Sobre la islamofobia

RÉMI BRAGUE





Al abrir un libro sobre el islam, el lector puede preguntarse con inquietud si, por algún desafortunado azar, tiene en sus manos el trabajo de un «islamófobo». Le dejo la decisión de decidirlo.


Yo, por mi parte, he dejado de preguntarme si merezco ese calificativo, y sería vano que intentara rechazarlo. Aunque, como es el caso, lo refutara, todos los perfumes de Arabia no bastarían para lavarme de esa mancha. En efecto, ya he sido designado como tal por la vindicta pública, especialmente en un libro colectivo. He podido procurarme un ejemplar de ocasión. Fue publicado bajo la dirección de cuatro universitarios, algunos de los cuales respeto, incluso admiro. Felizmente, la violencia de los ataques figura en razón inversa a la competencia de los autores en materia de islamología.


En cualquier caso, queda el hecho de que he sido etiquetado, junto con otros, varios de los cuales son una excelente compañía, en la categoría de «islamófobos sabios».


La expresión merece que nos detengamos en ella. Asocia dos adjetivos, uno de acuñación reciente, y el otro, por el contrario, de una digna y trivial antigüedad. Es diametralmente opuesta al modo habitual con el que el islam tiene la costumbre de considerar —o más bien de desconsiderar— a sus adversarios, a saber, como unos ignorantes, unos retrasados todavía apegados al ateísmo o a las supersticiones propias de la era de la Ignorancia (yāhiliyya). Que se pueda paradójicamente seguir siendo «islamófobo», mientras que, como «sabio», se supone que sabe de qué se está de vuelta, no deja de plantear un interrogante. Un saber algo profundo, ¿no debería quitar los prejuicios desfavorables y conducir a la admiración e incluso a la adhesión? Por parodiar a Francis Bacon, si un poco de ciencia puede alejar de Alá, ¿cómo es posible que más ciencia, lejos de devolver a Él, distancie todavía más? A menos que conduzca a esa actitud de simpatía distante, a veces irónica, tanto hacia su objeto cuanto hacia sí misma, que constituye el ideal que todo historiador o filólogo se esfuerza por adoptar, sin estar nunca seguro de lograrlo.


Así, el húngaro Ignacio Goldziher, al que personalmente considero (y otros más sabios que yo son de la misma opinión) como el mayor islamólogo que haya vivido nunca, en este caso de 1851 a 1920, no dejó de declararse amigo de los musulmanes y de comportarse como tal. Lo que no le impidió guardar durante toda su vida una perfecta fidelidad a su judaísmo original y proponer drásticas revisiones del modo en el que los musulmanes se cuentan sus orígenes. Asimismo, Louis Massignon (1883-1962) llegó lo más lejos posible en la simpatía fraterna con los musulmanes, entre los cuales estaba su maestro espiritual Al-Hallaj, sin renegar nunca de su ferviente fe católica.


Desde hace algunos decenios circula por los medios intelectuales occidentales una explicación de esta paradójica combinación de saber y rechazo. Permite que se evite afrontar la cuestión que acabo de plantear. Tiene base en una palabra: el adjetivo «orientalista». Su uso contemporáneo se debe a Edward Saïd (1935-2003), palestino nacido en una familia de cristianos ortodoxos, que enseñaba literatura comparada en la Universidad de Columbia de Nueva York. El libro que le dio a conocer data de 1978. El subtítulo de la traducción francesa, Oriente creado por Occidente, expresa perfectamente la intención general del autor: mostrar que la percepción de los países islámicos está deformada por clichés, incluso por proyectos de dominio colonial. Si la tesis vale parcialmente para los administradores, resulta frágil en lo que concierne a los sabios, muchos de los cuales se esforzaban, por el contrario, en la defensa de las poblaciones locales contra la explotación de los recursos y de la mano de obra por las potencias colonizadoras. Por otra parte, los sabios alemanes, escandinavos o húngaros (como Goldziher), originarios de países que no tuvieron aventura colonial alguna en países islámicos, entran difícilmente en el esquema de Saïd. Finalmente, ¿cómo olvidar que los grandes instrumentos de trabajo, concordancias, ediciones críticas de los textos fundadores del islam, etc., son obra de occidentales?


Además, siempre se está al oeste de un Oriente. Se ha observado, así, maliciosamente, que los musulmanes no carecían de una actitud condescendiente, típicamente orientalista, hacia los demás pueblos: para el erudito universal Al-Biruni (m. 1053), los hindúes lo hacen todo al revés a causa de que «su naturaleza conlleva una contra- naturaleza» (mā fī ’l-ġarīza min in‛ikās al- ṭabī‛a), y un negociador árabe anónimo, en una especie de guía redactada en el 851, señala que los chinos no conocen la limpieza.


Se comprende que un erudito historiador de la teología islámica como Daniel Gimaret haya podido decir que las tesis de Saïd «sólo merecen un alzamiento de hombros». Sea como fuere, el uso del adjetivo «orientalista» sirve hoy para deslegitimar todo discurso sobre el islam que no sea únicamente laudatorio, sobre todo cuando proviene de no musulmanes, pero también, lo que es más sorprendente, cuando procede de musulmanes. Tiene el maravilloso poder de invertir el orden de los valores: el saber, incluso cuando ha sido adquirido al precio de largos años de trabajo, se encuentra descalificado por el solo hecho de los orígenes de quien lo posee en favor de una pertenencia, aunque esta haya sido recibida pasivamente por los azares del nacimiento.


Consideremos ahora más de cerca los términos que asocia la expresión «sabio islamófobo». El primero, «sabio», es halagador, y personalmente no me siento digno del elogio implícito, que merecerían mejor que yo algunos de aquellos con los que he sido asociado.


«Islamófobo» es, en cambio, profundamente deshonroso. Pero este adjetivo sólo es deshonroso para quienes lo emplean. Tiene, en efecto, la propiedad, que para un filósofo es insalvable, de obstaculizar el pensamiento. Lo hace en tres niveles.


El primero proviene de la composición misma del término. Las palabras formadas con ayuda del sufijo «-fobo» proceden de la psiquiatría, la cual, desde el siglo XIX, designa ciertos síndromes patológicos como «fobias». Entiende por ello unos temores carentes de fundamento racional, pero mucho más irresistibles. Así, la claustrofobia es el pánico que sufre aquel que se siente recluido en un espacio cerrado, mientras que la agorafobia afecta, a la inversa, a quien se encuentra ahogado en una multitud. Simétricamente, los psiquiatras utilizan el sufijo griego «-filia» para denominar atracciones malsanas como la necrofilia o la zoofilia, por no hablar de la pedofilia, más de actualidad.


En este caso, tratar a alguien de islamófobo sugiere que se trata de un enfermo mental, bueno únicamente para la camisa de fuerza y la celda acolchada; a ojos de los más benévolos no merecerá sino un poco de piedad condescendiente. En todo caso, con un loco es inútil discutir, y con mayor razón escuchar sus argumentos. Adiós, pues, a todo «diálogo».


El segundo inconveniente es que el término «islamofobia» mezcla cuatro significaciones principales del término «islam», el cual designa, en efecto, primero una actitud hacia lo divino, luego una «religión» caracterizada por ciertas creencias y prácticas, después una civilización datable en el tiempo (del siglo VII a nuestros días) y localizable en el espacio (de Mauritania a Indonesia), y por último unas poblaciones constituidas por seres humanos de carne y hueso. Consecuentemente, el adjetivo «islamófobo» designará de forma indiferenciada a tres tipos de personajes.


En primer lugar, al sabio —teólogo, filólogo o historiador de las religiones— que dirige sobre la dogmática islámica la mirada que le impone su práctica del método histórico-crítico: por ejemplo, negándose a admitir que el Corán sea una palabra dictada por Dios a Su Profeta; poniendo en duda el relato tradicional sobre el nacimiento de la religión en el Hedjaz del siglo VII, o incluso, para los más extremistas, negando la existencia histórica de Mahoma, etc. En segundo lugar, pasará por islamófobo el historiador de la civilización que señale que los avances culturales en el terreno científico, social, etc., que se atribuyen al islam son menos importantes de lo que a veces se afirma y que, en cualquier caso, no tienen sino una relación muy débil con la pertenencia religiosa de quienes los realizaron. La obra colectiva que he mencionado al principio se situaba en este nivel.


Por último, el término «islamófobo» se dirige al hombre de la calle al que no le gustan lo que él llama los «musulmanes», o una cierta categoría de esos musulmanes, por ejemplo, los «árabes», bajo los pretextos más diversos, y la mayoría de las veces más estúpidos: porque sus vecinos hacen mucho ruido la noche de Ramadán o, si me atrevo a decirlo, de ramadán; porque «los extranjeros se comen el pan de los franceses», etc. Las opiniones desfavorables sobre los «árabes» tienen una larga historia, en la que son alegremente identificados con los turcos, los musulmanes, etc.


Quizá sea en este nivel en el que convenga tratar el uso sociológico de la noción de islamofobia. Con frecuencia se oye decir que ser musulmán, o al menos tener un nombre que lo sugiere, disminuye las posibilidades de encontrar un empleo y entraña, por tanto, una discriminación. De forma general, los «musulmanes» serían mal acogidos, mal vistos, incluso despreciados en las sociedades en las que no son mayoritarios, y eso únicamente por el hecho de pertenecer al islam. Hay agudos estudios que consideran todos los factores y que muestran que esto no es así. Aquí no puedo sino remitir a ellos.


Último obstáculo: hablar de islamofobia impide hacer cualquier juicio de valor sobre el asunto que se trata. Supuestamente, hoy se ama a priori… y a decir verdad, todo y su contrario. En consecuencia, calificar ciertas palabras de «discurso de odio» resulta un argumento imparable. Ahora bien, si siempre es reprensible odiar a las personas, hay cosas que es bueno, justo y legítimo perseguir con el propio odio. ¿No habría, así, en el mundo nada que fuese amable? La ideología y el régimen hitlerianos, por tomar un ejemplo muy claro, son hoy objeto de una execración asqueada en el conjunto del mundo civilizado. Pero antes de que esas monstruosidades fuesen destruidas por la fuerza de las armas, el doctor Goebbels habría podido muy bien tratar a Churchill o a Roosevelt de «nazífobos».


Hay muchas cosas que se nos ha dicho que hay que odiar, que incluso se nos ha mandado odiar. Así, sin otro orden que el cronológico: profanum vulgus, mnamona sumpotēn, el yo, los tiranos y traidores, la nada vasta y negra, las mentiras que os han hecho tanto daño, los domingos, etc.. Por lo que respecta al islam, una declaración atribuida a Mahoma (hadith) ve «el más firme de los vínculos de la fe en el hecho de amar y odiar a causa de Dios (buġḍ fī ‘Llah)», y el mismo Corán representa a Dios odiando (maqt) a los que no aceptan su mensaje o discuten sobre sus signos (Corán 20,10.35 y 35,39).


Por lo demás, el odio, por detestable que sea, no sólo tiene inconvenientes. Con frecuencia se oye decir, e incluso se ha convertido en un lugar común de la hermenéutica, que es preciso cierto grado de simpatía con el objeto que se estudia para conseguir comprenderlo, como dicen, «desde el interior». Y hay verdad en ello. Pero también la hay, al menos tanta, en lo contrario. Puede lamentarse, pero el odio es un poderoso adyuvante en la inteligencia de las cosas. Paul Valéry lo señaló con su finura habitual: «El odio habita en el adversario, revela sus profundidades, diseca las más delicadas raíces de los propósitos que tiene en el corazón. Penetramos en él mejor que en nosotros mismos, y mejor de lo que hace él mismo. Él se olvida y nosotros no. Porque lo percibimos a través de una herida, y no hay sentido que crezca y precise con más fuerza lo que le afecta que una parte herida del ser.


En resumen, al emplear el término «islamofobia» se ponen en el mismo plano la ciencia más exigente y el racismo más obtuso, la repugnancia instintiva y el rechazo maduramente reflexionado y argumentado. Y sobre todo, lo que es con mucho lo más grave, se confunde una religión con sus adeptos, del mismo modo que se podría confundir un régimen político con sus súbditos, que son sus primeras víctimas. En la época de la Revolución cultural sucedía que se reprochara a los que denunciaban los crímenes que el presidente Mao perpetraba sobre el pueblo chino ser enemigos de China, e incluso unos racistas.


Imaginemos lo que produciría una confusión de este género en el caso del tabaco. Los médicos y los que hacen las estadísticas nos repiten que su uso aumenta las posibilidades de coger, pongamos por caso, un cáncer de pulmón o de vejiga; en resumen, que el tabaco produce toda la grotesca payasada que hoy se imprime en los paquetes de cigarrillos. ¿Por qué no tachar a todas las personas preocupadas por la salud pública, y con ellos al Estado que prohíbe fumar en el interior de los lugares cerrados, de «fumarofobia»? Pero, ¿quiénes son los mejores amigos de los fumadores? ¿Son los que les tranquilizan con el carácter anodino del tabaco, les adulan con su buena salud, les dan ejemplos de fumadores simpáticos y cargados de años? Entre estos últimos, además de Churchill y el capitán Haddock, están dos de mis mejores amigos. Los del tabaco son, por lo demás, coincidencia feliz, pero, evidentemente, del todo fortuita, industriales que fabrican y venden cigarrillos. Los verdaderos amigos de los fumadores ¿no serían más bien quienes les previenen contra las eventuales consecuencias del tabaquismo? ¿Y por lo tanto los enemigos del tabaco?


Haríamos bien absteniéndonos de palabras que terminen en «fobia», e incluso, por seguir con las mismas imágenes, no estaría de más inscribir sobre los colores con los que se anuncian los decesos: «Perjudica gravemente al pensamiento».


Semejante medida sería tanto más saludable cuanto que, actualmente, el uso de las palabras terminadas en «fobia» ha roto sus diques e inunda los medios de comunicación. Se aplicaría también, por decirlo de pasada, a términos emparentados con el que acabo de criticar. Así, por ejemplo, en el mismo contexto religioso, «judeofobia», que he descubierto personalmente como título de una obra de Pierre-André Taguieff aparecida en 2002, pero que figura desde 1882 en ¡Autoemancipación!, de Léon Pinsker, e incluso «cristofobia», término que aventura en 2003 un judío observante, el jurista Joseph H. H. Weiler. Pero su eco mediático ha resultado incomparablemente más modesto. ¿Podría ello deberse a que el odio al judaísmo y al cristianismo estás más aceptado en ciertos medios de comunicación?

 

EL ORIGEN DEL TÉRMINO


Hay quien se ha preguntado sobre el origen del término «islamofobia» y sobre su inventor, quien, por lo demás, si hubiese patentado su neologismo, hoy sería millonario… Su empleo se extendió a partir del momento en el que los mulás iraníes trataron a sus adversarios de enemigos del islam, y se pensó que habían sido ellos quienes forjaron el término. Error. El mérito de haber descubierto que era más antiguo se debe a dos sociólogos del CNRS.


En efecto, su inventor fue sin duda un funcionario colonial de nombre Alain Quellien, que escribió antes de la Gran Guerra. Se alzó contra los prejuicios occidentales hacia el islam, respecto del que era moderadamente favorable, lo que le volvía, por tanto, hostil a la misión cristiana. Recordemos a este propósito que el Estado colonizador francés bajo el Segundo Imperio y bajo la IIIª República, pero también antes, desde la monarquía de Julio, al día siguiente, por lo tanto, de la conquista de Argelia, fue muy reticente respecto a las tentativas de los misioneros para convertir a la población musulmana. Fueron muy violentos los conflictos entre monseñor Dupuch, primer obispo de Argel en 1838, y el general Bugeaud, o más tarde entre el cardenal Lavigerie y el mariscal de Mac-Mahon. Desde el comienzo de 1880 circulaba la fórmula, atribuida a Gambetta y a otros, según la cual «el anticlericalismo no era un artículo de exportación». Esto era cierto mientras se tratase de la enseñanza de la lengua francesa en las escuelas abiertas por los misioneros, o de la atención prodigada en los dispensarios a cargo de monjas. Pero el anticlericalismo reaparecía cuando el celo proselitista de los sacerdotes o de las religiosas amenazaba con alterar a los pueblos sobre los que el Estado republicano, laico, pretendía extender su dominio. Pues bien, es casi una ley general de la colonización: no cambiar nada de las costumbres de los «indígenas», e incluso hacerlos regresar a una etapa de la que más bien habrían deseado salir.


La misma actitud irenista de los franceses hacia el islam magrebí se encuentra en otras potencias coloniales como Inglaterra en el Próximo Oriente, o los Países Bajos en Indonesia. Se ha llegado incluso más lejos y sostenido que, en los montes argelinos, «la islamización será sobre todo obra de la colonización francesa, atenta a uniformizar la administración». «Los administradores coloniales tenían asimismo la tendencia a preferir una doctrina formal y explícita, como la suministrada por el derecho islámico, a costumbres cambiantes y mal definidas», de manera que «el puro derecho islámico alcanzó un grado de aplicación práctica aún mayor que antes».


¿Por qué esta favorable actitud de Alain Quellien? Este no era teólogo, sino ciertamente administrador colonial. Observaba en primer lugar que las poblaciones islamizadas de África no manifestaban respecto de la dominación francesa una hostilidad de principio. Y consideraba después la religión del islam más simple que el cristianismo y, por lo tanto, más accesible a las poblaciones «atrasadas» de África. Tenemos así, aisladas en un texto de un paternalismo hoy irrisorio, pero relativamente simpático para la época, algunas perlas entre las que se halla esta soberbia frase: «El cristianismo es […] una religión demasiado complicada, demasiado abstracta y demasiado austera para la mentalidad rudimentaria y materialista del negro [sic]». En particular, la moral sexual cristiana es demasiado dura para «el negro», al que se supone «forzosamente incontinente [re-sic]». Se ve la idea subyacente: ¡El islam es lo bastante bueno para estos seres primitivos! La benevolencia del autor hacia el islam, teñida del racismo tranquilo de la época, el de la «misión civilizadora», el del «yugo del hombre blanco», tenía, así, algo del «abrazo del oso».


¿Por qué recordar las declaraciones de este personaje hoy olvidado? ¿No se podría dejarlas llenarse de polvo en alguna biblioteca poco frecuentada? Si las he exhumado, quizá se deba a que son menos antiguas de lo que podría creerse. Cabe, en efecto, arriesgarse a pensar: no está excluido que la islamofilia de ciertas élites actuales nuestras se distinga de sus formas más antiguas en las que está secretamente, de forma quizá inconsciente, alimentada por este tipo de sentimientos condescendientes, que sin duda proceden de otro registro, pero impregnadas de un profundo desprecio, del tipo: la «deconstrucción», el libertinaje, el feminismo, etc., es bueno para nosotros que somos ilustrados, espabilados, que no somos crédulos… Pero los demás, no tan astutos como nosotros, deberán contentarse con sus costumbres ancestrales, aunque sean ingenuas, reprimidas, machistas, porque «es su cultura»… ¿no es cierto?


El término «islamofobia» no sólo tiene un origen lexical. Su empleo presenta también una genealogía. Es heredero de una táctica antigua y probada, incluso antes de que se ampliara el uso del sufijo «-fobia», tan eficaz. Recuérdese el estado intelectual de Europa del Oeste, y de Francia en particular, en la época de la Unión Soviética, e incluso cuando su número 1 era Stalin. Existía, por supuesto, el derecho de no ser comunista. Pero no existía el de criticar a la URSS, o a los partidos comunistas occidentales. El que se arriesgaba a ello era inmediatamente acusado de «hacer el juego» a toda una serie de fuerzas  malvadas,  «antidemocráticas»,  y  etiquetado  de «anticomunista», lo que no era un cumplido. Junto con muchos otros, Jean Paul Sartre lo dijo en 1961: «Un anticomunista es un perro, no me desdigo de ello y no lo haré nunca jamás». Y no es mucho decir que mantuvo su palabra. Ese monstruo rabioso, degradado de la condición humana a la condición canina, estaba, en efecto, supuestamente devorado por un odio implacable: ladraba contra los comunistas, contra los países así llamados, contra los partidos que los gobernaban y sus dirigentes, contra el «marxismo». Y todo ello, por supuesto, sin la sombra de un argumento…


Me permito, pues, indicar a los que estuvieran tentados de tratarme, a mí o a otros, de «islamófobo», de reprocharme o de reprocharnos no amar al islam, un remedio de otro modo eficaz: ¡dennos razones para amarlo!


Sigue dándose el hecho de que el fenómeno islámico es interesante como objeto de reflexión histórica y filosófica. Sólo por ello me ocuparé de él en lo que sigue.


En cualquier caso, eso me permite delimitar radicalmente el terreno al que me restringiré: como filósofo, me situaré en el nivel de los principios e iré en busca de lo esencial.

 

SOBRE EL «ESENCIALISMO»


A cualquiera que se exprese sobre el islam se le reprocha rápidamente «esencializarlo», cometiendo el pecado inexpiable e insalvable de «esencialismo». Esto me invita a algunas reflexiones.


Por una parte, buscar la esencia de una realidad, lo que esta es en sí, en su fondo, esencialmente, o como quiera decirse, es lo que se empecinan en hacer los filósofos desde Sócrates, el santo patrono de su cofradía. Rechazar esta búsqueda sería hacerle beber la cicuta por segunda vez. Un alegato por un esencialismo pensado es, por lo tanto, perfectamente legítimo, y se ha hecho con talento . No cabe, por supuesto, buscar la esencia de una realidad situada en el tiempo y en el espacio sin unas precauciones que no exigen nociones como las virtudes, a las que se adhería sobre todo el Sócrates de los primeros diálogos platónicos. Esto lo sabe todo historiador, e incluso el aficionado que personalmente soy.


Seguidamente, el procedimiento que consiste en decir con aspecto grave a propósito de todo: «no hay una X; hay varias Xs», suscita a buen precio movimientos de cabeza aprobadores. Descuida, sin embargo, la explicación de un hecho enteramente simple, a saber, que en todos los casos se emplee el mismo término «X». ¿Se debe a un sencillo equívoco? Pero, ¿qué hacer cuando una comunidad dispersa en el tiempo y en el espacio reivindica la palabra «islam» como su nombre más propio? ¿Y cuándo reconoce como de origen divino un solo y mismo libro? Se ha escrito: «el islam es lo que se hace dentro de ciertos límites escriturísticos». Tienen razón los que a la tentación de «esencializar» oponen la tarea de «historiar». Pero contar una historia supone un mínimo de continuidad y con mayor razón si es cierto que, «por primera vez desde hace siglos, el islam aparece, tanto a ojos de sus adeptos cuanto a los de los infieles, como un movimiento religioso único, unificado en torno a un objetivo único».


Además, en el caso del islam apenas hay rechazo a buscar su «esencia». Que yo conozca, nadie ha alzado ninguna objeción contra el título de los libros del filósofo Ludwig Feuerbach (1841) y de Adolf von Harnack sobre la esencia del cristianismo (1900), o contra el del rabino alemán Leo Baeck sobre la esencia del judaísmo (1905). Sin embargo, en ambas religiones hay tanta diversidad como en el islam. Entonces, ¿por qué hacer de éste un caso particular?


¿Por qué esta religión es tan rebelde a los intentos de buscar su esencia? Por retomar a los autores que acabo de citar, Feuerbach tenía una visión negativa del cristianismo, y Harnack, teólogo luterano, una visión positiva. ¿Por qué habría que temer que la búsqueda de la esencia del islam desemboque necesariamente en conclusiones negativas? No se ha dudado en responder a la cuestión sobre «¿qué es el chiismo?», en una obra que no le es desfavorable, mediante expresiones esencialistas. ¿Por qué no tener la misma audacia con el islam en su totalidad? Por último, negarse a decir lo que es esencialmente el islam equivale también a privarse de la posibilidad de hablar bien de él; y equivale también a prohibirse distinguirlo de lo que no lo es, de separar de su verdad acreciones accidentales que, aunque sean más espectaculares, lo desfiguran.

 

***


Por otra parte, como medievalista, tomaré mis ejemplos sobre todo de la época medieval, la que, por lo demás, los musulmanes consideran como su «edad de oro». Acabo de llamarme medievalista y, por lo tanto, algo menos incompetente sobre el período de pensamiento y la civilización que se denomina la Edad Media. Es necesario, por tanto, que diga algunas palabras sobre esta expresión.


En Europa su invención y su uso dependen de una visión de la historia bien determinada, en la que el período así llamado recibe la mayor parte de las veces una coloración negativa, pero pasa también, excepcionalmente por reacción, por haber sido una edad de oro. Pues bien, la división histórica ternaria Antigüedad-Edad Media- Tiempos Modernos, resulta totalmente errónea cuando se trata de la historia del Islam y se ha tenido toda la razón en recordarlo. Los siglos que se designan en la historia europea como los de un debilitamiento son, por el contrario, para el Islam, los de un desarrollo y un florecimiento. Cuando utilizo la expresión «Edad Media», lo hago por pura comodidad y sobre la base de un simple sincronismo para decir que un estado de cosas se produjo en el Islam durante el tiempo que en Europa llamamos medieval.


Seguidamente, desde el punto de vista del mismo Islam, tal como es rememorado por la gran mayoría de los musulmanes, el período en cuestión, básicamente de los siglos IX al XII, es sentido como un apogeo de la civilización, aun cuando autores recientes intenten desplazar esa cima a una época más reciente, al mismo tiempo que desplazan el centro de gravedad de esta civilización hacia el Oriente persa, incluso el hindú. En consecuencia, los musulmanes actuales sólo raramente sitúan a los pensadores y las obras de esa época en su contexto originario, «historizándolos». Por el contrario, esas obras son constantemente reeditadas, traducidas, comentadas. Y esto vale, por supuesto, ante todo para el Corán, al que se considera fuera del tiempo, puesto que emana directamente del Dios eterno, y al que la mayoría de los musulmanes conscientes de su fe sustraen por este motivo a todo intento de historización. Ello vale también, en menor grado, para los hadices, que se siguen memorizando y recitando. En consecuencia, hay que evitar la pretensión de que las referencias medievales que reúno en el presente libro estarían «superadas» por una «evolución» del islam. Lo que ha cambiado a lo largo de los siglos son los musulmanes de carne y hueso, en su diversidad cronológica y geográfica. Por lo demás, algunos de ellos se esfuerzan, en diferentes épocas, entre otras la nuestra, por hacer revivir las teorías y las prácticas «medievales».


Por último, la noción de Edad Media, en la cual la leyenda negra de la que he hablado vive muy a menudo como un parásito, permite un juego tanto más perverso cuanto que se presenta como a disposición de los más «ingeniosos». Se oye decir: «El Islam se encuentra en este momento en la situación intelectual en la que estaba Europa en la Edad Media. Esperemos que le llegue su Renacimiento, su Reforma, sus Luces, etc.». Ello implica cometer un terrible desprecio, por dos razones.


De un lado, se aplica un esquema histórico típicamente europeo a una historia que no lo es. Por otra parte, el reproche de eurocentrismo vale también para los que hacen valer que el islam habría tenido un Renacimiento (con el «humanismo» de gentes como Miskawayh o Tawhidi), una Reforma (con el chiismo), unas Luces (con Averroes). El empleo de estos términos no puede ser sino metafórico.


De otro lado, el paralelismo es falso. La cristiandad, como se decía antes de que se hablase de «Europa», no reposó nunca en un sistema intelectual similar al del islam. Cabe incluso que el momento histórico en el que haya habido mayor distancia entre cristianismo e islam haya sido precisamente la Edad Media. Para darse cuenta de ello tan solo hay que dejar de considerar la teología como accesoria y tomar en serio la representación que se hace de lo divino una determinada cultura.



Rémi Brague, Sobre el islam. Madrid, Ediciones Encuentro, 2024: cap. II