ciento de los caballeros francos no respondió a la llamada del papa a la Cruzada», explica Rodney Stark, y «quienes [el 10-15 por ciento] fueron estaban motivados principalmente por un idealismo piadoso».


No es de extrañar que todavía hoy haya incontables yihadistas, pero ningún cruzado.


Los estrictos requisitos de la cruzada, en comparación con los laxos requisitos de la yihad, resultan especialmente evidentes en el terreno sexual. A los cruzados les estaba prohibido poseer esclavos o violarlos. Durante el asedio de Antioquía, que duró más de ocho meses, los cruzados desesperados —cuyas numerosas privaciones incluían la de la compañía femenina— recurrieron a bandas itinerantes de prostitutas locales. Estas fueron finalmente expulsadas, «no fuera que ellos [los cruzados], manchados por la corrupción de la disipación, desagradaran al Señor».


Contrástese esto con el ejército musulmán que vino a enfrentarse a ellos: incluía numerosas mujeres hermosas «traídas aquí no para combatir, sino para reproducirse», observó un testigo presencial.



Atrocidades inevitables frente a atrocidades intencionadas


Dado que la guerra justa exigía la restauración de un territorio cristiano de particular importancia, en este caso Jerusalén, los cruzados marcharon durante años a lo largo de miles de kilómetros, adentrándose en territorio hostil, y padecieron hambre, sed, enfermedades y toda una serie de plagas para alcanzar su meta.


Esto se desprende con claridad de los escritos de los participantes y de los contemporáneos de la Primera Cruzada. «Así, por amor a Dios», explicó Fulquerio de Chartres, «sufrimos... hambre, frío y lluvias excesivas».


«Algunos, por falta de alimento, comieron incluso caballos, asnos y camellos. Además, con mucha frecuencia nos aquejaban el frío extremo y las frecuentes tormentas de lluvia... Vi morir a muchos, sin tiendas, por el frío de las tormentas.... A menudo algunos eran muertos por sarracenos apostados en emboscada en los pasos estrechos, o eran secuestrados por ellos cuando buscaban víveres... [Pero] es evidente que nadie puede lograr nada grande sin un esfuerzo tremendo. [Así,] fue un gran acontecimiento cuando llegamos a Jerusalén.»


Las mujeres embarazadas, añade Alberto de Aquisgrán (nacido en 1060), «con la garganta reseca, el vientre marchito, todas las venas del cuerpo drenadas por el calor indescriptible del sol y de aquella región árida, daban a luz y abandonaban a sus propias criaturas [nacidas muertas] en mitad del camino, a la vista de todos».


Como era de esperar, cuando por fin abrieron brecha en las murallas de —los musulmanes— quienes habían originado, en primer lugar, la necesidad de que marcharan (y sufrieran) , los europeos, ya demacrados y medio enloquecidos, respondieron a menudo con furia desenfrenada. «Al recordar los sufrimientos que habían soportado durante el asedio» de Antioquía, escribió un contemporáneo, «pensaban que los golpes que asestaban no podían compararse con las hambrunas, más amargas que la muerte, que habían padecido». Asimismo, durante el asedio de Marra (1098), los cruzados estaban tan «acosados por la locura del hambre extrema» que devoraron la carne de musulmanes ya muertos; cuando por fin tomaron la ciudad, «su aspecto [enloquecido]... aterrorizó a los musulmanes», que fueron masacrados sin piedad.


Por el contrario, los musulmanes nunca tuvieron una meta específica que les exigiera marchar miles de kilómetros adentrándose en territorio hostil; más bien, la yihad se desarrollaba dondequiera que los territorios musulmanes lindaran convenientemente con los de los infieles (los infames ribats). Así, los yihadistas rara vez padecían penalidades o privaciones y siempre se hallaban a una corta marcha de los territorios musulmanes, de donde podían obtenerse fácilmente provisiones, reclutas y todo tipo de recursos para reponerse.


Aun así, según la opinión popular (expresada por profesores, famosos, políticos, etc.), las atrocidades cometidas durante el saqueo cruzado de Jerusalén —y no las incontables atrocidades musulmanas cometidas en los siglos anteriores y posteriores, que no estuvieron justificadas ni agravadas por penurias excesivas, sino que fueron a menudo más salvajes y verdaderamente sádicas— constituyen la peor atrocidad jamás cometida en los muchos siglos de guerra entre cristianos y musulmanes, y la única que debería reconocerse y condenarse de forma rutinaria.



Libertad religiosa frente a coerción religiosa


Por último, dado que la guerra justa se ocupa exclusivamente de cuestiones de justicia (recuperar tierras o repeler a los enemigos) y, a diferencia de la yihad, no obedece a motivaciones ideológicas, tampoco institucionalizó mecanismo alguno para presionar a los musulmanes a fin de que se convirtieran al cristianismo. (Con notables excepciones, como cuando la Corona española consideró la conversión al cristianismo como la única vía realista para que medio millón de musulmanes abandonaran sus hostilidades y actividades subversivas en curso. Por supuesto, incluso esto fracasó, pues la abrumadora mayoría de los musulmanes fingió convertirse mientras interiorizaba el antagonismo, conforme a la doctrina de la taqiyya, tal como se documenta en Sword and Scimitar, pp. 199-203.)


Como había explicado Constantino el Grande tres siglos antes de la llegada del islam:


«Que quienes se complacen en el error [los paganos], igual que quienes creen [los cristianos], participen de las ventajas de la paz y la tranquilidad.... Que nadie perturbe a otro, que cada cual se adhiera a aquello que su alma desea, que haga pleno uso de ello... Aquello que cada uno haya adoptado como convicción, que no lo use para dañar a otro.»


Un milenio después de Constantino, el príncipe español Juan Manuel (muerto en 1348) coincidía:


«Hay guerra entre cristianos y moros y la habrá hasta que los cristianos hayan recuperado las tierras que los moros les arrebataron por la fuerza. No habría guerra entre ellos por razón de religión o secta, porque Jesucristo nunca ordenó que se matara a nadie ni que se le obligara a aceptar su religión.»


«En otras palabras —concluye el investigador de las cruzadas Riley-Smith—, las cruzadas, como todas las guerras cristianas, tenían que ser reactivas; nunca podían ser, por ejemplo, guerras de conversión».


En consecuencia, ya fuera durante las cruzadas o durante la era colonial, los (re)conquistadores europeos no se comportaron como sus homólogos musulmanes ni institucionalizaron medidas discriminatorias o humillantes destinadas a presionar a los conquistados para que se convirtieran. Una carta del siglo IX enviada desde Constantinopla al califato argumenta que, «puesto que... los prisioneros árabes podían rezar en una mezquita de Constantinopla sin que nadie los obligara a abrazar el cristianismo, el califa debería dejar también de perseguir a los cristianos».


Que la guerra justa es moralmente superior a la «mera yihad» se aprecia incluso en las secuelas de ambas. Mientras que las yihades victoriosas culminaron casi siempre en esclavitud, despoblación y devastación, los musulmanes «viven con gran comodidad bajo los francos», escribió Ibn Jubayr hacia 1180, al atravesar los reinos cruzados en su peregrinación a La Meca. Los musulmanes «son dueños de sus viviendas», añadió, «y se gobiernan como desean. Así ocurre en todo el territorio ocupado por los francos».



Distinciones que hasta un niño comprende


Sea lo que sea lo que pueda extraerse de este excurso sobre las diferencias entre cruzada y yihad, entre guerras justas e injustas, el punto más fundamental no puede subrayarse lo bastante: dado que el islam inició las hostilidades contra el mundo cristiano premoderno —invadiendo y conquistando la mayor parte de su territorio histórico sin provocación y en nombre de la yihad, no de la justicia—, todo lo que Occidente hizo en respuesta estuvo justificado.


Puede que esta afirmación le parezca escandalosa a alguien, pero concuerda incluso con las nociones de justicia más universalmente aceptadas, evidentes desde la infancia. Pues cuando dos escolares son reprendidos por pelearse y uno exclama indignado «¡pero él empezó!», ¿qué hace sino apelar a la convicción humana innata de que quien inicia las hostilidades y la violencia, y no quien responde a ellas, es el culpable?



FUENTE