El genocidio armenio: una advertencia ignorada, un patrón repetido

RAYMOND IBRAHIM





Pasado y presente: las mismas fuerzas —y el mismo silencio— continúan determinando el destino de los cristianos.

 

El 24 de abril se conmemora el Día del Recuerdo del Genocidio Armenio.

 

Puesto que no se puede recordar lo que no se conoce, se ofrece a continuación un resumen de aquel trágico episodio acontecido durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918):

 

«Entre 1915 y 1917, el régimen de los Jóvenes Turcos en el Imperio otomano llevó a cabo un genocidio sistemático, premeditado y planificado de manera centralizada contra el pueblo armenio… Más de un millón de armenios perecieron como consecuencia de ejecuciones, hambre, enfermedades, las duras condiciones del entorno y los malos tratos físicos. Un pueblo que había habitado el este de Turquía durante casi 3.000 años perdió su patria y fue profundamente diezmado en el primer genocidio a gran escala del siglo XX. A comienzos de 1915 había en Turquía unos dos millones de armenios; hoy quedan menos de 60.000… Pese a la abrumadora cantidad de pruebas que acreditan la realidad histórica del genocidio armenio —testimonios de testigos presenciales, archivos oficiales, documentación fotográfica, los informes de los diplomáticos y los testimonios de los supervivientes—, la negación del genocidio armenio por parte de los sucesivos regímenes de Turquía se ha mantenido desde 1915 hasta la actualidad.»

 

Las pruebas son, en efecto, abrumadoras. Ya en 1920, la Resolución 316 del Senado estadounidense recogió testimonios de testigos presenciales acerca de las «mutilaciones, ultrajes, torturas y muertes [que] han dejado sus recuerdos lacerantes en cien hermosos valles armenios, y el viajero que recorre esa región rara vez se ve libre del rastro de este crimen, el más colosal de todas las épocas».

 

En sus memorias, Armenia ultrajada (Ravished Armenia), Aurora Mardiganian describió cómo fue violada y arrojada a un harén (conforme a las normas de guerra del islam). A diferencia de otras miles de muchachas armenias que fueron desechadas tras ser ultrajadas, ella consiguió escapar. En la ciudad de Malatia, vio a 16 muchachas cristianas crucificadas: «Cada una de las jóvenes había sido clavada viva en su cruz —escribió Aurora—, con clavos atravesándoles los pies y las manos; tan solo sus cabellos, agitados por el viento, cubrían sus cuerpos». (Tales escenas fueron representadas en el documental de 1919 Auction of Souls, Subasta de almas).

 

Con frecuencia se pasa por alto, sin embargo, que aquello fue menos un genocidio de armenios que un genocidio de cristianos. Así, la frase inicial de la Resolución 296 de la Cámara de Representantes, aprobada en el centenario del genocidio (2019), menciona acertadamente «la campaña de genocidio contra armenios, griegos, asirios, caldeos, siríacos, arameos, maronitas y otros cristianos».

 

Esa última palabra —«cristianos»— resulta clave para comprender este trágico capítulo de la historia: el cristianismo era lo que tenían en común todos aquellos pueblos por lo demás diversos y, en consecuencia, fue ese factor —y no la nacionalidad, la etnia, el territorio o los agravios— el que en última instancia determinó a quiénes «depurarían» los turcos y a quiénes no.

 

Como se preguntaba un profesor de estudios armenios: «Si [el genocidio armenio] fue una disputa entre turcos y armenios, ¿cómo se explica el genocidio que Turquía perpetró simultáneamente contra los asirios cristianos?».

 

Según otro académico, Joseph Yacoub, autor de Year of the Sword: The Assyrian Christian Genocide (El año de la espada: el genocidio cristiano asirio), la «política de limpieza étnica fue alentada por el panislamismo y el fanatismo religioso. Los cristianos eran considerados infieles (kafir). El llamamiento a la yihad […] formaba parte del plan» destinado a «unirse y arrasar las tierras de los cristianos para exterminarlos». Diversos documentos clave, entre ellos uno siríaco de 1920, confirman que «existía un plan otomano para exterminar a los cristianos de Turquía».

 

Yacoub refiere numerosas «atrocidades cometidas por turcos y kurdos pueblo por pueblo, sin excepción». En un caso, turcos, kurdos y otros musulmanes suníes seleccionaron a «dieciocho de las muchachas más hermosas» y las arrastraron a una iglesia de la localidad, «donde fueron desnudadas y violadas por turnos sobre el Santo Evangelio». Un testigo presencial recordó que las «atrocidades» cometidas «incluso contra los niños» eran «tan horribles que uno retrocede; ponen los pelos de punta».

 

El genocidio se identifica a menudo con los armenios porque fueron muchos más que los demás cristianos los que perecieron, lo que ha hecho de ellos el rostro visible de aquella tragedia. Según las cifras generalmente aceptadas, los turcos masacraron a 1,5 millones de armenios, 750.000 griegos y 300.000 asirios. De hecho, en términos proporcionales fueron los asirios los más afectados: la mitad de su población total de 600.000 personas resultó masacrada.

 

Como todas estas atrocidades genocidas se produjeron durante la Primera Guerra Mundial, algunos —en particular Turquía— sostienen que fueron, en última instancia, un reflejo precisamente de eso: la guerra, con toda su capacidad mortífera y destructiva.

 

La guerra fue ciertamente un factor, pero solo en la medida en que ofreció a los turcos la cobertura necesaria para llevar a cabo lo que, al parecer, deseaban hacer desde hacía mucho tiempo.

 

Tras describir las matanzas como un «holocausto administrativo», Winston Churchill observó que «la oportunidad [la Primera Guerra Mundial] se presentó para limpiar el suelo turco de una raza cristiana». O bien, en las inequívocas palabras de Talaat Pachá, líder de facto del Imperio otomano durante el genocidio:

 

«Turquía está aprovechando la guerra para liquidar a fondo a sus enemigos internos, esto es, los cristianos autóctonos, sin verse perturbada por la intervención extranjera… La cuestión está zanjada. Ya no quedan armenios.»


Como muestra de la minuciosidad del genocidio, Henry Morgenthau, embajador de Estados Unidos ante el Imperio otomano y testigo personal de las atrocidades, declaró: «Estoy convencido de que toda la historia del género humano no contiene un episodio tan horrendo como este». Añadió que lo que los turcos estaban haciendo era «un plan cuidadosamente concebido para extinguir por completo a la raza armenia».

 

En otros escritos, Morgenthau dejó igualmente claro que el objetivo último del genocidio eran los cristianos:

 

«El ultrajante terror, las crueles torturas, el envío de mujeres a los harenes, la corrupción de muchachas inocentes, la venta de muchas de ellas por ochenta centavos cada una, el asesinato de cientos de miles y la deportación —y la inanición consiguiente— en los desiertos de otros cientos de miles, la destrucción de cientos de pueblos y ciudades, la ejecución deliberada de todo este plan diabólico para aniquilar a los cristianos armenios, griegos y sirios [o asirios] de Turquía: ¿quedará todo esto sin castigo?»

 

No solo ha quedado sin castigo, sino que Turquía, miembro aliado de la OTAN, ha sido acusada de retomar el genocidio contra los descendientes de aquellos a quienes los turcos estuvieron a punto de exterminar hace más de un siglo: precisamente armenios y asirios.

 

A finales de 2020, Azerbaiyán, de mayoría musulmana, inició las hostilidades contra la cristiana Armenia en el contexto de la disputa de Nagorno Karabaj. Turquía se sumó rápidamente a sus correligionarios azerbaiyanos y, podría decirse, encabezó la guerra contra Armenia, pese a que el conflicto no la concernía directamente. Como se preguntaba retóricamente Nikol Pashinián, primer ministro de Armenia: «¿Por qué ha regresado Turquía al Cáucaso Sur 100 años [después de la disolución del Imperio otomano]?». Su respuesta: «Para continuar el genocidio armenio».

 

Turquía envió «grupos yihadistas» partidarios de la imposición de la saría desde Siria y Libia, entre ellos la División Hamza, próxima a los Hermanos Musulmanes —que mantenía a mujeres desnudas encadenadas y prisioneras—, para aterrorizar y masacrar a los armenios. Todos estos grupos musulmanes cometieron numerosas atrocidades (véanse aquí y aquí), incluida la violación de una soldado armenia, madre de tres hijos, a la que después amputaron los cuatro miembros, le arrancaron los ojos y, en señal de burla, le introdujeron uno de sus dedos cercenados en sus partes íntimas.

 

De manera análoga, a finales de 2022 Turquía lanzó miles de ataques —aéreos, con mortero, con drones, de artillería, etc.— a varios kilómetros dentro de la frontera norte de Siria. Esa es precisamente la zona en la que viven la mayoría de las minorías religiosas —cristianos, yazidíes y kurdos— que pocos años antes habían sufrido un genocidio a manos del Estado Islámico. Decenas de personas resultaron muertas y se destruyeron edificios e infraestructuras. En respuesta, Genocide Watch emitió una Alerta de Emergencia por Genocidio el 7 de diciembre de 2022:

 

«Estos ataques militares del régimen de Recep Tayyip Erdogan forman parte de una política turca más amplia de aniquilación de los pueblos kurdo y asirio [cristiano] en el norte de Siria e Irak. Turquía ha cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, incluidos bombardeos, hostigamientos con artillería, secuestros, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Los ataques se inscriben en las políticas genocidas de Turquía contra kurdos, cristianos y yazidíes.»

 

Un seminario virtual (resumido aquí) reunió a varios expertos que coincidieron en calificar de genocida la conducta de Turquía. Charmaine Hedding, presidenta de Shai Fund, afirmó que las fuerzas terrestres turcas estaban formadas por antiguos yihadistas del Estado Islámico, Al Qaeda y Tahrir al Sham, los cuales «están cometiendo abusos masivos contra los derechos humanos y persiguen el objetivo de instaurar un califato; van a erradicar a las minorías religiosas de esta zona».

 

Gregory Stanton, presidente de Genocide Watch, concluyó señalando que «Turquía es una sociedad genocida… Turquía ha llevado a cabo numerosos genocidios a lo largo de la historia… Desde hace muchos siglos, [Turquía] ha sido anticristiana y ha intentado masacrar al mayor número posible de cristianos».

 

En definitiva, lo que Turquía ha hecho —y sigue haciendo— a los cristianos debe entenderse en el contexto más amplio de lo que los musulmanes han hecho y siguen haciendo a los cristianos: se calcula en 380 millones el número de cristianos actualmente perseguidos en el mundo, la mayoría de ellos en territorios musulmanes.

 

Cuatro siglos antes de que los turcos invadieran y conquistaran el Asia Menor cristiana, los árabes habían conquistado e islamizado todo el norte de África y el Oriente Próximo. Siglos de persecución y guerras santas declaradas hicieron que los cristianos pasaran de constituir una mayoría aplastante a una pequeña minoría y, en algunas regiones (por ejemplo, Argelia, patria de san Agustín), a la extinción; hoy se hallan al borde de ella en las zonas cristianas más antiguas, como Irak y Siria, donde los cristianos aún hablaban arameo, la lengua de Jesús.

 

Solo en Nigeria, país que en apariencia poco tiene en común con Turquía —salvo el islam—, al menos un cristiano es asesinado por su fe cada dos horas, mientras el mundo se obstina en ignorar ese genocidio.

 

Por eso, en el Día del Recuerdo del Genocidio Armenio, resulta crucial recordar el verdadero trasfondo y significado de aquel trágico episodio —el odio musulmán hacia los cristianos— y tener presente que aún continúa.

 

De hecho, para comprender en qué medida el genocidio armenio es representativo del calvario actual de los cristianos bajo el islam, basta con leer las siguientes palabras, escritas en 1918 por el presidente Theodore Roosevelt. Léase, sin embargo, «armenio» como «cristiano» y «turco» como «islámico», según las equivalencias indicadas entre corchetes:

 

«La masacre armenia [cristiana] fue el mayor crimen de la guerra, y no actuar contra Turquía [el mundo islámico] equivale a consentirlo… No abordar de manera radical el horror turco [islámico] significa que toda la palabrería sobre la garantía de la futura paz mundial no es más que un disparate dañino.»

 

Análogamente, si «no actuamos de manera radical» contra el «horror» que padecen actualmente millones de cristianos en todo el mundo islámico, lo «consentimos» y haríamos mejor en dejar de proferir «disparates dañinos» acerca de un mundo utópico de paz y tolerancia.

 

Dicho de otro modo, el silencio es siempre el aliado de quienes perpetran atrocidades e injusticias. Adolf Hitler habría justificado su programa preguntando retóricamente: «¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios?».

 

Y entre los dirigentes y comentaristas políticos de hoy, ¿quién habla —no digamos ya hace algo— acerca de la continuada persecución de los cristianos?

 


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