La carga
insensata que condenó a Jerusalén: 140 caballeros frente a 7.000 en
Cresson
RAYMOND IBRAHIM
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Una advertencia contra la desunión y la
soberbia de los cristianos.
En
mayo DE 1187, la historia fue
testigo de uno de los mayores desastres de toda la era de las Cruzadas,
hecho
que se inscribe de lleno en los temas de mi último libro, The
Two Swords of Christ: a saber, los caballeros del Temple y del
Hospital.
Conviene
revisarlo brevemente, sobre
todo porque pone de manifiesto los peligros de la desunión y la
soberbia entre
los cristianos.
Hacia
1185, el Reino Latino de
Jerusalén se hallaba cercado por las fuerzas de Saladino, asentadas en
Egipto y
en Siria. Ese mismo año fue testigo de la muerte del leproso pero
valeroso rey
Balduino IV, lo cual hizo que el trono pasara brevemente al niño
Balduino V y,
después, en medio de la controversia y de las divisiones entre
facciones, a
Guido de Lusignan.
La
sucesión agudizó las fracturas que
ya existían en el seno de la élite franca, en particular entre Guido y
Raimundo
de Trípoli, cuya negativa a aceptar al nuevo rey desembocó en una
hostilidad
abierta y en la parálisis política. Hacia 1187, Raimundo había llegado
incluso
a establecer un entendimiento temporal con Saladino, al concederle paso
a sus
fuerzas a través de Galilea.
Guido,
deseoso de revertir la
situación, envió una delegación de personajes notables para parlamentar
con
Raimundo; entre ellos figuraban los maestres del Temple y del Hospital,
Gerard
de Ridefort y Roger de Moulins, respectivamente.
Pero
ya era demasiado tarde: Saladino
había invadido el reino, había puesto sitio a Kerak —donde aquel «mayor
de los
infieles», Reinaldo de Châtillon, se hallaba refugiado— y había
despachado un
nutrido contingente, al mando de su hijo, para asolar la región de Acre.
La
delegación enviada por Guido a
Raimundo lo ignoraba todo cuando, el 30 de abril, sus miembros se
separaron
temporalmente cerca de Nazaret: los maestres del Temple y del Hospital
se
dirigieron al castillo templario de La Fève. Una vez que «los dos
maestres
recibieron la noticia de que un destacamento de sarracenos había
cruzado la
frontera, su delicada misión de paz quedó por completo en el olvido y
sus
instintos guerreros tomaron por entero el mando», escribe un
historiador. «Si
los infieles habían tenido la osadía de penetrar en tierras cristianas,
solo
cabía un curso de acción para los caballeros de las órdenes militares»:
la
guerra sin negociación posible.
Al
día siguiente mismo, el 1 de mayo
de 1187, los dos maestres reunieron a cuantos caballeros pudieron —140
en
total, la mayoría templarios, unos noventa, junto con algunos
auxiliares— y
emprendieron la persecución. Dieron alcance a los musulmanes mientras
estos
abrevaban sus monturas en las Fuentes de Cresson, en las inmediaciones
de
Nazaret: 7.000 en total.
Frente
a tan desesperadas
circunstancias, tanto el mariscal del Temple, Roberto Fraisnel, como el
maestre
del Hospital aconsejaron la retirada. El maestre templario, Ridefort,
exaltado
de notoriedad desde el principio, no quiso ni oír hablar de ello y
acusó a
ambos de cobardía.
«¡Amas
demasiado tu rubia cabeza para
querer perderla!», espetó al mariscal, a lo que el agraviado capitán
del
ejército replicó con frialdad: «Yo moriré en la batalla como un
valiente. Eres
tú quien huirá como un traidor».
Indignado
por la insolencia de su
subordinado, Ridefort ordenó al instante que sonaran las trompetas. Se
oyó el
grito de combate, y los caballeros, en inferioridad numérica de hasta
40 a 1,
cargaron hacia una muerte segura.
En
un primer momento, la sola visión
de aquellos enloquecidos dejó estupefactos a sus enemigos. Según un
testigo
árabe, entre los musulmanes «hasta la cabellera más negra encaneció de
espanto
cuando los jinetes francos se precipitaron sobre ellos».
Aunque
apenas se conservan testimonios
escritos sobre la batalla en sí, como reflejo de lo que verosímilmente
sucedió
en circunstancias tan extremas, considérense las palabras del
historiador
Joseph-François Michaud sobre la naturaleza de las cargas desesperadas
de los
cruzados:
«Las
antiguas crónicas, al celebrar el
valor de los caballeros cristianos, refieren prodigios que hoy nos
cuesta mucho
creer. Estos héroes indomables, después de haber agotado sus flechas,
se
arrancaban del cuerpo aquellas que los habían atravesado y las
arrojaban de
nuevo contra el enemigo; agobiados por la fatiga y el calor, bebían su
propia
sangre y reanimaban sus fuerzas con el mismo medio que debía
debilitarlas; al
fin, tras quebrar sus lanzas y sus espadas, se lanzaban sobre sus
enemigos,
combatían cuerpo a cuerpo, rodando por el polvo con los guerreros
musulmanes, y
morían amenazando a sus vencedores.»
Sin
embargo, dada la desproporción
numérica, resultaba imposible que los cruzados pudieran mantener el
ritmo de
aquel frenesí desbocado, y la masacre general fue inevitable.
Al
final, solo tres cristianos
sobrevivieron a la carnicería; muchos caballeros notables cayeron aquel
día,
entre ellos el maestre del Hospital, Roger de Moulins, cuyo cuerpo fue
hallado
acribillado de flechas y (finalmente) atravesado por una lanza.
Auténtico
representante del Hospital, este guerrero de Dios «nunca permitió
olvidarse de
los originarios fines caritativos para los que se había fundado su
Orden», y
fue elogiado por el cronista oficial de la Orden como «un hombre de
gran
sabiduría y vigoroso en la batalla, un hombre bueno y piadoso y de muy
elevado
espíritu, y amaba mucho a sus hermanos, y a nuestros señores los
enfermos».
Resulta
significativo que, tal como
había vaticinado el mariscal templario Roberto Fraisnel, quien también
halló la
muerte combatiendo, uno de los tres cristianos que escaparon a la
matanza fue
Gerard de Ridefort, el maestre templario: gravemente herido y
maltrecho, huyó
del campo de batalla junto con otros dos caballeros, mientras los
vencedores
musulmanes decapitaban metódicamente los cuerpos de los caídos,
colocando sus
cabezas en la punta de las lanzas entre triunfales gritos de «¡Alahú
akbar!»
Tras
afirmar que «templarios y
hospitalarios eran la columna vertebral de los ejércitos francos», el
cronista
musulmán Ibn al-Athir se ufana de que «la noticia gozosa [de Cresson]
se
difundió a lo largo y a lo ancho» entre los musulmanes, junto con el
dato de
que «entre los muertos se hallaba el maestre del Hospital… que tanto
daño había
causado a la causa del islam».
Cresson
constituye, en último término,
un recordatorio de los peligros de la desunión. En el preciso momento
en que la
cooperación y la cohesión resultaban más necesarias, los cristianos
estaban
divididos: príncipes enfrentados entre sí, treguas pactadas con el
enemigo y
comandantes movidos más por la soberbia que por la prudencia. La
aniquilación
de tantos caballeros experimentados en una sola carga temeraria no se
limitó a
debilitar el brazo militar del reino; envalentonó a Saladino y
prefiguró la catástrofe
que pronto habría de llegar. En el plazo de unos pocos meses, ese mismo
liderazgo fracturado y aquella fatal impetuosidad culminarían en el
desastre,
mucho mayor, de Hattin, y en la pérdida de la propia Jerusalén
cristiana.
La
batalla de Cresson se erige así como una severa
lección: ni siquiera los más valientes guerreros, por feroz que sea su
celo,
pueden resistir al enemigo cuando se hallan divididos entre sí.
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