La finalidad
última del islam
RÉMI BRAGUE
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En el caso
de las religiones, así como en el de cualquier otro fenómeno
concerniente a
lo humano,
siempre es interesante preguntarse cuál es la finalidad que buscan,
cuál su
intención última y, por
lo tanto, la
dirección general hacia la que tienden. Responder a esta cuestión no
permitirá
en ningún caso comprender todos los pormenores del sistema que forman,
los
cuales han podido estar
influenciados por factores extranjeros. Pero indicar la tendencia de
conjunto
permite distinguir lo que es conforme a ellas y lo que sólo es una
excepción o,
eventualmente, una regresión.
En tal
caso y a propósito del islam hay una cuestión que vuelve de forma
lancinante, y más que nunca después de los últimos
decenios en
Estados Unidos desde el 11 de
septiembre de 2001, en Francia sobre todo después de los atentados a
finales
del año 2015-2016, en Medio Oriente y en África desde la emergencia del
«Estado
islámico»: la cuestión del vínculo del islam con la violencia. Esta se
declina
de diversas maneras: ¿pertenece la violencia al islam de forma
esencial? ¿O no sería sino un accidente histórico,
debido a condiciones pasajeras, ya sea a largo plazo como la
colonización, ya
sea a medio término como la condición precaria de los inmigrantes en
Europa o
el conflicto israelo-palestino, ya aún más puntuales
como la intervención americana en Irak? Los relatos sobre los comienzos
del
islam en la Arabia del siglo VII, que refieren episodios
indiscutiblemente
violentos, ¿pertenecen a un pasado concluido, o las gentes del llamado
«Estado
islámico» tienen razón en darle un valor ejemplar?
La tesis
central de este capítulo es que la finalidad
última del islam no es en absoluto la violencia. Es más bien lo que
preferiría
llamar la fuerza. Estaría tentado de
emplear el término alemán Gewalt,
que, en ciertos contextos, puede sin duda significar la violencia en
sus
explosiones súbitas, pero que designa también la autoridad legítima del
Estado (Staatsgewalt). Podría también emplearse el
término «vigor», en el sentido en que se dice que una ley está «en
vigor».
Pero, en el fondo, podrían convenir ciertos usos del término francés
«fuerza»,
como cuando se dice que «la ley sigue teniendo fuerza».
La Ley que
según el islam debe tener fuerza es para él la
que procede de Dios, y que lo hace directamente. Su origen no es Dios
como
creador, que la habría inscrito en la naturaleza de las cosas, y en
particular
en la del hombre como viviente dotado de razón y de conciencia, lo que
un
creyente no musulmán puede, incluso debe, aceptar perfectamente. Para
el islam,
la Ley viene de Dios que se revela, el cual sin desvelar nada de lo que
Él es,
promulga lo que Él quiere.
Asegurar
que esta ley sigue teniendo fuerza es, por
retomar una expresión cristiana corriente desde los Evangelios, llevar
a cabo
el «reino de Dios». Según los Evangelios, este reino no lo realiza un
poder
humano. Debe más bien proceder de una intervención de Dios mismo, que
lo
inaugurará en los últimos tiempos. Por ello, su advenimiento es objeto
de una
oración, incluso la más central de todas, puesto que constituye la
segunda
petición del Padre Nuestro (Mt 6,10; Lc 11,2). En cambio, para el islam
se
trata de establecer este reino en la tierra mediante la intervención de
agentes
de carne y hueso.
Esta tarea no es exclusiva del islam. Como sueño
fue una tentación recurrente a la que sucumbieron en ocasiones los
príncipes cristianos, por ejemplo Carlomagno «convirtiendo» a la fuerza
a los Sajones para integrar en su imperio a los que aceptaban —los
demás fueron pasados por la espada—. El deseo de un reino de este tipo
fue también la fórmula por la que se separaron, pero prometiéndose una
acción concordante, los tres (Hegel, Schelling y Hölderlin) del
Seminario de Tubinga: «Reich Gottes». Puede también pensarse en Joseph
Smith, el profeta de los «Santos de los últimos días» —los mormones—,
quien tiene muchos puntos en común con Mahoma: un profeta armado,
polígamo, trayendo un Libro parabíblico y cuya comunidad debió emigrar
para fundar un Estado propio. Para Rashid Rida (m. 1935), los
musulmanes «consideran que su religión sólo existirá verdaderamente el
día en que se establezca un Estado musulmán independiente y fuerte que
pueda, al abrigo de toda oposición y todo dominio extranjero, aplicar
las leyes del islam».
El islam
se distingue por una manera particular de
concebir la soberanía
divina y de
buscar su realización. Esta soberanía no pasa por la voz de Dios en la
conciencia que, por citar a Rousseau en un apóstrofe que los cristianos
toman
totalmente en serio, quizá más que su propio autor, es un «instinto
divino, [una] inmortal y
celeste
voz». Se cumple mediante una palabra muy explícita, la que fue dictada
a Mahoma
y consignada en el Libro santo, acompañada por las declaraciones del
«hermoso
modelo» (Corán XXXIII, 21), el Profeta, cuyos hechos y gestos forman la
Sunna.
Este fin
consiste en asegurar la soberanía exclusiva de
Dios sobre la comunidad humana, y de forma más precisa en hacer valer
los
derechos legítimos de Dios. Tal debe
ser la finalidad de los que se sienten llamados a constituir el
«partido de
Dios» (ḥizb Allah) (Corán, V, 56). Y si frente a ello hay
enemigos de
Dios, es preciso, pues, combatir, porque estos Le niegan Sus derechos (ḥaqq).
El
servicio a un dios tomará sus características de las de
la divinidad a la que hay que servir. No se sirve sin importar cómo a
no
importa qué tipo de dios. Es, pues, indispensable echar una ojeada,
aunque sea
rápida, al dios del islam. Alá es infinitamente misterioso en lo que
es, pero
manifiesto en lo que hace. La divinidad cuya soberanía exclusiva se
trata de
imponer no tiene que demostrar su existencia o su actividad creadora.
Es,
supuestamente, una evidencia. Basta el hecho mismo
de la creación. Esta es, por las maravillas que contiene, la prueba que
da Dios
mismo, y de forma permanente, de Su propia existencia.
Querer
probarla añadiendo argumentos humanos sería una
presunción un tanto ridícula, si no blasfematoria. La presencia y la
actividad
creadora de Dios eran ya evidentes para los interlocutores de aquellos
cuya
predicación reproduce el Corán: si se les pregunta quién ha creado el
mundo,
responderán sin dudar que Alá (XXIX, 61; XXXI, 25). Lo que constituyó
la
manzana de la discordia entre el Profeta y sus adversarios fue más bien
la
existencia de entidades intermedias «asociadas» al dios único,
existencia que
Mahoma negaba ferozmente en beneficio de un acceso directo e inmediato
por
parte del creyente a su Creador y Juez.
Este
carácter de evidencia ha sido percibido en el
pensamiento islámico posterior. Este no ha renunciado, ciertamente, a
probar la
existencia de Dios. El primero en haber intentado esa demostración
quizá fuera
un teólogo del Kalam mutazilita, de la escuela de Basra, Abū ’l-Huḏayl
al-‘Allāf (m. 840). Tuvo numerosos
émulos entre los autores del Kalam, incluso adversarios de los
mutalizilitas
como Al- Ashʿari. Los filósofos de inspiración aristotélica desplegaron
por su
parte distintas pruebas, que se sitúan, por lo demás, en la herencia de
su
maestro griego. Así, la demostración necesaria de un Primer Motor
inmóvil,
procedente de la Física de
Aristóteles, es retomada por Averroes.
Cabe, sin
embargo, preguntarse si emprender la tarea de
dar de la existencia de Dios una demostración en buena y debida
forma,incluso
suponiendo que su resultado fuera por lógica apremiante, ¿no sería
reconocer
una necesidad que no tiene por qué ser percibida? La desconfianza hacia
toda
tentativa en este sentido emerge una y otra vez entre los adversarios
de los
filósofos. Así, Al-Ghazali se plantea la cuestión de la utilidad de las
pruebas, pero es para declararla fútil.
¿No es el
Corán prueba suficiente? Los «signos» (āyāt) que
constituyen los versículos del «Libro claro» que es el
Corán apuntan en la misma dirección que los «signos» observables en el
mundo
creado. Un libro de origen divino es prueba suficiente de la existencia
de su
divino Autor, y las
maravillas de
los mundos celeste y terrestre manifiestan que tienen un gobernador y
un
ordenador divino. Sin embargo, añade, y ello se percibe como una
concesión, un
«si verdaderamente queréis», un argumento de tal debilidad que uno no
puede
impedirse pensar que una gran cabeza como la suya lo ha hecho
deliberadamente.
En otro sitio, el mismo Al-Ghazali llega a decir que no solo Dios es
evidente,
sino también que nada es más evidente que Él, que «el más evidente (aẓhar) y más manifiesto (ağlā) de los
seres es Dios». Dios está
escondido en su gran y suma claridad Si la luz del sol fuese
permanente, no la
percibiríamos. O nos deslumbraría. ¿Se trata de una respuesta implícita
a Avicena, para quien lo
más evidente, lo
primero conocido, es el Ser —idea que será retomada muchas veces por la
escolástica latina—?
La
evidencia irresistible del mensaje es recalcada una y
otra vez por el mismo Corán: el Profeta ha venido con pruebas claras,
signos
evidentes, decisivos, irrefutables. Reconocerlas como tales es señal de
inteligencia, etc..
Hay una
consecuencia de este carácter evidente que no
carece de importancia. Negar la evidencia no puede hacerse con total
sinceridad; no puede ser sino una terquedad con mala fe. Así, ciertos
adversarios de Mahoma «profieren mentiras contra Dios, siendo así que
saben» (wa-hum ya‛lamūna) (III, 78). La historiografía
legendaria sobre los comienzos
del islam no carece de relatos según los cuales tal o cual adversario
de Mahoma
confía a sus tropas que él sabe muy bien que la misión profética de
aquel
contra el que combate es auténticamente de origen divino y que no actúa
sino
por orden y por afán de lucro. Abu Amir, adversario
de Mahoma desde la
llegada de éste a
Medina y que se decía adepto de la religión de los Hanifs (sea cual
fuere la
controvertida significación de este término), religión a la que Mahoma
habría
añadido elementos ajenos, debía conocer los signos por los cuales se
podía
reconocer a un auténtico profeta, y sabía, por lo tanto, muy bien que
Mahoma
era el Enviado; lo mismo los cristianos de Najrân; lo mismo el
personaje que el
islam ha fabulado con el sobrenombre peyorativo de Musaylima («el
musulmán de
pie pequeño») y al que su derrota ante el primer califa Abū Bakr le
convirtió
en «falso profeta» debía saber perfectamente que él no era más que un
mentiroso, etc. Así, el adversario de mala fe
es a la vez estúpido y malvado. El ateo ha perdido la razón que le
hacía
pertenecer a la humanidad común y se convierte en una especie de
animal. Combatirlo será una obra piadosa.
El señorío
de Dios se manifiesta ante todo por su poder
ilimitado, arbitrario, que comprende el de recompensar y el de
castigar, o el
de perdonar. Ese poder es exclusivo. Es enteramente razonable colocar
al islam
en la categoría de los «monoteísmos», aunque este término sea tardío,
abstracto, y sobre todo aunque incluya maneras bastante diferentes de
ser «uno»
para ese Dios del que ciertas religiones confiesan que es uno
En todo caso, resulta importante precisar de qué manera el Dios único
manifiesta su unicidad. Puede ser el único creador, o el único señor de
la
historia, o el único en juzgar en última instancia (soberano), o el
único
salvador, etc.
El
monoteísmo islámico se expresa en todo su rigor por el
rechazo a asociar a otras entidades al Dios único. Hacerlo constituye
el único
pecado que Alá no perdona jamás (Corán, IV, 18), e incluso anula
todas las buenas obras
realizadas (XXXIX, 65).
Simétricamente, quien comete los peores crímenes, pero sólo adora a Alá
tiene asegurado
que, para él, el infierno que ha merecido tendrá al menos un
final gracias a la intercesión del Profeta. Seguridad que fácilmente se
ha
podido entender como un laxismo sospechoso. Dichas
entidades pueden ser de diferentes tipos, lo que amplía
considerablemente el
concepto de «asociacionismo» (širk).
Así, cabe reagrupar en esta categoría no sólo a los politeístas que
adoran a otros
dioses distintos a Alá, sino también a los judíos que toman a sus
rabinos por
maestros, a los cristianos que le atribuyen una relación de filiación,
a los
zoroastrianos que plantean los dos principios del fuego y de la
oscuridad, a
los filósofos que buscan otras causas distintas a Dios, y a otros.
Este
rechazo es esencialmente un rechazo a compartir el poder. Dios
es caracterizado no menos de seis veces por el sintagma «el único, el
dominador» (al-wāḥid al-qahhār) (XII,
39; XIII, 16; XIV, 48;
XXXVIII, 65;
XXIX, 4; XL, 16). Un místico como Nağm ud- Dīn Kubrā (m. 1221) utiliza el pasaje coránico para explicar que «‘dominador’ es la
significación de
‘uno’».
El Corán argumenta en favor de la unicidad de Dios señalando que, en el
supuesto de que hubiera dos dioses, combatirían entre sí, el mundo se
zarandearía a izquierda y a derecha, y se derrumbaría (XXI, 22; XXIII,
91). Hay
prefiguraciones de este argumento en el hermetismo y en la patrística
tardía. No considera la hipótesis de que varias
divinidades pudieran vivir en buena armonía, compartiendo, por ejemplo,
ámbitos
de soberanía, como se repartían (dasmos)
el mundo, herencia de Cronos, los cuatro dioses supremos del Olimpo
griego, o
también personificando diversas ópticas sobre el conjunto de lo que es.
Para el
Corán, si hubiese varios dioses, no dejarían de intentar destronar al
Único
(XVII, 42). Esta idea está en la base de la ingeniosa puesta en escena
atribuida al joven Abraham, el cual habría roto todos los ídolos
adorados por
su padre, salvo el mayor, para
pretender seguidamente que este había eliminado a sus rivales (XXI,
58.63).
Al-Ghazali
toma incluso en consideración lo que pudiera
decir un liante sobre el hecho de que no sería ningún absurdo que el
mundo
estuviese repartido entre dos dioses que se pusieran de acuerdo para
gobernarlo
sin disputar.
Un
musulmán de base como Ibn Fadlân se asombra, así, ante
el panteón de los Turcos, que en la época todavía eran politeístas y
para los
cuales, además de doce dioses que se repartían diversas estaciones,
regiones o
fenómenos cósmicos, «el señor que está en el cielo es el mayor, pero
está de
acuerdo con los otros y cada uno de ellos aprueba lo que hace su
asociado (šarīk)».
Un autor
mucho más estructurado, Al-‛Āmirī, al que
incluso puede clasificarse entre los filósofos, presenta, con ocasión
de la
exégesis de un versículo del Corán particularmente oscuro, y, por
lo tanto,
frecuentemente comentado LXXIV,30), una deducción muy reveladora
de los atributos divinos. La promesa del paraíso y la amenaza del infierno
suponen tres nociones, la primera de
las cuales es la soberanía, literalmente la «realeza» (mulk)
de Dios. Esta depende de cuatro factores: que Dios esté
«obligado a existir» (wāǧib al-wuǧūd),
o que tenga una existencia necesaria, según la fórmula que retomará Avicena, que sea único, que su
Poder sea
eficaz y que su Sabiduría sea perfecta. Obsérvese
que la existencia y la unicidad divinas aparecen aquí como las
condiciones de
posibilidad de la soberanía: para que Dios sea soberano es preciso que
Él
exista y que no exista, por así decirlo, sino «en un solo ejemplar». Las
características más altas y más sensibles del
Dios islámico son como secundarias en relación con la omnipotencia. Así,
al-Ghazali puede presentar una cuasi definición de lo que es en general
un dios
(ilah) viendo en él a «aquél que lo
puede todo» (al- qādir ‛alā kulli šay’in).
Su poder es una capacidad para emitir órdenes, como escribe
Al-Isfarayn: «No
cabe concebir la divinidad de aquel del que uno no se imaginaría que ni
ordena
ni prohíbe» (lā ta‛qulu al-ilāhiyya mi-man
lā yutaṣawwaru min-hu al-’amr wa-l-nahy).
El vínculo
entre la unicidad y el dominio que se origina
en Dios encuentra su transposición en el plano humano. Goethe, en un
poema
dirigido contra el cristianismo y su culto a la cruz, asocia el éxito
de las
conquistas de Mahoma con la pureza del concepto del Uno («Nur
durch den Begriff des Einen / Hat er, alle Welt bezwungen»).
Un poder
sobrehumano y universal
Resulta
importante recordar con fuerza que el dominio
buscado es el de Dios y su Ley, y
que
sólo indirectamente es el de los que se adhieren a dicha Ley sobre los
que aún
no se han sometido a ella. El deseo de dominar, la libido
dominandi aislada por Salustio y san Agustín, no es el de
los musulmanes, sino el del islam. Según un hadiz, «el islam debe
dominar y no
ser dominado» (ya‛lū wa-lā- yu‛lā). Este dominio no
podría ser en ningún caso el poder
de seres humanos. Los dirigentes son constantemente llamados al orden:
el poder
sólo pertenece a Dios. Ya he
señalado hace un instante que el reino debe ser
establecido por unos hombres; no
obstante, no será en absoluto el reino de hombres, sino solamente el de
Dios.
Cuando Augusto Comte comparaba el dominio del mundo que prometía a los
positivistas con el «imperio general que Mahoma prometía a los verdaderos creyentes»,
a las «almas de
élite a las que entrego el mundo como Mahoma a los verdaderos creyentes»,
olvidaba esta diferencia capital.
Esta
situación hace que el mundo islámico del dominio
escape a las categorías habituales de la filosofía política. Desde su
origen
griego en Platón y Aristóteles, esta clasifica los regímenes según el
número y
la calidad moral de los gobernantes. Distingue, así, entre el gobierno
de uno
solo, de varios o de todos; y, en cualquier caso, distingue, en su
forma
clásica, entre el buen rey y el tirano vicioso, entre el grupo de los
mejores (aristoi) que aspiran a la virtud y la
camarilla
de los que sólo buscan enriquecerse o satisfacer sus pasiones y,
finalmente,
entre el pueblo sabio y el populacho indisciplinado. Se interroga sobre
la
mejor forma de gobierno. Y se pregunta además cómo encontrar aquella
que, sin
ser necesariamente la mejor en sí, conviene mejor a un determinado
grupo
humano, teniendo en cuenta su situación geográfica, su pasado, y las
costumbres
que ha recibido.
Para el
islam, ninguna de estas dos cuestiones puede ser
planteada. El gobierno no es el de los seres humanos, sino el de la
Ley, que no expresa sino la
voluntad de
Dios solo. Es, pues, en un sentido monárquica, ya que está excluido
asociar a
Dios a cualquier otro principio. Se podría igualmente llamarla
aristocrática;
no en el sentido habitual de este término, sino en el de que el reino
de Dios no
puede ser sino la mejor de todas las dominaciones posibles, puesto que
Dios, al
ser el único entre los señores, es por ello, necesariamente, también el
mejor. Por
último, no es absurdo ver en
ella una democracia, puesto que la aplicación de la ley divina debe ser
la
tarea de toda la Nación islámica (umma).
El término
más justo sería, no obstante, el de
«teocracia», a poco que se tome este término —frecuentemente mal
comprendido
como significativo del poder de la gente de religión— en su
significación
autentificada por su etimología y su primera aparición de «poder de [la
ley] de
Dios». Por otra parte, la finalidad de la ley es la de someter a los
hombres,
no por supuesto a los tiranos humanos, sino sólo a Dios, imponiéndoles
el
cumplimiento de unas acciones.
Por
supuesto, al ser los hombres lo que son, no será
sorprendente ver a individuos apropiarse de la empresa con fines que no
serán
enteramente desinteresados. La historia de las sociedades islámicas lo
muestra
hasta la evidencia, pues abunda en ejemplos de fuertes personalidades
políticas
y sobre todo militares creando imperios en nombre del islam y
pretendiendo, por
tanto, establecer el reino de la Ley,
pero
persiguiendo de hecho fines personales. Tal vez podría encontrarse entre ellos
gente que
creyese sinceramente ser sólo instrumentos en las manos de Dios y
cumplir
únicamente Sus designios.
En
cualquier caso, la única analogía que quizá cabría
arriesgarse a proponer respecto del ideal islámico de una Ley en el
poder sería
el régimen ideológico, en su forma acabada en el marxismo-leninismo
soviético. Ciertamente, los dirigentes que formaban la
nomenklatura se beneficiaban de condiciones de vida más ventajosas que
el resto
de la población. Pero, por un lado, sus dachas no eran gran cosa al
lado de las
residencias de nuestros millonarios. Y por otro lado, en principio no
hacían
sino servir para que la ideología se encarnase en instituciones
«socialistas»,
sin buscar supuestamente su interés personal. Del mismo modo, al menos
en el
plano ideal, los dirigentes de la ciudad musulmana, desde el califa
hasta el
más humilde auxiliar de justicia, no tienen otra finalidad que la de
hacer
respetar la Ley.
Por ello
Ibn Taymiyya recomienda
obedecer a los dirigentes injustos
en la medida en que sus
órdenes están conformes con las de Dios. Inversamente, según una máxima
ya
invocada por Ibn Hanbal cuando era perseguido por el poder califal, y
frecuentemente retomada después, no cabría «obedecer a una criatura al
precio
de la desobediencia al Creador» (la tā‛a
li-maḫlūq fī ma‛ṣiya ’l-ḫāliq).
El dios
del islam es de entrada universal. El del
judaísmo, que el cristianismo hereda, comenzó por ser un dios situado
en el
tiempo y el espacio: un dios nacional, incluso tribal, que hace una
alianza en
un momento determinado con un determinado individuo, representante de
un
determinado pueblo. Su universalidad es el resultado obtenido
gradualmente de
una ampliación en el espacio y, de manera concomitante, de un ascenso
en el
tiempo: ampliación de la alianza, destinada a englobar a todos los
pueblos;
ascenso hasta la idea de creación. El dios del islam, por su parte, «es
inmediatamente presentado como el Señor de los mundos, trascendente a
toda agrupación humana».
En
consecuencia, la llamada a reconocer el dominio de la
voluntad divina, expresada en los orígenes del islam, se dirige a todo
hombre.
El Corán tiene versículos que se han entendido en este sentido:
«¡Hombres! Yo soy el
Apóstol de Alá [enviado] a todos
vosotros (ǧamī‛an)» (VII, 158). En
otro versículo, Dios habría ordenado atacar a los «asociadores» «por
doquier
los encontréis» (ḥayṯu wağadtūhum ou
ṯaqiftumūhum) (II, 191; IX, 5); en otra parte habría dicho a Mahoma
que lo
había enviado «universalmente a los hombres (kaffātan
li-’n-nāsi)» (XXXIV, 28).
Un hadiz frecuentemente citado hace decir a Mahoma: «He sido enviado al
rojo y
al negro» (bu‛iṯtu ilā l-aḥmar
wa-l-aswad)). Por estas metonimias hay que entender
los hombres de tez clara, los «Blancos» que diríamos nosotros, en rigor
rosas,
y los de complexión oscura, los que, más o menos tostados, todavía
reagrupamos
bajo la denominación global de «Negros». Los autores posteriores
precisan: «Al
conjunto (kāffa) de los hombres» o
añaden: tanto al Árabe como al no Árabe, al hombre libre como al
esclavo, al
varón como a la hembra; a todos los djinns,
y a todos los que aún no han nacido; a los que hablan claro (los
Árabes) y a
los que hablan confusamente (todos los demás). Va asimismo en este sentido
el relato
evidentemente ficticio según el cual Mahoma habría enviado a los seis
principales soberanos del mundo cartas pidiéndoles que adoptasen el
islam. Su rechazo es lo que habría hecho de ellos unos
agresores.
Se puede, así, comprender el islam como una
combinación del judaísmo y el cristianismo. Tiene en común con el
primero el carácter englobante, «totalitario» en el sentido que he
definido más arriba, de sus disposiciones jurídicas —el judaísmo no se
dirige solamente al pueblo de Israel—. Comparte con el segundo el
universalismo del mensaje que invita a todo hombre —aunque el
cristianismo se contenta con los mandamientos de la moral común—.
Resulta
dudoso que el Mahoma de la historia comprendiera su misión como dirigiéndose a
otras
naciones además de a los Árabes. La presencia de algunos de ellos bajo
dominio
extranjero es lo que habría llevado a la confrontación con Bizancio y
con
Persia. Ocurre que la interpretación que se impuso después va en el
sentido de
una misión universal, y que la idea del grupo judío de los Issawiya,
según la
cual la ley traída por Mahoma habría sido reservada a los Árabes, puede
ser
enseguida refutada. La universalidad del mensaje
debe atestiguarse concretamente por la victoria de los mensajeros.
«Dios no
hará que los increyentes triunfen sobre los creyentes» (IV, 141).
«Ha enviado a su
Apóstol con la religión verdadera
para hacerla vencer a toda religión (li-yuẓhira-hu
‛alā ad- dīni kullih)» (IX, 33; VIII, 39). La religión de Mahoma
deberá,
por tanto, triunfar sobre todas las demás comunidades religiosas, de
Oriente a Occidente.
Avicena
termina su Metafísica dando la descripción de una
ciudad justa que se parece tanto a la ciudad ideal de la República
de Platón cuando a la ciudad virtuosa que el
islam
pretende realizar. La finalidad última es el dominio universal de una
única ley
(sunna) que deberá valer en el mundo
entero (al-‛ālam bi-asrihi) y para
todas las ciudades ‛alā al-mudun kullihā).
Ibn
Khaldun lo explica con toda claridad: «En la
comunidad (milla) musulmana, la
guerra santa es un deber religioso (mašrū‛),
porque el islam tiene una misión universal (li-‛umūm
al- da‛wa) y todos los hombres deben convertirse a él de grado o de
fuerza»
(ṭaw‛an wa karhan).
Esta
fórmula figura en el Corán, pero en un contexto muy
distinto, puesto que en él se trata de la sumisión a Dios de todo lo
que hay en
el cielo y en la tierra (III, 83). En cambio, habría sido empleada por
Abu Bakr, según el cual
su predecesor inmediato,
Mahoma, «combatió por la religión hasta que la gente entre en ella de
grado o por
la fuerza». Ibn Khaldun no duda, por lo tanto, en
incluir la coacción (karh) entre los
medios de conversión, utilizando una palabra de la misma raíz que
aquella que,
en uno de los versículos hoy más frecuentemente citados del Corán, dice
que «no
hay coacción (ikrāh) en la religión (dīn)»
(II, 256).
Coacción y
sumisión
El trozo
de versículo que acabo de citar es
frecuentemente evocado, sobre todo por autores de nuestra época, para
atribuir
una tolerancia por parte de Mahoma hacia los creyentes de otras
religiones,
incluso del islam que predicaba, cuando no para hacer del Corán el
inventor de
la idea de libertad de conciencia, como si el padre de la Iglesia
latina,
Lactancio, no hubiese tenido fórmulas casi idénticas más o menos cinco
siglos antes. En el Corán resulta mucho más difícil establecer
el sentido del versículo, que llega bruscamente, de manera que el
contexto
precedente no lo esclarece.
La
dificultad estriba primero en saber si se trata de una
prohibición o de la comprobación resignada de una imposibilidad. ¿Hay
que
entender: «no hagas uso de la violencia», o «de todas maneras, así no
se
consigue nada, eso no sirve de nada»? La cercanía con otros pasajes (X,
99;
XXII, 78 y al.) invita a adoptar esta segunda interpretación. O
entonces la
presencia del artículo sugiere que no hay que entender «en materia de
religión», sino en «la religión», la
religión verdadera, a saber el islam, en cuyo caso se debería entender
que
aquel que se encuentra en la verdad no sufre ninguna coacción.
Tendríamos
entonces una variación del tema verum
index sui.
El islam
posterior da diversas interpretaciones de la
fórmula. El califa Omar la habría citado para permitir a un cristiano
conservar
su fe. La Vida del
Profeta, la
oficialísima Sira, publicada hacia el
830, sitúa el versículo en una carta de Mahoma a los judíos de Khaybar
proponiéndoles buscar en la Torá
si
esta les pide creer en él. Si no, no habría obligación para ellos (lā kurh ‛alaykum).
La ambigüedad no desaparece del todo, pues el pasaje puede simplemente
significar que los judíos no podrían ser convencidos sino por una
prueba tomada
de sus propias Escrituras.
Tabari, el
comentarista más antiguo cuya obra nos haya llegado completa, explica
que Mahoma ha obligado claramente al islam a los Árabes idólatras y a
los
apóstatas, recomendando matarlos si se negaban; en cambio, no obligaba
a la
«gente del Libro» a poco que pagasen el impuesto de capitación. El
versículo
quiere entonces decir: ninguna coacción para quienes pagan la capitación.
Ciertos
autores medievales interpretan la frase en
cuestión de un modo que puede sorprendernos. Así por ejemplo un chiita
ismaelita, Abu Hatim al-Razi (m.933) Este empieza por citar un
versículo que
ordena «combatir hasta que desaparezca toda discordia y [todo]
pertenezca a
Dios» (Corán, VIII, 39. Pero, una vez que las gentes han aceptado las
leyes
traídas por el Profeta, les toca a ellos decidir sobre su religión, y
en este
contexto cita II, 256. Todo se
desarrolla, por tanto, en dos etapas: la coacción por las armas viene
primero;
luego sigue la libertad de elección. Y esta solo recae sobre el sentido
interno
(bāṭin) que hay que dar a las
prescripciones exteriores (ẓāhir) de
la Ley.
Otro chiita, Molla Sadra,
quien, por su parte, pertenece al grupo chiita que admite la
legitimidad de doce sucesores del Profeta («duodecimano») da del
versículo una lectura muy elevada: al ser la religión una realidad
puramente íntima, procedente del corazón, las obligaciones externas no
la afectan.
Por su parte, Ibn Hazm (m.
1064), sunita riguroso, cita el versículo a lo largo de una discusión
contra el rigorismo de los Karigitas. Comienza por recordar el
mandamiento coránico de exterminar a todos los que «asocian» a Dios a
otras entidades, pero haciendo tres excepciones, entre las cuales el
estatuto de los «protegidos», y recuerda luego la declaración del
Profeta según la cual es un deber matar al que cambia de religión. Si,
por lo tanto, sus adversarios consideran que los culpables de pecados
graves pierden el estatuto de musulmanes, tendrían entonces que o bien
matar a todos los que los cometen por obedecer a Dios, o bien no
hacerlo y contravenir el mandato divino. De hecho, Dios ha previsto
castigos, amputación o flagelación. El versículo II, 256 es entonces
citado, pero por afirmar que basta con renunciar a los ídolos para ser
creyente. Si el pecador fuese increyente, sería un apóstata y debería
matársele. Ahora bien, no es este el caso.
Nada de
todo esto se acerca, así, a lo que, por anacronismo,
llamamos «tolerancia».
El término
árabe islām se traduce frecuentemente por «sumisión».
Resulta
claro que no cabría
resumir todo el rico contenido de la religión musulmana con este
vocablo. El
escritor francés Michel Houellebecq ha titulado Sumisión a
una novela que cuenta la elección de un presidente de la
República francesa de confesión
musulmana y decidido a hacer pasar a la legislación francesa el
mayor número posible de
elementos de
la sharía. La elección de este
término es todo excepto inocente. Pero es interesante que el escritor
solo
explique este término que, por lo demás, no aparece en el cuerpo del
texto sino
tarde y raramente, poniendo en paralelo la sumisión del hombre a Dios y
la de
la mujer al hombre.
La
sumisión que expresan otros términos designa la
relación fundamental con Dios por parte de la criatura, y
particularmente del
hombre. La finalidad de la creación es la sumisión de las criaturas a
Dios.
Dios dice: «No he creado a los djinns [criaturas
intermedias entre ángeles y hombres] y a los hombres sino para que me
sirvan (li-ya‛budūni)» (Corán, LVI, 56). Juwayni precisa que
ese servicio
consiste en una humillación (taḏallul).
Para Shahrastani, la religión es esencialmente obediencia (al-dīn
huwa ṭā‛a). Por lo tanto, en un
sentido la religión islámica no hace sino ratificar una situación
objetiva,
dada desde la creación. Los esfuerzos desplegados para realizar concretamente,
en la historia, la sumisión del
hombre a Dios se sitúan en la prolongación de un hecho de alcance más
general,
que se transmite de profeta en profeta, para alcanzar su culminación
definitiva
en el islam.
Queda el
hecho de que este último término, desde fecha
antigua, puede efectivamente significar «sumisión», en el sentido, por
ejemplo,
en el que una tribu beduina «se somete» a otra cuya soberanía reconoce.
Ante
ciertos episodios de la vida de Mahoma, estamos tentados de entender el
verbo
correspondiente, aslama, como
designativo no de una adhesión de fe, resultante de una convicción
íntima, sino
el acto, ante todo político, por el que un individuo o un grupo admite
estar
sujeto a la comunidad y a su jefe. En este caso, se tratará de «aceptar
la
integración en el grupo forjado por las normas coránicas y la acción
política
delProfeta».
El Corán
distingue claramente entre la sumisión (islām) y el īmān, palabra que se traduce con frecuencia por «fe», y
que designa
la cualidad de aquel con el que se puede contar. Se rectifica, así, la
declaración de los Beduinos, siempre dispuestos a chaquetear, y que
dicen
«creemos» (amannā): «Vosotros no
creéis. Decid más bien: ‘nos sometemos’ (aslamnā).
La fe no ha entrado en vuestro corazón» (XLIX, 14).
En la
época del Profeta, admitir el islam tenía como
preliminar un acto de solemne vasallaje a la persona de Mahoma, como es
el caso
de Khalid ibn al-Walid y de varios otros. La sumisión precede a la
instrucción
del contenido de la religión (Libro, conducta del Profeta, oraciones,
etc.),
que no llega sino una vez adquirida la sumisión. Por lo tanto, no
podría ser su causa.
Las causas
de la sumisión pueden variar, pero entre ellas
puede figurar el miedo. Esto es lo que muestra el relato siguiente.
Mahoma
acaba de mandar asesinar a Asma b. Marwan, una mujer de la tribu de los
Banu
Khatmah, que se había burlado de él en un poema. El historiador
comenta: «Fue
el primer día en el que el islam resultó poderoso (‛azza
’l-islām) en la casa de los Banu Kahatmah. Antes, el que abrazaba el islam
ocultaba su
islam. […] El día en el que murió la hija de Marwan, unos hombres de
Banu
Kahatmah abrazaron el islam (aslama),
tras haber visto su poder (ammā ra’ū min
‛izz al- islām)». Cuesta imaginar que este móvil
haya podido producir mucho más que una adhesión externa.
Más tarde
se encuentran observaciones que van en este
mismo sentido. En una obra cuyo autor critica la apologética islámica (kalām), se lee: «El Profeta […] no ha
ordenado a nadie de su comunidad estudiar la ciencia del Kalam y
especular
sobre las pruebas racionales a fin de conocer por este medio la
exactitud de
aquello de lo que está convencido, sino que se ha contentado con pedir
la pura
y simple sumisión (muǧarrad al-islām)».
Del mismo
modo, cuando Al-Biruni recuerda la conquista de
Kabul, resulta difícil saber si el gobernador, jefe de la guarnición (spah-bod) de la ciudad se pasó al islam
en base al conocimiento de la dignidad superior del mensaje islámico, o
simplemente cedió a la fuerza de las armas. Las condiciones que pone
para su
rendición son, en efecto, no tener que comer carne bovina y no ser
sodomizado (talawwaṭa).
Rémi
Brague, Sobre el islam.
Madrid, Ediciones Encuentro, 2024: cap. VII.
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