La finalidad
última del islam
RÉMI BRAGUE
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En el caso de las religiones, así como en el de
cualquier otro fenómeno concerniente a lo humano, siempre es
interesante preguntarse cuál es la finalidad que buscan, cuál su
intención última y, por lo tanto, la dirección general hacia la que
tienden. Responder a esta cuestión no permitirá en ningún caso
comprender todos los pormenores del sistema que forman, los cuales han
podido estar influenciados por factores extraños. Pero indicar la
tendencia de conjunto permite distinguir lo que es conforme a ellas y
lo que solo es una excepción o, eventualmente, una regresión.
En tal caso y a propósito del islam hay una cuestión que vuelve de
forma lancinante, y más que nunca después de los últimos decenios en
Estados Unidos desde el 11 de septiembre de 2001, en Francia sobre todo
después de los atentados a finales del año 2015-2016, en Medio Oriente
y en África desde la emergencia del «Estado islámico»: la cuestión del
vínculo del islam con la violencia. Esta se declina de diversas
maneras: ¿pertenece la violencia al islam de forma esencial? ¿O no
sería sino un accidente histórico, debido a condiciones pasajeras, ya
sea a largo plazo como la colonización, ya sea a medio plazo como la
condición precaria de los inmigrantes en Europa o el conflicto
israelo-palestino, ya aún más puntuales como la intervención americana
en Irak? Los relatos sobre los comienzos del islam en la Arabia del
siglo VII, que refieren episodios indiscutiblemente violentos,
¿pertenecen a un pasado concluido, o las gentes del llamado «Estado
islámico» tienen razón en darle un valor ejemplar?
La tesis central de este capítulo es que la finalidad última del islam
no es en absoluto la violencia. Es más bien lo que preferiría llamar la
fuerza. Estaría tentado de emplear el término alemán Gewalt,
que, en ciertos contextos, puede sin duda significar la violencia en
sus explosiones súbitas, pero que designa también la autoridad legítima
del Estado (Staatsgewalt). Podría también emplearse el término
«vigor», en el sentido en que se dice que una ley está «en vigor».
Pero, en el fondo, podrían convenir ciertos usos del término francés
«fuerza», como cuando se dice que «la ley sigue teniendo fuerza».
La Ley que según el islam debe tener fuerza es para él la que procede
de Dios, y que lo hace directamente. Su origen no es Dios como creador,
que la habría inscrito en la naturaleza de las cosas, y en particular
en la del hombre como viviente dotado de razón y conciencia, lo que un
creyente no musulmán puede, incluso debe, aceptar perfectamente. Para
el islam, la Ley viene de Dios que se revela, el cual, sin desvelar
nada de lo que él es, promulga lo que él quiere.
Asegurar que esta ley sigue teniendo fuerza es, por retomar una
expresión cristiana corriente desde los Evangelios, llevar a cabo el
«reino de Dios». Según los Evangelios, este reino no lo realiza un
poder humano. Debe más bien proceder de una intervención de Dios mismo,
que lo inaugurará en los últimos tiempos. Por ello, su advenimiento es
objeto de oración, incluso la más central de todas, puesto que
constituye la segunda petición del padrenuestro (Mateo 6,10; Lucas
11,2). En cambio, para el islam se trata de establecer este reino en la
tierra mediante la intervención de agentes de carne y hueso.
Esta tarea no es exclusiva del islam. Como sueño fue una tentación
recurrente a la que sucumbieron en ocasiones los príncipes cristianos,
por ejemplo Carlomagno «convirtiendo» a la fuerza a los sajones para
integrar en su imperio a los que aceptaban —los demás fueron pasados
por la espada—. El deseo de un reino de este tipo fue también la
fórmula por la que se separaron, pero prometiéndose una acción
concordante, los tres (Hegel, Schelling y Hölderlin) del seminario de
Tubinga: «Reich Gottes». Puede también pensarse en Joseph Smith, el
profeta de los «Santos de los últimos días» (los mormones), quien tiene
muchos puntos en común con Mahoma: un profeta armado, polígamo,
trayendo un Libro parabíblico y cuya comunidad debió emigrar para
fundar un Estado propio. Para Rashid Rida (fallecido en 1935), los
musulmanes «consideran que su religión solo existirá verdaderamente el
día en que se establezca un Estado musulmán independiente y fuerte que
pueda, al abrigo de toda oposición y todo dominio extranjero, aplicar
las leyes del islam».
El islam se distingue por una manera particular de concebir la
soberanía divina y de buscar su realización. Esta soberanía no pasa por
la voz de Dios en la conciencia que, por citar a Rousseau en un
apóstrofe que los cristianos toman totalmente en serio, quizá más que
su propio autor, es un «instinto divino, una inmortal y celeste voz».
Se cumple mediante una palabra muy explícita, la que fue dictada a
Mahoma y consignada en el libro santo, acompañada por las declaraciones
del «hermoso modelo» (Corán 33,21), el profeta, cuyos hechos y gestos
forman la sunna.
Este fin consiste en asegurar la soberanía exclusiva de Dios sobre la
comunidad humana, y de forma más precisa en hacer valer los derechos
legítimos de Dios. Tal debe ser la finalidad de los que se sienten
llamados a constituir el «partido de Dios» (ḥizb Allah) (Corán 5, 56). Y si frente a ello hay enemigos de Dios, es preciso, pues, combatir, porque estos le niegan sus derechos (ḥaqq).
El servicio a un dios tomará sus características de las de la divinidad
a la que hay que servir. No se sirve sin importar cómo a no importa qué
tipo de dios. Es, pues, indispensable echar una ojeada, aunque sea
rápida, al dios del islam. Alá es infinitamente misterioso en lo que
es, pero manifiesto en lo que hace. La divinidad cuya soberanía
exclusiva se trata de imponer no tiene que demostrar su existencia o su
actividad creadora. Es, supuestamente, una evidencia. Basta el hecho
mismo de la creación. Esta es, por las maravillas que contiene, la
prueba que da Dios mismo, y de forma permanente, de su propia
existencia.
Querer probarla añadiendo argumentos humanos sería una presunción un
tanto ridícula, si no blasfema. La presencia y la actividad creadora de
Dios eran ya evidentes para los interlocutores de aquellos cuya
predicación reproduce el Corán: si se les pregunta quién ha creado el
mundo, responderán sin dudar que Alá (Corán 29,61; 31,25). Lo que
constituyó la manzana de la discordia entre el profeta y sus
adversarios fue más bien la existencia de entidades intermedias
«asociadas» al dios único, existencia que Mahoma negaba ferozmente en
beneficio de un acceso directo e inmediato por parte del creyente a su
Creador y Juez.
Este carácter de evidencia ha sido percibido en el pensamiento islámico
posterior. Este no ha renunciado, ciertamente, a probar la existencia
de Dios. El primero en haber intentado esa demostración quizá fuera un
teólogo del Kalam mutazilí, de la escuela de Basra, Abū ’l-Huḏayl
al-‘Allāf (fallecido en 840). Tuvo numerosos émulos entre los autores
del Kalam, incluso adversarios de los mutalizilíes como Al- Ashʿari.
Los filósofos de inspiración aristotélica desplegaron por su parte
distintas pruebas, que se sitúan, por lo demás, en la herencia de su
maestro griego. Así, la demostración necesaria de un Primer Motor
inmóvil, procedente de la Física de Aristóteles, es retomada por Averroes.
Cabe, sin embargo, preguntarse si emprender la tarea de dar de la
existencia de Dios una demostración en buena y debida forma, incluso
suponiendo que su resultado fuera por lógica concluyente, ¿no sería
reconocer una necesidad que no tiene por qué ser percibida? La
desconfianza hacia toda tentativa en este sentido emerge una y otra vez
entre los adversarios de los filósofos. Así, Al-Ghazali se plantea la
cuestión de la utilidad de las pruebas, pero es para declararla fútil.
¿No es el Corán prueba suficiente? Los «signos» (āyāt) que
constituyen los versículos del «libro claro» que es el Corán apuntan en
la misma dirección que los «signos» observables en el mundo creado. Un
libro de origen divino es prueba suficiente de la existencia de su
divino autor, y las maravillas de los mundos celeste y terrestre
manifiestan que tienen un gobernador y un ordenador divino. Sin
embargo, añade, y ello se percibe como una concesión, un «si
verdaderamente queréis», un argumento de tal debilidad que uno no puede
impedirse pensar que una gran cabeza como la suya lo ha hecho
deliberadamente. En otro sitio, el mismo Al-Ghazali llega a decir que
no solo Dios es evidente, sino también que nada es más evidente que él,
que «el más evidente (aẓhar) y más manifiesto (ağlā) de
los seres es Dios». Dios está escondido en su gran y suma claridad. Si
la luz del sol fuese permanente, no la percibiríamos. O nos
deslumbraría. ¿Se trata de una respuesta implícita a Avicena, para
quien lo más evidente, lo primero conocido, es el ser —idea que será
retomada muchas veces por la escolástica latina—?
La evidencia irresistible del mensaje es recalcada una y otra vez por
el mismo Corán: el profeta ha venido con pruebas claras, signos
evidentes, decisivos, irrefutables. Reconocerlas como tales es señal de
inteligencia, etc..
Hay una consecuencia de este carácter evidente que no carece de
importancia. Negar la evidencia no puede hacerse con total sinceridad;
no puede ser sino una terquedad con mala fe. Así, ciertos adversarios
de Mahoma «profieren mentiras contra Dios, siendo así que saben» (wa-hum ya‛lamūna)
(Corán 3,78). La historiografía legendaria sobre los comienzos del
islam no carece de relatos según los cuales tal o cual adversario de
Mahoma confía a sus tropas que él sabe muy bien que la misión profética
de aquel contra el que combate es auténticamente de origen divino y que
no actúa sino por poder y por afán de lucro. Abu Amir, adversario de
Mahoma desde la llegada de este a Medina y que se decía adepto de la
religión de los hanifs (sea cual fuere la controvertida significación
de este término), religión a la que Mahoma habría añadido elementos
ajenos, debía conocer los signos por los cuales se podía reconocer a un
auténtico profeta, y sabía, por lo tanto, muy bien que Mahoma era el
enviado; lo mismo los cristianos de Najrán; lo mismo el personaje que
el islam ha fabulado con el sobrenombre peyorativo de Musaylima («el
musulmán de pie pequeño») y al que su derrota ante el primer califa Abū
Bakr le convirtió en «falso profeta» debía saber perfectamente que él
no era más que un mentiroso, etc. Así, el adversario de mala fe es a la
vez estúpido y malvado. El ateo ha perdido la razón que le hacía
pertenecer a la humanidad común y se convierte en una especie de
animal. Combatirlo será una obra piadosa.
El señorío de Dios se manifiesta ante todo por su poder ilimitado,
arbitrario, que comprende el de recompensar y el de castigar, o el de
perdonar a quien quiere. Ese poder es exclusivo. Es enteramente
razonable colocar al islam en la categoría de los «monoteísmos», aunque
este término sea tardío, abstracto, y sobre todo aunque incluya maneras
bastante diferentes de ser «uno» para ese Dios del que ciertas
religiones confiesan que es uno. En todo caso, resulta importante
precisar de qué manera el Dios único manifiesta su unicidad. Puede ser
el único creador, o el único señor de la historia, o el único en juzgar
en última instancia (soberano), o el único salvador, etc.
El monoteísmo islámico se expresa en todo su rigor por el rechazo a
asociar a otras entidades al Dios único. Hacerlo constituye el único
pecado que Alá no perdona jamás (Corán 4,18), e incluso anula todas las
buenas obras realizadas (Corán 39,65). Simétricamente, quien comete los
peores crímenes, pero sólo adora a Alá tiene asegurado que, para él, el
infierno que ha merecido tendrá al menos un final gracias a la
intercesión del profeta. Seguridad que fácilmente se ha podido entender
como un laxismo sospechoso. Dichas entidades pueden ser de diferentes
tipos, lo que amplía considerablemente el concepto de los
«asociaciadores» (širk). Así, cabe reagrupar en esta categoría
no sólo a los politeístas que adoran a otros dioses distintos a Alá,
sino también a los judíos que toman a sus rabinos por maestros, a los
cristianos que le atribuyen una relación de filiación, a los
zoroastrianos que plantean los dos principios del fuego y de la
tiniebla, a los filósofos que buscan otras causas distintas a Dios, y a
otros.
Este rechazo es esencialmente un rechazo a compartir el poder. Dios es
caracterizado no menos de seis veces por el sintagma «el único, el
dominador» (al-wāḥid al-qahhār) (Corán 12,39; 13,16; 14,48;
38,65; 29,4; 40,16). Un místico como Nağm ud-Dīn Kubrā (fallecido en
1221) utiliza el pasaje coránico para explicar que «‘dominador’ es la
significación de ‘uno’». El Corán argumenta en favor de la unicidad de
Dios señalando que, en el supuesto de que hubiera dos dioses,
combatirían entre sí, el mundo se zarandearía a izquierda y a derecha,
y se derrumbaría (Corán 21,22; 23,91). Hay prefiguraciones de este
argumento en el hermetismo y en la patrística tardía. No considera la
hipótesis de que varias divinidades pudieran vivir en buena armonía,
compartiendo, por ejemplo, ámbitos de soberanía, como se repartían (dasmos)
el mundo, herencia de Cronos, los cuatro dioses supremos del Olimpo
griego, o también personificando diversas ópticas sobre el conjunto de
lo que es. Para el Corán, si hubiese varios dioses, no dejarían de
intentar destronar al Único (Corán 17,42). Esta idea está en la base de
la ingeniosa puesta en escena atribuida al joven Abraham, el cual
habría roto todos los ídolos adorados por su padre, salvo el mayor,
para pretender seguidamente que este había eliminado a sus rivales
(Corán 21,58.63).
Al-Ghazali toma incluso en consideración lo que pudiera decir un liante
sobre el hecho de que no sería ningún absurdo que el mundo estuviese
repartido entre dos dioses que se pusieran de acuerdo para gobernarlo
sin disputar.
Un musulmán de base como Ibn Fadlân se asombra, así, ante el panteón de
los turcos, que en la época todavía eran politeístas y para los cuales,
además de doce dioses que se repartían diversas estaciones, regiones o
fenómenos cósmicos, «el señor que está en el cielo es el mayor, pero
está de acuerdo con los otros y cada uno de ellos aprueba lo que hace
su asociado (šarīk)».
Un autor mucho más estructurado, Al-‛Āmirī, al que incluso puede
clasificarse entre los filósofos, presenta, con ocasión de la exégesis
de un versículo del Corán particularmente oscuro, y, por lo tanto,
frecuentemente comentado (74,30), una deducción muy reveladora de los
atributos divinos. La promesa del paraíso y la amenaza del infierno
suponen tres nociones, la primera de las cuales es la soberanía,
literalmente la «realeza» (mulk) de Dios. Esta depende de cuatro factores: que Dios esté «obligado a existir» (wāǧib al-wuǧūd),
o que tenga una existencia necesaria, según la fórmula que retomará
Avicena, que sea único, que su poder sea eficaz y que su sabiduría sea
perfecta. Obsérvese que la existencia y la unicidad divinas aparecen
aquí como las condiciones de posibilidad de la soberanía: para que Dios
sea soberano es preciso que él exista y que no exista, por así decirlo,
sino «en un solo ejemplar». Las características más altas y más
sensibles del Dios islámico son como secundarias en relación con la
omnipotencia. Así, Al-Ghazali puede presentar una cuasi definición de
lo que es en general un dios (ilah) viendo en él a «aquél que lo puede todo» (al- qādir ‛alā kulli šay’in).
Su poder es una capacidad para emitir órdenes, como escribe
Al-Isfarayn: «No cabe concebir la divinidad de aquel del que uno no se
imaginaría que ni ordena ni prohíbe» (lā ta‛qulu al-ilāhiyya mi-man lā yutaṣawwaru min-hu al-’amr wa-l-nahy).
El vínculo entre la unicidad y el dominio que se origina en Dios
encuentra su transposición en el plano humano. Goethe, en un poema
dirigido contra el cristianismo y su culto a la cruz, asocia el éxito
de las conquistas de Mahoma con la pureza del concepto del Uno («Nur durch den Begriff des Einen / Hat er, alle Welt bezwungen»).
Un poder sobrehumano y universal
Resulta importante recordar con fuerza que el dominio buscado es el de
Dios y su Ley, y que sólo indirectamente es el de los que se adhieren a
dicha Ley sobre los que aún no se han sometido a ella. El deseo de
dominar, la libido dominandi aislada por Salustio y san
Agustín, no es el de los musulmanes, sino el del islam. Según un hadiz,
«el islam debe dominar y no ser dominado» (ya‛lū wa-lā- yu‛lā).
Este dominio no podría ser en ningún caso el poder de seres humanos.
Los dirigentes son constantemente llamados al orden: el poder solo
pertenece a Dios. Ya he señalado hace un instante que el reino debe ser
establecido por hombres; no obstante, no será en absoluto el reino de
hombres, sino solamente el de Dios. Cuando Augusto Comte comparaba el
dominio del mundo que prometía a los positivistas con el «imperio
general que Mahoma prometía a los verdaderos creyentes», a las «almas de élite a las que entrego el mundo como Mahoma a los verdaderos creyentes», olvidaba esta diferencia capital.
Esta situación hace que el mundo islámico del dominio escape a las
categorías habituales de la filosofía política. Desde su origen griego
en Platón y Aristóteles, esta clasifica los regímenes según el número y
la calidad moral de los gobernantes. Distingue, así, entre el gobierno
de uno solo, de varios o de todos; y, en cualquier caso, distingue, en
su forma clásica, entre el buen rey y el tirano vicioso, entre el grupo
de los mejores (aristoi) que aspiran a la virtud y la camarilla
de los que sólo buscan enriquecerse o satisfacer sus pasiones y,
finalmente, entre el pueblo sabio y el populacho indisciplinado. Se
interroga sobre la mejor forma de gobierno. Y se pregunta además cómo
encontrar aquella que, sin ser necesariamente la mejor en sí, conviene
mejor a un determinado grupo humano, teniendo en cuenta su situación
geográfica, su pasado, y las costumbres que ha recibido.
Para el islam, ninguna de estas dos cuestiones puede ser planteada. El
gobierno no es el de los seres humanos, sino el de la Ley, que no
expresa sino la voluntad de Dios solo. Es, pues, en un sentido
monárquica, ya que está excluido asociar a Dios a cualquier otro
principio. Se la podría igualmente llamar aristocrática; no en el
sentido habitual de este término, sino en el de que el reino de Dios no
puede ser sino la mejor de todas las dominaciones posibles, puesto que
Dios, al ser el único entre los señores, es por ello, necesariamente,
también el mejor. Por último, no es absurdo ver en ella una democracia,
puesto que la aplicación de la ley divina debe ser la tarea de toda la
nación islámica (la umma).
El término más justo sería, no obstante, el de «teocracia», a poco que
se tome este término —frecuentemente mal comprendido como significativo
del poder de la gente de religión— en su significación autentificada
por su etimología y su primera aparición de «poder de [la ley] de
Dios». Por otra parte, la finalidad de la ley es la de someter a los
hombres, no por supuesto a los tiranos humanos, sino solo a Dios,
imponiéndoles el cumplimiento de unas acciones.
Por supuesto, al ser los hombres lo que son, no será sorprendente ver a
individuos apropiarse de la empresa con fines que no serán enteramente
desinteresados. La historia de las sociedades islámicas lo muestra
hasta la evidencia, pues abunda en ejemplos de fuertes personalidades
políticas y sobre todo militares creando imperios en nombre del islam y
pretendiendo, por tanto, establecer el reino de la Ley, pero
persiguiendo de hecho fines personales. Tal vez podría encontrarse
entre ellos gente que creyese sinceramente ser solo instrumentos en las
manos de Dios y cumplir únicamente sus designios.
En cualquier caso, la única analogía que quizá cabría arriesgarse a
proponer respecto del ideal islámico de una Ley en el poder sería el
régimen ideológico, en su forma acabada en el marxismoleninismo
soviético. Ciertamente, los dirigentes que formaban la nomenklatura se
beneficiaban de condiciones de vida más ventajosas que el resto de la
población. Pero, por un lado, sus dachas no eran gran cosa al lado de
las residencias de nuestros millonarios. Y por otro lado, en principio
no hacían sino servir para que la ideología se encarnase en
instituciones «socialistas», sin buscar supuestamente su interés
personal. Del mismo modo, al menos en el plano ideal, los dirigentes de
la ciudad musulmana, desde el califa hasta el más humilde auxiliar de
justicia, no tienen otra finalidad que la de hacer respetar la Ley.
Por ello Ibn Taymiya recomienda obedecer a los dirigentes injustos en
la medida en que sus órdenes están conformes con las de Dios.
Inversamente, según una máxima ya invocada por Ibn Hanbal cuando era
perseguido por el poder califal, y frecuentemente retomada después, no
cabría «obedecer a una criatura al precio de la desobediencia al
Creador» (la tā‛a li-maḫlūq fī ma‛ṣiya ’l-ḫāliq).
El dios del islam es de entrada universal. El del judaísmo, comenzó por
ser un dios situado en el tiempo y el espacio: un dios nacional,
incluso tribal, que hace una alianza en un momento determinado con un
determinado individuo, representante de un determinado pueblo. Su
universalidad es el resultado obtenido gradualmente de una ampliación
en el espacio y, de manera concomitante, de un ascenso en el tiempo:
ampliación de la alianza, destinada a englobar a todos los pueblos;
ascenso hasta la idea de creación. El dios del islam, por su parte, «es
inmediatamente presentado como el Señor de los mundos, trascendente a
toda agrupación humana».
En consecuencia, la llamada a reconocer el dominio de la voluntad
divina, expresada en los orígenes del islam, se dirige a todo hombre.
El Corán tiene versículos que se han entendido en este sentido:
«¡Hombres! Yo soy el enviado de Alá a todos vosotros (ǧamī‛an)» (Corán 7,158). En otro versículo, Dios habría ordenado atacar a los «asociadores» «dondequiera que los encontréis» (ḥayṯu wağadtūhum ou ṯaqiftumūhum) (Corán 2,191; 9,5); en otra parte habría dicho a Mahoma que lo había enviado «universalmente a los hombres (kaffātan li-’n-nāsi)» (Corán 34,28). Un hadiz frecuentemente citado hace decir a Mahoma: «He sido enviado al rojo y al negro» (bu‛iṯtu ilā l-aḥmar wa-l-aswad)).
Por estas metonimias hay que entender los hombres de tez clara, los
«blancos» que diríamos nosotros, en rigor rosa, y los de complexión
oscura, los que, más o menos tostados, todavía reagrupamos bajo la
denominación global de «negros». Los autores posteriores precisan: «Al
conjunto (kāffa) de los hombres» o añaden: tanto al árabe como
al no árabe, al hombre libre como al esclavo, al varón como a la
hembra; a todos los yinns, y a todos los que aún no han nacido;
a los que hablan claro (los árabes) y a los que hablan confusamente
(todos los demás). Va asimismo en este sentido el relato evidentemente
ficticio según el cual Mahoma habría enviado a los seis principales
soberanos del mundo cartas pidiéndoles que adoptasen el islam. Su
rechazo es lo que habría hecho de ellos agresores.
Se puede, así, comprender el islam como una combinación del judaísmo y
el cristianismo. Tiene en común con el primero el carácter englobante,
«totalitario» en el sentido que he definido más arriba, de sus
disposiciones jurídicas —el judaísmo no se dirige solamente al pueblo
de Israel—. Comparte con el segundo el universalismo del mensaje que
invita a todo hombre —aunque el cristianismo se contenta con los
mandamientos de la moral común—.
Resulta dudoso que el Mahoma histórico comprendiera su misión como
dirigiéndose a otras naciones además de a los árabes. La presencia de
algunos de ellos bajo dominio extranjero es lo que habría llevado a la
confrontación con Bizancio y con Persia. Ocurre que la interpretación
que se impuso después va en el sentido de una misión universal, y que
la idea del grupo judío de los Issawiya, según la cual la ley traída
por Mahoma habría sido reservada a los árabes, puede ser enseguida
refutada. La universalidad del mensaje debe atestiguarse concretamente
por la victoria de los mensajeros. «Dios no hará que los increyentes
triunfen sobre los creyentes» (Corán 4,141). «Ha enviado a su mensajero
con la religión verdadera para hacerla vencer sobre toda religión (li-yuẓhira-hu ‛alā ad- dīni kullih)»
(Corán 9,33; 8,39). La religión de Mahoma deberá, por tanto, triunfar
sobre todas las demás comunidades religiosas, de Oriente a Occidente.
Avicena termina su Metafísica dando la descripción de una ciudad
justa que se parece tanto a la ciudad ideal de la República de Platón
cuanto a la ciudad virtuosa que el islam pretende realizar. La
finalidad última es el dominio universal de una única ley (sunna) que deberá valer en el mundo entero (al-‛ālam bi-asrihi) y para todas las ciudades (‛alā al-mudun kullihā).
Ibn Jaldún lo explica con toda claridad: «En la comunidad (milla) musulmana, la guerra santa es un deber religioso (mašrū‛), porque el islam tiene una misión universal (li-‛umūm al- da‛wa) y todos los hombres deben convertirse a él de grado o por la fuerza» (ṭaw‛an wa karhan).
Esta fórmula figura en el Corán, pero en un contexto muy distinto,
puesto que en él se trata de la sumisión a Dios de todo lo que hay en
el cielo y en la tierra (Corán 3,83). En cambio, habría sido empleada
por Abu Bakr, según el cual su predecesor inmediato, Mahoma, «combatió
por la religión hasta que la gente entre en ella de grado o por la
fuerza». Ibn Jaldún no duda, por lo tanto, en incluir la coacción (karh)
entre los medios de conversión, utilizando una palabra de la misma raíz
que aquella que, en uno de los versículos hoy más frecuentemente mal
citados del Corán, dice que «no hay coacción (ikrāh) en la religión (dīn)» (Corán 2,256).
Coacción y sumisión
El trozo de versículo que acabo de citar es frecuentemente evocado,
sobre todo por autores de nuestra época, para atribuir una tolerancia
por parte de Mahoma hacia los creyentes de otras religiones, incluso
del islam que predicaba, cuando no para hacer del Corán el inventor de
la idea de libertad de conciencia, como si el padre de la Iglesia
latina, Lactancio, no hubiese tenido fórmulas casi idénticas más o
menos cinco siglos antes. En el Corán resulta mucho más difícil
establecer el sentido del versículo, que llega bruscamente, de manera
que el contexto precedente no lo esclarece.
La dificultad estriba primero en saber si se trata de una prohibición o
de la comprobación resignada de una imposibilidad. ¿Hay que entender:
«no hagas uso de la violencia», o «de todas maneras, así no se consigue
nada, eso no sirve de nada»? La cercanía con otros pasajes (Corán
10,99; 22,78 y otros) invita a adoptar esta segunda interpretación. O
entonces la presencia del artículo sugiere que no hay que entender «en
materia de religión», sino en «la religión», la religión
verdadera, a saber el islam, en cuyo caso se debería entender que aquel
que se encuentra en la verdad no admite ninguna coacción. Tendríamos
entonces una variación del tema verum index sui.
El islam posterior da diversas interpretaciones de la fórmula. El
califa Omar la habría citado para permitir a un cristiano conservar su
fe. La Vida del profeta, la oficialísima Sira, publicada
hacia el año 830, sitúa el versículo en una carta de Mahoma a los
judíos de Jaybar proponiéndoles buscar en la Torá si esta les pide
creer en él. Si no, no habría obligación para ellos (lā kurh ‛alaykum).
La ambigüedad no desaparece del todo, pues el pasaje puede simplemente
significar que los judíos no podrían ser convencidos sino por una
prueba tomada de sus propias escrituras.
Tabari, el comentarista más antiguo cuya obra nos haya llegado
completa, explica que Mahoma ha obligado claramente al islam a los
árabes idólatras y a los apóstatas, recomendando matarlos si se
negaban; en cambio, no obligaba a la «gente del Libro» con tal de que
pagasen el impuesto de capitación. El versículo querría entonces decir:
ninguna coacción para quienes pagan la capitación.
Ciertos autores medievales interpretan la frase en cuestión de un modo
que puede sorprendernos. Así por ejemplo un chií ismaelí, Abu Hatim
al-Razi (fallecido en 933). Este empieza por citar un versículo que
ordena «combatir hasta que desaparezca toda discordia y [todo]
pertenezca a Dios» (Corán 8,39). Pero, una vez que las gentes han
aceptado las leyes traídas por el profeta, les toca a ellos decidir
sobre su religión, y en este contexto cita Corán 2,256. Todo se
desarrolla, por tanto, en dos etapas: la coacción por las armas viene
primero; luego sigue la libertad de elección. Y esta solo recae sobre
el sentido interno (bāṭin) que hay que dar a las prescripciones externas (ẓāhir) de la Ley.
Otro chií, Molla Sadra, quien, por su parte, pertenece al grupo chií
que admite la legitimidad de doce sucesores del profeta (los
«duodecimanos») da del versículo una lectura muy elevada: al ser la
religión una realidad puramente íntima, procedente del corazón, las
obligaciones externas no la afectan.
Por su parte, Ibn Hazm (fallecido en 1064), suní riguroso, cita el
versículo a lo largo de una discusión contra el rigorismo de los
jariyíes. Comienza por recordar el mandamiento coránico de exterminar a
todos los que «asocian» a Dios a otras entidades, pero haciendo tres
excepciones, entre las cuales el estatuto de los «protegidos» (dimmíes),
y recuerda luego la declaración del profeta según la cual es un deber
matar al que cambia de religión. Si, por lo tanto, sus adversarios
consideran que los culpables de pecados graves pierden el estatuto de
musulmanes, tendrían entonces que o bien matar a todos los que los
cometen por obedecer a Dios, o bien no hacerlo y contravenir el mandato
divino. De hecho, Dios ha previsto castigos, amputación o flagelación.
El versículo 2,256 es entonces citado, pero por afirmar que basta con
renunciar a los ídolos para ser creyente. Si el pecador fuese
increyente, sería un apóstata y debería matársele. Ahora bien, no es
este el caso.
Nada de todo esto se acerca, por tanto, a lo que, anacrónicamente, llamamos «tolerancia».
El término árabe islām se traduce frecuentemente por «sumisión».
Resulta claro que no cabría resumir todo el rico contenido de la
religión musulmana con este vocablo. El escritor francés Michel
Houellebecq ha titulado Sumisión a una novela que cuenta la
elección de un presidente de la República Francesa de confesión
musulmana y decidido a hacer pasar a la legislación francesa el mayor
número posible de elementos de la saría. La elección de este
término es todo excepto inocente. Pero es interesante que el escritor
solo explique este término que, por lo demás, no aparece en el cuerpo
del texto sino tarde y raramente, poniendo en paralelo la sumisión del
hombre a Dios y la de la mujer al hombre.
La sumisión que expresan otros términos designa la relación fundamental
con Dios por parte de la criatura, y particularmente del hombre. La
finalidad de la creación es la sumisión de las criaturas a Dios. Dios
dice: «No he creado a los yinns [criaturas intermedias entre ángeles y hombres] y a los hombres sino para que me sirvan (li-ya‛budūni)» (Corán 56,56). Juwayni precisa que ese servicio consiste en una humillación (taḏallul). Para Shahrastani, la religión es esencialmente obediencia (al-dīn huwa ṭā‛a).
Por lo tanto, en un sentido la religión islámica no hace sino ratificar
una situación objetiva, dada desde la creación. Los esfuerzos
desplegados para realizar concretamente, en la historia, la sumisión
del hombre a Dios se sitúan en la prolongación de un hecho de alcance
más general, que se transmite de profeta en profeta, para alcanzar su
culminación definitiva en el islam.
Queda el hecho de que este último término, desde fecha antigua, puede
efectivamente significar «sumisión», en el sentido, por ejemplo, en el
que una tribu beduina «se somete» a otra cuya soberanía reconoce. Ante
ciertos episodios de la vida de Mahoma, estamos tentados de entender el
verbo correspondiente, aslama, como designativo no de una adhesión de
fe, resultante de una convicción íntima, sino el acto, ante todo
político, por el que un individuo o un grupo admite estar sujeto a la
comunidad y a su jefe. En este caso, se tratará de «aceptar la
integración en el grupo forjado por las normas coránicas y la acción
política del profeta».
El Corán distingue claramente entre sumisión (islām) e īmān,
palabra que se traduce con frecuencia por «fe», y que designa la
cualidad de aquel con el que se puede contar. Se rectifica, así, la
declaración de los beduinos, siempre dispuestos a chaquetear, y que
dicen «creemos» (amannā): «Vosotros no creéis. Decid más bien: ‘nos sometemos’ (aslamnā). La fe no ha entrado en vuestro corazón» (Corán 49,14).
En la época del profeta, admitir el islam tenía como preliminar un acto
de solemne vasallaje a la persona de Mahoma, como es el caso de Jalid
ibn al-Walid y de varios otros. La sumisión precede a la instrucción
del contenido de la religión (el libro, la conducta del profeta, las
oraciones, etc.), que no llega sino una vez adquirida la sumisión. Por
lo tanto, no podría ser su causa.
Las causas de la sumisión pueden variar, pero entre ellas puede figurar
el miedo. Esto es lo que muestra el relato siguiente. Mahoma acaba de
mandar asesinar a Asma ibn Marwan, una mujer de la tribu de los Banu
Khatma, que se había burlado de él en un poema. El historiador comenta:
«Fue el primer día en el que el islam resultó poderoso (‛azza ’l-islām)
en la casa de los Banu Kahatma. Antes, el que abrazaba el islam
ocultaba su islam. […] El día en el que murió la hija de Marwan, unos
hombres de Banu Kahatma abrazaron el islam (aslama), tras haber visto su poder (ammā ra’ū min ‛izz al- islām)». Cuesta imaginar que este móvil haya podido producir mucho más que una adhesión externa.
Más tarde se encuentran observaciones que van en este mismo sentido. En una obra cuyo autor critica la apologética islámica (el kalām),
se lee: «El profeta […] no ha ordenado a nadie de su comunidad estudiar
la ciencia del kalam y especular sobre las pruebas racionales a fin de
conocer por este medio la exactitud de aquello de lo que está
convencido, sino que se ha contentado con pedir la pura y simple
sumisión (muǧarrad al-islām)».
Del mismo modo, cuando Al-Biruni recuerda la conquista de Kabul,
resulta difícil saber si el gobernador, jefe de la guarnición
(spah-bod) de la ciudad se pasó al islam en base al conocimiento de la
dignidad superior del mensaje islámico, o simplemente cedió a la fuerza
de las armas. Las condiciones que pone para su rendición son, en
efecto, no tener que comer carne bovina y no ser sodomizado (talawwaṭa).
Rémi Brague, Sobre el islam. Madrid, Ediciones Encuentro, 2024: cap. VII.
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