¿Es el terrorismo el arma de los débiles?

RAYMOND IBRAHIM





Vuelve el mantra del «agravio musulmán». La guerra de Israel en Gaza, se nos dice de nuevo, va a incitar a los musulmanes agraviados de todo el mundo a recurrir al terrorismo, el «arma de los débiles».


Así, durante una reciente audiencia del Senado estadounidense sobre las amenazas a la seguridad mundial, la máxima responsable de los servicios de inteligencia estadounidenses, Avril Haines, «advirtió que la guerra en Gaza podría envalentonar a los grupos terroristas, que están alineados en su oposición a Estados Unidos por su apoyo a Israel».


Del mismo modo, Reuters informa de que:


«Los responsables de seguridad europeos ven un riesgo creciente de atentados por parte de islamistas radicalizados por la guerra entre Israel y Hamás, y la mayor amenaza probablemente proceda de atacantes "lobos solitarios" difíciles de rastrear.»


Esta opinión de que la mayor parte del terrorismo musulmán es producto de la rabia de los musulmanes contra Israel y sus partidarios –Estados Unidos en particular– se remonta a décadas atrás y ha sido defendida por un amplio abanico de políticos, intelectuales, periodistas y medios de comunicación en general. Según esta lógica, dado que el Estado judío es más fuerte que los palestinos y los vecinos musulmanes en general, estos últimos, que a menudo son descritos como «desvalidos» frustrados, tienden a responder de cualquier forma posible –es decir, con el terrorismo– en un esfuerzo por lograr «justicia» o, al menos, venganza.



Los matones del mundo


Sin embargo, como ocurre con todos los relatos falsos, su supervivencia se basa en ocultar la imagen más amplia y completa, como se refleja en la siguiente pregunta: Si los musulmanes obtienen aprobación cuando su violencia y terrorismo se dirigen contra los más fuertes que ellos, ¿cómo se puede racionalizar su violencia y terrorismo cuando se dirigen contra los más débiles que ellos –por ejemplo, contra millones de cristianos autóctonos que viven en el mundo musulmán–?


Según estadísticas fiables publicadas anualmente, casi 40 de las 50 naciones donde más se persigue a los cristianos son musulmanas. Once de las 13 peores naciones donde los cristianos experimentan una «extrema persecución» son también musulmanas.


¿Es esto también culpa de Israel? No, las racionalizaciones utilizadas para minimizar la violencia musulmana contra Israel simplemente no pueden funcionar aquí, ya que en tales casos los musulmanes son la gran mayoría –y son ellos los que violentan y oprimen a sus minorías–. En otras palabras, la persecución a los cristianos es quizá el ejemplo más evidente de un fenómeno que los medios de comunicación dominantes quieren ignorar, para que no exista: el supremacismo islámico, que garantiza que el conflicto árabe-israelí continúe a perpetuidad.



¿Coexistencia pacífica?


Los cristianos del mundo islámico, muy superados en número y marginados políticamente, solo desean practicar su religión en paz, pero siguen siendo perseguidos y atacados; sus iglesias son prohibidas o quemadas; sus mujeres e hijos son secuestrados, violados y esclavizados. A menudo, estos cristianos son idénticos a sus conciudadanos musulmanes en raza, etnia, identidad nacional, cultura e idioma; por lo general, no existe ninguna disputa política o de propiedad a la que se pueda achacar la violencia. El único problema es que son cristianos, son no musulmanes, la misma categoría en la que se encuadra a los israelíes, y, por tanto, tienen que ser sometidos, de una forma u otra.


A partir de aquí, también queda claro por qué el genocidio de cristianos en Irak, Siria, Nigeria, Somalia y Pakistán a manos de musulmanes, a los que les importa un bledo Israel y los palestinos, es una de las historias más dramáticas pero menos conocidas de nuestros tiempos. Los medios de comunicación sencillamente no pueden presentar la persecución musulmana de los cristianos como una «disputa de tierras» o como producto de un «agravio» (en todo caso, son las minorías cristianas autóctonas, condenadas al ostracismo y perseguidas, las que deberían tener agravios).


Y como los medios de comunicación no pueden articular esos ataques islámicos contra los cristianos mediante el paradigma del «agravio», que tan bien funciona para explicar el conflicto árabe-israelí, su principal recurso es no informar sobre ellos en absoluto.


Este es el camino que siguen todos los apologistas del islam: ignorar o blanquear la agresión musulmana y, en ese vacío, distorsionar y presentar las acciones no musulmanas como origen del conflicto. Esto es especialmente frecuente en la descripción de la historia. Así, John Esposito, de la Universidad de Georgetown, afirma:


«Transcurrieron cinco siglos de coexistencia pacífica [entre el islam y Europa] antes de que los acontecimientos políticos y un juego de poder imperial-papal desembocaran en [una] serie de siglos de las llamadas guerras santas [las Cruzadas] que enfrentaron a Europa con el islam y dejaron un legado perdurable de incomprensión y desconfianza.»


En realidad, lo que esos «cinco siglos de coexistencia pacífica» muestran es que los musulmanes aterrorizaron y conquistaron más de tres cuartas partes de la cristiandad. Pero este hecho incómodo rara vez se menciona, porque su conocimiento arruina el relato del «agravio musulmán», del mismo modo que el conocimiento de la persecución musulmana actual contra los cristianos también lo arruina.



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