La yihad:
guerra contra los no musulmanes
RÉMI BRAGUE
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Al ser la finalidad del islam
la Ley divina ¿qué medios
habrán de ponerse por obra? La conquista árabe fue militar. Pero, ¿era
propiamente de carácter islámico? Nos acecha una respuesta fácil: la
yihad.
Antes de abordar esta noción
conviene esclarecer un
obstáculo frecuente. Se trata de la protesta a menudo vehemente de los
musulmanes moderados actuales, que se alzan contra la traducción antaño
habitual y nada problemática de «guerra santa». La equivalencia
yihad-guerra
santa es, en efecto, discutible y no dudo en seguirles en este punto.
En
cambio, no sigo a los que argumentan que el término árabe ŷijad significaría
esencialmente «esfuerzo» y estaría, por lo tanto, libre de la
connotación
guerrera que se ve automáticamente en él. La yihad, dicen, sería
esencialmente
de naturaleza espiritual y designaría la lucha contra las pasiones, el
«combate
espiritual» en el sentido de Lorenzo Scupoli o, quizá, de Rimbaud.
Apelan a la raíz de este
término, técnicamente un nombre
verbal (masdar) de la tercera forma, raíz que es ĞHD. El
diccionario indica como «noción de base»: «esfuerzo, tensión de
fuerzas».
Recordemos, sin embargo, dos hechos, que son por lo demás las verdades
de
Perogrullo de los lingüistas.
En las lenguas semíticas, una
raíz solo tiene
existencia de manera virtual, y sirve ante todo como principio de
clasificación
para uso de los lexicógrafos. Nunca se encuentra en ningún texto una
raíz en
estado puro. Y una raíz no tiene «significación» en tanto que tal, sino
que
solo reenvía a una vaga «noción general», incluso a varias, no
siempre
vecinas.
Por otra parte, el sentido de un
término no proviene de su
raíz, ni tan siquiera de su etimología, sino de su empleo en el
contexto en el
que aparece concretamente. Ahora bien, allí donde efectivamente figura,
el
término «yihad» designa habitualmente un concreto combate. Tal es el
caso desde
el Corán. En él se lee un versículo poco claro que cabe interpretar de
diversas
maneras: «Combatid por Dios, pues tiene derecho a la lucha por él» (ǧāhidū
fī ‘Lah ḥaqqa
ǧihādihi) (Corán 22,78). Pero la palabra designa un combate
concreto en el
versículo «si salís para combatir en mi camino» (ǧihādan fī sabīlī)
(Corán
60,1). Según Alfred Morabia, quien redactó una voluminosa tesis sobre
la
cuestión de la yihad, la traducción menos mala sería «combate sagrado».
Yo
mismo he propuesto «militancia».
Hostilidades concretas y
reguladas
Los tratados de derecho (fiqh)
incluyen una parte,
libro o capítulo, sobre la yihad. Y en ella se trata de requerimientos
previos,
de la legitimidad del empleo de las máquinas de guerra, del reparto del
botín,
de la suerte reservada a los prisioneros, etc., todos ellos temas que
suponen
unas hostilidades muy concretas.
Los textos místicos, en cambio,
expresan efectivamente la
idea de una lucha interior, una lucha contra las pasiones. Invocan con
frecuencia un hadiz según el cual Mahoma habría distinguido entre una
«pequeña
yihad» militar y una «gran yihad» de naturaleza espiritual. La historia
de la
recepción de este hadiz es larga, tanto dentro de islam como fuera de
él.
Penetró en el judaísmo por mediación del tratado de espiritualidad de
Bahya b.
Paquda, y se encuentra incluso en el movimiento jasídico. No obstante,
influencia
y autenticidad son dos cosas distintas. No se encuentra en ninguna de
las seis
recopilaciones canónicas que sientan cátedra. Respecto del contenido de
las
palabras, relativizar algo no es prohibirlo.
Y para designar el efecto moral del perfeccionamiento propio, la lengua
prefiere, por otra parte, como término técnico, tanto en los musulmanes
espirituales cuanto en sus émulos judíos, el segundo de los dos nombres
verbales de la tercera forma de la raíz que acabo de indicar, a saber, muǧāhada.
En su recopilación de textos místicos inéditos, Louis Massignon, no
señala el
término ǧihād en su índice de términos técnicos, en el que muǧāhada
figura
en dos ocasiones. Ibn Sab’ in habla de los místicos como de «gentes de
la muǧāhada».
La guerra en general no está
mejor vista en el Islam que en
cualquier otra parte. Dulce bellum in expertis. Es una
experiencia
penosa y a menudo una espantosa catástrofe. Raramente se encuentran
teorías de
la guerra que se arriesguen a justificarla. Uno se sorprende, sin
embargo, al
encontrar una que se creería inspirada por Heráclito o anticipando a
Hegel: «Si
no existiese el combate (qitāl), la tierra no sería vivible ni
sus
habitantes darían crédito a la obediencia a Dios, pues Dios eleva a
quien
quiere y abaja a quien quiere. ¡Cuántos nobles se han visto humillados
en el
combate y cuántos miserables se han hecho ilustres en él!».
Ciertos
autores tienen una visión de la realidad más sobria, y se contentan con
observar que en un mundo ideal en el que todos los hombres observasen
espontáneamente la justicia, no se necesitarían dirigentes para
obligarles,
pero al ser los hombres lo que son, les hace falta un guía, inspirarles
el
miedo a la espada y tomar serias medidas contra la violencia. Es esta
una
observación de sentido común que trasciende las épocas, las religiones
y las
escuelas.
La guerra está en principio
prohibida entre musulmanes. En
cambio, la yihad propiamente dicha, que combate a los no musulmanes, es
una
obligación. Pero a esta obligación se le llama «de suficiencia» (farḍ kifāya). Las
obligaciones
individuales (farḍ
‛ayn), que constituyen los cinco pilares del islam, pesan sobre
cada
musulmán adulto. Por el contrario, ciertas obligaciones no necesitan
ser
cumplidas por cada musulmán tomado individualmente. Basta con que lo
hagan
cierto número para que la comunidad entera sea considerada como
habiendo
satisfecho sus deberes. No hay ninguna necesidad de que todos los
musulmanes
conozcan a fondo el derecho islámico y sean capaces de juicios
personales (iğtihād);
basta con que una clase de «sabios» (‛ulamā’) se entregue a su
estudio y
pueda responder como expertos a las cuestiones de la gente sencilla.
Ocurre lo
mismo con la obligación de ordenar el bien y prohibir el mal.
Y también con la yihad. Basta
con que cierto número de
musulmanes la ejerzan para que el resto de la comunidad pueda
abstenerse de
ella, financiando, si es necesario, a los combatientes, pero sin tener
que
tomar las armas ellos mismos.
La yihad se encuentra legitimada
por el hecho de que el
mismo Mahoma la practicó. Los biógrafos le hacen participar en muchas
incursiones, y el hadiz le presta una actitud alegre ante la necesidad
de
combatir: «Yo soy el que ríe cuando combate» (anā al-ḍaḥūk al- qitāl).
Si Mahoma
hace la guerra con un corazón alegre, es porque sabe que combate del
lado de
Dios. Un hadiz tardío lo representa puesto ante la elección entre un
profeta-rey y un profeta-servidor: él elige este estado de vida. La
diferencia
entre estos dos estilos de vida está señalada en el Libro de Alexandre,
en el
que un personaje se dirige al héroe en estos términos: «[Dios] te ha
enviado
con el estatuto de un rey enviado y no con el de un profeta, pues al
rey le
incumbe regir a su pueblo por la violencia, el sable, el tormento y el
castigo,
por el homicidio o la epidemia. Mientras que aquel al que envía con el
estatuto
de profeta (nubuwwa) es como si lo enviara para el bien y la
reconciliación. Si creen, entonces es lo mejor para ellos, pero si no
creen, no
tiene poder sobre ellos».
Las dos posibilidades estaban
separadas antes del islam,
pero Mahoma las unió en su persona al ser «profeta y sultán». Maxime
Rodinson
dice de forma agradable que «combinaba en un solo ser a Jesús y a
Carlomagno».
Los profetas situados entre Abraham y Mahoma estaban desarmados y no se
apoyaban sino sobre el poder de su palabra. Solo el islam,
comunidad de
la religión monoteísta-y- profética (al-milla al-ḥanīfiyya), pudo
establecerse por «el poder (quwwa), la bravura (šawka),
la
realeza (umulk) y la espada (sayf)».
En el fondo, la yihad no hace
sino prolongar por la acción
de los hombres sometidos a Dios la acción por la que Dios en persona
hace la
guerra (harb), ya directamente, ya por mediación de sus ángeles,
los
cuales pueden ir en ayuda de los musulmanes, como lo hicieron en Badr.
Los que
no renuncian a la usura pueden esperar que Dios y su Enviado les hagan
la
guerra (Corán 2,279). Dios la hace a los que se oponen a alguno de sus
elegidos. El Corán apacigua los escrúpulos de los que volvían de un
combate
fratricida al enseñarles:
«No sois vosotros quienes les
habéis matado, sino Dios. Tú
no lanzabas [flechas] cuando las lanzabas; era Dios quien lo hacía»
(Corán
8,17). En la cristiandad, solo he encontrado un paralelismo más o menos
exacto
que en Lutero: «la mano que maneja la espada y estrangula ya no es en
lo
sucesivo una mano de hombre, sino la mano de Dios, y no es el hombre,
sino
Dios, quien ahorca, machaca, decapita, estrangula y hace la guerra».
Legitimar una guerra civil
apelando a Dios no es cosa que
solo haga el Corán. Por no hablar de lo que entre nosotros se llama,
sin duda
erróneamente, las «guerras de religión», uno de los textos fundadores
del
hinduismo, el Bhagavad-Gita presenta toda una visión de la
vida y de la
muerte para calmar los escrúpulos de Arjuna, que debe batallar contra
sus
primos. Pero en él la acción no se atribuye directamente a la
divinidad. Es más
bien declarada ilusoria.
No faltan textos que mencionan
el elevado valor moral y
religioso de la yihad. Ibn Taymiyya es particularmente prolijo en este
tema.
Cita varios hadices que ponen la yihad muy alto, uno de los cuales,
según
observa, figura en las dos recopilaciones más autorizadas. Según él,
«la yihad
es la mejor forma de servicio voluntario que el hombre consagra a
Dios». Los
doctores están de acuerdo en proclamarla superior a la peregrinación y
a la ‘umra (pequeña peregrinación), así como a la oración y
al ayuno supererogatorio.
A condición de acompañar a la fe
en el dios único y a la
gratitud por la veracidad de sus enviados, la yihad aporta el perdón de
los
pecados, sobre todo en caso de guerra en el mar. Garantiza la entrada
en el
paraíso en caso de muerte en el combate, o al menos, si el que pelea
vuelve
sano y salvo, un sueldo (aǧr) o un botín (ġanīmah).
Aunque la
guerra reporte dinero, de suerte que se gana en ambos sentidos, es al
menos
preciso que sea entablada por razones desinteresadas, con la intención
de
guerrear por la fe. Otras declaraciones van más lejos y quitan el
mérito y la
recompensa post mortem a un guerrero que solo quisiera
demostrar
su valor.
Según Al-Ghazali, la finalidad
de la yihad contra los
incrédulos es alejar el desorden que los que se oponen a la verdad
aportan en la
vida material y la vida religiosa, las cuales permiten acceder a Dios.
Es interesante que Ibn Taymiyya
cite entre los tres
elementos cuya presencia hace perfecta una religión realidades
enteramente
temporales y profanas, a condición por supuesto de que estén al
servicio de la
religión: «Estas dos falsas vías son la de los hombres que han adoptado
una
religión sin perfeccionarla mediante todo lo que es necesario para su
propia
existencia: poder (sulṭān),
yihad, recursos materiales (māl), y la de los hombres que han
buscado el
poder, la fortuna o la guerra (ḥarb),
sin tener como objetivo el triunfo de la religión. Estas dos vías son
la de los
que han incurrido en la cólera divina (los judíos) y la de los que se
han
extraviado (los cristianos)».
Un autor tardío, Shah Wali
Ullah, en el siglo XVIII, casi
contemporáneo de Montesquieu y conocido como maestro sufí, resulta en
este
punto particularmente interesante. Explica que «la más perfecta de las
leyes
divinas (šarī‛a), y la más completa de las leyes humanas (nāmūs)
es la legislación (šar‛) en la que la yihad es el objeto de un
mandamiento. En efecto, la manera en la que Dios constituye un deber (taklīf)
para los hombres [obedecer] a lo que ordena y prohíbe es comparable a
un hombre
cuyos esclavos han caído enfermos. Indica a una de las personas
cercanas que
les haga beber un medicamento. Si les forzase a beberlo y vertiese el
medicamento en sus bocas, lo haría con todo derecho. Sin embargo, la
misericordia exige que les explique los beneficios del medicamento, de
suerte
que lo beban con el deseo de hacerlo, y que lo mezcle con miel, para
que el
deseo natural y el deseo intelectual se ayuden el uno al otro».
Esta ley divina perfecta es
evidentemente el islam: «Has de
saber que el Profeta […] ha sido enviado para ejercer una regencia (ḫilāfa)
universal y para
que su religión venza a las demás religiones; esto solo puede
realizarse
mediante la yihad y preparando sus instrumentos; si [la gente] abandona
la
yihad y se ponen a seguir a los [hindúes] que se adhieren (lit.
«colas») a las
vacas, la humillación (ḏill)
les envolverá y la gente de otras religiones les vencerán».
La yihad es de este modo una
obra de misericordia. Hemos
visto que, para explicarla, el autor recurre a la antigua comparación
médica.
Pero ¿qué hacer con los recalcitrantes? El pasaje citado algo más
arriba
prosigue: «En el caso de esa gente, la misericordia (raḥma), no
consiste en
contentarse con establecer una prueba para ellos; la misericordia
consiste en
obligarles a que la fe entre en sus casas, contra su voluntad (‛alā
raġma
anfihim), y no se puede obligarlos sin matar (qatl) a los
que tienen
un gran poder de perjuicio (nikaya) y rechazan (tamannu’)
enérgicamente [el mensaje], o sin quebrar su resistencia y confiscar su
fortuna, de manera que se les reduzca a la impotencia».
Matar a los dirigentes o
ponerles en la imposibilidad de
perjudicar confiscando sus bienes equivale, así, a liberar a los que
tiranizaban y darles acceso a la verdadera religión. Asesinato y robo
se
encuentran de esta forma legitimados. La proeza del Islam aparece aquí:
hacer
depender del bien más excelso, a saber, Dios, el mal más bajo, el
asesinato.
La yihad no solo es una buena
obra, sino también, si puede
decirse así, una obra benéfica, en el sentido de que legitima unas
prácticas
que, fuera de su contexto, serían dudosas. Es el caso de la música. En
el
tratado que consagra a ella, Al-Ghazali, tras haber citado argumentos
en favor
y en contra, enumera siete casos en los que su uso está permitido. Tras
el
primero, la peregrinación, viene «lo que es habitual en una expedición
militar
(ġazāh) para incitar a los hombres a la agresión (ġazw).
Es
también algo permitido, como para la Peregrinación. No obstante,
conviene que
las palabras que cantan los hombres y las melodías no sean las mismas
que las
palabras y las melodías de la Peregrinación. En efecto, la excitación
que llama
a la agresión (animando, impulsando a la rabia y a la cólera contra los
incrédulos (kuffār), alabando el coraje, haciendo que se
desprecie la
propia vida y el propio dinero por comparación con esta [la agresión])
se hace
mediante palabras de ánimo».
Al-Ghazali da como ejemplo unos
versos de Al-Mutanabbi. El
tercer caso examina, para probarlo, el empleo de poemas en metro rajaz
para
darse valor en el momento del choque. Está prohibida en los combates
contra
otros musulmanes o contra los «protegidos», pormenor que confirma que
se trata
de la yihad. Respecto al contenido, los poemas guerreros islámicos no
difieren
mucho de los que componía, por ejemplo, Tirteo para los Espartanos. Por
lo que
atañe a la música, cabe pensar en los mehter de los jenízaros.
La mejor defensa es el ataque
La regla comúnmente admitida hoy
es que la yihad solo podría
ser defensiva. Se trataría de rechazar los ataques previos de los
enemigos de
la verdadera religión. Esta regla invoca un versículo del Corán:
«Combatid en
el camino de Dios a los que combaten contra vosotros» (Corán 2,186). No
parece
haber estado vigente durante los comienzos de la conquista islámica de
los
primeros siglos. Por lo que atañe a los hechos históricamente
establecidos, si
los árabes, bereberes, etc., no han hecho más que defenderse, lo han
hecho con
notable eficacia. Resulta difícil imaginarse cómo habrían tenido que
combatir
sus caballeros, por razones puramente defensivas, entre la expedición
de Mu’ta
(año 629), todavía en vida de Mahoma, y las batallas de Poitiers, al
oeste del
Imperio, y de Talas (año 751), en las fronteras del Imperio chino,
aumentando
el territorio controlado en una distancia que abarca millares de
kilómetros.
Al contrario de lo que afirma la
apologética islámica
contemporánea, parece haber un acuerdo entre los sabios medievales
sobre la
necesidad de una yihad ofensiva. En cualquier caso, la regla que acabo
de citar
no parece haber incidido en la práctica, ni tan siquiera marcado el
empleo del
vocabulario, incluso donde se esperaría una precisión técnica. En un
jurista
del siglo XI, Al- Mawardi, se lee la regla siguiente: «El emir que
manda en la
cercanía de la frontera no debe emprender la guerra santa (yabtadi’ ǧihād
ahli-hi) sino con el beneplácito del califa,
mientras que debe combatir
(ḥarb)
sin
autorización y rechazar al enemigo agresor, cosa que entra en sus
deberes de
protección y de defensa del territorio musulmán».
No importa mucho saber si esta
regla era respetada en la
práctica o si era solo un sueño bienintencionado del jurista. En
efecto, la
autorización previa del califa no dejaba de ser la mayoría de las veces
un
deseo piadoso que a los señores de la guerra locales les traía sin
cuidado, y
el mismo Al-Mawardi prescinde justo después del pasaje citado del caso
de las
soberanías adquiridas por conquista y legitimadas después por el poder
central.
Y obsérvese un interesante hecho de vocabulario: se repite que la yihad
solo
puede ser defensiva. Ahora bien, aquí el término «yihad» es únicamente
empleado
cuando se trata de una guerra en la que el jefe militar de las
fronteras (uno
tendría ganas de decir el «marqués») toma la iniciativa de las
hostilidades,
mientras que se prefiere otro término para defenderse contra una
agresión.
De todas maneras, forma parte
del deber del jefe de la
comunidad islámica lanzar una campaña de yihad al menos una vez al año.
No sé
muy bien cómo podría concernir esta regla a medidas puramente
defensivas.
En el pasaje citado más arriba,
Ibn Khaldun pone el carácter
ofensivo de la «guerra santa» del lado del islam y reserva su aspecto
defensivo
al judaísmo y al cristianismo. Él, que conoce de primera mano la
Reconquista
española, señala que, a diferencia del islam, «las demás comunidades
carecen de
misión universal y no consideran la guerra santa como un deber
religioso, salvo
con vistas a su propia defensa» (fī ’l-mudā- faʽa fa-qat).
En ciertos autores, el carácter
guerrero del islam es
incluso una señal de superioridad sobre el cristianismo, reducido a la
vida monástica.
Es el caso del poeta persa Jala led-Din Rumi (m. 1273), en un dístico
frecuentemente citado en el que se contrasta el orgullo islámico con la
vida
retirada del eremita: «Lo oportuno (maṣlaḥat) en nuestra
religión es la guerra (ğang)
y la gloria (šakūh) / lo oportuno en la religión de ‛Issā
(Jesús) es la
gruta y la montaña».
Ibn Taymiyya, por su parte,
distingue: «Cuando la guerra es
ofensiva constituye un deber de obligación colectiva: una parte de los
musulmanes asegura su ejecución y el resto se encuentra dispensado. El
mérito
moral recae únicamente en los que la hacen […] Cuando los musulmanes
son
atacados, la guerra se convierte en una guerra defensiva; constituye un
deber
de obligación individual para todos los fieles, aunque no estén
personalmente
atacados. Se la considerará como un deber de solidaridad y de ayuda
mutua».
En el terreno concreto, la
distinción entre guerra de
agresión y legítima defensa no siempre es fácil de establecer. Uno
recuerda la
paradoja de Clausewitz: el que se defiende es siempre el que toma la
iniciativa
de las hostilidades y puede por tanto ser considerado como el
provocador de una
guerra; si yo invado el país vecino para posesionarme de él y este se
rinde sin
combatir, eso no es una guerra, sino, todo lo más, un paseo militar.
Ser
considerado el agresor es una noción relativa. Si se escucha la
propaganda de
las naciones beligerantes, ellas no han hecho nunca otra cosa que
defenderse,
llegado el caso mediante un «guerra preventiva». Y según el argumento
cientos
de veces repetido por los revolucionarios de todo pelaje, la violencia
del
terrorista no es sino una respuesta a la violencia institucional del
Estado.
Por lo que concierne al islam, y
en lo relativo a los
principios, conviene preguntarse qué es lo que se entiende exactamente
por una
«agresión contra el islam» y quien es juez del carácter ofensivo de una
actitud. Para muchos, el simple hecho de rehusar repetidamente la
propuesta de
abrazar el islam constituye ya una agresión.
Respecto a la imagen de la yihad
que pudiera hacerse un
musulmán medio, pero cultivado y curioso, cabe interrogar al gran
viajero Ibn
Battua. Sale de Tánger para dar una vuelta al mundo islámico y cuenta
su paso
por la antigua Esmirna, la actual Izmir, hacia 1330. Habla en estos
términos
del reyezuelo local:
Dicho emir [Omar bec, hijo del
sultán Mohammed b. Aïdin] era
generoso y piadoso, combatía a menudo contra los infieles (kaṯīr al-ǧihād).
Tenía
vasallos de guerra con los que hacía incursiones por los alrededores de
Constantinopla la Grande; cogía esclavos (yasbī), botín (yaġnam)
y derrochaba con su generosidad y liberalidad; luego volvía a la guerra
santa (ǧihād),
de manera que sus ataques resultaron muy penosos para los griegos, que
tuvieron
que recurrir al papa. Este ordenó a los cristianos de Génova y de
Francia que
hicieran la guerra (ġazwa) al príncipe de Yazmîr, lo que se
produjo.
Además, hizo que partiese de Roma un ejército, y estas tropas atacaron
la
ciudad de Yazmîr durante la noche con gran número de navíos; tomaron el
puerto
y la ciudad. El emir Omar bajó del castillo a su encuentro, les
combatió y
sucumbió mártir de la fe (fa-ustašhida), junto con gran número
de
guerreros.
Quien se dedica a esto hace en
tierra cristiana
—probablemente uno de los raros territorios que permanecía bajo dominio
de los
Latinos— razias en las que consigue esclavos y bienes muebles. Vuelve
luego a
aprovisionarse cuando se ha acabado el botín. Los cristianos se
impacientan y
organizan un contraataque victorioso. En todo caso, el hecho de que el
emir
haya muerto combatiendo a los infieles le vale el título de «mártir».
La
naturaleza de los adversarios convierte a un simple saqueador en un
héroe de la
religión.
Esta actitud no es la de todos.
Mahoma, quien sin embargo
reinaba en la península arábiga, recibía limosnas y quitaba el impuesto
en
todas las regiones conquistadas, de manera que habría renunciado a todo
enriquecimiento personal y muerto endeudado. Otros han sido menos
escrupulosos.
Unas palabras puestas en boca del califa Omar ponen en duda la pureza
de
intenciones de los que se han apoderado del botín: «Llamáis ‘mártir’ a
Untel.
¡Pero quizá llenara con el botín los sacos de su montura!». Habrá, por
tanto,
que tener cuidado a la hora de distinguir diferentes niveles de
martirio y de
recompensas en el más allá según la pureza de intención del combatiente.
La palabra «mártir» es uno de
esos términos comunes al
cristianismo y al islam, pero cuya significación es casi contraria. Un
cristiano se convierte en mártir dejándose matar sin verter otra sangre
que la
suya. Esto tuvo consecuencias graves, en ocasiones extremas: según san
Basilio,
un soldado que ha matado debe abstenerse de comulgar durante tres años.
Invocando esta regla, el patriarca Polyeucto negó al emperador Nicéforo
Focas
otorgar la dignidad de mártires a los soldados muertos en combate.
Como toda lucha, la yihad no es
posible sin la facultad
colérica del alma, lo que constituye un hecho psicológico elemental.
Sin
embargo, no es una explosión espontánea y eruptiva. Está sometida a
reglas
precisas que constituyen un derecho de guerra (jus in bello).
Pero esas
reglas admiten excepciones: «Está prohibido matar a mujeres, niños y
ancianos,
salvo en caso de expedición nocturna; está prohibido derribar los
árboles,
provocar incendios o mutilar animales domésticos, salvo si eso ayuda a
la
victoria».
Todos estos ejemplos están
tomados de la práctica del propio
Mahoma, quien mostró que se debía subordinar a las necesidades de la
victoria
sobre los «asociadores» la observación de las reglas comúnmente
admitidas en la
guerra. Así ocurre con los árboles frutales de los que viven los
adversarios,
por ejemplo, con las palmeras. Hasta entonces y a ojos de los Antiguos,
esta
práctica pasaba por una transgresión de las reglas del juego militar,
incluso
por un crimen grave. Era, por tanto, preciso nada menos que una
declaración del
mismo Dios para permitirla y calmar los escrúpulos de los soldados de
Mahoma,
declaración que vino a cuento.
O también: está ciertamente
prohibido apuntar a los enemigos
que han hecho un escudo humano con mujeres y niños, salvo si no hay
otra manera
de reducirlos, en cuyo caso está permitido matarlos. Las limitaciones
impuestas
a los métodos de combate están, por tanto, limitadas a su vez por la
lógica
misma de la guerra, cuyo fin último es con toda evidencia vencer a los
enemigos. La cláusula final del texto que acabo de citar, «salvo si eso
ayuda a
la victoria», adquiere entonces el aspecto de una tautología que
resultaría
cómica si no permitiese horrores.
Además, la yihad tiene unos
límites naturales que se derivan
del simple sentido común, pero que a veces resulta útil recordar. El
peligro
reside en las cabezas alocadas que quisieran arriesgarse a una ofensiva
sin
haber calculado todas sus posibilidades de triunfo. Solo conviene
hacer
la guerra si se está seguro de la victoria. Es lo que recuerda Averroes
en un
pasaje de un comentario sobre Aristóteles. El filósofo griego trata de
la
equidad. El comentarista islámico anota:
«Explicarás esto a partir de las
reglas instituidas a
propósito de la guerra en la ley de los ismaelitas. En efecto, en ella
el
mandato de la guerra es universal, hasta desenraizar y erradicar
completamente
a cualquiera que difiera de ellos. Pero hay circunstancias en las que
la paz es
preferible a la guerra. Ahora bien, puesto que el común de los
ismaelitas
piensa en esta universalidad incluso cuando es imposible desenraizar a
los
enemigos y erradicarlos completamente, eso les acarrea graves
perjuicios. Hay
que decir, por el contrario, que en ciertas circunstancias la paz es
preferible
a la guerra.».
Dicho esto, nada impide que un
héroe solitario se lance
sobre un enemigo superior en número para buscar así una muerte que le
garantice
la beatitud eterna. Ibn Hazm explica que Dios prohíbe el suicidio, pero
hay una
excepción: «Respecto del suicidio, Dios ha declarado bueno exponer la
vida para
combatir en el camino de Dios (= yihad) y [que se lance] un ataque del
que se
está seguro de que el que lo haga morirá. Dios ha ordenado ya el
suicidio
cuando nos ha dicho: ‘Volved a vuestro Creador y mataros, eso es bueno
para
vosotros ante vuestro Creador, que vendrá a vosotros’ (Corán 2,54). Si
nos
hubiese ordenado algo similar, eso hubiera sido bueno, como esa orden
era buena
para los hijos de Israel».
Rémi Brague, Sobre el islam.
Madrid, Ediciones
Encuentro, 2024: cap. X.
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