La masonería y los procesos de independencia hispanoamericanos

MARTÍN CASTILLA





La cuestión de la incidencia masónica en las independencias americanas ha sido uno de los debates historiográficos más polémicos y, a menudo, más distorsionados del siglo XIX atlántico. Entre la tesis masónica tradicional, que convirtió a la orden en motor casi exclusivo de la emancipación, y la tesis hipercrítica, que la reduce a una anécdota, la historiografía reciente ha ido estableciendo una imagen más matizada: la masonería no «hizo» las independencias, pero sí proporcionó una infraestructura organizativa, un lenguaje simbólico y una red transnacional sin los cuales difícilmente se entienden ni los ritmos ni las formas de los procesos emancipadores.

 

 

El contexto: sociabilidad ilustrada y crisis del orden virreinal

 

La masonería llegó a América hispana a lo largo del siglo XVIII, sobre todo a través de tres vías: los puertos comerciales (La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias, Buenos Aires), las redes militares (oficiales españoles formados en academias europeas) y, de modo decisivo, los viajes formativos de los jóvenes criollos ilustrados a Europa, especialmente a España, Francia e Inglaterra.

 

A finales del XVIII y comienzos del XIX, la monarquía española mantenía una prohibición formal de la masonería (desde la bula In eminenti de 1738), lo que obligó a la orden a una existencia semiclandestina. Esto condicionó desde el principio su perfil americano: a diferencia de la masonería británica o norteamericana, que era una sociabilidad relativamente pública, la masonería hispanoamericana nació marcada por la clandestinidad, lo que facilitó su deslizamiento hacia funciones políticas conspirativas.

 

Tres factores precipitaron el salto de la sociabilidad ilustrada a la acción independentista: la Revolución Francesa y su impacto en el imaginario criollo; la independencia de los Estados Unidos como modelo republicano próximo; y, sobre todo, la crisis de la monarquía hispánica tras la invasión napoleónica de 1808, que abrió un vacío de legitimidad política del que supieron aprovecharse las logias y sociedades afines.

 

 

Las logias como estructura conspirativa: el caso paradigmático de la Gran Reunión Americana

 

El episodio más claro y mejor documentado de acción masónica (o paramasónica) en las independencias es el de la red impulsada por Francisco de Miranda desde Londres. Hacia 1797-1798, Miranda organizó en la capital británica la Gran Reunión Americana, conocida también como Logia de los Caballeros Racionales o, más tarde, Logia Lautaro (nombre tomado del caudillo mapuche que venció a Pedro de Valdivia, símbolo antiespañol). Se trataba de una sociedad secreta de estructura masónica, con ritual de iniciación, juramentos, contraseñas y grados, pero con una finalidad política explícita: la independencia de la América española y el establecimiento de repúblicas.

 

Por esta red pasaron los nombres que marcarían las dos décadas siguientes.

 

Simón Bolívar fue iniciado hacia 1803-1806, probablemente en Cádiz o en París, y entró en contacto con Miranda en Londres en 1810.

 

José de San Martín se inició en la Logia Integridad de Cádiz y después en la Gran Reunión Americana de Londres (hacia 1811), antes de fundar en Buenos Aires, junto con Carlos María de Alvear, la Logia Lautaro porteña en 1812, matriz de las logias homónimas que se crearían en Santiago de Chile (1817) y Lima (1822) a medida que avanzaba el Ejército de los Andes.

 

Bernardo O'Higgins fue iniciado por el propio Miranda en Londres en 1798.

 

La Logia Lautaro bonaerense es quizá el caso más nítido de logia operativamente política: sus miembros juraban trabajar por la independencia y la forma republicana, votaban en bloque en las asambleas, ocupaban cargos del gobierno y coordinaban la política militar y diplomática. Durante varios años funcionó como un poder paralelo dentro de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

 

 

Nueva España y el Caribe: la peculiaridad mexicana

 

El caso mexicano tiene características propias. La fase inicial insurgente (Hidalgo, Morelos, 1810-1815) no fue principalmente masónica, sino más bien popular y de raíz eclesiástica heterodoxa, con elementos ilustrados. La consumación de la independencia en 1821, con Agustín de Iturbide y el Plan de Iguala, tuvo un componente masónico del Rito Escocés, vinculado a los sectores más conservadores y monárquicos.

 

Fue en la etapa republicana temprana, durante los años 1820, cuando la masonería se convirtió en eje estructurante de la vida política mexicana, con el enfrentamiento entre escoceses (centralistas, conservadores, vinculados a las élites peninsulares y criollas tradicionales) y yorkinos (federalistas, liberales, impulsados por el embajador estadounidense Joel Poinsett desde 1825). Esta polarización entre logias, que anticipó y encauzó la división entre liberales y conservadores, condicionó la vida política mexicana durante décadas. Figuras como Benito Juárez, iniciado en el Rito Nacional Mexicano, darían continuidad a la tradición liberal masónica en la reforma.

 

En el Caribe hispano, la masonería fue también decisiva en los proyectos independentistas cubanos y puertorriqueños de la segunda mitad del siglo, culminando en figuras como José Martí, aunque esto ya desborda el ciclo emancipador continental.

 

 

Funciones específicas que desempeñó realmente la masonería

 

Conviene precisar en qué planos operó efectivamente la incidencia masónica, evitando tanto la sobrevaloración como la minimización:

 

Como red transnacional, proporcionó canales de comunicación, alojamiento, credenciales y contactos en Londres, París, Cádiz, Filadelfia, Kingston y los puertos americanos. Miranda, Bolívar o San Martín se movieron por una geografía atlántica donde las logias funcionaban como puntos de apoyo logístico.

 

Como infraestructura organizativa, ofreció un modelo probado de sociedad secreta (con rituales de iniciación, compartimentación, jerarquías y disciplina interna) especialmente útil en contextos donde la conspiración política era delito. Las Logias Lautaro adaptaron este modelo a la acción política directa.

 

Como laboratorio ideológico, difundió un corpus de valores (soberanía popular, derechos naturales, tolerancia religiosa, fraternidad universal, república) que, aunque no eran exclusivamente masónicos, encontraron en las logias un ámbito privilegiado de discusión y transmisión. El lenguaje masónico (templo, arquitecto, luces, fraternidad) impregnó la retórica emancipadora.

 

Como espacio de sociabilidad interclasista dentro de la élite, permitió el encuentro entre criollos americanos, liberales peninsulares, militares, comerciantes y funcionarios, tejiendo lealtades que trascendían las fronteras del Imperio.

 

 

Límites, matices y cautelas historiográficas

 

Expuesto lo anterior, hay tres cautelas que resultan imprescindibles.

 

Primera: no toda logia fue independentista ni todo masón fue insurgente. Hubo masones realistas, masones peninsulares contrarios a la emancipación, y masones americanos partidarios de la monarquía constitucional más que de la república. La masonería fue más un instrumento que una ideología unívoca.

 

Segunda: la distinción entre «logia masónica regular» y «sociedad secreta de tipo masónico» o «paramasónico» es crucial y a menudo se diluye. La Gran Reunión Americana, las Logias Lautaro, la Sociedad de los Caballeros Racionales o los clubes patrióticos adoptaron formas masónicas, pero su finalidad política explícita las situaba fuera de la masonería regular propiamente dicha. Gran parte de lo que la tradición ha llamado «acción masónica» fue en realidad acción de estas sociedades político-iniciáticas.

 

Tercera: la documentación es problemática. La clandestinidad obligó a destruir archivos, y buena parte de lo que sabemos procede de memorias posteriores, testimonios indirectos o fuentes hostiles (informes inquisitoriales, denuncias realistas) cuya fiabilidad exige cautela. Esto ha favorecido tanto la mitificación hagiográfica como la exageración conspirativa.

 

La historiografía actual, con autores como Ferrer Benimeli, Eyzaguirre, Martínez Esquivel o, en otra línea, más discutible, los trabajos sobre sociabilidades políticas de François-Xavier Guerra, tiende a situar a la masonería dentro de un campo más amplio de «nuevas sociabilidades» ilustradas (tertulias, cafés, sociedades económicas, logias, clubes patrióticos) que en conjunto erosionaron el orden virreinal y configuraron la esfera pública moderna en Hispanoamérica.

 

 

Conclusión

 

La masonería no fue la causa de las independencias hispanoamericanas, que respondieron a factores estructurales mucho más amplios: crisis de la monarquía, tensiones entre criollos y peninsulares, desigualdades económicas, impacto de las revoluciones atlánticas. Pero proporcionó a las élites emancipadoras algo que ningún otro espacio de la época podía ofrecer en la misma medida: una red internacional, una estructura organizativa probada para la conspiración, un lenguaje compartido y un conjunto de valores ilustrados. Sin Miranda en Londres, sin las Logias Lautaro coordinando los ejércitos libertadores, sin la sociabilidad masónica en los puertos atlánticos, las independencias quizá habrían ocurrido de todos modos, pero no del mismo modo, ni con los mismos protagonistas, ni con el mismo horizonte republicano.

 

La paradoja final es significativa: una institución nacida en la Inglaterra protestante del siglo XVIII terminó siendo, en su adaptación hispanoamericana, uno de los vehículos más eficaces en la difusión de la Leyenda negra, así como para la disolución del vínculo entre la América española y la metrópoli católica, y para fundar, sobre sus ruinas, una veintena de repúblicas que, con sus contradicciones, pronto harían fracasar el ideario ilustrado que circulaba por las logias como ideología legitimadora, movilizadora y encubridora de los verdaderos intereses creados. Aún está por elucidar en qué medida fueron decisivos en esos procesos unos comportamientos que solo cabe calificar de traición.