La falacia del balancín: ‘Israel malo’ no equivale a ‘islam bueno’

RAYMOND IBRAHIM






Desde la ofensiva israelí en Gaza, y con mayor intensidad desde el inicio de la guerra con Irán, ha emergido un fenómeno desconcertante: la práctica totalidad de los observadores parece considerar el islam (una religión) e Israel (un Estado) como entidades indisolublemente vinculadas, condenadas a oscilar eternamente sobre un balancín moral en el que una sube exactamente en la medida en que la otra baja. No es una exageración: casi todos los analistas —con independencia de su orientación política e ideológica— perciben el islam e Israel como atrapados en un esquema rígido que los convierte en mutuamente excluyentes: si uno es bueno, el otro ha de ser malo; si uno es malo, el otro ha de ser bueno.

 

Esto resulta especialmente patente en el contexto del creciente cuestionamiento de Israel. Durante décadas, el supuesto dominante en buena parte de Occidente fue el siguiente: si el islam es malo, entonces Israel debe de ser bueno. Hoy, sin embargo, el silogismo se ha invertido. Se nos dice con insistencia —de forma explícita o implícita— que si Israel es malo, entonces el islam debe de ser bueno.

 

Se trata de un razonamiento singular. Repárese en lo que implica: las políticas y acciones de un diminuto Estado judío, de menos de ochenta años de existencia, habrían de definir —o incluso redimir— la religión, la historia y la conducta de casi dos mil millones de musulmanes en todo el mundo. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre Israel, semejante argumentación se derrumba ante el más elemental escrutinio histórico.

 

Históricamente, el islam ha sido —y en muchos aspectos sigue siendo— el adversario civilizacional más persistente de Occidente. He documentado esto extensamente en mis propios trabajos, desde Sword and Scimitar, que examina las conquistas históricas del islam sobre la cristiandad, hasta Crucified Again, que detalla la persecución moderna de los cristianos en el mundo musulmán. Los hechos hablan por sí solos.

 

Desde sus mismos orígenes en el siglo VII, el islam se constituyó como una fe militante que se expandió primordialmente mediante la conquista violenta —sobre todo a expensas de tierras y pueblos cristianos. Lo que hoy se describe como el «núcleo» del mundo musulmán —Oriente Próximo y el norte de África, desde Iraq hasta Marruecos— fue en su día el corazón de la cristiandad. El islam lo conquistó todo por la fuerza. Durante siglos, las huestes islámicas asaltaron repetidamente Europa, último reducto de la civilización cristiana. Casi un milenio después de que los musulmanes arrasaran la España cristiana en el año 711, se hallaban a las puertas de Viena en 1683.

 

Ni siquiera los Estados Unidos quedaron al margen. La primera guerra librada por la nación americana —la Primera Guerra de los Bárbaros de 1801— fue combatida contra Estados musulmanes que asaltaban buques estadounidenses y esclavizaban a sus tripulaciones. Cuando Thomas Jefferson preguntó al enviado berberisco, Abdul Rahman, por qué los musulmanes hostigaban a los americanos, la respuesta fue inequívoca. Según recogió el propio Jefferson en su comunicación al Congreso:

 

«Nos tomamos la libertad de formular algunas preguntas sobre los fundamentos de sus pretensiones de hacer la guerra a naciones que ningún perjuicio les habían causado, y observamos que considerábamos a toda la humanidad como amiga siempre que no nos hubiera causado daño alguno ni nos hubiera dado provocación. El embajador respondió que estaba fundado en las leyes de su Profeta, que estaba escrito en su Corán, que todas las naciones que no hubieran reconocido su autoridad eran pecadoras, que era su derecho y su deber hacerles la guerra dondequiera que pudieran encontrarlas y esclavizar a todos los que pudieran tomar como prisioneros, y que todo musulmán que cayera muerto en batalla tenía la certeza de ir al Paraíso.»

 

He aquí la clave: Israel no existía durante nada de todo esto. En efecto, durante más de mil años de yihad islámica contra la cristiandad, no existía ningún Estado judío que pudiera provocar, justificar o explicar el comportamiento musulmán.

 

En consecuencia, la breve existencia del Israel moderno —al margen de que se aprueben o condenen sus políticas— no nos dice nada acerca de la relación histórica o contemporánea del islam con Occidente.

 

La crítica a Israel no debería, por tanto, exonerar al islam. Sugerir lo contrario es abrazar una dicotomía falsa —y peligrosa.

 

Para ilustrar este punto, conviene recordar las palabras de Hilaire Belloc (1870–1953), uno de los intelectuales más prominentes de Europa. Belloc, escribiendo en 1938 —más de una década antes de que Israel llegara a existir, y en un momento en que el mundo islámico se encontraba en su punto de mayor debilidad relativa frente a Occidente— formuló una advertencia de notable lucidez:

 

«Millones de personas modernas pertenecientes a la civilización blanca —es decir, la civilización de Europa y América— han olvidado por completo el islam… Dan por sentado que está en decadencia y que no es más que una religión extranjera que no les concierne. Es, de hecho, el enemigo más formidable y persistente que ha tenido nuestra civilización, y puede convertirse en cualquier momento en una amenaza tan grave en el futuro como lo ha sido en el pasado» [Las grandes herejías, 1938].

 

Según el razonamiento hoy imperante, que sitúa a Israel y al islam eternamente atrapados sobre el balancín antes mencionado —el cual eleva a uno exactamente en la medida en que hunde al otro—, la crítica de Belloc al islam sería interpretada de inmediato como una toma de partido a favor de Israel. Sin embargo, Belloc estaba lejos de ser un favorito entre los judíos. De hecho, su libro de 1922 Los judíos ha motivado que se le califique de antisemita.

 

Belloc demuestra así que es perfectamente posible considerar al islam como el «enemigo más formidable y persistente» de Occidente sin hacerlo en función de, o en nombre de, Israel. Los dos no están intrínsecamente relacionados, por mucho que hoy se los confunda con frecuencia.

 

Reiteramos: la crítica a Israel no debería conducir a la santificación del islam. El islam, practicado por cerca de dos mil millones de personas en culturas y regiones enormemente diversas, no puede reducirse —ni ser redimido— por un conflicto político localizado.

 

Al margen de la historia, millones de inmigrantes musulmanes están desestabilizando actualmente partes de Europa, y organizaciones yihadistas —siendo el ISIS apenas la más notoria— continúan aterrorizando a los «infieles» en África, Asia y Oriente Próximo.

 

¿Hemos de creer en serio que la existencia del Estado judío es necesaria para explicar los inquietantes patrones del comportamiento islámico que han existido desde los albores del islam, hace catorce siglos?

 


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