La masonería en el siglo XIX: organización y papel internacional

MARTÍN CASTILLA






Este es el primero de una serie de artículos sobre este tema, que presento con la intención de clarificar nuestra visión con un enfoque lo más objetivo posible. Precisamente este tema exige moverse con cuidado, tratando de evitar dos terrenos pantanosos: el del mito conspirativo, que infla artificialmente la relevancia de la masonería, y el de la apología, que la presenta como una fuerza cívica más benéfica y decisiva de lo que realmente es. Intentar mantener el rigor en ese espacio intermedio —reconociendo afinidades ideológicas reales sin concederles una causalidad que no tienen, y criticando sin adoptar los marcos de quienes hacen de la masonería un chivo expiatorio— es el único modo de decir algo sensato sobre un asunto que levanta mucho ruido y aporta poca información solvente.



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La fundación oficial de la masonería moderna


La masonería especulativa moderna tiene una fecha fundacional convencionalmente aceptada: el 24 de junio de 1717, festividad de san Juan Bautista, cuando cuatro logias londinenses se unieron para constituir la Gran Logia de Londres y Westminster, más tarde denominada Gran Logia de Inglaterra. Anthony Sayer fue elegido primer Gran Maestre. Este acto marca el paso de la llamada masonería «operativa» (los gremios medievales de constructores de catedrales) a la masonería «especulativa» o filosófica, abierta a caballeros, intelectuales y burgueses sin oficio constructor. Estos adoptaron los símbolos del arte de construir como alegorías morales y espirituales.


Algunos historiadores modernos, como Andrew Prescott o Ric Berman, han matizado este relato tradicional, sugiriendo que la fundación pudo ser algo posterior (hacia 1721) y que el relato de 1717 se elaboró retrospectivamente. En todo caso, la fecha de 1717 sigue siendo la oficial y la celebrada por la propia institución.


Se considera que su documento fundacional son las Constituciones de Anderson, aprobadas en 1723. Véase el anexo al final de este artículo.


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En el siglo XIX



El siglo XIX fue probablemente el periodo de mayor influencia política y cultural de la masonería en la historia moderna. Tras su nacimiento formal en 1717 con la fundación de la Gran Logia de Londres, la masonería se expandió durante el siglo XVIII, pero fue en el XIX cuando alcanzó su máxima importancia como red internacional de sociabilidad y de acción política.



Organización interna

 

La estructura masónica del XIX se articulaba en varios niveles. La célula básica era la logia, donde se reunían los miembros locales bajo la dirección de un Venerable Maestro. Las logias se agrupaban bajo obediencias u órdenes nacionales, como el Gran Oriente de Francia, la Gran Logia Unida de Inglaterra (formada en 1813 tras la unión de "Antiguos" y "Modernos"), el Gran Oriente de Italia o el Gran Oriente de España, entre muchas otras.

 

Coexistían además diversos ritos (conjuntos de grados y ceremonias), siendo los más extendidos el Rito Escocés Antiguo y Aceptado —con 33 grados—, el Rito Francés o Moderno, y el Rito de York, muy implantado en el mundo anglosajón. Esta pluralidad ritual generaba una geografía masónica compleja, con reconocimientos mutuos entre obediencias que podían romperse por disputas doctrinales.

 

El rasgo más distintivo del siglo fue precisamente una gran escisión: en 1877 el Gran Oriente de Francia suprimió la obligatoriedad de la creencia en el "Gran Arquitecto del Universo", abriendo la puerta a masones agnósticos y ateos. Esto provocó la ruptura con la masonería anglosajona, que mantuvo el requisito de la fe en un Ser Supremo y dejó de reconocer a los masones franceses. Desde entonces suele distinguirse entre una masonería regular (anglosajona, teísta) y otra liberal o adogmática (de tradición latina, más permeable al librepensamiento).

 

 

Papel internacional e ideológico

 

La masonería decimonónica funcionó como una vasta red transnacional de sociabilidad burguesa. Sus logias eran espacios donde convergían intelectuales, militares, comerciantes, profesionales liberales y políticos, y donde se difundían los valores ilustrados: tolerancia, fraternidad universal, libertad de conciencia, igualdad ante la ley y, con matices según el país, el laicismo.

 

En Europa continental, la masonería se identificó en buena medida con las causas liberales y nacionales. En Italia, figuras del Risorgimento como Giuseppe Garibaldi y Giuseppe Mazzini estuvieron vinculadas a logias o a sociedades afines como la Carbonería, y la unificación italiana tuvo un fuerte componente masónico. En Francia, la masonería desempeñó un papel clave en la consolidación de la Tercera República y en las leyes laicas de los años 1880 (escuela laica, separación de Iglesia y Estado en 1905). En el mundo germánico y centroeuropeo tuvo más dificultades, siendo perseguida o tolerada según el régimen.

 

En América Hispana, la masonería fue decisiva en los procesos de independencia y en la construcción de los nuevos Estados. Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O'Higgins, Benito Juárez o, más tarde, José Martí, estuvieron vinculados a la masonería. Las logias sirvieron como espacios de conspiración, coordinación política y difusión de ideas republicanas y liberales, así como de enfrentamiento con el poder eclesiástico en las llamadas «guerras culturales» del último tercio del siglo.

 

En España, la masonería tuvo una presencia oscilante, muy perseguida bajo Fernando VII, con cierta expansión en el Sexenio Democrático (1868-1874) y durante la Restauración, ligada a los sectores republicanos, krausistas y progresistas. Nombres como Práxedes Mateo Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla o Nicolás Salmerón estuvieron asociados a la orden.

 

En el mundo anglosajón (Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Australia) la masonería adoptó un carácter más conservador, filantrópico y socialmente integrado, menos politizado que en los países latinos, y ejerció considerable influencia a través de la sociabilidad de las élites.

 

 

Oposición y mito conspirativo

 

La expansión masónica generó una reacción virulenta, sobre todo desde la Iglesia católica, que condenó repetidamente a la orden (ya desde la bula In eminenti de Clemente XII en 1738, pero con especial dureza en la Humanum genus de León XIII en 1884). Esta condena alimentó una imaginería antimasónica —la masonería como conspiración oculta contra el trono y el altar— que tuvo enorme éxito editorial, del que el caso más célebre fue el fraude de Léo Taxil en la década de 1890 (farsa antimasónica montada por el escritor francés Léo Taxil, quien simuló una conversión al catolicismo e inventó historias falsas sobre masones adoradores de Satanás, engañando a la Iglesia católica y a la opinión pública durante años antes de confesar la broma en 1897). Este imaginario conspirativo cuajaría en el siglo XX en formas más sombrías.

 

 

Límites y ambivalencias

 

Conviene evitar tanto la visión hagiográfica como la conspirativa. La masonería nunca fue un bloque monolítico: las obediencias rivalizaban entre sí, había masones en bandos políticos opuestos, y su influencia real variaba enormemente según el país y el momento. Más que un poder oculto que movía los hilos de la historia, fue una infraestructura de sociabilidad que canalizó proyectos políticos muy diversos, predominantemente, aunque no exclusivamente, de signo liberal, republicano y laicista en el mundo latino, y más conservador y filantrópico en el anglosajón.


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ANEXO

Las Constituciones de Anderson (1723)

 

En 1721, la Gran Logia encargó a James Anderson la redacción de un texto normativo que unificara las tradiciones dispersas de las logias. El resultado se publicó en Londres en 1723 con el título completo The Constitutions of the Free-Masons. Containing the History, Charges, Regulations, etc. of that Most Ancient and Right Worshipful Fraternity. Se imprimió una segunda edición revisada en 1738. La obra se convirtió en el texto fundacional de la masonería especulativa y, con variantes, sigue siendo referencia normativa en muchas obediencias hasta hoy.

 

El libro aparece estructurado en cuatro grandes partes:

 

1. La primera parte es una historia mítica de la masonería, que Anderson hace remontar nada menos que a Adán, pasando por Noé, Nimrod, Moisés, Salomón (constructor del Templo), los arquitectos griegos y romanos, los constructores góticos medievales, hasta desembocar en la Inglaterra moderna. Esta «historia» no pasa de ser legendaria, y funciona como relato fundacional simbólico y fantástico: la masonería se presenta como custodia de una sabiduría arquitectónica y moral transmitida desde los orígenes de la humanidad.

 

2. La segunda parte, la más influyente doctrinalmente, contiene los «Old Charges» o Antiguos Deberes, seis obligaciones morales y cívicas del masón. El primer deber, titulado Concerning God and Religion, es históricamente decisivo: establece que el masón está obligado a obedecer la ley moral, y que si bien en tiempos antiguos los masones debían profesar la religión del país donde vivieran, «ahora se considera más conveniente obligarlos solo a aquella religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejando a cada uno sus propias opiniones». Esta fórmula, deliberadamente ambigua, abrió la puerta a la tolerancia religiosa dentro de la logia, al principio de la fraternidad universal por encima de confesiones, y —según interpretan algunos— al deísmo ilustrado como mínimo común denominador. Los demás deberes regulan la obediencia al poder civil, la conducta en la logia, el comportamiento con los hermanos y el trato fuera de la logia.

 

3. La tercera parte son las Regulaciones Generales, 39 normas prácticas sobre el gobierno de las logias, la elección de cargos, la admisión de candidatos, las cuotas, y la relación con la Gran Logia.

 

4. La cuarta incluye canciones masónicas para diversos grados y ocasiones, que muestran el carácter convivencial y ritual de la institución.

 

 

La importancia histórica del texto

 

Estas Constituciones son un documento característico de la Ilustración temprana: proponen una sociabilidad basada en la razón, la virtud moral, la tolerancia religiosa, la igualdad fraternal entre miembros (aunque restringida a varones libres y de buena reputación) y la lealtad al orden civil. Precisamente esa primera obligación sobre religión fue la que provocó la condena pontificia: Clemente XII, en la bula In eminenti apostolatus specula (1738), prohibió a los católicos pertenecer a la masonería, condena reiterada después por numerosos pontífices, culminando en la encíclica Humanum genus de León XIII (1884), que ofrece la crítica católica más sistemática del proyecto masónico.