Europa cambia el lenguaje para destruir al hombre y a la familia
Lectio magistralis ante el Parlamento de la Unión Europea
ROBERT SARAH
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La confusión lingüística en torno a los nuevos
derechos y un vuelco de la razón en el corazón de la crisis de Occidente, que
ha perdido el sentido de su propia civilización. La invitación a volver al
logos y a la verdad de la persona, de la familia y de los pueblos en la lectio
magistralis sobre Europa y África. En diálogo con el cardenal Robert
Sarah, celebrada hoy, 15 de julio, en Bruselas, en la Sala SPAAK 5B1 del
Parlamento Europeo, por invitación del grupo ECR (Conservadores y Reformistas
Europeos), junto con Sos Chrétiens d'Orient y Pro Vita e Famiglia. 15 julio 2026
1. Logos, palabra y visiones del mundo
contrapuestas
Señor Presidente,
Honorables miembros del Parlamento Europeo,
Amigos de ProVita y Famiglia,
Señoras y señores,
les agradezco la invitación a compartir con
ustedes, en esta casa de los pueblos de Europa, algunas reflexiones que tengo
muy presentes como hijo de África y como pastor de la Iglesia católica. No
vengo a ustedes con un discurso de circunstancia, sino con una pregunta que
considero decisiva para el futuro de nuestros dos continentes: ¿podemos aún
entendernos? Las palabras que usamos — «derechos humanos», «dignidad»,
«desarrollo», «libertad», «salud», «género», «familia» — ¿significan aún la
misma cosa para quienes las pronuncian en Bruselas, en Estrasburgo, en Kampala
o en Conakry?
El Papa León XIV, al recibir el pasado enero
al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pronunció una frase que
quisiera colocar como clave de lectura de toda mi reflexión de hoy. El Papa
afirmó: «Necesitamos que las palabras vuelvan a expresar de modo inequívoco
realidades ciertas. Solo así puede reanudarse un diálogo auténtico y sin
malentendidos» (1). Nos dice que la crisis que atravesamos — crisis
geopolítica, crisis de los derechos, crisis del multilateralismo — es, en su
raíz, más allá del lenguaje: una crisis del logos, de la razón.
En el dossier que ha sido preparado para este
encuentro, y que he estudiado con atención, emerge con documentada claridad
cómo, en la relación entre la Unión Europea y África, las palabras son hoy
usadas no para revelar la realidad, sino para ocultarla o incluso para
invertirla (2). Se habla de «salud sexual y reproductiva» y se entiende, en
muchos casos, el acceso al aborto. Se habla de «igualdad de género» y se
entiende, a veces, la deconstrucción de la diferencia sexual entre hombre y
mujer inscrita en el cuerpo del ser humano. Se habla de «derechos humanos» para
los países africanos, y se entiende la imposición de categorías jurídicas
ajenas a nuestra historia, a nuestra fe, a nuestra cultura, a nuestra visión
antropológica. Si las palabras ya no significan lo que dicen, ¿cómo puede haber
un diálogo auténtico? ¿Cómo puede África fiarse de una Europa que habla con
palabras equívocas, de doble sentido?
No se trata de un problema de semántica
académica: es un problema político, un problema de verdad, de honestidad en las
relaciones humanas, de primera importancia. Un tratado, una resolución, un plan
de acción que usan un vocabulario impreciso y ambiguo no son instrumentos de
cooperación, sino instrumentos de perversión y de poder silencioso, de
neocolonialismo cultural y económico: quien controla el significado de las
palabras controla, de hecho, el resultado de la negociación, sin que la otra
parte se dé cuenta. Es exactamente lo que sucede y que en esta Lectio intentaré
iluminar, a la luz del Evangelio y de la razón (3).
Quisiera vincular este diagnóstico a un texto
que considero de extraordinaria actualidad: la encíclica Magnifica Humanitas,
que el Papa León XIV firmó el pasado mes de mayo. En ella el Pontífice denuncia
el uso de un lenguaje técnico, manipulador y engañoso — pensado para la era de
la inteligencia artificial, pero aplicable, creo yo, a muchos ámbitos de la
cooperación internacional — que corre el riesgo de reducir a la persona humana
a categorías estadísticas de poderes económicos, en lugar de reconocerla como
sujeto libre y dotado de dignidad trascendente (4). León XIV pide un
pensamiento, por usar sus palabras, «dinámico y fiel al Evangelio», capaz de
custodiar la verdad de la persona incluso cuando las técnicas de poder —
económicas, jurídicas, comunicativas — buscan reescribirla para su propio uso
(5). La Encíclica nos dice que la cuestión es todavía y siempre antropológica.
He aquí, pues, la primera invitación que
quisiera dirigir: volvamos a hablar según la verdad de la persona, de la
familia, de los pueblos, también y sobre todo en el contexto de la cooperación
entre la Unión Europea y África.
Benedicto XVI y la primacía del logos
Para comprender a fondo esta crisis de las
palabras, debemos remontarnos a una fuente más profunda: la crisis de la razón
misma. Y aquí debo rendir homenaje a la lucidez profética del gran Papa
Benedicto XVI, que fue el primero, en tres discursos memorables, en
diagnosticar el mal que hoy vemos desplegarse en toda su plenitud.
En Ratisbona, en septiembre de 2006, el papa
Benedicto XVI recordó que el Dios cristiano actúa, para usar la expresión
griega del emperador Manuel II Paleólogo (1348-1425) por él comentada, «σὺν λόγῳ», con logos (6). Logos — explicó el Papa —
significa a la vez razón y palabra. Una razón creadora, capaz de comunicarse
precisamente en cuanto razón (7). «No actuar según la razón, no actuar con el
logos, es contrario a la naturaleza de Dios», escribió citando al emperador
bizantino (8). De ello se sigue una consecuencia que quisiera subrayar con
fuerza ante esta asamblea: una razón que, ante lo divino, se hace sorda y
relega la religión al ámbito de las subculturas privadas, se vuelve ella misma
incapaz — son todavía palabras de Benedicto — de insertarse en el diálogo de
las culturas (9).
Apliquemos este principio al tema de los
«derechos» que hoy tanto ocupa nuestros debates europeos. Cuando Europa
construye derechos desvinculados de la verdad sobre el hombre — el aborto que
se querría elevar a «derecho fundamental», la identidad sexual reducida a pura
autoproducción subjetiva — la razón misma se deforma: de instrumento de
conocimiento de la verdad se convierte en instrumento de poder, capaz de
imponerse con la fuerza del derecho y del dinero a quien no comparte esas
premisas.
El Papa Benedicto XVI añadía, siempre en
Ratisbona, que una razón sorda a lo divino se vuelve incapaz de un auténtico
diálogo intercultural, porque pretende imponerse como la única cultura racional
posible, relegando toda otra visión del hombre — empezando por la cristiana y
por la de las grandes tradiciones religiosas africanas — al rango de
superstición a corregir (10). He aquí por qué, cuando hoy se presenta un
paquete de condicionalidad ideológica como sinónimo de «modernidad» o de
«progreso», deberíamos reconocer en él no la ampliación, sino el estrechamiento
de la razón.
Dos años después, en el Collège des Bernardins
de París, el Papa Benedicto XVI indicó a Europa el camino del quaerere Deum:
«buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que
en tiempos pasados», dijo a los representantes de la cultura francesa (11). Y
añadió una advertencia que, leída hoy, suena casi profética: «Una cultura
meramente positivista, que relegase al campo subjetivo, como no científica, la
pregunta por Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus
posibilidades más altas» (12). El cristianismo, explicaba también el Papa en
aquella sede, percibe en las palabras humanas la Palabra, el Logos mismo: las
palabras, para un cristiano, no son nunca mero instrumento, sino que participan
de la verdad que comunican (13).
Tres años más tarde aún, en el Bundestag
alemán, el Papa Benedicto XVI llevó esta reflexión al corazón mismo de la
práctica legislativa europea. «Donde la razón positivista se considera la única
cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales al estado
de subculturas, reduce al hombre, más aún, amenaza su humanidad» (14). Y se
preguntó, ante los legisladores alemanes: «¿Cómo puede la razón reencontrar su
grandeza sin resbalar en lo irracional?» (15). Es exactamente la pregunta que
quisiera plantearles hoy, Honorables parlamentarios: una legislación europea
que pretenda ser «neutral» ante toda visión antropológica, pero que de hecho
impone en todo el mundo — mediante tratados, ayudas, condicionalidades
comerciales — una específica y contestable visión del hombre, ¿no está acaso
resbalando precisamente en esa irracionalidad contra la que el Papa Benedicto
XVI nos advertía? De estos tres grandes discursos nace el puente que quiero
tender hacia el tema de hoy: la crítica a esas formas de «colonización
ideológica» que usan el derecho internacional y los financiamientos europeos o
internacionales para imponer visiones antropológicas discutibles y contestables
a pueblos que no las han elegido (16).
Los tres Papas y la colonización ideológica
Esta primacía del logos, amenazada por el
positivismo jurídico y económico, encuentra su aplicación más directa y más
dolorosa precisamente en la cuestión de la ideología de género. Fue todavía
Benedicto XVI quien, en su último discurso navideño a la Curia Romana, en
diciembre de 2012, nos ofreció la clave teológica para comprenderla. Citando
las reflexiones del rabino mayor de Francia de la época, Gilles Bernheim, el
Papa recordó cómo Simone de Beauvoir había escrito: «Mujer no se nace, se llega
a serlo» — y comentó: «el hombre discute tener una naturaleza preconstituida
por su corporeidad, que caracteriza al ser humano como hombre o como mujer […]
Niega su propia naturaleza y decide que ella no le es dada como hecho
preconstituido, sino que es él mismo quien la crea» (17). Y sacó una conclusión
severa: «Donde la libertad del hacer se convierte en libertad de hacerse a sí
mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo» (18). «Quien defiende
a Dios — concluyó Benedicto — defiende al hombre» (19).
Esta clave teológica nos permite leer en
profundidad categorías como S.O.G.I. (orientación sexual e identidad de
género), C.S.R.H.E. (educación sexual y reproductiva «comprensiva»), que
recurren con tanta insistencia en los tratados entre la Unión Europea y los
países africanos (20). No son categorías neutras: son la aplicación política y
jurídica de esa misma negación de la naturaleza dada, de ese mismo rechazo del
Creador, del que Benedicto nos hablaba.
Noten, Honorables parlamentarios y queridos
amigos, cómo estas categorías no aparecen aisladas en un solo documento, sino
que se repiten sistemáticamente — en las resoluciones parlamentarias, en los
protocolos comerciales, en los planes de acción sectoriales — hasta constituir
lo que podemos llamar — justamente — un verdadero y propio sistema (21). Un
sistema no nace por casualidad: nace de una visión del mundo coherente, que es
precisamente aquella visión secularizada e irracional, en el sentido más técnico
del término — contraria al logos — que he descrito en la apertura.
El Papa Francisco, por su parte, ha dado a
este sistema, a este fenómeno, un nombre que ya ha entrado en el lenguaje
común: «colonización ideológica». En el encuentro con las familias en Manila,
en enero de 2015, dijo con palabras que merecen ser escuchadas nuevamente en su
integridad: «Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Existen
colonizaciones ideológicas que buscan destruir a la familia […] No nacen […] de
la oración, del encuentro con Dios […] vienen de fuera, y por eso digo que son colonizaciones»
(22). Pocos días después, en la rueda de prensa en el vuelo de regreso,
Francisco fue aún más explícito, al recordar las quejas de los obispos
africanos reunidos en Sínodo: «Esto es la colonización ideológica: entran en un
pueblo con una idea que no tiene nada que ver con el pueblo […] es lo mismo que
para ciertos préstamos se imponen ciertas condiciones» (23).
Este cuadro magisterial — Benedicto XVI,
Francisco y León XIV — quisiera ahora aplicarlo, en tres etapas, a tres grandes
temas: la dignidad de la persona y la libertad religiosa; la autodeterminación
de los pueblos; África y sus relaciones con Europa y con la Iglesia.
La dignidad de la persona humana y la
libertad religiosa
1. Principio ontológico: la dignidad de la
persona y el logos
Comencemos por el fundamento de todo: la
dignidad de la persona humana. Magnifica Humanitas — cuyo mismo título
es ya un programa — nos recuerda que la persona humana, creada por Dios, es
precisamente «magnífica», irreductible a dato estadístico, a función
productiva, a preferencia subjetiva mutable (24). Todo orden social, económico,
tecnológico — insiste la encíclica — debe ser juzgado a partir de esta dignidad
y de la vocación de la persona a la comunión con Dios, no al contrario (25).
De este principio ontológico se desprende,
como su primera y más radical consecuencia, la libertad religiosa. No es un
derecho entre otros, añadido junto a otros derechos: es, como recordó el Papa
León XIV precisamente en el citado discurso al Cuerpo Diplomático, la raíz de
toda otra libertad, porque atañe a la relación constitutiva del hombre con la
verdad y con Dios (26). Negarla, restringirla o, peor, manipularla con fines de
política exterior, significa golpear al hombre en el corazón mismo de su dignidad.
No es sin significado que el Papa León XIV
haya querido vincular explícitamente su primera encíclica al magisterio social
del Papa León XIII (27). La Rerum Novarum, en 1891, defendió la familia,
el trabajo, el derecho de asociación, presentando a la Iglesia como garante de
una visión integral del hombre contra las ideologías del siglo — entonces el
colectivismo socialista y el liberalismo individualista, hoy, creo yo, la
tecnocracia económica y la ideología de género (28). Esta continuidad entre los
dos Pontífices no es casual: nos dice que la dignidad de la persona, antes
incluso de ser un principio axiológico — un valor que promover — es un
principio ontológico: un dato del ser, que ninguna mayoría parlamentaria,
ningún tratado internacional, tiene el poder de redefinir.
Esta distinción entre lo ontológico y lo
axiológico no es un tecnicismo de escuela teológica: es la clave de bóveda de
toda mi intervención. Si la dignidad fuese solo un valor, podría ser negociada,
equilibrada, suspendida en nombre de otros valores concurrentes — la eficiencia
económica, la estabilidad geopolítica, el consenso electoral. Pero si la
dignidad es un dato ontológico, precede a toda deliberación política y la
juzga: ningún parlamento, europeo o africano, la crea; todo parlamento, digno
de ese nombre, tiene la tarea de reconocerla y protegerla.
Aborto y salud y derechos sexuales y reproductivos
[SRHR]: del derecho a la vida al pretendido derecho a suprimir
Es precisamente en este terreno ontológico
donde se consuma, en nuestros días, uno de los más graves vuelcos del logos. En
junio y julio de 2022, el Parlamento Europeo adoptó resoluciones que piden a la
Comisión y a los Estados miembros «dar prioridad al acceso universal al aborto
seguro y legal» en las relaciones externas de la Unión, y que proponen incluir
el aborto entre los derechos fundamentales consagrados por la Carta de la Unión
Europea (29).
Aquí el vuelco del logos o de la razón alcanza
su punto más dramático: la falta de acceso al aborto se define como
«violencia», mientras el concebido — el más débil, el más inocente entre
nosotros — es privado de toda palabra, de toda representación, de todo derecho
(30). Las palabras «salud», «derechos», «libertad» dejan entonces de indicar
realidades ciertas, por usar aún la expresión del Papa León XIV, y se
convierten en retórica al servicio de la supresión del más débil (31). No se
trata de una opinión entre tantas: se trata de la más radical negación posible
del principio ontológico que acabo de recordar — porque niega, en la raíz, que
el concebido sea persona, incluso la mera hipótesis de que pueda serlo
verdaderamente.
Quisiera añadir una consideración que atañe
directamente a la libertad religiosa. Un sistema jurídico que eleva el aborto a
derecho fundamental en los tratados y en las relaciones externas, y que
pretende condicionar a ello la cooperación con países terceros, obliga de hecho
a Estados, comunidades religiosas, personal sanitario y educativo a adecuarse a
una visión del hombre incompatible con sus convicciones de fe. Esto no es
neutralidad: es imposición y opresión inaceptable. Es imponer por vía jurídica
y financiera una antropología específica a comunidades que no la comparten,
constituyendo, en sentido propio, una violación de la libertad religiosa y de
la libertad de conciencia — esa misma libertad que el Papa León XIV nos ha
recordado ser la raíz de toda otra libertad (32).
Vale la pena recordar que el ordenamiento
jurídico de muchos países africanos custodia aún, en su propio derecho
constitucional, un vínculo explícito entre dignidad de la persona y tutela de
la vida naciente; un vínculo que Europa, en muchos de sus ordenamientos, ha
cortado en cambio. La Constitución de Kenia, en el artículo 26, establece que
«la vida de la persona comienza en la concepción» (33). La de Uganda, en el
artículo 22, dispone que «ninguna persona tiene el derecho de poner fin a la
vida de un no nacido, salvo cuanto autorizado por la ley» (34). No es un
residuo atrasado: es, más bien, un fragmento de sabiduría jurídica, enraizado
tanto en el derecho natural como en las tradiciones religiosas africanas, que
Occidente haría bien en reconsiderar en lugar de corregir. No por casualidad,
precisamente este año, el Tribunal de Apelación de Kenia ha reafirmado con
firmeza este principio constitucional, rechazando la interpretación que
pretendía hacer del aborto un derecho fundamental (35). He aquí un ejemplo
concreto de lo que entiendo cuando hablo de autodeterminación de los pueblos,
conforme a la dignidad de la persona: un continente que, aun pobre en medios
materiales, no ha perdido la memoria de lo que es un ser humano.
Género, educación y la persona reescrita
El tercer momento de este vuelco atañe a la
educación, lugar por excelencia en el que una civilización transmite a las
nuevas generaciones la verdad sobre sí misma. El artículo 40.6 del Protocolo
África del Acuerdo de Samoa — el acuerdo marco que hoy regula las relaciones
entre la Unión Europea y los países de África, del Caribe y del Pacífico —
exige a los gobiernos socios que garanticen el acceso a una «educación sexual y
reproductiva comprensiva» (CSRHE), con remisión explícita a las directrices
técnicas internacionales sobre educación sexual (36). El «Gender Action Plan
III» de la Unión Europea, por su parte, impone un enfoque declaradamente
«gender-transformative» y establece que al menos el 85% de las nuevas acciones
exteriores de la Unión deben integrar objetivos de igualdad de género (37).
Aquí podemos aplicar directamente la crítica
del Papa Benedicto XVI a la ideología de género que he recordado: la educación
se convierte en el laboratorio en el que se enseña a los niños a considerar su
propia identidad sexual como puramente fluida y autodeterminada, desvinculada
del cuerpo, de la historia familiar, de la relación; contra ese logos de la
creación del que el Papa Ratzinger habló en Ratisbona, en París, en Berlín
(38). No debemos temer llamar a las cosas por su nombre, como nos pide el Papa
León XIV: cuando un «protocolo» o un «plan de acción» técnico impone a todo un
continente un único modelo educativo sobre la sexualidad humana, sin una
consulta real de los pueblos interesados, estamos de nuevo en presencia de esa
colonización ideológica y opresiva, denunciada muchas veces dramáticamente por
el Papa Francisco (39).
Ella se manifiesta aquí en el uso de programas
educativos y de ayudas condicionadas para penetrar en el tejido cultural de los
países africanos, redefiniendo a la persona y a la familia según estándares
occidentales secularizados que no pertenecen a la historia de esos pueblos
(40). Pues bien, Honorables parlamentarios, yo pido, con respeto, pero con la
misma firmeza, que las palabras «hombre», «mujer», «matrimonio», «familia» no
sean reducidas a construcciones sociales manipulables al gusto de las modas ideológicas
del momento, sino custodiadas como datos ontológicos de la realidad, de la
realidad creada y no autoproducida por el hombre, y, para quien es creyente,
como datos de la revelación bíblica. Es precisamente esto lo que el Papa León
XIV entiende cuando pide que las palabras vuelvan a expresar realidades ciertas
(41).
La autodeterminación de los pueblos
El artículo 1, párrafo 2, de la Carta de las
Naciones Unidas pone entre los fines mismos de la Organización el desarrollo de
relaciones amistosas entre las naciones fundadas en el respeto del principio de
igualdad de derechos y de autodeterminación de los pueblos (42). Los principios
de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] sobre
la eficacia de las ayudas al desarrollo, recordados en el dossier, reafirman
que la cooperación internacional debe alinearse con las prioridades definidas
por los países receptores, y no imponerlas desde fuera (43).
De este principio se desprende una
consecuencia que quisiera subrayar con claridad: el respeto de la historia
religiosa y cultural de un pueblo — tanto más loable cuanto más tutela la
familia, la vida, la transmisión de la fe — no es un obstáculo al desarrollo,
como a veces se insinúa en los pasillos de Bruselas, sino un requisito
elemental de justicia (44). La dignidad de la persona y la libertad religiosa
tienen también una dimensión comunitaria e histórica: un pueblo tiene el
derecho de vivir, custodiar y transmitir su propia tradición religiosa,
cultural y familiar, así como la persona singular tiene el derecho de profesar
su propia fe.
Quizás no sea superfluo recordar, en esta
sede, que el cristianismo no es para África una importación reciente ni un
residuo del colonialismo europeo, como a veces se insinúa en ciertos ambientes
secularizados. Mucho antes de que Europa evangelizara al África subsahariana en
la época moderna, el África del Norte y del Cuerno había dado ya a la Iglesia
universal algunos de sus más grandes maestros: Tertuliano, Cipriano, Atanasio,
y, por encima de todos, Agustín de Hipona, cuya reflexión sobre la relación entre
fe y razón ha nutrido durante siglos a la teología y a toda la cultura
occidental, incluido, no por casualidad, el mismo Papa Benedicto XVI. Etiopía
conserva una tradición cristiana ininterrumpida desde el siglo IV. Cuando,
pues, hablamos de autodeterminación religiosa de los pueblos africanos, no
estamos defendiendo un «particularismo tribal», contrapuesto a un pretendido
universalismo europeo: estamos defendiendo la libertad de un continente que ha
contribuido, desde los orígenes, a plasmar ese mismo logos cristiano del que
Europa hoy corre el riesgo de perder la memoria. Esto invierte, si lo pensamos
bien, la narración implícita de cierta cooperación al desarrollo, que trata a
África como discente perenne y a Europa como maestra definitiva: la historia de
la Iglesia nos dice, al contrario, que el don de la fe ha sido siempre
recíproco, y que África tiene tanto que devolver cuanto ha recibido.
El Papa Benedicto XVI, una vez más en el
Bundestag, nos ofrece aquí una categoría decisiva: la de «ecología del hombre»
y de derecho natural, un derecho que precede al poder político positivo y lo
juzga desde fuera (45). «La ley no es pura producción de la voluntad del
legislador, sino que debe reconocer una verdad sobre el hombre y sobre la
sociedad que ningún parlamento puede decretar a su gusto» (46). Ninguna
potencia, por rica o influyente que sea, puede pretender redefinir para otros
pueblos el sentido mismo de los «derechos humanos», contra su conciencia moral
y religiosa. Hacerlo no es promover los derechos humanos: es negar su
fundamento, que es precisamente la dignidad de cada pueblo a ser sujeto, y no
objeto, de su propia historia.
Quisiera añadir, a este principio, un segundo
pilar de la doctrina social de la Iglesia que ilumina bien nuestro tema: el
principio de subsidiariedad. Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus Annus,
recordó que una sociedad de orden superior no debe nunca sustituir la
iniciativa y la responsabilidad de las comunidades de orden inferior,
privándolas de sus competencias, sino que más bien debe sostenerlas en caso de
necesidad y ayudarlas a coordinar la propia acción con la de los demás
componentes sociales, en vista del bien común (47). Aplicado a las relaciones
internacionales, este principio nos dice que la Unión Europea, por más animada
que esté por buenas intenciones, no tiene la tarea de reescribir desde fuera el
derecho de familia, el derecho penal, los sistemas educativos de los Estados
africanos soberanos: tiene más bien la tarea de sostenerlos, cuando ellos lo
requieran, en la consecución de sus propios fines legítimos. La inversión de
este orden — la pretensión, es decir, de que el orden superior, supranacional,
discipline en los mínimos detalles la vida moral y familiar de los pueblos — no
es subsidiariedad, sino su exacto contrario: es una centralización ideológica,
que la doctrina social de la Iglesia ha condenado siempre, venga de donde
venga.
África: las exigencias, los sufrimientos y
la contribución pedida a Occidente y a la Iglesia
1. El sistema de condicionalidad de la
Unión Europea
Debemos reconocer que existe un sistema «de
tres niveles» a través del cual el principio de autodeterminación es — de hecho
— eludido (48). En el nivel normativo se sitúan las resoluciones del Parlamento
Europeo que ya he recordado sobre aborto y derechos LGBT+ (49). En el segundo
nivel, el jurídico-convencional, se sitúa el Acuerdo de Samoa, que contiene una
cláusula de supremacía capaz de condicionar todo el entramado de las relaciones
entre la Unión Europea y el African Caribbean and Pacific group of States
(50). En el tercer nivel, el financiero y comercial, se sitúan el Instrumento
de Vecindad, Cooperación al Desarrollo y Cooperación Internacional [NDICI], la
propuesta COM(2025)0551 ahora en discusión, y los regímenes comerciales
preferenciales (51).
Un caso concreto ilustra bien cómo estos tres
niveles se ensamblan entre sí: el de Uganda (52). Con la resolución del 20 de
abril de 2023, el Parlamento Europeo pidió a la Comisión que usara todos los
medios diplomáticos, jurídicos y financieros disponibles para disuadir al
Presidente ugandés de promulgar la ley aprobada por el Parlamento de aquel país
y, en caso de promulgación, que evaluara el retiro de las preferencias
comerciales concedidas a Uganda en el marco del régimen «Everything But Arms»,
que activara la cláusula «elementos esenciales» del Acuerdo de Cotonú y que
considerara el régimen global de sanciones de la Unión en materia de derechos
humanos; el Parlamento pidió además una estrategia de la Unión para la
despenalización universal de la homosexualidad (53). Pues bien, lo digo con
lenguaje sobrio pero firme: aquí aparece en forma acabada y verificable la
«colonización ideológica», el uso del comercio y de las finanzas para
intervenir en la legislación penal y familiar de un Estado soberano, violando
frontalmente el principio de autodeterminación de los pueblos (54).
La propuesta de reglamento COM(2025)0551,
actualmente en discusión, prevé una dotación global de 200,3 mil millones de
euros a precios corrientes para la acción exterior de la Unión, con una
asignación indicativa para África subsahariana más que duplicada respecto al
mínimo garantizado del ciclo en curso — de 29,18 a cerca de 60,5 mil millones
de euros. El lenguaje sobre la Plataforma de Pekín, sobre la CIPD, sobre la
salud sexual y reproductiva y sobre la educación sexual integral se mantiene en
el texto base y se reproduce en los pilares sectoriales de la intervención
europea, mientras que los precedentes objetivos cuantitativos vinculantes son
sustituidos por un enfoque de «mainstreaming» transversal: la condicionalidad
ideológica no desaparece, se hace más capilar y menos mensurable (55). Es aquí
donde quisiera recordar una vez más Magnifica Humanitas: la técnica y el
poder económico, nos recuerda la Encíclica del Papa León, se convierten en
instrumentos de dominio y de opresión perversa cuando no están regulados por la
caridad y por la justicia (56). La Iglesia no pide a Europa que deje de ayudar
a África — todo lo contrario — sino que pide que lo que es la «cultura de la
potencia» se transforme en «civilización del amor» (57).
Voces y sufrimientos de África, el rol de
la Iglesia y de Occidente
Permítanme ahora dar voz, en esta sede tan
simbólica, a quien no tiene voz: los mismos africanos. El dossier recoge
testimonios directos de funcionarios gubernamentales africanos que denuncian la
insistencia de la Unión Europea en categorías como SOGI [Sexual Orientation
and Gender Identity] en las negociaciones, frente al sistemático rechazo
europeo a discutir temas igualmente urgentes para África, como la restitución
de los artefactos coloniales; otros hablan abiertamente de un «hecho
consumado», resumible en la fórmula: «Si no firmas, hay consecuencias» (58). No
son palabras mías: son palabras recogidas por análisis académicos
independientes y por testigos directos, y nos dicen que el diagnóstico de un
neocolonialismo cultural no es propaganda político-eclesiástica, sino una
experiencia vivida por quien se sienta al otro lado de la mesa de negociación
(59).
No sorprende entonces que, en mayo de 2025, en
Entebbe, Uganda, parlamentarios y representantes institucionales africanos se
reunieran, en una conferencia inaugurada por el Presidente Museveni, para
proponer una Carta africana para la familia y la soberanía cultural. El
Presidente Museveni declaró en aquella ocasión, refiriéndose explícitamente al
Acuerdo de Samoa: «los exhorto a estudiar aquel documento de Samoa que habla de
todas estas cosas de las que discuten: si realmente contiene lo que se dice
sobre los derechos reproductivos, entonces tendremos que retirarnos de aquella
absurdidad, y decir a la Unión Europea que no podemos formar parte de aquella
iniquidad» (60). Palabras duras, que revelan una sustancia que hay que tomar en
serio: la dignidad de pueblos que ya no quieren ser tratados como menores de edad
bajo tutela, sino como sujetos morales, capaces de decir «no» a lo que
contradice su visión de la persona y de la familia.
Pero sería injusto, por mi parte, limitarme a
la denuncia. El Papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica postsinodal Africae
Munus, indicó con claridad lo que África espera legítimamente de Occidente
y de la Iglesia: no una injerencia ideológica, sino una auténtica solidaridad
en la reconciliación, en la justicia y en la paz, capaz de acompañar sin
sustituirse y de dar sin pretender remodelar el alma de los pueblos a su propia
imagen (61).
Esto significa, en concreto, un compromiso
renovado por la condonación de la deuda, por la transferencia de tecnologías
útiles para la salud y la agricultura, por el sostén a las redes escolares y
sanitarias que la Iglesia católica gestiona desde hace siglos en todo el
continente, a menudo en suplencia del Estado, y por la lucha común contra la
corrupción y el mal gobierno, que pesan sobre los pueblos africanos tanto como
las injerencias externas. Significa también, para la Iglesia de Occidente,
redescubrir en África no un campo misionero al que asistir, sino una fuente
viva de fe, de vocaciones, de familias numerosas y gozosas, de las que Europa,
envejecida y cansada, tiene mucho que aprender y que recibir.
Como hijo de África, quiero añadir una palabra
propia. He denunciado en varias ocasiones, y lo repito hoy en esta sede, la
voluntad de algunas potencias de imponer falsos valores a través de argumentos
políticos y financieros: en algunos países africanos se han creado verdaderos
ministerios dedicados a la teoría del género a cambio de apoyo económico (62).
He recordado también, cuando un Secretario General de las Naciones Unidas vino
a África a pedir la despenalización de la homosexualidad como condición de
civilización, que no se puede imponer a los pobres este género de absurdidades,
mientras faltan hospitales, escuelas, agua potable (63). La pobreza material de
África no le quita dignidad, ni el derecho — al contrario, quizás le confiere
un título más fuerte — de juzgar por sí misma qué es lo bueno para sus propios
hijos.
En 2015, durante el Sínodo sobre la familia,
dije, y no retracto hoy una sola palabra, que la ideología de género y el
fundamentalismo islámico representan, cada uno a su modo, dos «bestias
apocalípticas» que amenazan con destruir no solo a la familia, sino al hombre
mismo, imagen de Dios (64). Algunos juzgaron la imagen excesiva; yo sigo
creyendo que ella capta algo verdadero: ambas estas fuerzas, aun muy diferentes
en su origen y forma, comparten la pretensión de reescribir al hombre a su
antojo — la una en nombre de un pretendido progreso, la otra en nombre de un
pretendido retorno a una pureza originaria — negando en todo caso aquella
libertad religiosa y aquella dignidad de la persona que he puesto en el centro
de esta Lectio.
Quisiera cerrar compartiendo una convicción
más profunda, madurada en tantos años de servicio a la Iglesia: la crisis de la
Iglesia en Occidente y la crisis del propio Occidente son, en el fondo, la
misma crisis. Es porque la Iglesia en muchas naciones europeas ha perdido la
propia identidad, la propia voz profética, que el mismo Occidente ha perdido el
sentido de su propia civilización (65). Y añado: también en Occidente, hoy, la
libertad religiosa está amenazada (66). Aquí los tres Papas que he evocado en
esta Lectio se entrelazan en un único testimonio: el Papa Benedicto XVI
defiende la ecología del hombre y de la familia, contra el positivismo
jurídico; el Papa Francisco denuncia las colonizaciones ideológicas e invita a
un diálogo intercultural auténtico; el Papa León XIV pide que las palabras
vuelvan a expresar realidades ciertas y propone un multilateralismo purificado
de las ideologías (67). Un llamamiento que dirijo, con respeto pero sin
reticencias, a Europa y a la Iglesia de Occidente: hagan un serio examen de
conciencia. Escuchen a África. Respeten su soberanía cultural. Ofrezcan una
cooperación libre, no condicionada por agendas ideológicas. Estén dispuestos a
recibir de África lo que ella puede aún ofrecer al Occidente cansado: el
testimonio de una fe viva y de un sentido de la familia, que pueden ayudar a la
misma Europa a reencontrar el propio logos.
Conclusión: Volver al logos y a las
realidades ciertas
Honorables parlamentarios, permítanme concluir
allí donde comencé: con las palabras del Papa León XIV. Sin palabras que
vuelvan a indicar realidades ciertas, nos ha dicho el Santo Padre, no existe un
diálogo auténtico (68), incluso dentro de la Iglesia católica. Y añado: sin
logos, la diplomacia y la cooperación internacional degeneran en un juego de
fuerza enmascarado con lenguaje técnico. Quisiera entonces invitar a todo el
Parlamento Europeo y a los representantes aquí presentes, a un verdadero y propio
examen del lenguaje: decir con claridad, sin ambigüedades diplomáticas, qué se
entiende verdaderamente cuando se habla de «derechos humanos», de «salud sexual
y reproductiva», de «género», de «familia», y preguntarse, con honestidad
intelectual, si estas definiciones respetan verdaderamente la dignidad de la
persona y la libertad religiosa, o si las traicionan, bajo un lenguaje
aparentemente neutro (69).
He tratado de ofrecerles, en esta Lectio, tres
claves de lectura que se sostienen juntas como las piedras de un solo edificio.
1) La dignidad de la persona y la libertad religiosa, como raíz de toda
convivencia humana, que ninguna ideología de género o pretendida «salud
reproductiva» puede cancelar. 2) La autodeterminación de los pueblos, como
espacio de libertad en el que cada pueblo puede encarnar esta dignidad en su
propia historia religiosa y cultural, sin sufrir condicionalidades enmascaradas
como cooperación. 3) Y finalmente África — no como objeto de una ingeniería
social pensada en otro lugar, sino como sujeto de cultura, de fe, de
sufrimiento y de esperanza, para la Iglesia y para el mismo Occidente (70).
Una última palabra que nace del corazón de un
pastor africano: la historia de la fe en mi continente nos enseña que la
Iglesia crece, a menudo, precisamente en las estaciones de prueba, y que los
pueblos que custodian la propia identidad religiosa y cultural, contra toda
presión externa, son, al final, los que mejor sirven la causa de una verdadera
fraternidad universal. No pido al Parlamento Europeo un acto de fe, sino un
acto de razón: verifiquen, con los mismos instrumentos de su sabiduría
jurídica, si las palabras que pronuncian honran verdaderamente a la persona
humana, a la familia, a la libertad de los pueblos. Si lo hacen, África y
Europa caminarán juntas. Si no lo hacen, ningún tratado, por bien escrito que
esté, podrá colmar la distancia que las «palabras traicionadas» habrán cavado
entre nosotros.
Muchas gracias.
Prefecto emérito de la Congregación para el
Culto Divino
***
Notas
1. León XIV, Discurso a los Miembros del Cuerpo Diplomático
acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026: vatican.va,
http://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/
speeches/2026/january/documents/20260109-
corpo-diplomatico.html
2. Dossier «Ayudas Condicionadas» preparado
por Pro Vita & Famiglia para el Coloquio del Parlamento Europeo, Bruselas,
15 de julio de 2026 (documentación interna puesta en la base de la presente
intervención).
3. Ibid.
4. León XIV, Carta Encíclica Magnifica
Humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la
inteligencia artificial, 15 de mayo de 2026: vatican.va,
http://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/encyclicals/
documents/20260515-magnifica-humanitas.html
5. Ibid.
6. Benedicto XVI, Fe, razón y
universidad. Recuerdos y reflexiones, discurso en la Universidad de
Ratisbona, 12 de septiembre de 2006: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/it/
speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_
20060912_university-regensburg.html
7. Ibid.
8. Ibid.
9. Ibid.
10. Ibid.
11. Benedicto XVI, Encuentro con el
mundo de la cultura, Collège des Bernardins, París, 12 de septiembre de
2008: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/
it/speeches/2008/september/documents/
hf_ben-xvi_spe_20080912_parigi-cultura.html
12. Ibid.
13. Ibid.
14. Benedicto XVI, Discurso al
Bundestag alemán, Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/
it/speeches/2011/september/documents/hf_
ben-xvi_spe_20110922_reichstag-berlin.html
15. Ibid.
16. Cfr. supra, nota 2: Dossier «Europa y
África», cit.
17. Benedicto XVI, Discurso para las
felicitaciones navideñas a la Curia Romana, 21 de diciembre de 2012:
vatican.va,
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/
it/speeches/2012/december/documents/hf_
ben-xvi_spe_20121221_auguri-curia.html
18. Ibid.
19. Ibid.
20. Cfr. supra, nota 2: Dossier «Europa y
África», cit.
21. Ibid.
22. Francisco, Discurso en el
encuentro con las familias, Mall of Asia Arena, Manila, 16 de enero de
2015: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/francesco/it/speeches
/2015/january/documents/papa-francesco_20150116
_srilanka-filippine-incontro-famiglie.html
23. Francisco, Rueda de prensa
durante el vuelo de regreso desde Manila, 19 de enero de 2015, texto
íntegro en rossoporpora.org,
https://www.rossoporpora.org/rubriche/papa
-francesco/1144-summa-di-papa-francesco-
sull-ideologia-gender-con-premessa.html
24. Cfr. supra, nota 4: León XIV, Magnifica
Humanitas, cit.
25. Ibid.
26. Cfr. supra, nota 1: León XIV, Discurso
al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
27. León XIII, Carta Encíclica Rerum
Novarum, 15 de mayo de 1891: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/leo-xiii/it/encyclicals/
documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html
28. Ibid.
29. Parlamento Europeo, resolución del 9 de
junio de 2022, «Global threats to abortion rights: the possible overturning of
abortion rights in the US by the Supreme Court», y resolución del 7 de julio de
2022, 2022/2742(RSP); cfr. también Dossier «Europa y África», cit.
30. Parlamento Europeo, resolución del 7 de
julio de 2022, 2022/2742(RSP), cit.
31. Cfr. supra, nota 1: León XIV, Discurso
al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
32. Ibid.
33. Constitution of Kenya (2010), art. 26(2):
«The life of a person begins at conception»; cfr. Kenya Law Reform Commission,
https://klrc.go.ke/index.php/constitution-of-kenya/
110-chapter-four-the-bill-of-rights/112-part-2-rights-
and-fundamental-freedoms/192-26-right-to-life
34. Constitution of the Republic of Uganda
(1995), art. 22(2): «No person has the right to terminate the life of an unborn
child except as may be authorised by law».
35. Tribunal de Apelación de Kenia, sentencia
del 24 de abril de 2026 que reafirma la protección constitucional de la vida
desde la concepción, cit. en ZENIT, «Kenya's Court of Appeal reaffirms the
constitutional protection of unborn life», 2 de mayo de 2026,
https://zenit.org/2026/05/02/kenyas-supreme
-court-of-appeal-reaffirms-the-constitutional-
protection-of-unborn-life-in-a-landmark-ruling/
36. Acuerdo de asociación entre la Unión
Europea y los miembros de la Organización de los Estados de África, del Caribe
y del Pacífico (Acuerdo de Samoa), OJ L 2023/2862, Protocolo regional para
África, art. 40.6:
https://eur-lex.europa.eu/legal-content/
EN/TXT/PDF/?uri=OJ:L_202302862
37. Servicio Europeo de Acción Exterior
(SEAE), Gender Action Plan III — Towards a Gender-Equal World,
https://www.eeas.europa.eu/eeas/gender-
action-plan-iii-towards-gender-equal-world_en
38. Cfr. supra, nota 6: Benedicto XVI, Discurso
de Ratisbona, cit.
39. Cfr. supra, nota 22: Francisco, Encuentro
con las familias, Manila, cit.
40. Cfr. supra, nota 23: Francisco, Rueda
de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit.
41. Cfr. supra, nota 1: León XIV, Discurso
al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
42. Carta de las Naciones Unidas, art. 1, par.
2,
https://www.un.org/en/about-us/un-charter/full-text
43. Cfr. supra, nota 2: Dossier «Europa y
África», cit.
44. Cfr. supra, nota 1: León XIV, Discurso
al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
45. Cfr. supra, nota 14: Benedicto XVI, Discurso
al Bundestag, cit.
46. Ibid.
47. Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus
Annus, 1 de mayo de 1991, n. 48: vatican.va,
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/
it/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991
_centesimus-annus.html
48. Cfr. supra, nota 2: Dossier «Europa y
África», cit.
49. Ibid.
50. Ibid.
51. Ibid.
52. Ibid.
53. Parlamento Europeo, Resolución sobre la
situación en Uganda, Textos aprobados P9_TA(2023)0120,
https://www.europarl.europa.eu/doceo/
document/TA-9-2023-0120_EN.pdf
54. Cfr. supra, nota 23: Francisco, Rueda
de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit.
55. Cfr. supra, nota 2: Dossier «Europa y
África», cit.
56. Cfr. supra, nota 4: León XIV, Magnifica
Humanitas, cit.
57. Ibid.
58. Testimonios directos de funcionarios
gubernamentales africanos recogidos en el estudio peer-reviewed publicado en Third
World Quarterly (Taylor & Francis, 3 de noviembre de 2025; DOI:
10.1080/01436597.2025.2566237) y documentados en el Dossier «Europa y África»
preparado para el presente Coloquio.
59. Ibid.
60. Y. Museveni, declaración en la
Conferencia sobre la familia, Entebbe, mayo de 2025, cit. en Watchdog Uganda,
«President Museveni calls on Africa to defend family values and secure economic
sovereignty», 9 de mayo de 2025,
https://www.watchdoguganda.com/news/20250509
/180209/president-museveni-calls-on-africa-to-defend
-family-values-and-secure-economic-sovereignty.html
61. Benedicto XVI, Exhortación
Apostólica postsinodal Africae Munus sobre la Iglesia en África al
servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz, 19 de noviembre de
2011: vatican.va,
https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/
it/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh
_20111119_africae-munus.html
62. R. Sarah, declaraciones recogidas
en Wikiquote, entrada «Robert Sarah»,
https://en.wikiquote.org/wiki/Robert_Sarah
63. R. Sarah, declaraciones referidas
en Wikipedia, entrada «Robert Sarah»,
https://en.wikipedia.org/wiki/Robert_Sarah
64. R. Sarah, intervención en el Sínodo
de los Obispos sobre la familia, octubre de 2015, texto íntegro en National
Catholic Register, «Cardinal Sarah: ISIS and Gender Ideology Are Like
'Apocalyptic Beasts'», octubre de 2015,
https://www.ncregister.com/blog/cardinal-sarah-isis-
and-gender-ideology-are-like-apocalyptic-beasts
65. R. Sarah, entrevista, Aleteia, 17
de abril de 2019,
https://it.aleteia.org/2019/04/17/cardinal-sarah
-intervista-papa-chiesa-immigrazione-famiglia/
66. R. Sarah, declaraciones referidas
en Informazione Cattolica, 30 de noviembre de 2022,
https://www.informazionecattolica.it/
2022/11/30/il-cardinal-sarah-anche-in-
occidente-la-liberta-religiosa-e-minacciata/
67. Cfr. supra, nota 1: León XIV, Discurso
al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
68. Ibid.
69. Ibid.
70. Cfr. supra, nota 4: León XIV, Magnifica
Humanitas, cit.
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