La masonería en el siglo XIX: organización y papel internacional
MARTÍN CASTILLA
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Este es el primero de una serie de siete artículos sobre
este tema, que presento con la intención de clarificar nuestra visión con un
enfoque lo más objetivo posible. Precisamente este tema exige moverse con
cuidado, tratando de evitar dos terrenos pantanosos: el del mito conspirativo,
que infla artificialmente la relevancia de la masonería, y el de la apología,
que la presenta como una fuerza cívica más benéfica y decisiva de lo que
realmente es. Intentar mantener el rigor en ese espacio intermedio —reconociendo
afinidades ideológicas reales sin concederles una causalidad que no tienen, y
criticando sin adoptar los marcos de quienes hacen de la masonería un chivo
expiatorio— es el único modo de decir algo sensato sobre un asunto que levanta
mucho ruido y aporta poca información solvente.
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El siglo XIX fue probablemente el periodo de mayor
influencia política y cultural de la masonería en la historia moderna. Tras su
nacimiento formal en 1717 con la fundación de la Gran Logia de Londres, la
masonería se expandió durante el siglo XVIII, pero fue en el XIX cuando alcanzó
su máxima importancia como red internacional de sociabilidad y de acción
política.
Organización interna
La estructura masónica del XIX se articulaba en varios
niveles. La célula básica era la logia, donde se reunían los miembros
locales bajo la dirección de un Venerable Maestro. Las logias se agrupaban bajo
obediencias u órdenes nacionales, como el Gran Oriente de
Francia, la Gran Logia Unida de Inglaterra (formada en 1813 tras la unión de
"Antiguos" y "Modernos"), el Gran Oriente de Italia o el
Gran Oriente de España, entre muchas otras.
Coexistían además diversos ritos (conjuntos de grados
y ceremonias), siendo los más extendidos el Rito Escocés Antiguo y Aceptado
—con 33 grados—, el Rito Francés o Moderno, y el Rito de York, muy implantado
en el mundo anglosajón. Esta pluralidad ritual generaba una geografía masónica
compleja, con reconocimientos mutuos entre obediencias que podían romperse por
disputas doctrinales.
El rasgo más distintivo del siglo fue precisamente una gran
escisión: en 1877 el Gran Oriente de Francia suprimió la obligatoriedad de la
creencia en el "Gran Arquitecto del Universo", abriendo la puerta a
masones agnósticos y ateos. Esto provocó la ruptura con la masonería
anglosajona, que mantuvo el requisito de la fe en un Ser Supremo y dejó de
reconocer a los masones franceses. Desde entonces suele distinguirse entre una
masonería regular (anglosajona, teísta) y otra liberal o adogmática
(de tradición latina, más permeable al librepensamiento).
Papel internacional e ideológico
La masonería decimonónica funcionó como una vasta red
transnacional de sociabilidad burguesa. Sus logias eran espacios donde
convergían intelectuales, militares, comerciantes, profesionales liberales y
políticos, y donde se difundían los valores ilustrados: tolerancia, fraternidad
universal, libertad de conciencia, igualdad ante la ley y, con matices según el
país, el laicismo.
En Europa continental, la masonería se identificó en
buena medida con las causas liberales y nacionales. En Italia, figuras del
Risorgimento como Giuseppe Garibaldi y Giuseppe Mazzini estuvieron vinculadas a
logias o a sociedades afines como la Carbonería, y la unificación italiana tuvo
un fuerte componente masónico. En Francia, la masonería desempeñó un papel
clave en la consolidación de la Tercera República y en las leyes laicas de los
años 1880 (escuela laica, separación de Iglesia y Estado en 1905). En el mundo
germánico y centroeuropeo tuvo más dificultades, siendo perseguida o tolerada
según el régimen.
En América Hispana, la masonería fue decisiva en los
procesos de independencia y en la construcción de los nuevos Estados. Simón
Bolívar, José de San Martín, Bernardo O'Higgins, Benito Juárez o, más tarde,
José Martí, estuvieron vinculados a la masonería. Las logias sirvieron como
espacios de conspiración, coordinación política y difusión de ideas
republicanas y liberales, así como de enfrentamiento con el poder eclesiástico
en las llamadas «guerras culturales» del último tercio del siglo.
En España, la masonería tuvo una presencia oscilante,
muy perseguida bajo Fernando VII, con cierta expansión en el Sexenio
Democrático (1868-1874) y durante la Restauración, ligada a los sectores
republicanos, krausistas y progresistas. Nombres como Práxedes Mateo Sagasta,
Manuel Ruiz Zorrilla o Nicolás Salmerón estuvieron asociados a la orden.
En el mundo anglosajón —Reino Unido, Estados Unidos,
Canadá, Australia— la masonería adoptó un carácter más conservador,
filantrópico y socialmente integrado, menos politizado que en los países
latinos, y ejerció considerable influencia a través de la sociabilidad de las
élites.
Oposición y mito conspirativo
La expansión masónica generó una reacción virulenta, sobre
todo desde la Iglesia católica, que condenó repetidamente a la orden (ya desde
la bula In eminenti de Clemente XII en 1738, pero con especial dureza en
la Humanum genus de León XIII en 1884). Esta condena alimentó una
imaginería antimasónica —la masonería como conspiración oculta contra el trono
y el altar— que tuvo enorme éxito editorial, del que el caso más célebre fue el
fraude de Léo Taxil en la década de 1890 (farsa antimasónica montada por el escritor
francés Léo Taxil, quien simuló una conversión al catolicismo e inventó
historias falsas sobre masones adoradores de Satanás, engañando a la Iglesia católica
y a la opinión pública durante años antes de confesar la broma en 1897). Este
imaginario conspirativo cuajaría en el siglo XX en formas más sombrías.
Límites y ambivalencias
Conviene evitar tanto la visión hagiográfica como la
conspirativa. La masonería nunca fue un bloque monolítico: las obediencias
rivalizaban entre sí, había masones en bandos políticos opuestos, y su
influencia real variaba enormemente según el país y el momento. Más que un
poder oculto que movía los hilos de la historia, fue una infraestructura de
sociabilidad que canalizó proyectos políticos muy diversos, predominantemente,
aunque no exclusivamente, de signo liberal, republicano y laicista en el mundo
latino, y más conservador y filantrópico en el anglosajón.
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